Invectiva contra el oligarca ahogado y su clase. Un espectáculo de estado.

por Aniceto Hevia

Siempre admiré este género literario, el discurso contra el abuso, el enemigo político, una clase social. Posee una larguísima historia. Hay algo de ello en Aristófanes, Dante, Shakespeare, Swift, Joyce, Artaud. Y esta es la ocasión de hacer un aporte humilde; pero no menos sentido, impulsado por la ira popular desatada en las redes sociales contra el monstruo moral que fue Sebastián Piñera Echeñique. Las propiedades de las aguas del lago Ranco son milagrosas, un delincuente se ahoga y se convierte en santo. Esta transmutación más poderosa que el Santo Grial fue efectuada por los brujos de las comunicaciones, desde Radio Bío Bío la voz nasal del locutor de turno da el aviso y como un coro gregoriano se alzan todas las voces en un hipócrita tono de conmiseración.

Magia pura, un espasmo de llanto y los mocos corrieron por la cara del sempiterno calvo Insulza, fue el primero y demostró el tono de todo lo que le siguió. La oligarquía en un solo arrebato vestimentario corre a sus closets a buscar trajes oscuros y corbatas, faldas, sombreros de alas anchas y pañuelos ad hoc. Todos debían estar en el espectáculo, orden del día. Una semiótica elegante, sobria, de buen gusto y refinación, la adecuada, el gesto de buena crianza, el estilo soberbio, la emoción auténtica, el honesto abrazo. Claro, que no vamos a creer en los gestos de autenticidad de una clase social educada en la prepotencia, el racismo, la manipulación, el golpismo, la explotación de los pobres, la codicia y el individualismo.

Educada en la extranjerización de la cultura, en una copia Fruna de los valores angloamericanos, en el sentimiento de superioridad racial, en el mito de que todo lo poseen por el propio esfuerzo e inteligencia. De ese bodrio ideológico surge Sebastián Piñera Echeñique, personaje que representó muy bien los valores históricos de nuestra decadente oligarquía. Mentalidad hacendal, ideas de patrón de fundo, el que atacó a patadas a una de sus azafatas y le fracturó un pie, el que jugaba sucio siempre, el que poseía un armario con más disfraces que nuestro Excelentísimo Presidente de la República de Chile. Siempre mala persona, un chileno exiliado de Harvard nos contó que cuando Frei llegó a Harvard los exiliados fueron a hacerle preguntas complicadas a ese señorón oligarca chileno y detrás de él escuchó su inconfundible voz diciendo: “Ahora en Chile esas cosas ya no pasan”. Se disfrazó de huaso con aperos y caballo bayo, de facho con camisa blanca arremangada (la camisa de los políticos fachos chilenos) y se lamentó en una concentración por la detención de el Tata en London, de milico, de hombre rana, de piloto de helicóptero. Con razón la CIA lo describió como un Ricky Ricón. Nadie le dijo nunca: “Quosque tandem Piñera”, porque era un oligarca chileno y ellos, ellas, elles, tienen más derechos que la aristocracia europea. Poseen costumbres medievales, derecho de pernada o ¿No? Mentalidad barroca, individualismo, sentimiento lúdico, ideas estamentarias de sociedad, metafísica católica añeja (lo que va quedando). 

Mala persona, maltratador de exiliados, no me vengan a decir que era un dechado de virtudes morales, nunca ese monstruo moral tuvo alguna, niente, nicht, non, no. No nos vengan a decir que era un hombre respetable y probo ese politiquero de poca monta elevado por el poder del dinero mal habido a prescindente de Chile. Tal vez en su familia y entre amigos, allí donde hasta el más oscuro delincuente tiene cierta dulzura tuvo cierto decoro. Pero, este personaje, que no persona, nunca tuvo un ápice de compasión con nada ni con nadie. Su aporte a la economía de la riqueza hizo a los plutócratas chilenos más ricos aún, su presidencia fue la fiesta de la oligarquía, el desespero de los pobres de la tierra. La salud continuó siendo privada, la educación fue de mal en peor, su promesa de disminuir de delincuencia la vemos hoy en todos los barrios, la vergüenza nacional de participar en Cúcuta en una especie de Conspiración Fest donde corrió de la buena, donde hubo violaciones, borracheras y robos a prostitutas protagonizadas por los liberadores. Allí estaba en su salsa, junto a Guaidó y personajes decadentes del pop conspirando contra un gobierno mal que mal legal y democráticamente elegido. 
Íbamos a hablar del espectáculo estatal. Fue un espectáculo de clase, oligarcas only, como fue la conmemoración de los cincuenta años del golpe de estado. Allí se reunieron las familias que viven el mismo barrio de Santiago del Nuevo Extremo. El pueblo jugó un papel siniestro, una comparsa que representaba la ciudadanía, el mundo canuto pobre bien lavado de cerebro, viviendo la miseria ideológica de un pueblo domeñado, haciéndole pucheros al patrón.

Ese derechismo trágico, ignorante, que parte el alma. Allí en orden, sin conciencia, rindiéndole culto al que los engañó y explotó. Ese pueblo que va sin norte y que acostumbrado a obedecer se inclina reverencialmente ante quien les destrozó la vida y les aniquiló su libertad. Frente a tamaño espectáculo dramatúrgico sacado de las páginas de Orwell, todos los absurdos y contradicciones son posible, pues es un momento de verdad. La oligarquía queda al desnudo en la inútil pobreza de sus gestos histéricos. Por una parte, les duele la partida de ese capitán de las políticas de una de las derechas más reaccionarias del planeta; por otra parte, tienen un motivo para estatuas, monedas, nombres de avenidas. ¡Tenemos un segundo Portales! Los notebooks de los historiadores derechistas se prenden, de los Villegas de este mundo sacarán una biografía para el populacho. No es poca cosa escribir algo de Piñera, siempre se justificará con frases como”: “tenía luces y sombras, como todos”.  

Si hubo una palabra que le era preferida era la palabra control. El finado conocía bien su rol. Es el mismo control que fue la semiótica dominante de la ceremonia dramatúrgica. El orden del orden autoritario, que se place en que todo funcione como un reloj, como acontecimiento muerto en un recodo oscuro de la historia nacional. El estado oligárquico está de duelo, en los barrios no hay duelo. Su familia está de duelo, no sé si sus empleados, funcionarios, jardineros, conserjes, nanas, están de duelo. El incendio de Viña del Mar, un día de duelo; el entierro del que te dije, tres días de duelo. Quod erat demostrandum. ¿Es o no es un duelo de la oligarquía que se siente superior al dolor de los humildes, que no les importa el hambre, la pena de los abyectos, de aquellos que producen su riqueza? El presidente está sobre aquellos que lo llevaron a la primera magistratura de la nación. Así queda expuesto frente a todos la poca voluntad de cambio alguno en nuestra nación y sus pueblos. La receta a aplicar en la calle es la política de los fiscales leguleyos, la persecución, la cárcel, las lacrimógenas y las porras. En el estado es la derechización del poder político, todas las concesiones habidas y por haber de la socialdemocracia, su transmutación completa a la derecha. Hay que dar prueba de blancura, hay que ser suficientemente derechista, para no perder los esquivos dinerillos y prebendas, privilegios que da ser político oligárquico profesional. Abrazos, llantos, felices recuerdos del que saben que fue un infame asesino, un control freak como se dice en norteamericano. Todos los canales en lo mismo, los sofistas mediáticos Villegas, Marinovic, Peña, en lo mismo. La oportunidad la pintan calva, se prepara la victoria derechista de las próximas elecciones y hay que avivarse, porque el billete corre y no trota. Que ningún oligarca pierda un solo dólar, yuan, libra esterlina; au contraire, que llegue el capital a paladas, todo sirve habría dicho Tatán. Hasta que se ahogue uno de los nuestros, nosotros ya cruzamos el Rubicón triunfantes, la presidencia lo sabe.   

Mientras en una calle de Santiago los milicos con sus cascos alemanes, sus caballos esparciendo huellas imputables como diría Cortázar, a todo sol acarreando inútiles lanzas simbólicas de todas las guerras impulsadas por la oligarquía compradora y el imperialismo; fuera de los golpes de estado cuando no les gustan los presidentes que les mueven los parámetros morales. Y esos presidentes tienen que suicidarse como último acto de protesta y gesto histórico al pueblo que confió en ellos.  A esta hora vale bien recordar a Rousseau, en el “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres“ (1782)  [Discours sur l’Origine et les Fondements de l’Inégalité parmi les Hommes], dice: “Los hombres nunca habrían sido otra cosa que monstruos, si la naturaleza no les hubiera dado piedad en apoyo de la razón”. Solo eso quise decir, las oligarquías, compuestas por sus financistas, políticos y la clase administrativa, son siempre impías, monstruosas e irracionales. Los pueblos no pueden esperar nada de ellas.

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