El fascismo como concepto transhistórico

por Enzo Traverso

El fascismo ha rebasado recientemente los límites del debate historiográfico, cuando muchos observadores pensaban que había quedado definitivamente relegado, para volver espectacularmente a la agenda política. La tendencia es global. Desde la década de 1930, el mundo no ha experimentado un crecimiento similar de los movimientos de derecha radical, lo que inevitablemente despierta la memoria del fascismo. En un principio, el fenómeno apareció en la Europa continental, con el surgimiento del Frente Nacional en Francia y otros movimientos de ex trema derecha en los países del antiguo bloque soviético.

Hoy en día, los partidos de extrema derecha están fuertemente representados en casi todos los países de la Unión Europea, a veces incluso como fuerzas gubernamentales. El éxito de Alternativa para Alemania (AfD) y Vox demuestra que Alemania y España ya no son la excepción. La ola se convirtió en tsunami y desbordó otros continentes, con la elección de Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Narendra Modi en India y Rodrigo Duterte en Filipinas. El nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el autoritarismo se han vuelto altamente contagiosos. Por todas partes, los fantasmas del fascismo reaparecen y los que habían sido derrotados, el monopolio estatal de la violencia legítima había sido radicalmente cuestionado y la política había tomado las armas. Muchos partidos crearon su propia milicia. Hoy, por el contrario, la mayoría de los líderes de la derecha radical están acostumbrados a aparecer en nuestras pantallas de televisión; ya no encienden multitudes histéricas ni asisten a mítines masivos en los que sus seguidores marcharon vestidos de uniforme. Entre sus activistas, la violencia es la excepción —como la masacre de Utoya de 2011 o el ataque automovilístico de Charlottesville seis años después—, no la regla. El posfascismo ha surgido después de setenta años de paz en la mayoría de los países occidentales. A partir de entonces, su relación con la democracia es diferente y no exhibe un carácter “subversivo”. Occidente pudo “exportar” violencia fuera de sus fronteras, principalmente en el Medio Oriente, y está acostumbrado a representar a una de sus criaturas —el terrorismo—, como una amenaza externa. Pero esto es una forma de exorcismo.

Anticomunismo

Un pilar fundamental del fascismo clásico fue el anticomunismo. Después de la Gran Guerra, el anticomunismo fue el crisol para la transformación del nacionalismo de la derecha conservadora a la derecha “revolucionaria”: Mussolini definió su movimiento como “revolución contrarrevolución”. Hoy, tras el colapso del socialismo real y el fin de la URSS, el anticomunismo ha perdido tanto su atractivo como su significado. A veces sobrevive —piénsese en la campaña de Bolsonaro contra el “marxismo cultural”—, pero se ha vuelto marginal. Esto tiene algunas consecuencias considerables. Ya no existe una poderosa frontera que en el pasado se- paraba al fascismo de las clases trabajadoras. De esta manera, Le Pen, Salvini, Orbán y Trump han reintegrado a la clase obrera a un imaginario nacionalista. Por supuesto, se refieren a una clase obrera “nacional” (sin inmigrantes), compuesta mayoritariamente por hombres blancos, pero pretenden defenderlos de la globalización. Reivindican una especie de estado de bienestar étnicamente circunscrito que se opone a una política neoliberal de privatización. Un obstáculo importante ha caído. En una perspectiva histórica, el posfascismo también podría verse como el resultado de la derrota de las revoluciones del siglo XX: después del colapso del comunismo y la adopción de la razón neoliberal por parte de la mayoría de los partidos socialdemócratas, los movimientos de derecha radical se han convertido, en muchos países, en las fuerzas más influyentes que se oponen al “establishment” sin mostrar un rostro subversivo y evitando cualquier competencia con una izquierda desmovilizada.

Este cambio está lejos de ser anecdótico. En la década de 1930, el fascismo no pudo conquistar a las clases trabajadoras, que seguían impregnadas de una cultura socialista y organizadas por partidos y sindicatos de izquierda. Un sólido muro separaba sus valores, identidades y lenguas; expresaron diferentes rituales y símbolos. Cuando llegó al poder, el fascismo no pudo integrar el movimiento obrero en su propio sistema social y político; se vio obligado a destruirlo. Hoy, esta división ha desaparecido. En muchos países europeos, los antiguos bastiones de la izquierda se han convertido, con una inversión espectacular del panorama electoral tradicional, en los baluartes de los partidos de extrema derecha.

La derecha radical reivindica el paradigma populista clásico de la gente “buena” frente a las élites corruptas, pero lo ha reformulado significativamente. En el pasado, la gente “buena” significaba una comunidad rural étnicamente homogénea opuesta a las “clases peligrosas” de las grandes ciudades. Tras el fin del comunismo, una clase obrera derrotada golpeada por la desindustrialización se ha reintegrado a esta virtuosa comunidad nacional. Los “malos” del imaginario posfascista, inmigrantes, musulmanes y negros de los suburbios, mujeres con velo, yonquis y hombres marginales se fusionan con las clases ociosas que adoptan costumbres liberadas: feministas, LGBTIQ+, antirracistas, ecologistas y defensores de los derechos de los inmigrantes. En el espectro opuesto, las “buenas” personas son nacionalistas, antifeministas, homofóbicas, xenófobas y alimentan una clara hostilidad hacia la ecología, las artes modernas y el intelectualismo.

Anti-utopismo

El posfascismo pertenece a una época “posideológica” configurada por el derrumbe de las esperanzas del siglo XX y no rompe un nuevo régimen de temporalidad que, hablando una vez más con Koselleck, se ve privado de todo “horizonte de expectativa”. En la década de 1930, el fascismo reivindicó una “revolución nacional” y se describió a sí mismo como una civilización alternativa opuesta tanto al liberalismo como al comunismo. Anunció el nacimiento de un “Hombre Nuevo” que habría de regenerar el continente reemplazando a las viejas y decadentes democracias. Por el contrario, el posfascismo no tiene ambiciones utópicas. Su modernidad radica en los medios de su propaganda —todos sus líderes están familiarizados con la publicidad y la comunicación televisiva—, más que en su proyecto, que es profundamente conservador. Frente a los enemigos de la civilización —la globalización, la inmigración, el islam, el terrorismo—, la derecha radical sólo reclama una vuelta al pasado: moneda nacional, soberanía nacional, “preferencia nacional”, detención de la inmigración, preservación de las raíces cristianas de los países occidentales, jerarquías de género, defensa de la familia, etc.

Desde este punto de vista, la nueva derecha radical es más neoconservadora que fascista; pertenece a la tradición del “pesimismo cultural” (el Kulturpessimismus descrito por Fritz Stern) más que a la “revolución conservadora”, que proyectó valores aristocráticos y antidemocráticos en un futuro orden político (una peculiar mezcla de oscurantismo y tecnología idealizada). Piénsese en el ideólogo de Alternative für Deutschland, Rolf-Peter Sieferle. Escribió un panfleto pesimista en el que se quejaba de la decadencia de Alemania, dominada por valores cosmopolitas y posnacionales, y completamente remodelada por la idea de Habermas de “patriotismo constitucional”. Tras publicar su testamento intelectual, Finis Germania(2017), se suicidó. En resumen, esta no es la trayectoria de un “redentor”. Recuerda una vez más el discurso resignado sobre la “decadencia” elaborado por Arthur Gobineau y Oswald Spengler en el siglo XIX y principios del XX, más que el llamado moderno a la venganza y la regeneración encarnado por Maurice Barrès y Ernst Jünger, los pensadores del “nacionalismo integral”, la “movilización total” y el advenimiento de la era de los nuevos “milicianos”. Su antimodernismo es la antípoda de la propensión a la estetización de la política tan típica del fascismo clásico.

De hecho, existe una sorprendente simetría en la falta de futuro que se da tanto en la cultura posfascista como en la izquierda radical. El eclipse del mito de un “Reich de los Mil Años” o el renacimiento del Imperio Romano se corresponde con el fin de la utopía socialista. Hoy no hay equivalente a la competencia entre el bolchevismo y el fascismo para conquistar el futuro que tan profundamente moldeó la década de 1930. Esta competencia que, según Ernst Bloch, se desarrollaba en el inconsciente y los sueños de las masas, pertenece a la primera mitad del siglo pasado. Mientras que muchos movimientos de izquierda como Occupy Wall Street en EE.UU., el 15-M en España o la Nuit debout en Francia intentaron construir un nuevo proyecto de futuro, el posfascismo llena el vacío dejado por un desaparecido “horizonte de expectación” con una retirada reaccionaria al pasado.

Xenofobia

Una característica común de la derecha radical es la xenofobia. El odio a los inmigrantes da forma a su ideología e inspira su acción. Transforman a los “inmigrantes” en “enemigos infiltrados”, cuerpos extraños que amenazan la salud de una comunidad nacional. La globalización ha engendrado una serie de poderosas reacciones, muy diversas y a menudo diametralmente opuestas. De todas ellas, el posfascismo es sin duda la más regresiva: un renacimiento del nacionalismo étnico. Rechaza el pluralismo cultural en nombre de identidades monolíticas y niega el pluralismo racial o religioso. Transforma el paradigma del extranjero de Georg Simmel en la figura del enemigo de Carl Schmitt. La búsqueda de un chivo expiatorio es un elemento constitutivo del discurso fascista, y el posfascismo no se desvía de ese camino, aunque es más un innovador que un seguidor: el principal objetivo de su odio ya no son los judíos, sino los musulmanes. Este paso del antisemitismo a la islamofobia es un cambio significativo que merece ser analizado.

El fascismo era fuertemente antisemita. El antisemitismo dio forma a toda la visión del mundo del nacionalsocialismo alemán y afectó profundamente a las variedades de nacionalismos radicales franceses; se introdujo en las leyes del régimen fascista italiano en 1938 e incluso en España, donde los judíos habían sido expulsados a finales del siglo XV, la propaganda de Franco los identificaba con los rojos como enemigos del nacionalcatolicismo. Por supuesto, en la primera mitad del siglo XX, el antisemitismo estaba muy extendido casi en todas partes, desde las capas aristocráticas y burguesas —donde estableció límites simbólicos, hasta la intelligentsia: muchos de los escritores más leídos de la década de 1930 no ocultaron su odio hacia los judíos.

Hoy, sin embargo, los inmigrantes musulmanes han reemplazado a los judíos en el discurso racista. El racismo —una doctrina científica basada en teorías biológicas— ha sido reemplazado por un prejuicio cultural que enfatiza una discrepancia irreductible entre la Europa “judeo-cristiana” y el mundo islámico. El antisemitismo tradicional, que dio forma a todos los nacionalismos europeos durante más de un siglo, no ha desaparecido los periódicos ataques de neonazis contra sinagogas y escuelas judías tanto en Europa como en los Estados Unidos prueban su persistencia—, sino que se ha convertido en un fenómeno residual o ha transmigrado de la derecha al fundamentalismo islámico. Como en un sistema de vasos comunicantes, el antisemitismo de antes de la guerra declinó y aumentó la islamofobia. De hecho, hay una cierta continuidad en este traslado histórico. La re- presentación posfascista del enemigo reproduce el viejo paradigma racial y, al igual que el antiguo bolchevique judío, el terrorista islámico suele ser representado con rasgos físicos que acentúan su alteridad.

En un siglo, la ambición intelectual de la derecha radical ha disminuido significativamente. Hoy en día no existe el equivalente de la Francia judía de Edouard Drumont (1882) ni de Los fundamentos del siglo XIX (1899) de Houston Stewart Chamberlain, como tampoco de los ensayos sobre antropología racial de Hans Günther de los años treinta. El nuevo nacionalismo no ha producido escritores como Louis Ferdinand Céline y Pierre Drieu La Rochelle, por no hablar de filósofos como Giovanni Gentile, Martin Heidegger y Carl Schmitt. El humus cultural del posfascismo no se nutre de la creación literaria —excepto quizás Sumisión (2016) de Michel Houellebecq, que retrata a una Francia en el 2022 transformada en una República Islámica—, sino de una campaña masiva para ganar la atención de los medios. Numerosas personalidades políticas e intelectuales, canales de televisión y revistas populares que no pueden ser calificadas de fascistas, han contribuido a construir este humus cultural. Podríamos recordar la prosa inflamada de Oriana Fallaci sobre los musulmanes que “se reproducen como ratas” y orinan contra los muros de nuestras catedrales.

George L. Mosse había señalado que, en el fascismo clásico, las palabras habladas eran más importantes que los textos escritos. En una época en la que la cultura de la palabra y la imagen canalizadas por la televisión y las redes sociales ha sustituido a la textualidad, no es de extrañar que el discurso posfascista se propague en primer lugar a través de los medios de comunicación, cediendo un lugar secundario a las producciones literarias (que se convierten en útiles —como Sumisión— en la medida en que se transforman en eventos mediáticos).

Podemos observar muchas similitudes significativas entre la islamofobia actual y el antisemitismo de fin de siglo, en una era prefascista. Pero deberíamos distinguir entre Francia y Alemania. Después del caso Dreyfus, el antisemitismo francés estigmatizó a los inmigrantes ju- díos de Polonia y Rusia, pero su objetivo principal fueron los altos funcionarios (juifs d’Etat) que, bajo la Tercera República, ocuparon puestos muy importantes en la burocracia, el ejército, las instituciones académicas y el gobierno. El propio capitán Dreyfus era un símbolo de tal ascensión social. En la época del Frente Popular, el objetivo del antisemitismo era Léon Blum, un dandi judío que encarnaba la imagen de una República conquistada por la “Anti-Francia”. Los judíos fue- ron designados como “un Estado dentro del Estado”, una posición que ciertamente no se corresponde con la situación actual de las minorías musulmanas que siguen estando enormemente subrepresentadas dentro de las instituciones de los países europeos.

Así, la comparación sería más pertinente con la Alemania guillermina, donde los judíos fueron cuidadosamente excluidos de la maquinaria estatal justo cuando los periódicos advirtieron contra una “invasión judía” (Verjudung) que estaba poniendo en tela de juicio la matriz étnica y religiosa del Reich. El antisemitismo desempeñó el papel de un “código cultural” que permitió a los alemanes definir negativamente una conciencia nacional, en un país desgarrado por la rápida modernización y urbanización, en la que los judíos aparecían como su grupo más dinámico. En otras palabras, un alemán era ante todo un no judío. Hoy, de manera similar, el Islam se está convirtiendo en un código cultural que permite a los europeos encontrar, por una demarcación negativa, su identidad nacional “perdida”, amenazada o sumergida en el proceso de globalización.

A veces, el antisemitismo y la islamofobia coexisten en el discurso posfascista como dos figuras retóricas complementarias. El caso más llamativo de esta combinación lo encontramos con Viktor Orbán, el jefe del gobierno húngaro, que denuncia una doble amenaza: una conspiración financiera organizada por una élite judía de Wall Street (el blanco habitual de sus discursos es el banquero George Soros), y una amenaza demográfica encarnada por la inmigración masiva: la “invasión islámica”. Si bien de manera menos explícita que Viktor Orbán, otros líderes de extrema derecha de Europa central y occidental también suelen esgrimir argumentos similares. Pero no debemos pasar por alto las múltiples contradicciones de tal retórica xenófoba: Viktor Orbán, al igual que Trump, Bolsonaro y otros líderes de extrema derecha, tiene una muy buena relación con Israel, al que consideran un poderoso bastión antiislámico (y como un intermediario útil entre el grupo de Visegrad y los EE.UU.). Recuérdese a Matteo Salvini, el líder de la derecha radical italiana, que se hizo famoso internacionalmente cuando, como Ministro del Interior, impidió que barcos con refugiados de algunas ONG llegarán a las costas de Sicilia. Tiempo después, participó en masivos mítines contra los inmigrantes y organizó una conferencia contra el antisemitismo en Roma, junto al embajador de Israel como invitado distinguido.

En Francia, el mito de la “invasión islámica” se formuló por primera vez como un tropo literario que rápidamente se convirtió en un eslogan: el “gran reemplazo” (le grand remplacement). El inventor de esta figura retórica de la “islamización” de Francia es Renaud Camus, un escritor que no oculta su cercanía con el Frente Nacional. Hace quince años, se quejó en su diario de la abrumadora presencia judía en los medios culturales franceses; en los años siguientes, cambió su enfoque a los musulmanes, los actores del “gran reemplazo”. Camus pertenece a la vieja escuela del conservadurismo francés. Su queja sobre la desaparición de la Francia eterna tiene el angustioso sabor de los panfletos de Léon Bloy. Sin embargo, los defensores más populares de la teoría del “gran reemplazo” son dos intelectuales públicos: Eric Zemmour y Alain Finkielkraut. Zemmour ha dedicado a este tema un libro de gran éxito —500.000 ejemplares vendidos en seis meses— titulado El suicidio francés (2015). Finkielkraut es autor de otro best-seller, La identidad desdichada, en el que describe la desesperación de una gran nación enfrentada a dos calamidades: el multiculturalismo y una hibridez erróneamente idealizada (el “melting pot” francés, el métissage de una Francia “Black-Blanc-Beur”, es decir, negros, blancos y magrebíes: una imagen nacional que se hizo muy popular después de la victoria de Francia en la Copa Mundial de Fútbol en 1998).

Puesto en una perspectiva histórica, el mito del “gran reemplazo” revela algunas afinidades sorprendentes con un estereotipo antisemita clásico. Este discurso no difiere mucho del nacionalismo alemán de finales del siglo XIX. En 1880, Heinrich von Treitschke, el historiador alemán más respetado, deploró la “intrusión” (Einbruch) de los judíos en la sociedad alemana, donde sacudieron las costumbres de la Kultur y actuaron, según él, como elemento corruptor. La conclusión de Treitschke fue una nota de desesperación que se convirtió en una especie de eslogan: “los judíos son nuestra desgracia” (die Juden sind unser Unglück). Este eslogan fue apropiado por el nacionalsocialismo en la década de 1930. De hecho, la “infelicidad” de Finkielkraut y Treitschke tiene las mismas raíces: un descontento similar frente a la modernización y la globalización combinado con la búsqueda de un chivo expiatorio.

En EEUU, el equivalente al “gran reemplazo” es el eslogan de Donald Trump “America first” (América primero) que, al igual que su homólogo francés, tiene una interesante genealogía analizada por Sarah Churchwell (2018). Las palabras tienen su propia historia de la que incluso sus hablantes pueden no ser conscientes. Robert O. Paxton, un distinguido historiador del fascismo, señaló que, a pesar de sus frecuentes comportamientos y valoraciones casi fascistas, es probable que Donald Trump nunca haya leído ningún libro sobre el fascismo. Sin embargo, su lema está cargado de un largo y pesado pasado. Hasta la Primera Guerra Mundial, “América primero” era el mantra del aislacionismo; evocó un espíritu de egoísmo y la convicción de que los intereses nacionales deben ser defendidos sin importar las circunstancias externas. Pero la Gran Guerra fue un punto de inflexión. Desde principios de la década de 1920, este lema tomó otro sentido, hasta condensar las pretensiones de un nuevo nativismo que, según muchos contemporáneos, expresaba los rasgos de un posible fascismo estadounidense. Impulsado por el “temor rojo” antibolchevique y el ascenso del KKK, que alcanzó en ese momento su mayor influencia, “América primero” fue reinterpretado en términos de racismo biológico. Estados Unidos debía protegerse de la inmigración masiva, una amenaza externa proveniente del sur y este de Europa que estaba modificando las bases biológicas de su civilización. Los campe- sinos italianos, polacos y balcánicos, así como los judíos orientales, estaban destruyendo el nordicismo, el pilar de la América tradicional, es decir, la América WASP, correspondiente a White Anglo-Saxon Protestant [blancos anglosajones y protestantes]. Los equivalentes estadounidenses de Chamberlain, Drumont, Barrès y Maurras fueron el eugenista Madison Grant, autor de La caída de la gran raza (1916), y La creciente marea de color contra la supremacía mundial blanca (1920) de Lothrop Stoddard. Ambos anunciaban un futuro de decadencia para una nación que, a causa de la inmigración, no podía seguir siendo una “población homogénea de sangre nórdica”. Esta gran campaña resultó en la Ley de Orígenes Nacionales de 1924, apoyada con entusiasmo por el KKK, que redujo la deseaba cumplir su “misión civilizadora” apoderándose de territorios fuera de Europa, la islamofobia poscolonial lucha contra un enemigo interior en nombre de los mismos valores. El rechazo reemplazó a la ocupación, pero sus motivaciones no cambiaron: en el pasado, la conquista apuntaba a subyugar y “civilizar”; hoy, la expulsión tiene como objetivo “proteger” la civilización. Esto explica los debates recurrentes sobre el laicismo y el velo islámico, especialmente en Francia, que llevaron a leyes islamófobas que lo prohibieron en lugares públicos. Este acuerdo consensuado sobre una concepción neocolonial y discriminatoria de la laicidad ha contribuido significativamente a la legitimación del posfascismo en la esfera pública.

Señalé el carácter neoconservador del posfascismo, pero esta tendencia está formada por muchas contradicciones y no debe interpretarse como un retorno a Joseph de Maistre. Surgido de una tradición política consolidada de democracia liberal y de un modelo antropológico de individualismo posesivo construido por sociedades de mercado, el posfascismo ha roto con el tipo ideal fascista y, en muchos casos, reivindica el legado de la Ilustración. En la era postotalitaria de los derechos humanos, esto le da respetabilidad.

El colonialismo clásico se había producido en nombre del progreso y del universalismo; esta es la tradición con la que el posfascismo intenta fusionarse. No justifica su guerra contra el Islam con los viejos y hoy ya inaceptables argumentos del racismo doctrinal, sino con la filosofía de los Derechos Humanos. Marine Le Pen —que se ha distanciado claramente de su padre en este tema— no quiere defender exclusivamente a los franceses nativos frente a los inmigrantes; ella desea defender también a las mujeres contra el oscurantismo islámico. La homofobia y la islamofobia que simpatiza con las comunidades LGBTIQ+ coexisten en esta cambiante derecha radical. En Holanda, el feminismo y los derechos de los homosexuales han sido las banderas de una violenta campaña xenófoba contra la inmigración y los musulmanes, protagonizada primero por Pim Fortuyn y luego por su sucesor Gert Wilders.

Élites

La última diferencia significativa entre el fascismo clásico y el pos- fascismo radica en la posición de las élites globales. En la década de 1930, el miedo al comunismo empujó a las élites a aceptar a Hitler, Mussolini y Franco. Como han señalado varios historiadores, estos dictadores ciertamente se beneficiaron de los muchos “errores de cálculo” cometidos por los estadistas y los partidos conservadores tradicionales, pero no hay duda de que sin la Revolución Rusa y la depresión mundial, en medio de una República de Weimar que se derrumba, las élites económicas, militares y políticas de Alemania no habrían permitido que Hitler tomara el poder. Despreciaban a Hitler por su origen plebeyo, su fanatismo y su estilo histérico —más que por su racismo o antisemitismo—, pero lo preferían al bolchevismo y estaban dispuestos a acogerlo como un hombre providencial ante la amenaza de una nueva revolución espartaquista. Hoy, toute proportion gardée, algo similar podría ocurrir en las elecciones americanas. Las élites globales no son proteccionistas ni están interesadas en detener la inmigración, y no comparten la cultura o el estilo de Trump, pero se acomodan de todo tipo de poder, como ocurrió con Trump mismo durante cuatro años, y como ocurre ahora en Italia o en otros países de la Unión Europea gobernados por la derecha radical.

En Europa, la situación es diferente. Allí, los intereses de las élites económicas están mucho mejor representados por la Unión Europea que por la derecha radical. Este último podría convertirse en un interlocutor creíble y un líder potencial solo en el caso de un colapso del euro que llevaría al continente a una situación de caos e inestabilidad. Desafortunadamente, no podemos excluir tal posibilidad. Las élites de la Unión Europea recuerdan a los “sonámbulos” al filo de 1914, los titulares del “concierto europeo” que acudieron a la catástrofe sin enterarse de lo que estaba pasando.

Durante los años de entreguerras, las democracias liberales contemplaron el ascenso del fascismo con una actitud ambigua, mezcla de incomprensión y complacencia, cuyas principales expresiones fueron la no intervención de Francia y el Reino Unido durante la Guerra Civil Española y sus concesiones a Hitler en la Conferencia de Múnich en 1938. Una ambigüedad similar parece repetirse hoy, con muchos episodios de colusión entre la derecha radical y la derecha tradicional en varios países del sur y centro de Europa. En el Parlamento Europeo, los seguidores de Victor Orbán se alían con los de Angela Merkel, mientras en Turingia la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y Alternativa para Alemania (AfD) se aliaron contra la izquierda antes de ser desautorizados por la propia Merkel. Estos episodios confirman que el posfascismo es una constelación inestable y puede cambiar en el futuro, pero hasta ahora la derecha radical ha basado su legitimidad en su rechazo al neoliberalismo. Las élites globales son cosmopolitas; encarnan una forma de universalismo económica y culturalmente posnacional que, como señala acertadamente Wolfgang Streck, ha engendrado, por reacción, “una forma de nacionalismo antielitista desde abajo”. El posfascismo supo dar una expresión política a este temible resentimiento. Las raíces de los movimientos radicales de derecha de hoy en día son antiguas, pero su ascenso fue impulsado por la crisis económica que ha revelado dramáticamente la relación simbiótica entre las élites políticas y las élites financieras. Desde la década de 1990, es decir, desde el final de la Guerra Fría, tanto las fuerzas gubernamentales de derecha como de izquierda han adoptado el neoliberalismo como una especie de pensamiento único. Esta es la premisa principal del espectacular aumento de la extrema derecha, que finalmente ha aparecido como alternativa. Por lo tanto, temo que la defensa del establishment no sea la respuesta al posfascismo, así como las élites de la década de 1930 no pudieron detener el ascenso del fascismo. La derecha radical, se podría decir, es la respuesta antidemocrática al proceso de “deshacer la democracia” llevado a cabo por la razón neoliberal. En un famoso aforismo de 1939, Max Horkheimer escribió que “quien no quiera hablar de capitalismo debería callar también sobre el fascismo”. Hoy se podría decir: “quien no quiera hablar de neoliberalismo, debería callar también sobre el posfascismo”.

Considerando las significativas diferencias entre el fascismo histórico y sus epígonos que he venido mencionando, algunos académicos sugieren representar a estos últimos como populistas. El populismo, argumentan, es una nueva correlación de liderazgo carismático, autoritarismo político, rechazo al pluralismo, nacionalismo étnico, visiones míticas de la soberanía, xenofobia y racismo muchas veces traducidos en leyes discriminatorias. Podemos estar de acuerdo con esta definición.

En el discurso público, sin embargo, el populismo es con demasiada frecuencia una fuente de confusión y malentendidos. Hoy en día, las propias élites lo utilizan como arma como una especie de “herramienta de inmunización”. Como no hay alternativa a la razón neoliberal, todos sus críticos son automáticamente estigmatizados como populistas. De manera similar, durante la Guerra Fría se utilizó el término totalitarismo para “inmunizar” al llamado “mundo libre”: el comunismo era intercambiable con el fascismo y todos los críticos de la sociedad de mercado y la democracia liberal eran enemigos totalitarios.

Si el populismo es un dispositivo retórico que consiste en oponer las virtudes encarnadas por un “pueblo” mítico a las élites corruptas, no hay duda de que la mayoría de los movimientos de extrema derecha contemporáneos son populistas. Sin embargo, tal definición simplemente describe su estilo político, pero no logra captar su contenido. Y este contenido puede ser muy diferente. En América Latina, por ejemplo, hay una larga historia de populismo de izquierda que utilizó la demagogia y, a menudo, sobre todo en los últimos tiempos, asumió rasgos autoritarios, pero su objetivo era principalmente incluir a las clases bajas en el sistema social y político a fin de asegurarles algunos derechos fundamentales. En Europa occidental, el populismo de derecha es xenófobo, racista y reivindica políticas de exclusión. Desde el siglo XIX hemos vivido un populismo ruso y otro estadounidense, una gran variedad de populismos latinoamericanos, un populismo de derecha y otro de izquierda. Ahora bien, si populismo significa que Donald Trump es intercambiable con Bernie Sanders, Podemos con Vox, Marine Le Pen con Jean-Luc Mélenchon y Evo Morales con Jair Bolsonaro, creo que se convierte en un concepto inútil. Populismo es una palabra camaleónica: cuando el adjetivo se transforma en sustantivo, su valor heurístico cae dramáticamente. Muy a menudo, populismo es una palabra que revela el desprecio por el pueblo por parte de quienes la utilizan para descalificar a sus adversarios. Por eso creo que posfascismo es una definición más pertinente.

Conclusión

Considerar el fascismo como un concepto transhistórico no significa postular su carácter eterno ni prever su repetición. En el siglo XXI, no puede aparecer sino bajo una nueva forma y, como indiqué al comienzo de este ensayo, probablemente necesitemos nuevas palabras para describirlo. Si el fascismo es transhistórico, es ante todo porque es mucho más que un simple objeto historiográfico. Es también un ámbito de la memoria y es como tal que afecta nuestro presente y nuestro imaginario político. De nada sirve conmemorar el Holocausto si no nos ayuda a luchar contra el racismo del presente. Estudiar el fascismo sería igualmente inútil si no nos inculca la conciencia de que las democracias son conquistas frágiles, que a veces implosionan y que la historia del siglo XX es también la historia de su desintegración.

Adenda: el posfascismo de Vladimir Putin

La transición del antisemitismo a la islamofobia es sólo una de las muchas expresiones de la diversidad y los cambios del posfascismo. Esta diversidad es el contexto en el que debe insertarse el más reciente de los debates sobre la nueva derecha, el que surgió a partir de la invasión rusa a Ucrania, que llevó a muchos analistas a ver en el régimen de Vladimir Putin la forma completa del fascismo contemporáneo. Este diagnóstico se basa en numerosos elementos indiscutibles a los ojos del observador más superficial: una sociedad civil asfixiada, todas las formas de disidencia reprimidas y perseguidas, un sistema político autoritario, los medios de comunicación transformados en órganos de propaganda, el nacionalismo impuesto como ideología oficial, un líder carismático, una economía controlada por el poder (basada en la exportación de gas y petróleo, encarnada por una oligarquía que mantiene relaciones simbióticas con la élite gobernante) y, finalmente, una política expansionista que tiene profundas raíces en la historia del imperialismo ruso. Todo esto es innegable y en definitiva justifica la definición de Putin como fascista, a pesar de su lenguaje (una propaganda destinada a presentar la agresión de Ucrania como una purga ‘antinazi’). Pero al igual que los posfascismos considerados hasta ahora, el ruso también es esencialmente defensivo y conservador, muy diferente del fascismo clásico. Hitler quería conquistar Europa y hacer de la Unión Soviética el equivalente de la India británica; Mussolini quería hacer del Mediterráneo y gran parte de África Oriental el “espacio vital” italiano. El imperialismo fascista fue expansivo y fue parte de la larga tradición del colonialismo europeo. El expansionismo de la Rusia de Putin es defensivo, porque surge del intento desesperado de Rusia por preservar un estatus de gran potencia irreversiblemente cuestionado al final de la Guerra Fría. Basta echar un vistazo a las cambiantes fronteras geopolíticas de Europa para visualizar el dramático declive de la esfera de influencia rusa. Como suele pasar con los dictadores fascistas, los cálculos de Putin están equivocados y es muy probable que, al final de esta nueva guerra, los misiles de la OTAN estén estacionados no solo en Ucrania sino también en Suecia y Finlandia, a pocos kilómetros de San Petersburgo. El nuevo fascismo encarnado por Putin no amenaza con barrer Europa; más bien, lucha por sobrevivir en el mundo global. Es tan agresivo como conservador, y en este sentido participa plenamente de la corriente general que he llamado posfascismo.

El presente ensayo tiene su origen en una conferencia titulada “Post-Fascism. Fascism as a Trans-Historical Concept”, impartida en la Universidad Cornell en febrero de 2020, en el marco del Institute for Comparative Modernities.

(FuenteRevista Herramienta )

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