de Verónica Menéndez
El discurso sobre el Estado de la Unión pronunciado por Donald Trump en el año del 250º aniversario de la Declaración de Independencia no fue una pieza de liderazgo político, sino un espectáculo escandaloso que transparenta la decadencia estructural del régimen imperialista norteamericano. Bajo la pompa republicana del Capitolio, el acto se asemejó más a una ceremonia de autocelebración oligárquica que a una rendición de cuentas ante un pueblo soberano. Si el título hubiese sido honesto, habría debido llamarse “El Estado de los Ricos”, porque cada una de sus líneas, incluso las más demagógicas, confirmaron que la República fundada contra Jorge III ha mutado en un gobierno de multimillonarios, por los multimillonarios y para los multimillonarios.
La conmemoración de los ideales de 1776 —“vida, libertad y búsqueda de la felicidad”— quedó reducida a un recurso retórico vacío frente a la realidad material que el propio discurso intentó encubrir. La deuda nacional asciende a 38,4 billones de dólares y crece a razón de 8.000 millones diarios; el déficit proyectado por la Oficina de Presupuesto del Congreso supera el billón y medio anual; la desigualdad social ha alcanzado niveles no vistos desde la Edad Dorada. El 1 por ciento más rico controla casi un tercio de la riqueza total; 935 milmillonarios concentran más de 8 billones de dólares. La remuneración promedio de los directores ejecutivos del S&P 500 multiplica por 285 el salario de un trabajador típico, mientras que desde 1978 sus ingresos han aumentado más de un mil por ciento, frente a un exiguo 26 por ciento de los trabajadores. Este abismo social no es una anomalía coyuntural: es la forma contemporánea de la dominación de clase en el corazón del imperialismo.
La obscenidad estructural del régimen se expresa incluso en la fisonomía moral de su élite. La publicación de millones de páginas vinculadas al caso Epstein, que comprometen a empresarios y figuras políticas de alto rango, no ha producido una depuración, sino un cierre de filas. La respuesta oficial —alardear del Dow Jones— es sintomática: el mercado bursátil sustituye a la legitimidad democrática; el índice accionario reemplaza al contrato social. El capital financiero no solo gobierna; exhibe su impunidad como un atributo de poder.
En el plano económico, el discurso se sostuvo sobre una secuencia de afirmaciones falsas o grotescamente exageradas. La supuesta captación de 18 billones de dólares en inversiones es una cifra ficticia; los recortes tributarios presentados como los mayores de la historia no lo son en términos relativos al PIB; los aranceles, lejos de ser pagados por países extranjeros, recaen en empresas y consumidores estadounidenses. La narrativa de una economía “rugiendo como nunca antes” contrasta con un crecimiento inferior al de los años previos, un desempleo al alza y una inflación que, si bien descendente, estuvo lejos de ser histórica. El recurso sistemático a la falsificación estadística no es un mero rasgo estilístico: es el síntoma de una incapacidad política más profunda. Cuando el poder imperial ya no puede ofrecer prosperidad generalizada ni estabilidad, reemplaza la argumentación por el espectáculo.
Pero el elemento más inquietante del verdadero estado de la unión no es la demagogia económica, sino la normalización del terror administrativo. El despliegue de miles de agentes federales armados en ciudades del medio oeste, la ampliación de una red de centros de detención para migrantes que ya alberga a decenas de miles de personas, la separación sistemática de niños de sus padres y los asesinatos de civiles desarmados a manos de fuerzas federales configuran un escenario de militarización interna que remite a las prácticas más oscuras del siglo XX. El campo de carpas en Fort Bliss, erigido en el mismo terreno donde se internó a estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, es una metáfora involuntaria: la excepcionalidad se convierte en norma.
La complicidad demócrata no atenúa, sino que confirma la crisis. Sus divergencias con Trump se circunscriben a matices tácticos de la estrategia imperial, especialmente en torno a la guerra indirecta en Ucrania o al manejo del conflicto en Medio Oriente. La selección de ex agentes de la CIA para responder al discurso presidencial constituye una garantía explícita de continuidad del aparato militar y de inteligencia. La oposición parlamentaria deviene teatro; la alternancia, simulacro. En este contexto, el discurso ante el Congreso no articula liderazgo internacional alguno. No ofrece un horizonte universal ni una arquitectura de consensos globales. La hegemonía, que en el siglo XX combinó poder material con capacidad narrativa, se reduce hoy a la imposición desnuda y a la amenaza arancelaria. El deterioro del dólar —en un escenario en que los BRICS amplían liquidaciones en moneda local— y la incapacidad de presentar un proyecto que convoque más allá de la coerción revelan que la crisis del imperialismo es también una crisis de dirección moral e intelectual.
La historia enseña que los imperios declinan no solo por la emergencia de competidores, sino por la erosión interna de su legitimidad. En el 250º aniversario de la Declaración de Independencia, Estados Unidos no ofreció una renovación republicana, sino la exhibición de una oligarquía que prescinde incluso de la retórica democrática clásica. La apelación a la “seguridad”, al fraude electoral rampante o a conspiraciones inmigrantes cumple la función de cohesionar a una base social desorientada mientras se profundiza la concentración de riqueza y poder. La promesa fundacional de igualdad queda así subsumida en la realidad de una plutocracia militarizada.
Desde la periferia latinoamericana, esta escena no es un espectáculo distante. La concurrencia de José Antonio Kast a la cumbre de Miami —en la que se reunirá con Bukele, Milei, Noboa y otros sirvientes imperiales— no puede interpretarse como un gesto protocolar inocuo. Ubica a la política internacional chilena en una clave abiertamente colonial, subordinada a los designios de un poder en crisis que busca reordenar su esfera de influencia mediante pactos ideológicos y dispositivos de seguridad hemisférica. El antecedente del llamado “cable chino”, que ya expuso los límites de la autonomía diplomática chilena frente a las presiones geopolíticas, adquiere aquí un significado elocuente: la élite local oscila entre potencias sin proyecto propio, reducida a administradora periférica de intereses ajenos.
El escándalo del discurso de Trump no radica únicamente en sus mentiras factuales o en su retórica agresiva. Radica en que expresa, con una franqueza brutal, el tránsito de la hegemonía al dominio coercitivo; de la persuasión al chantaje; del liderazgo a la imposición. Y cuando la periferia, en lugar de afirmar soberanía, se alinea disciplinadamente con esa deriva, confirma que la crisis del centro imperial encuentra eco en las burguesías dependientes que prefieren la tutela externa antes que la autodeterminación. En ese espejo, el Estado de la Unión no es solo el retrato de una potencia en decadencia, sino el anuncio de las tensiones que recorrerán el sistema mundial en los años venideros.
Pero hay otra cara de la moneda, y es la decisiva. La misma crisis que empuja a la clase dominante estadounidense hacia formas cada vez más abiertas de autoritarismo, militarización interna y aventuras bélicas en el exterior está generando, dialécticamente, las condiciones de una respuesta desde abajo. Bajo la superficie del espectáculo parlamentario y la propaganda presidencial, se advierte el surgimiento de una nueva disposición a la lucha. La creciente ola de huelgas en sectores estratégicos, las protestas masivas contra el terror desplegado por U.S. Immigration and Customs Enforcement, las marchas “Sin Reyes” del año pasado y los paros reiterados de estudiantes secundarios constituyen síntomas tempranos de una recomposición social que escapa al control de los partidos tradicionales y de las grandes corporaciones mediáticas.
Estas manifestaciones no son episodios aislados, sino expresiones embrionarias de una fuerza histórica objetiva: la reaparición de la clase trabajadora como sujeto político en el centro mismo del imperialismo. Allí donde la oligarquía pretende clausurar el horizonte democrático mediante la concentración obscena de riqueza y la administración policial del conflicto social, emergen núcleos de resistencia que cuestionan tanto la legitimidad moral como la viabilidad material del régimen. La crisis fiscal, la inflación persistente, la precarización laboral y el desmantelamiento de servicios públicos no pueden sostener indefinidamente un orden fundado en la exclusión y el privilegio.
Sin embargo, la cuestión crucial no es simplemente el estallido de protestas espontáneas, sino el problema del programa, la perspectiva y la organización. La oposición a la administración de Donald Trump no puede depositarse en el Partido Demócrata, cuya trayectoria reciente confirma su papel como garante de los intereses estratégicos del capital financiero y del aparato militar. La alternancia bipartidista ha demostrado ser incapaz —y en muchos casos renuente— a ofrecer una salida estructural a la crisis. Confiar en esa mediación significaría desarmar políticamente a los sectores que comienzan a movilizarse.
La única alternativa coherente reside en la movilización independiente de la clase trabajadora. Esto implica una política de frente único de clase capaz de coordinar la resistencia, defender a los inmigrantes perseguidos, exigir el fin del terror administrativo y articular una estrategia común frente al programa de guerra, austeridad y deriva dictatorial. Tales tareasno pueden limitarse a reivindicaciones parciales o defensivas; deben inscribirse en una perspectiva socialista e internacionalista que vincule la lucha contra la oligarquía estadounidense con la de los pueblos sometidos a su dominación.
En un momento en que la élite imperial exhibe sin pudor su carácter plutocrático y su inclinación a la represión, la construcción de estos instrumentos de autoorganización aparece no como una consigna retórica, sino como una necesidad histórica. La crisis que hoy sacude al centro del sistema mundial no conduce mecánicamente a la emancipación; puede derivar en formas más brutales de dominación. Pero en esa misma grieta se abre la posibilidad de una reorganización radical de la sociedad. El levantamiento de la clase trabajadora norteamericana, articulada en torno a un programa socialista e internacionalista, constituye la única estrategia realista para enfrentar y derrotar la conspiración reaccionaria de una oligarquía que, en su decadencia, amenaza con arrastrar al mundo hacia la barbarie.
