Narración de Jaime Bernales: «Tiempos infernales»

Bajé calmadamente la escala del segundo al primer piso, de ahí caminé, sin prisa alguna, hasta el paradero a esperar ya fuera un Uber, un taxi, un colectivo o la micro. Largo rato esperando y nada. En eso apareció un ciclista, le levanté el brazo para que se detuviera y eso fue lo que hizo. Me acerqué, le pegué un balazo y acomodé su cuerpo en la cuneta para que no estorbara el paso de los vehículos. Y me fui pedaleando tranquilamente hasta el otro pueblo, en dirección al parque.

Al llegar, dejé la bicicleta apoyada en un poste de la luz y me fui a sentar a la pérgola. Estando allí, vi a una pareja que discutían acaloradamente, deben haber sido pololos, digo yo. Ella era una chica bonita, joven, cabello largo, cuerpo muy bien formado. Sí, era bonita. De pronto, recibió una violenta bofetada. Al ver esto, me paré, me dirigí hacia ellos y al llegar a su lado, le pegué un balazo al muchacho. Miré a la chica, arreglé su cabello, tomé sus manos y besé sus labios. Guardó silencio, me sonrió, y ahora ella llevó sus labios a los míos.

La invité a sentarnos en los bancos que miran a la iglesia. Ya ubicados conversamos, nos reímos, nos besamos, nos acariciamos. Estábamos contentos. Era increíble. Miré hacia la iglesia y le di las gracias al Señor por haber puesto en mi camino una niña encantadora como ella. Nos miramos profundamente, nos enderezamos y sin decir nada nos dirigimos al estero. Al rato después comenzaron a sonar las sirenas de vehículos policiales, igual que en las seriales policiacas norteamericanas. Mientras tanto, nuestros cuerpos desnudos se entrelazaban en un escondite que fabricamos entre los arbustos y las chilcas.

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