por Alejandro Valenzuela Torres
Antonio Gramsci ha sido entronizado como figura sagrada por el aparato oficial del comunismo y la socialdemocracia. Sus frases, repetidas como letanías, decoran muros, camisetas y biografías de redes sociales, citadas indistintamente por coaches “ontológicos” y por académicos con pretensiones “críticas”. Esta canonización no es casual: responde a necesidades ideológicas de una corriente derrotada, adaptada y domesticada.