Kartl Korsch: «La dialéctica de Marx»

La enorme importancia de la aportación teórica de Karl Marx a la práctica de la lucha de clases proletaria consiste en que por primera vez ha sintetizado todo el contenido de las ideas nuevas que, rebasando el horizonte burgués, surgen necesariamente, en virtud de la situación social del proletariado, en la conciencia de esta clase, y en haber logrado con ellas la unidad firme, la totalidad viva de un sistema científico.

Marx no ha creado el movimiento de clase proletario (como seriamente creen algunos burgueses, adoradores del diablo). Tampoco ha creado la conciencia de clase proletaria. Pero sí ha creado la expresión teórica, científica, adecuada al nuevo contenido de conciencia de la clase proletaria; y, con ello, ha elevado al mismo tiempo esta conciencia de clase a un nivel superior. La transformación de las representaciones “naturales” del proletariado en conceptos y enunciados teóricos y la vigorosa integración de todos estos enunciados teóricos en el sistema del “socialismo científico” no deben considerarse en absoluto como un “reflejo” puramente pasivo del movimiento real, histórico del proletariado. Antes bien, son parte integrante e indispensable de este proceso real, histórico.

El movimiento histórico del proletariado no podía llegar a ser “independiente” ni “unitario” sin la constitución de una conciencia de clase proletaria también independiente y unitaria. Así como el movimiento de clase proletario organizado y maduro en el plano político y económico, nacional e internacional se distingue de las primeras convulsiones y agitaciones dispersas del proletariado, así también el “socialismo científico” como “conciencia de clase organizada” del proletariado se distingue de las representaciones y los sentimientos dispersos e informes en los que la conciencia proletaria encuentra su primera expresión aún inmadura. Es decir, también desde el punto de vista de la práctica, la transformación teórica del socialismo en ciencia llevada a cabo por Marx en el Manifiesto comunista y en El Capital aparece como elemento indispensable del vasto proceso de desarrollo histórico en el que el movimiento proletario se ha ido disociando poco a poco del movimiento revolucionario burgués del “tercer estado” y gracias al cual el proletariado se ha constituido en una clase independiente y unitaria.

Sólo convirtiéndose en una ciencia rigurosa, este conjunto de ideas proletarias que forma el contenido del “socialismo moderno” pudo purificarse radicalmente de las ideas burguesas a las que en un principio estaba ligado inseparablemente por su origen. Y sólo así, ya convertido en “ciencia”, el socialismo podía cumplir realmente la tarea que Marx y Engels le habían encomendado como “expresión teórica” de la acción revolucionaria del proletariado, a saber: investigar las condiciones históricas y la naturaleza de esta acción de clase revolucionaria del proletariado y así “traer a la conciencia de la clase hoy reprimida, pero que es llamada a la acción, las condiciones y la naturaleza de su propia acción”.

Al caracterizar como lo hemos hecho la significación práctica de la forma científica del socialismo moderno o marxista, al mismo tiempo hemos definido la significación del método dialéctico aplicado por Marx. Pues si bien es cierto que el contenido del socialismo científico preexistía a su expresión científica como representaciones naturales, no es menos cierto que la forma científica que este contenido reviste en las obras de Marx y Engels, es decir el “socialismo científico” propiamente dicho, es primordialmente el resultado de la aplicación del modo de pensar que ellos han llamado su “método dialéctico”. Y no solamente —como algunos “marxistas” actuales se imaginan— por una casualidad histórica, de manera que los enunciados científicos establecidos por Marx mediante la aplicación de su “método dialéctico”, al reproducirlos hoy, pudieran ser separados a discreción de ese método y que incluso este método, al ser superado por el progreso logrado en las ciencias, pudiera ser sustituido —e incluso debiera serlo de un modo absolutamente necesario— por otro método.

Ahora bien, quien piense así no ha comprendido lo más importante de la dialéctica marxista. ¿Cómo, si no, podría ocurrírsele que hoy, en una época de lucha de clases redoblada en todas las esferas de la vida social, y de la llamada vida espiritual en particular se pudiera abandonar el “método crítico y revolucionario por excelencia” que Marx y Engels opusieron, como el nuevo método de la ciencia proletaria al “modo de pensar metafísico”, a la vez que a la “estrechez de espíritu característica de los últimos siglos” y a todas las formas anteriores de la “dialéctica” (y en especial, a la dialéctica idealista de Fichte-Schelling y Hegel)? Sólo quien pase totalmente por alto la diferencia esencial de la “dialéctica proletaria” de Marx respecto de cualquier otro modo de pensar (metafísico y dialéctico), y no advierta que dicha dialéctica representa el único modo de pensar capaz de dar al contenido nuevo de las ideas proletarias, formadas en la lucha de clase, la expresión teórica y científica que corresponde a su ser real, se le puede ocurrir que el modo de pensar dialéctico, por constituir “solamente la forma” del socialismo científico, sea por lo tanto al “exterior e indiferente al contenido”, de manera que el mismo contenido objetivo del pensamiento pudiera expresarse igualmente bien y aun mejor en una forma distinta.

Este razonamiento se parece al de ciertos “marxistas” de nuestros días que se imaginan que el proletariado podría librar su lucha práctica contra el orden burgués económico, social y estatal en otras “formas” distintas de la forma bárbara e incivilizada de la lucha de clases revolucionaria. O cuando estas mismas personas se persuaden a sí mismas y tratan de persuadir a los demás de que el proletariado podría llevar a cabo su tarea positiva —la realización de la sociedad comunista— por otros medios que no sean la dictadura del proletariado; por ejemplo, mediante el Estado burgués y la democracia burguesa.

El propio Karl Marx, al escribir en su juventud: “La forma no tiene valor si no es la forma de su contenido”, era de una opinión muy distinta, y, más tarde, habría de insistir una y otra vez en que la comprensión real, positiva y negativa, esto es, conscientemente revolucionaria del proceso de desarrollo histórico-social, comprensión que es la esencia misma del socialismo “científico”, sólo puede alcanzarse con la aplicación consciente del método dialéctico.

Desde luego, esta dialéctica nueva o “proletaria” que sirve de base a la forma científica del socialismo marxista, no solamente se distingue en grado máximo del modo de pensar común, obstinadamente metafísico, sino que es al mismo tiempo, por su fundamento, “a todas luces diferente” de la dialéctica burguesa que ha encontrado su expresión más perfecta en el filósofo alemán Hegel y que, en cierto sentido, es su “contrario directo”. Sería improcedente y superfluo abordar en este momento en todo detalle las múltiples consecuencias de estas diferencias y oposiciones. Para nuestros fines baste hacer notar que estas diferencias y oposiciones se deben exclusivamente a que la “dialéctica proletaria” de Marx es precisamente la forma en que el movimiento de clase, revolucionario, del proletariado encuentra su expresión teórica cabal.

Cuando se comprende o se entrevé al menos esta relación, se capta de un golpe toda una serie de fenómenos que sin esto serían difícilmente explicables. Se comprende por qué la burguesía de hoy ha olvidado tan plenamente los tiempos en que ella, como “tercer estado”, libraba una encarnizada lucha de clase, heroica, contra el sistema económico feudal y su supraestructura política e ideológica (nobleza y clero), tiempos en que su portavoz ideológico, el abate Sieyés, lanzaba al orden social vigente esta formulación enteramente “dialéctica”: “¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político tradicional? Nada. ¿Qué exige? Ser algo.”

Cuando el Estado feudal ha sido derrocado y la burguesía dentro del Estado burgués ya no sólo es algo, sino que es todo, sólo quedan, a los ojos de ella, dos actitudes posibles ante el problema de la dialéctica. O bien la dialéctica es un punto de vista totalmente superado, y respetable únicamente en el plano histórico, como una especie de delirio sublime del pensamiento filosófico que trata de rebasar sus límites naturales, delirio al que un hombre sensato y buen burgués no puede dejarse arrastrar de ninguna manera; o bien el movimiento dialéctico debe detenerse definitivamente, ahora y para siempre, en el punto final absoluto en que lo dejó el último filósofo revolucionario de la burguesía, Hegel.

La dialéctica con sus conceptos no debe rebasar los límites que la sociedad burguesa no puede rebasar tampoco en la realidad sin aniquilarse a sí misma. Su última palabra, la gran síntesis que abarca todo y en la que todas las oposiciones se resuelven definitivamente, o al menos pueden serlo, es el Estado. Con respecto a este Estado burgués que, en su desarrollo total representa la satisfacción plena de todos los intereses de su burguesía y, por tanto, la meta última de su lucha de clase, ya no existe tampoco para la conciencia burguesa ninguna antítesis dialéctica, ninguna oposición irreconciliable.

El que, pese a esto, entre práctica y teóricamente en contradicción con este cumplimiento total de la Idea burguesa, se sale del sagrado círculo del mundo burgués, se coloca fuera del derecho burgués, de la libertad y la paz burguesas, y a la vez, fuera de toda filosofía y ciencias burguesas. Se comprende por qué desde este punto de vista burgués, que considera la sociedad burguesa actual como la única forma posible e imaginable de vida social, la “dialéctica idealista” de Hegel que encuentra en la Idea del Estado burgués su término ideal, debe ser también la única forma posible e imaginable de la dialéctica.

En cambio, se comprende igualmente que esta “dialéctica idealista” de la burguesía ya no valga para la otra clase que, dentro de la sociedad burguesa actual es impulsada a la rebelión contra todo este mundo burgués y su Estado burgués por una necesidad inmediata,  imperiosa, que ya no puede eludirse ni disimularse y que es la expresión práctica de la necesidad. Y ello es así porque esta clase representa concretamente en el conjunto de sus condiciones de vida materiales, en todo su ser material, la antítesis, lo diametralmente opuesto a la sociedad burguesa y a su Estado.

Para esta clase, aparecida en la sociedad burguesa por el mecanismo interno del desarrollo de la propiedad privada misma, por “una evolución independiente de éste, inconsciente, involuntaria, determinada por la naturaleza de las cosas predominantes”, para esta clase cuyo fin revolucionario y cuya acción histórica revolucionaria “se hallan inscritos de manera patente e irrevocable, en su propia situación vital así como en toda la organización de la sociedad burguesa actual”, se impone necesariamente también, por su propia situación de clase, una dialéctica nueva, revolucionaria, ya no burguesa e idealista, sino proletaria y materialista. Pues la “dialéctica idealista” de la burguesía sólo en idea puede abolir las contradicciones materiales de “riqueza” y “pobreza” existentes en la sociedad clasista burguesa; es decir, en la idea del Estado puro, democrático y burgués, de modo que estas contradicciones abolidas “idealmente” subsisten plenamente en la realidad social “material” sin resolverse e incluso se extienden continuamente y se agudizan cada vez más.

Por el contrario, la esencia de la nueva “dialéctica materialista” del proletariado consiste precisamente en que anula efectivamente la contradicción material entre la riqueza burguesa (el “capital”) y la miseria proletaria, al abolir la sociedad burguesa y su Estado de clase en beneficio de la realidad material de la sociedad comunista sin clases. La dialéctica materialista representa por lo tanto el fundamento metódico necesario para el “socialismo científico” como “expresión teórica” de la lucha histórica del proletariado por su emancipación.

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