El lado oscuro de Neruda: estalinista y como consecuencia de ello, un contrarrevolucionario

por Juan García Brun

En la fotografía, Neruda —junto a Borges, el más grande poeta de la lengua castellana de los últimos doscientos años— firma la primera edición del Canto General, ilustrada por Diego Rivera (al centro) y David Alfaro Siqueiros (a la izquierda), el otro muralista que quiso ejercer de pistolero matando a Trotsky y a quien la cobardía y la borrachera le impidieron cobrar la pieza.

Diego Rivera, vuelto en secuaz de Stalin declaró que había atraído a Trotsky hasta México para que así fuera más fácil matarlo. Seguramente no sea cierto, sino sólo señal de que era igual de borracho pero cumplidamente más cobarde que Siqueiros.

El otro, Neruda, es el que, mintiendo, decía haberse hecho «comunista» en España viendo a las bandas de anarquistas salvajes robar y matar en un torbellino de «destrucción gratuita» (El «comunismo» de Neruda, en realidad, se debe a Delia del Carril y a su convencimiento, el de Neruda, de que su lugar en la gloria de las letras necesitaba del poder de un poderoso partido) y también el que se preocupó de sacar a Siqueiros de la cárcel mexicana para darle cobijo en Chile, hecho que consigna orgulloso en «Confieso que he vivido».

Bien, esto es sobradamente conocido, pero Neruda también es el hombre que escribió estos versos, atroces, sobrecogedores, una música que grita de dolor y amores en el propio Canto General:

«Cuba, mi amor, te amarraron al potro,
te cortaron la cara,
te apartaron las piernas de oro pálido,
te rompieron el sexo de granada,
te atravesaron con cuchillos,
te dividieron, te quemaron».

Y también es el hombre que en noviembre del 44 saludaba en este tono, en la Universidad de Chile, al asesino y mocito de los yanquis, Fulgencio Batista:

«Pero no sólo rumor y color hacen a Cuba: la hacen también sendero y
sacrificio, áspera lucha y sangre. La hacen los hombres que como el
que hoy saludamos amarran en el alma toda la nacionalidad, nacen con el
alma envuelta en su bandera y ay de aquel que intente arrancarles su
trozo oscuro de la piel del alma: la patria entera se desgarra y
quebranta. Ante Fulgencio Batista, capitán de su pueblo, estamos en
presencia de Cuba: nadie como él la representa tan poderosamente en
este instante, y antaño unos pocos, a quienes él continúa, dejaron
dispersos los huesos en cárceles de piedra para que Cuba viviera»…

No tiene mucha importancia que Neruda fuera hombre goloso, dispuesto a arquear el lomo ante los poderosos y sus halagos, ególatra y mercenario. No sería el primero que fiado de su genio dispone por igual de talento y vileza, ambas cosas exorbitantes e inmensas, y puede que ni siquiera haya que reprochárselo si con ello se allana el camino a su obra aunque haya otros, mejores y más inocentes, pienso ahora en el inmenso Miguel Hernández, que nunca necesitaron ostras y condecoraciones para aventar genio y grandeza.

Lo que ocurre es que cuando Neruda adula a un gusano, a Fulgencio Batista, lo hace por orden y encargo del Partido Comunista de Chile, que a su vez obedece a la estrategia de los Frentes Populares, según la cual no había infames, llámense Blum, Negrines o Batistas, cuya infamia repugne, si al Padre de todos los pueblos y tribus le venían en conveniencia.

Claro que Neruda era pródigo en adular gusanos, en chapotear sin ascos, en el légamo. Como muestra, estos vergonzantes versos dedicados a Stalin, el responsable de fusilar al Comité Central que condujo la Revolución Rusa y a millones de la gloriosa vanguardia que entregara su vida por la causa del proletariado

En tres habitaciones del viejo Kremlin
vive un hombre llamado José Stalin.
Tarde se apaga la luz de su cuarto.
El mundo y su patria no le dan reposo.
Otros héroes han dado a luz una patria,
él además ayudó a concebir la suya,
a edificarla
y defenderla.

Una última observación.

No podemos exigir de los artistas mayor coherencia que la que su propia producción les exige. En esta línea nada podemos objetar en la conducta política de Borges, Beethoven, Wagner o Pound. Ninguno de los mencionados profitó de su condición de demócratas o socialistas, limitando su producción a una inquebrantable lealtad a sus personales -y profundos- principios creativos.

Pero no podemos decir lo mismo de Neruda, quien no perdió oportunidad para vociferar su adhesión a la causa socialista y a la revolución proletaria. Para su desgracia, la filiación stalinista del vate interpela principios que resultan insoslayables. Neruda intentó jugar con fuego, con el fuego de la revolución, y con este fuego se quema y condena. Su juego era el juego de los pusilánimes, serviles y tránsfugas. Para este juego no hay perdón.

ANEXO (Si tiene estómago puede leer este vergonzante homenaje a Batista)

SALUDO A BATISTA
Palabras de Pablo Neruda en la Universidad de Chile

Cuando la tierra como una inmensa rueda gira y resbala en el espacio
nocturno y la noche ha guardado los últimos rumores, el fuego de las
batallas y el silencio de los hombres, una pequeña isla queda
brillando como una luciérnaga en la selva, una isla que al girar la
tierra deja un cometa fosforecente de luz y sonido, una cola perfumada
de tabaco y corales, una atmósfera única en nuestra América en que
se juntan la alegría y la sombra como dos alas para que baile y vuele
la isla con cuerpo de paloma.

Pero no sólo rumor y color hacen a Cuba: la hacen también sendero y
sacrificio, áspera lucha y sangre. La hacen los hombres que como el
que hoy saludamos amarran en el alma toda la nacionalidad, nacen con el
alma envuelta en su bandera y ay de aquel que intente arrancarles su
trozo oscuro de la piel del alma: la patria entera se desgarra y
quebranta. Ante Fulgencio Batista, capitán de su pueblo, estamos en
presencia de Cuba: nadie como él la representa tan poderosamente en
este instante, y antaño unos pocos, a quienes él continúa, dejaron
dispersos los huesos en cárceles de piedra para que Cuba viviera.

Así pues, este Capitán de las Islas, salido como la fibra o la greda
de las raíces populares, pueblo él mismo, pueblo en su gracia, en su
intuición y en su fuerza, puede mostrar con orgullo ese rostro moreno
que se mantuvo firme para restaurar la patria del más delicado de los
héroes de América: José Martí. ¿Y cómo pudo continuar Batista la
obra de aquel intelectual soñador y preciso, que toca los extremos
límites de la sensibilidad y de la acción? Lo hace porque otra hora
ha llegado al mundo, la hora del pueblo, la hora de los hombres del
pueblo, la hora en que Batista se confunde con los héroes populares de
nuestra época, Yeremenko, Shukov, Cherniakovsky y Malinovsky, que hoy
golpea y deshace las puertas de Alemania, los guerrilleros de España y
de China, Tito y la Pasionaria. A Batista, en esta hora que también
por desgracia, se ha caracterizado por incubar traidores y cobardes, lo
ponemos en el marco de los americanos totales, al lado de Cárdenas y
cerca de nuestro nunca olvidado, heroico y calumniado, sagrado e
inmortal Luis Carlos Prestes.

Batista, como hombre del pueblo, ha comprendido mejor que muchos
demagogos el papel de los intelectuales, y honra a toda América cuando
lleva a su Gabinete a Juan Marinello, el gran escritor multiforme, que
escribiendo con la altura clásica de los españoles antiguos revela el
alma batalladora de Cuba en cada una de sus líneas. También cerca de
él estuvo siempre el gran poeta negro Nicolás Guillén, a quien
ojalá nos lo hubiera traído de regalo a Chile, porque ese poeta de
cascabel y de fina sonrisa nos traería en su canto la enseñanza más
pura: la de la alegría en el combate del mundo.

Los chilenos damos hoy la mano a Fulgencio Batista, con una franqueza y
una sinceridad que llamaríamos chilena si no fueran también
condiciones permanentes de Cuba. Saludamos en él al continuador y
restaurador de una democracia hermana, al hombre que recibió la patria
anarquizada y despedazada recién salida de las garras de un tirano
sangriento, y palpitante aún de la heroica, legendaria lucha que lo
derrotara. Saludamos al que pudiendo haber seguido el camino de muchos
filibusteros del poder, lo entregó con sus anchas manos morenas a
quien eligiera su pueblo. Saludamos al que ha restituido a Cuba honor y
nombre, al proteger las organizaciones y partidos del pueblo, al llamar
a los mejores intelectuales a colaborar en los destinos comunes, al
reanudar las relaciones con la Unión Soviética entre los primeros
países de América, al declarar la guerra a los bandidos de Alemania e
Italia, al fustigar y despreciar a Franco y sus enviados públicamente
una y mil veces, al iniciar con México, el camino que aislaría más
tarde a los siniestros y desleales gobernantes de Argentina.

Y lo saludamos por haber aumentado, con un Gobierno de Unión Nacional,
con Saladrigas y con Marinello, con Mañach y con Sosa de Quesada, la
riqueza de su país dando mayores esperanzas y realizaciones
terminantes al bienestar de los trabajadores de Cuba.

Por eso cuando la isla encantada en que resuenan aún los tambores
mágicos del Africa oscura, aparece en el giro de la tierra alumbrando
como una luciérnaga, con su música y sus poetas, sus libertadores y
sus montañas de azúcar, aparecen también los rostros de sus
patriotas populares, que confundidos como Batista con esta época de
grandes dolores y de grandes sueños humanos, no han desmerecido la luz
de la Isla sino que han ayudado a que su fulgor nos ilumine en el
camino de la libertad y de la grandeza de América.

Tomado de El Siglo, Noviembre 27, 1944

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