El Cybersyn de la Unidad Popular: cuando los trabajadores intentaron gobernar la economía

por Alejandro Valenzuela Torres

Las fotografías de Cybersyn producen todavía hoy una extraña fascinación. Siete sillones blancos dispuestos en círculo, paredes revestidas de madera, botones incrustados en los apoyabrazos, diagramas luminosos y pantallas que parecen anticipar una película de ciencia ficción de los años setenta. La sala de operaciones diseñada durante el gobierno de Salvador Allende posee una estética tan poderosa que ha terminado, paradójicamente, por oscurecer el proceso histórico que la hizo posible. Buena parte de las evocaciones contemporáneas presentan el proyecto como una extravagancia tecnológica, una suerte de Internet socialista concebida antes de Internet, o como la aventura intelectual de Stafford Beer, el brillante cibernético británico convocado a Chile para colaborar con CORFO. Esa historia contiene elementos verdaderos, pero resulta insuficiente. Cybersyn —o SYNCO, Sistema de Información y Control— sólo adquiere su dimensión histórica cuando se lo devuelve al lugar del que surgió: la lucha por organizar una economía en proceso de socialización y, particularmente, la irrupción de una clase trabajadora que comenzaba a plantearse en la práctica quién debía administrar la producción, distribuir los bienes y gobernar la sociedad.

Carlos Senna, matemático brasileño que estaba a cargo del programa Cyberstride, articulador del sistema. Salió de Chile en el último vuelo de ese 11 de septembre de 1973.

El proyecto nació en 1971, cuando la ampliación del Área de Propiedad Social colocó al gobierno de la Unidad Popular ante un problema inmenso y enteramente material. Nacionalizar empresas era apenas el comienzo. Había que coordinarlas, conocer prácticamente en tiempo real sus niveles de producción, detectar cuellos de botella, distribuir materias primas y organizar una economía cuya propiedad comenzaba parcialmente a escapar del control directo del capital privado. El programa de la Unidad Popular había concebido una economía dividida en áreas social, mixta y privada y contemplaba expresamente formas de participación de los trabajadores en la gestión empresarial. La planificación dejaba así de ser un concepto abstracto escrito en los manuales de economía política y comenzaba a plantearse como un problema cotidiano: cómo conocer millones de movimientos productivos dispersos y convertir esa información en decisiones racionales.

Fue en ese contexto que Fernando Flores y Raúl Espejo, desde CORFO, convocaron a Stafford Beer y comenzaron a aplicar su modelo de sistemas viables a la organización industrial chilena. La arquitectura de SYNCO llegó a comprender cuatro componentes fundamentales: Cybernet, la red de télex que comunicaba las empresas; Cyberstride, encargado del procesamiento estadístico de la información; CHECO, pensado para realizar simulaciones económicas; y la célebre Opsroom, la sala desde la cual podían visualizarse los indicadores fundamentales del sistema productivo. Visto medio siglo después, resulta difícil no advertir la audacia de semejante proyecto en un país que disponía de una cantidad ínfima de computadores y cuyas comunicaciones industriales descansaban todavía en centenares de aparatos de télex.

Radio Ambulante ha recuperado magníficamente las imágenes de aquella experiencia. Allí aparecen los carruseles de diapositivas, los controles instalados en los sillones, los llamados Datafeeds y los grandes esquemas que traducían estadísticas industriales en representaciones comprensibles. La información provenía de las fábricas estatales y Cyberstride debía seleccionar aquellas alteraciones que exigían atención, evitando que todo el sistema dependiera de la interpretación burocrática de una sola persona. Radio Ambulante recuerda, además, que la red estaba concebida para que los trabajadores de las fábricas enviaran información mediante télex hacia el sistema central y describe explícitamente el proyecto como una tecnología destinada a conectar la economía y distribuir capacidad de decisión.

Pero es precisamente aquí donde conviene abandonar por un momento los sillones blancos. Porque mientras ingenieros, matemáticos y diseñadores construían Cybersyn, en los grandes centros industriales chilenos estaba ocurriendo algo todavía más extraordinario. Durante 1972 y 1973 surgieron los Cordones Industriales, organismos territoriales en que trabajadores de distintas fábricas comenzaron a coordinarse por encima de los límites de cada empresa. Cerrillos-Maipú, Vicuña Mackenna, San Joaquín y otros sectores industriales se convirtieron en escenarios de una experiencia inédita de organización obrera. La historiografía ha documentado que los cordones combinaban reivindicaciones económicas con problemas políticos y tendían, aunque de manera embrionaria e inconclusa, hacia formas de poder obrero territorial. Al momento del golpe existían alrededor de treinta y un cordones, ocho de ellos en Santiago. Estudios dedicados específicamente a Cerrillos-Maipú muestran además que estas organizaciones surgieron como respuestas autónomas de los trabajadores frente a problemas concretos de producción, abastecimiento y coordinación y terminaron constituyéndose en espacios comunes de deliberación política popular.

Ahí aparece la dimensión que con frecuencia desaparece de las reconstrucciones de Cybersyn. La pregunta histórica no es solamente qué podía hacer un computador IBM conectado mediante télex a las fábricas del Área Social. La pregunta decisiva es quién debía producir la información, quién debía interpretarla y quién debía finalmente decidir.

La importancia de Cybersyn reside precisamente en que ese problema estaba abierto. La planificación socialista ha sido caricaturizada innumerables veces como una enorme oficina ministerial desde la cual funcionarios omniscientes pretenderían determinar hasta el último tornillo producido por una economía. Pero el experimento chileno apuntaba hacia una problemática diferente: construir circuitos de información capaces de permitir coordinación sin suprimir completamente la autonomía de los distintos niveles productivos. El modelo de Beer intentaba precisamente que cada unidad resolviera localmente aquello que podía resolver y que sólo las alteraciones significativas ascendieran hacia instancias superiores. Según la reconstrucción realizada por académicos de la Universidad de Chile, la información debía circular entre CORFO, los comités sectoriales, las empresas y los trabajadores, entregando a cada nivel indicadores comprensibles y oportunos.

La información que recibían era indicadores de gestión sobre las industrias, empresas textiles, forestales, e industria pesada.

Esa estructura técnica coincidía, aunque nunca llegó a integrarse plenamente con ella, con otra estructura política que estaba naciendo desde abajo: los cordones. Tal coincidencia permite formular una lectura histórica distinta de Cybersyn. Más que presentarlo exclusivamente como una creación de Stafford Beer, puede entenderse como parte de una contradicción mucho mayor que atravesó toda la experiencia de la Unidad Popular. El Estado intentaba administrar un sector socializado creciente mientras los trabajadores, empujados por la crisis política, comenzaban en numerosos lugares a intervenir directamente en la administración de fábricas, en el abastecimiento, en el transporte y en la defensa de la producción. La tecnología ofrecía entonces una posibilidad que apenas alcanzó a insinuarse: poner información económica compleja a disposición de quienes participaban materialmente del proceso productivo.

El paro patronal de octubre de 1972 fue probablemente el momento en que aquella posibilidad dejó de parecer una abstracción. La red de télex permitió mantener comunicaciones entre empresas y organismos estatales en medio de una ofensiva destinada a interrumpir transporte, distribución y abastecimiento. La experiencia fue posteriormente señalada por participantes del proyecto como una demostración de la utilidad práctica de SYNCO. Para mayo de 1973, aproximadamente el 26,7 por ciento de las empresas del Área de Propiedad Social estaban incorporadas al sistema, pero representaban el 55,3 por ciento de sus ventas. No era todavía una economía planificada en funcionamiento pleno. Era el esqueleto experimental de una forma nueva de coordinación económica.

Y es justamente su carácter inconcluso lo que vuelve inconveniente convertir Cybersyn en un objeto de veneración tecnológica. No hubo tiempo histórico suficiente para saber cuál habría sido su desarrollo. Tampoco existe fundamento para suponer que la tecnología hubiera resuelto por sí sola las contradicciones políticas de la Unidad Popular. Radio Ambulante recuerda correctamente sus limitaciones materiales, sus retrasos y los problemas técnicos que acompañaron el proyecto. La cuestión más importante estaba en otro lugar: la tecnología jamás podía responder quién debía ejercer el poder sobre la economía.

Esa respuesta se estaba buscando en las fábricas. Los cordones industriales constituyeron uno de los momentos en que sectores de trabajadores comenzaron a superar prácticamente la separación entre lucha sindical y dirección económica. Allí donde los comités discutían producción, materias primas, abastecimiento o defensa de las instalaciones, aparecía inevitablemente una interrogante política: si quienes producen conocen la fábrica, organizan el trabajo y mantienen funcionando la economía, ¿por qué las decisiones fundamentales deberían permanecer fuera de su control? Testimonios de empresas incorporadas a aquel proceso describen la existencia de comités de producción, vigilancia y bienestar que intervenían directamente en la conducción cotidiana de las industrias.

Las mujeres de Cybersyn. De izquierda a derecha: Pepa Foncea, Lucía Wormald, Eddy Carmona y Jessie Cintolessi. 

Desde esta perspectiva, la imagen de Cybersyn cambia completamente. Sus terminales dejan de ser simples reliquias del futurismo setentero. Pueden leerse como la expresión técnica —todavía limitada y contradictoria— de un problema político planteado por la movilización social: cómo convertir el conocimiento fragmentado de millares de trabajadores en conocimiento colectivo de la economía.

El capitalismo también planifica. Lo hacen las grandes empresas cuando coordinan plantas distribuidas por continentes, calculan inventarios, anticipan demanda, reorganizan cadenas logísticas y procesan en segundos cantidades de información que en 1972 habrían parecido inimaginables. Lo que permanece sometido a mecanismos de mercado es la relación entre esas unidades privadas y, sobre todo, la decisión acerca de qué producir, para quién producir y bajo qué criterio distribuir los recursos sociales. La controversia histórica sobre planificación y mercado, por tanto, no puede reducirse seriamente a la oposición entre información y ausencia de información. El problema central es quién controla los medios de producción y con qué objetivos utiliza el conocimiento generado por la sociedad.

Cybersyn resulta sugestivo precisamente porque apareció en el instante en que esa pregunta dejó de ser puramente académica. No fue simplemente el sueño de un científico extranjero ni una extravagancia estética concebida por diseñadores particularmente imaginativos. Tampoco fue, todavía, la realización acabada de un sistema de control obrero de la economía. Fue un proyecto estatal nacido de las necesidades creadas por la socialización de una parte sustancial de la industria y desarrollado en el mismo tiempo histórico en que sectores de la clase trabajadora chilena estaban construyendo organismos propios de coordinación económica y política. Separar ambos fenómenos significa mutilar la experiencia.

La sala hexagonal, por impresionante que resulte, era apenas una habitación. La verdadera sala de operaciones se extendía por Cerrillos, Vicuña Mackenna, San Joaquín y los demás territorios industriales en los que miles de trabajadores discutían cómo mantener abiertas las fábricas, cómo trasladar materias primas, cómo distribuir productos y cómo responder al sabotaje económico. Los cordones constituían la infraestructura humana de una posibilidad histórica mucho más profunda que cualquier computador: la posibilidad de transformar a quienes habitualmente aparecen como ejecutores de decisiones económicas en sujetos capaces de participar en su elaboración.

Ansicht des Display «Staffy»

Por eso acaso resulte engañoso contemplar hoy Cybersyn solamente con la indulgencia reservada a las utopías tecnológicas del siglo XX. La historia que revelan aquellas fotografías es más conflictiva. Hablan de una sociedad que llegó a interrogar prácticamente el monopolio capitalista de la decisión económica. Hablan de ingenieros intentando hacer visible una economía entera mediante flujos de información, pero también de trabajadores intentando convertir la propiedad social en poder efectivo sobre la producción.

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 destruyó ambas experiencias. SYNCO fue desmantelado; parte de sus integrantes partió al exilio y la sala de operaciones desapareció. Los cordones industriales fueron aplastados mediante la represión que acompañó la instauración de la dictadura. Aquello que había comenzado a discutirse en términos de control obrero, propiedad social y planificación fue sustituido durante los años siguientes por una transformación radicalmente distinta de la economía chilena.

Medio siglo después quedan las fotografías. Miradas aisladamente, pueden parecer la escenografía de un futuro que nunca ocurrió. Miradas junto a las fábricas tomadas, las asambleas, los comités de producción y los cordones industriales, cuentan otra historia. Cybersyn aparece entonces no como un capricho futurista colocado accidentalmente en la experiencia chilena, sino como una de las herramientas concebidas durante un momento en que la sociedad comenzó a preguntarse si la economía podía ser gobernada conscientemente.

Su importancia histórica quizá radique allí. No en haber demostrado que una computadora podía sustituir al mercado ni en haber encontrado una solución técnica definitiva al problema de la planificación —cosas que el proyecto nunca alcanzó a demostrar—, sino en haber planteado que la enorme cantidad de información generada por una economía moderna podía ponerse al servicio de formas colectivas de decisión.

Recuperar Cybersyn significa, por eso, recuperar también a quienes estaban detrás de los datos que llegaban por aquellos télex. Los trabajadores que producían, contabilizaban, transportaban, reparaban y organizaban las fábricas eran la fuente material de aquella información. Los cordones mostraron además que podían comenzar a coordinarla políticamente. Sin ellos, Cybersyn puede terminar reducido a una bella pieza de museo. Con ellos, vuelve a aparecer como lo que fue: el vestigio tecnológico de una batalla mucho mayor por decidir quién debía gobernar la producción social.