por Alejandro Valenzuela Torres
Antonio Gramsci ha sido entronizado como figura sagrada por el aparato oficial del comunismo y la socialdemocracia. Sus frases, repetidas como letanías, decoran muros, camisetas y biografías de redes sociales, citadas indistintamente por coaches “ontológicos” y por académicos con pretensiones “críticas”. Esta canonización no es casual: responde a necesidades ideológicas de una corriente derrotada, adaptada y domesticada.
Pero una revisión crítica de su trayectoria política revela un perfil que se asemeja más a un fraude cuidadosamente elaborado. El supuesto «fundador» del Partido Comunista Italiano (PCI) ni lo fundó ni participó en la ruptura con el reformismo. Su papel real, antes de ser encarcelado por el fascismo, fue el de un agente político de la Internacional Comunista (ya bajo presión burocrática), encargado de ejecutar una operación para eliminar a la dirección revolucionaria encabezada por Amadeo Bórdiga.
Bordiga y la fracción de izquierda del PCI mantenían un conflicto sostenido con la Internacional respecto a las tácticas del Frente Único y del Gobierno Obrero, a las que consideraban —con sólidos argumentos, a la luz de la experiencia alemana— como formas de colaboración de clases. En el Congreso de Roma de 1922, el PCI rechazó explícitamente la fusión con sectores oportunistas y reformistas provenientes del Partido Socialista. Bórdiga y su fracción, recordemos, habían roto con el PSI en enero de 1921, en el Congreso de Livorno, para fundar el Partido Comunista de Italia.
Gramsci no formó parte de esa escisión. Permaneció en el PSI, hasta que la Internacional lo llevó a Moscú para prepararlo como instrumento de intervención. Sin haber sido electo delegado ni contar con el menor respaldo de la base del PCI, fue impuesto por el aparato de la Internacional en el IV Congreso de 1922 para encabezar una comisión encargada de… ¡fusionar el PCI con la corriente de Serrati, a la que el propio PCI había rechazado democráticamente! Gramsci no pareció incomodarse ante semejante atropello. Por el contrario, aceptó el encargo con entusiasmo.
Pero no es solo su práctica política la que merece crítica. Elevado hoy al rango de “gran pensador marxista del siglo XX”, Gramsci no intervino en los debates centrales de su época. No dejó huella en la polémica entre la izquierda comunista y la dirección reformista del PSI. Su silencio, su ambigüedad y su ausencia fueron su marca en momentos cruciales. Ni su producción teórica ni su relación con las masas explican su meteórico ascenso. Lo que lo catapultó fue la bendición de una Internacional ya burocratizada, que necesitaba desarticular la dirección revolucionaria que había fundado el partido.
Gramsci llega así a ocupar su lugar en la historia del PCI no por la fuerza de sus ideas ni por la legitimidad de una base militante, sino por la tutela del aparato. Su legado posterior, moldeado en prisión, será utilizado para justificar el viraje ideológico y estratégico del PCI hacia el eurocomunismo, esa rendición programática adornada de retórica intelectual.
Gramsci fue, en síntesis, un instrumento del reordenamiento oportunista del movimiento comunista. Su “hegemonía” teórica ha servido más para justificar derrotas y adaptaciones que para preparar victorias revolucionarias. Es hora de desenmascarar esta figura y restituir el verdadero hilo rojo del marxismo revolucionario.
