¿El fascismo ya pasó?

por Julio Cortés Morales

En torno a la cuestión del fascismo parecen existir dos posiciones básicas. Mientras algunos lo consideran un fenómeno propio del siglo XX y lo dan por históricamente superado, evitando usar extensivamente el concepto para referir fenómenos bastante diferentes y propios del siglo XXI, otros acuden a la denominación “fascista” para designar un amplio abanico de fenómenos que proliferan en la actualidad: desde ciertas formas propiamente posmodernas de subjetividad, cultura y relaciones interpersonales (los fascismos “micro-políticos” o “moleculares”) hasta las nuevas y agresivas formas de extrema derecha que se manifiestan con bastante éxito a nivel global, desde el populismo autoritario de líderes como Trump o Erdogan, hasta ultraliberales mesiánicos como Javier Milei que se presentan como libertarios de derecha, “minarquistas” o “anarcocapitalistas”.

La utilidad de un concepto surgido hace cien años en un país mediterráneo para explicar estos nuevos desarrollos globales es más que discutible, y por eso es que una siempre creciente cantidad de expertos en estos temas se devana los sesos tratando de dar con la definición perfecta del fascismo –para dejar fuera lo que no cumple con todos los requisitos establecidos–, o acude a un arsenal conceptual mucho más abierto, que incluye el “fascismo genérico”, el neo y el posfascismo, para resaltar que lo que estamos presenciando hoy son expresiones nuevas que no sólo no son idénticas al fascismo histórico de entreguerras (situado más o menos entre 1919 y 1945), sino que se han modificado más o menos profundamente, dando lugar a diversas mutaciones que se pueden llegar a alejar bastante del modelo original. Otros derechamente prescinden de la cuestión del fascismo para analizar las nuevas derechas, porque “la historia no se repite ni como farsa” y “la referencia al fascismo desenfoca en vez de ayudar” (Pablo Semán en la Introducción al recientemente publicado volumen colectivo Está entre nosotros ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023).

Este libro pretende ser un aporte a la exploración histórica y política de los diversos fascismos, viejos y nuevos, revisando diversos aportes previos y tratando de ir más allá de las dos posiciones básicas señaladas, asumiendo explícitamente una perspectiva a la vez anticapitalista y antiautoritaria (o dicho en positivo, una posición comunista y anarquista). Estimo que esta revisión es necesaria como condición previa al análisis de la nueva ultraderecha.

El origen de este trabajo de revisión y reflexión se sitúa en el Chile inmediatamente posterior al gran estallido social de la primavera del 2019, cuando dentro de las reacciones que esta insurrección inesperada generó a nivel local se empezaron a hacer visibles ciertas expresiones de una nueva derecha que la izquierda tradicional estaba muy poco equipada para comprender y enfrentar. Desde grupos fascistas y pinochetistas a los que ya estábamos acostumbrados, a una nueva fauna de “libertarios”, anti-globalistas, populistas de derecha o “ni-ni” (“ni izquierda ni derecha”:tercera posición) se hicieron notar con manifestaciones callejeras, golpizas y ataques a símbolos de la revuelta, siempre en una notoria simbiosis con el accionar de la policía.

El análisis de este por entonces poco conocido “bestiario” fue abordado a través de columnas en distintos medios, las que junto a un par de textos de investigación histórica sobre el fascismo local del siglo XX dieron forma al libro ¿Patria o Caos? El archipiélago del posfascismo y la nueva derecha en Chile(Tempestades, 2021, re-editado el 2022). Al momento de su publicación, en Chile aún se vivía la borrachera del masivo triunfo de la opción “apruebo” en el plebiscito de entrada para la elaboración de una Nueva Constitución. Dado que esta nueva y no tan nueva derecha se centró en hacer campaña a favor de la opción “rechazo”, que obtuvo apenas el 20 % de los votos, la izquierda en general y los entusiastas de la Nueva Constitución no entendían en ese momento la necesidad de dedicar esfuerzos a analizar este curioso y aún minoritario archipiélago.

Cabe destacar para el público trasandino que luego de la insurrección popular iniciada el 18 de octubre del 2019, ante la extensión del proceso a todo el país y la incapacidad de las medidas represivas policiales y militares para contenerlo, el 15 de noviembre del mismo año la clase dominante chilena articulada en la casi totalidad de sus partidos de derecha a izquierda (con la sola excepción inicial del Partido “Comunista” y el “Republicano”) logró definir un Acuerdo por la Paz que incluía un largo y desgastante itinerario de reforma constitucional, como respuesta institucional a una revuelta tan poderosa que durante un mes completo causó pánico en las filas del partido del orden.

El proceso ahí acordado incluía un plebiscito de entrada con voto voluntario, en que por amplísima mayoría (79%) se definió que un órgano 100% electo por votación popular elaborara un proyecto de Constitución. En las elecciones de constituyentes en mayo del 2021, primer proceso electoral con paridad de género y escaños reservados para pueblos indígenas, se impuso una amplia mayoría de izquierda (no sólo representada por sus partidos tradicionales sino sobre todo en expresiones ligadas a los “nuevos movimientos sociales”, articuladas en la ya extinta y desprestigiada “Lista del Pueblo”). Tras el encierro de la población por varios meses como respuesta a la pandemia de coronavirus, en medio de la agudización de una crisis migratoria y de seguridad pública, en las elecciones presidenciales de fines del 2021 venció en primera vuelta el ultraderechista José Antonio Kast con su recientemente creado Partido Republicano: un triunfo que no estaba para nada previsto y que aterrorizó a las fuerzas progresistas. En la segunda vuelta Kast fue derrotado por el candidato de la “nueva izquierda”, Gabriel Boric, que terminó siendo apoyado por el grueso de la izquierda acudiendo a una retórica “antifascista” similar a la que se dio en Argentina a finales del 2023.

El 4 de septiembre del 2022 la opción “rechazo” a la propuesta de la Convención Constitucional se impuso por un 62%, esta vez con voto obligatorio (lo cual era parte del diseño acordado el 15 de noviembre del 2019, y terminó siendo clave en los resultados), poniendo así la lápida a las pretensiones izquierdistas de canalizar la revuelta en una inclusiva y multicolor Carta Magna que refundara el país mediante un nuevo pacto social. Los resultados además mostraron una verdad incómoda: mientras la opción apruebo obtuvo sus mejores resultados a medida que se ascendía en la escala social, el rechazo era más fuerte mientras más se descendía en ella.

La derrota real, anímica y simbólica de la izquierda chilena fue aplastante, y sus efectos no se han disipado, habiendo dejado en menos de la mitad de su mandato al gobierno por el suelo. A su vez, la ultraderecha encarnada en el Partido Republicano, creado por Kast en el 2019, creció al punto de ser la fuerza hegemónica que logró arrastrar con su impulso a la derecha tradicional. En el segundo proceso constituyente, diseñado en diciembre del 2022 por un acuerdo de los principales partidos con representación parlamentaria, los republicanos arrasaron en las elecciones de constituyentes (obtuvieron 23 de 50 representantes). Se trató de un éxito espectacular, que la izquierda tampoco vio venir y aún no comprende, puesto que daba cuenta de un respaldo popular considerable a estas fuerzas conservadoras, que supieron captar el hastío con un proceso constituyente que ya no interesaba a casi nadie. Así, mientras el izquierdista promedio estaba acostumbrado a identificar a la extrema derecha con la elite, en verdad esta había logrado conquistar el masivo y contundente apoyo del muy vilipendiado “facho pobre”: el mismo sujeto que en el relato “progre” hizo naufragar su añorada Nueva Constitución por mera ignorancia y desclasamiento. Lo interesante del caso es que en diciembre de 2023 fue plebiscitada la segunda propuesta constituyente, elaborada por una mayoría de derecha, y de nuevo fue rechazada por amplia mayoría (55% contra 44%); a partir de ahí, los comentaristas ahora andan diciendo que en realidad el pueblo chileno “rechaza ambos extremos”, y que por lo mismo varias cuadras de personas que no eran de la elite hicieron fila para poder participar del funeral de Estado del ex presidente Sebastián Piñera Echeñique, el menos pinochetista de los líderes de la derecha, muerto al caer su propio helicóptero al Lago Ranco a inicios de febrero del 2024.

La religión de la muerte surgió con la intención original de servir de agregado a la segunda edición de ¿Patria o Caos?, pero rápidamente su tema adquirió autonomía: a diferencia del anterior, centrado en la nueva extrema derecha, este libro se propuso explorar la continuidad y cambios experimentados en cien años de fascismo.

Se empezó a redactar en el momento ya referido de ascenso de la nueva extrema derecha, que hizo ganar a José Antonio Kast la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 2021, y terminó de redactarse nueve meses después, momento del aplastante triunfo de la opción “rechazo” a la Nueva Constitución en el 2022: un 4 de septiembre profundamente simbólico, puesto que en esa misma fecha pero del año 1970 triunfó Allende y la Unidad Popular, dando paso a la llamada “vía chilena al socialismo”, saboteada desde antes de empezar por la burguesía nacional, la CIA y el Departamento de Estado norteamericano, y culminando con el bombardeo al palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, que dio inicio a una larga dictadura de 17 años. Esta dictadura no fue sólo “comisarial” sino que “soberana” (siguiendo la distinción que hace Schmitt): además de destruir al movimiento obrero clásico, transformó profundamente el país y sus habitantes, marcando el inicio de la “contrarrevolución neoliberal” como respuesta global a los sesenta y el “segundo asalto proletario contra la sociedad de clases”. Los efectos subjetivos de estas transformaciones en la población chilena resultan un factor clave para entender tanto la revuelta del 2019 como las variedades locales de reacción y contrarrevolución.

La izquierda chilena identifica a Kast y casi a toda la derecha con el fascismo, pero apenas ha reflexionado sobre las características y diversas formas de un fenómeno que en rigor, tal como ha demostrado entre otros el académico judío antisionista Zeev Sternhell, cuando surge mezcla elementos de izquierda y derecha en síntesis proto-fascista que fue el “socialismo nacional”, muy influenciado por Sorel y el sindicalismo revolucionario. La nueva derecha en cambio, a pesar de que tiene elementos que provienen directamente del fascismo, se caracteriza por una fusión bastante ecléctica que no tiene pretensiones de realizar una síntesis teórico-política, sino de movilizar el caudal de insatisfacción masiva con el “sistema” hacia la defensa del capitalismo a ultranza y la reacción en contra de todos los aspectos de la cultura que habían sido influenciados por el progresismo de izquierda, el “pensamiento del 68” y sus derivados.

La historia “se repite”, decía, Hegel, y Marx agregaba: “una vez como tragedia y luego como farsa”. “La historia no se repite, pero rima”, rectificó Mark Twain. Como sea, lo cierto es que la segunda gran derrota histórica de la izquierda chilena se produjo no por efecto de un sangriento golpe de Estado (la tragedia), sino en las urnas (mecanismo central de lo que en jerga ultraizquierdista local se denomina como la “farsa electoral”).

Aclarado el contexto local en que surge el texto, cabe agregar que, a pesar de estar escrito desde el costado oeste de la cordillera, este libro no se centra en la “experiencia chilena” actual o de hace 50 años, sino que pretende revisar, mirando desde la “ultraizquierda” (donde incluyo a todos los que estamos a la izquierda de la izquierda del Estado-Capital) lo que han sido 100 años de fascismo en el mundo, y la impresionante diversidad de formas en que esta peculiar fuerza contrarrevolucionaria se ha expresado desde esos tiempos que marcaron la derrota del “primer asalto proletario” (1919) hasta hoy. Para ello revisé diversas fuentes, desde testimonios y análisis aportados por militantes del viejo movimiento anticapitalista (de Amadeo Bordiga, Rosa Luxemburgo y Errico Malatesta, a Karl Korsch y Paul Mattick), a teóricos posteriores bastante disímiles pero a pesar de todo cercanos a nuestra mirada (como Theodor Adorno, Wilhelm Reich y Guy Debord), y autores que a partir de los setenta vienen planteando la emergencia y proliferación de nuevos fascismos micropolíticos o moleculares (además de Gilles Deleuze y Félix Guattari, Pier Paolo Pasolini), un par de clásicos de la filosofía política (Hannah Arendt y Norberto Bobbio) y una amplia gama de estudiosos más o menos oficiales del fascismo y la extrema derecha (Emilio Gentile, Roger Griffin, Cas Muddé, Steven Forti y Pablo Stefanoni).

En lo posible, también traté de usar como fuente la poca literatura directamente fascista y/o ultraderechista a la que pude acceder (de los clásicos como Benito Mussolini, Julius Evola y Ramiro Ledesma a exponentes actuales de variedades neo/posfascistas muy eclécticas como Aleksander Dugin, Diego Fusaro y Alain De Benoist).

En este punto, viene al caso comentar que me parece claro que el efecto de la “cancelación” formal o “políticamente correcta” del “discurso” y la simbología fascista es, por una parte, la significativa dificultad que implica el acceso directo a estos materiales, y por otra, el enorme atractivo que esta prohibición genera en ciertos sectores, entre ellos jóvenes en busca de un nuevo extremismo o de un refugio espiritual a la debacle actual, a quienes estas medidas de cancelación les transmiten el fascinante mensaje de que el fascismo es la única ideología realmente proscrita en estos tolerantes -e intolerables- tiempos posmodernos. El balance hasta aquí indica que la policía del pensamiento políticamente correcto no sólo no consigue evitar la propagación de estas ideas, sino que más bien las estimula. Esta fascinación o atracción no es nada raro si tenemos en cuenta además que, como dijera Debord en La sociedad del espectáculo (1967), algo del viejo fascismo subsiste en “el contexto espectacular de los medios de condicionamiento e ilusión más modernos”, y en cierta forma el culto a la imagen de Hitler es el modelo de la contemplación pasiva de la vida de “personalidades” y “estrellas del rock” hasta hoy.

Como se podrá comprobar con sólo mirar el índice, la cantidad y variedad de temas abordados en esta en esta investigación es considerable, y en un momento hubo que ponerle fin, aunque la realidad no sólo en Chile sino que en todo el mundo no paraba de exhibir preocupantes señales: casi triunfan Marine Le Pen en Francia y Jair Bolsonaro en Brasil, además de Kast en Chile; triunfa la neofascista Giorgia Meloni en Italia (quien ha hecho hasta ahora un gobierno bastante “neoliberal”), y el apoyo popular a varios otros carismáticos líderes de esta nueva extrema derecha se hace ostensible, aunque sea por la vía de la capitalización del “voto bronca”, tal como ha quedado claro en Argentina con la elección de Milei. Y mientras esto ocurre a nivel de la “Realpolitik” electoral, y en algunos casos se ha tornado evidente que hay más elementos de continuidad que de cambio con las administraciones previas, más preocupante aún es la “ultraderechización” micropolítica de las costumbres a nivel social y cultural, con el notorio ascenso de la violencia de género, la xenofobia, el apoyo masivo a la militarización de la seguridad pública, y el odio generalizado a los débiles y pobres. Todos estos procesos se han seguido profundizando después de terminar de redactar mi manuscrito, y a eso hay que agregar nuevos conflictos bélicos y fenómenos climáticos que dan cuenta de los catastróficos límites que está alcanzando el desarrollo del capitalismo global.

Es evidente que el ascenso de la extrema derecha es global, pero adopta formas bastante únicas en cada país.

Parte fundamental de lo que podría llamar la brújula anarco/comunista, es no perder de vista la relación de los fascismos con el capitalismo, y asumir desde la tradición de la “crítica de la economía política” que gran parte de los fenómenos que estamos presenciando en nuestro tiempo, aunque se nos presentan como un “retorno de lo reprimido”, son en realidad manifestaciones de la dominación real del capital, que instala un conflicto que va más allá de la oposición clásica e inmanente entre burguesía y proletariado para pasar a expresarse abiertamente como una contradicción entre el capital y la humanidad, entre el trabajo muerto y el trabajo vivo, o en definitiva, entre la vida y la muerte del planeta, y no sólo de la especie.

Si en ¿Patria o Caos? preferí en general hablar de “posfascismo” para designar estos fenómenos actuales, adhiriendo a las posiciones como las de Dauvé, que entiende que el fascismo nació y murió en el siglo XX (o sea, que “el fascismo ya pasó”, en el sentido de que es algo que “ya fue”, que quedó confinado al pasado), dos años después he modificado en cierta forma mi posición anterior: ahora estoy convencido de que nunca hubo una sola forma de fascismo (como cree el grueso de los antifas) sino una multiplicidad de movimientos fascistas que se caracterizaron precisamente por un eclecticismo que les hacía desafiar las dicotomías modernas izquierda/derecha, progreso/conservación, y que incluso podían llegar a enfrentarse entre sí; además, sostengo que el “fascismo histórico”, que surge tras la derrota de las revoluciones proletarias de hace un siglo, sólo fue aparentemente derrotado en 1945, luego de eso subsistió mutando y adoptando diversas otras expresiones, no sólo “políticas” en sentido estricto, sino que sociales, culturales y “metapolíticas”.

La subsistencia y actual proliferación de una variedad de expresiones sociales, políticas y culturales abiertamente reaccionarias y/o contrarrevolucionarias bien puede ser designada con el nombre de “nuevos fascismos”, aunque también es cierto que un uso demasiado extensivo del concepto incurre en la paradoja de “desfascistizar el fascismo”: si todo es fascismo, nada es fascismo, y la expresión mostraría su total inutilidad analítica, para pasar a ser sólo un insulto terrible o una etiqueta que nadie se reserva para sí mismo pero asigna generosamente a los demás.

Félix Guattari en un texto que conocí después de haber terminado La religión de la muerte decía: “Se debiera renunciar a fórmulas demasiado fáciles del tipo ‘el fascismo no avanzará’. El fascismo ya avanzó y no deja de seguir avanzando. En evolución permanente, no deja de atravesar mallas cada vez más finas. Parece venir de fuera, cuando en verdad encuentra su energía en el corazón del deseo de cada uno de nosotros” (Micropolítica del deseo).

Desde esa mirada también se podría decir que el fascismo ya pasó, pero no en el sentido al que nos referimos recién, sino indicando que el fascismo no sólo no fue derrotado, sino que en estas nuevas formas ya nos pasó por encima, a pesar de todas las veces que dijimos “¡No pasarán!”. Estaría acá entre nosotros bajo nuevos ropajes, más vivo que nunca, infiltrado en los medios, en el inconsciente, en nuestra subjetividad, nuestros comportamientos individuales y colectivos, mostrándose así mucho más poderoso que cualquier régimen de fascismo “molar” propio del siglo XX (que es precisamente lo que afirmaba Pasolini poco antes de ser asesinado, en sus Escritos Corsarios). A pesar de que no es exactamente mi posición, me pareció que valía la pena referirla en los capítulos pertinentes.

El libro se compone de 37 capítulos, la mayoría bastante breves, agrupados en cinco partes. En Taxonomía propongo una serie distinciones conceptuales y reviso las dicotomías izquierda/derecha, revolución/contrarrevolución; en Historia me concentro en el surgimiento del fascismo en Italia y Alemania, y en el elemento discursivamente “revolucionario” y formalmente “anticapitalista” de dichos fascismos, además de repasar las posiciones de Eco, Adorno y Debord sobre este curioso objeto de estudio; en Mutación y en Bestiario abordo las transformaciones del fascismo post-1945, y la amplia e incluso contradictoria gama de sus expresiones actuales, para culminar en un Balance que se refiere a la evaluación del “antifascismo” y algunas “conclusiones no concluyentes”.

A diferencia de la edición chilena de editorial Tempestades, esta no está definida como un “Postscriptum” en relación a ¿Patria o caos?, para resaltar su carácter de obra autónoma. Además, fueron suprimidos dos capítulos dedicados a las estéticas fascistas, los que junto a un capítulo de ¿Patria o Caos? sobre las acciones y “antiestética” de los grupos posfascistas chilenos hacia 2019/2020 han sido incorporados a la cuarta edición de mi libro “1-2-3-4”, editado en Argentina por Tren en Movimiento (2023).

La Bibliografía trata de ser un aporte en sí mismo para eventuales investigadores futuros, con independencia del contenido del libro, y da cuenta de una exhaustiva revisión de literatura sobre el tema que me ha tomado varios años de trabajo. A esa Bibliografía agregaría un año después, aparte del ya referido texto de Guattari (1989), la imprescindible “Biología del fascismo” del peruano José Carlos Mariátegui (incluida en La escena contemporánea, 1925), y la monumental obra Labirintos do fascismo del portugués Joao Bernardo, publicada por primera vez en 2003 y aún inédita en nuestra lengua.

Agradezco a lxs camaradas de Lazo por hacer llegar estas reflexiones al otro lado de la cadena montañosa y los hielos eternos. A lxs lectorxs les pido paciencia por las innumerables digresiones que aparecen a lo largo del recorrido, y por las veces en que a pesar de mis esfuerzos tal vez no logré la claridad expositiva adecuada. Les invito a hacer un viaje que no por muy espeluznante es menos necesario de emprender sin más demora.

( Presentación a la edición argentina de La religión de la muerte)

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