Diez tesis para comprender los acontecimientos en Chile

de Movimiento Revolucionario 18 de Octubre

Período: La rebelión ciudadana y popular 

1.- La idea de “estallido social” es un pésimo concepto para caracterizar lo sucedido en Chile a partir del 18 de octubre de 2019. El concepto de rebelión antinoeliberal (por su carácter económico), o rebelión ciudadana y popular (por su carácter social), es más adecuado. Éste expresa mejor los deseos y consignas que ha levantado el pueblo y la ciudadanía a partir del 18 de octubre de 2019; además, nos permite entender mejor que lo que se ha desplegado en Chile es la apertura de un proceso pre revolucionario. Como de las teorías sobre la  revolución no se habla hace muchos años, y quienes las estudian son pocos, explicar lo que está sucediendo se hace extraordinariamente difícil. Opera también, por supuesto, la censura de los transformismos (originado en el eurocomunismo y la renovación socialista) que desde 1989 conforma lo que hoy se llama el “progresismo” y que miran con aire de superioridad e ironía a cualquiera que se atreva a hablar en términos marxistas o simplemente desde las teorías de la revolución. 

2.- Lo anterior, se expresa en que las organizaciones de izquierda en general -sociales y políticas- han expresado una actitud “conservadora” manifestada en la incapacidad de entender el proceso, una lenta capacidad de reacción y de toma de decisiones audaces, formas burocratizadas de relación en su interior y otros vicios. Esto es natural dada la historia que han atravesado los últimos 40 años. Esto juega en contra de la unidad para la acción, cuando se trata de tomar decisiones de conjunto ante definiciones trascendentales como el “Acuerdo por la Paz” o la posibilidad de plantear un nuevo escenario. Nuestra hipótesis es que esas organizaciones van a atravesar varias crisis internas hasta octubre, cuando el Plebiscito se realice. Aún nadie explica que éste no es el problema, sino los dispositivos represivos y desalentadores de la participación realmente popular que van a desplegar los partidos que firmaron el Acuerdo por la Paz, por hacer de la elección de constituyentes un proceso controlado por ellos, en una búsqueda desesperada de relegitimación ante la sociedad. 

Hasta entonces, las crisis al interior de las organizaciones de izquierda van a seguir. De la capacidad de reacción que tengan y de reordenamiento ante la contingencia, va a depender no solo su sobrevivencia, sino también que esta coyuntura pre revolucionaria no muera. Si los partidos firmantes del Acuerdo logran imponer sus términos, la posibilidad de que se inaugure una nueva “transición” de corte conservador, avalada esta vez por una Constitución “democrática y legítima”, son cada vez mayores. 

3.- Esta rebelión antineoliberal sorprendió sin teoría social a los investigadores y analistas: La sociología y la ciencia política, siguiendo los dictados posmodernos, se especializaron en analizar pequeñeces (“microfísicas”, “identidades”, “subjetividades”, etc.). En este momento se hace más necesario volver a analizar procesos sociales y políticos mayores o globales y para ello hay que volver a usar conceptos como “clase”, “correlación de fuerzas”, “poder”, “alianza de clases”, etc. 

4.- Lo que estalló desde el tercer día de manifestaciones estudiantiles que evadían en masa el pago del pasaje en las estaciones del metro, es una doble rebelión social: ciudadana y popular. Entender esto es crucial. La rebelión ciudadana es protagonizada por estudiantes, profesionales, organizaciones feministas, comerciantes, más integrados a la sociedad y al sistema puesto en cuestión. La rebelión popular tiene como componentes barras bravas, estudiantes, jóvenes marginales, obreros, el enorme contingente de profesionales precarizados y jefas de hogar. 

            Ambas se expresan con formas de protesta distintas: mientras la rebelión “ciudadana” se manifiesta de manera festiva, no violenta y “civilizada”. La rebelión “popular” se manifiesta preferente aunque no únicamente, en el enfrentamiento con las fuerzas represivas, la defensa de la movilización y las manifestaciones pacíficas. Pero una y otra son hijas de los mismo, nacieron juntas y su suerte, como la de los siameses con un solo corazón, está unida a la existencia de la otra. 

El Proceso Constituyente 

5.- Tal como ha sostenido el abogado Hernán Montealegre, desde un punto de vista jurídico, el pueblo chileno se autoconvocó en un plebiscito (“reunión masiva y pacífica de un pueblo que representa a la mayoría y adopta decisiones que son obligatorias para los poderes públicos”) que ya realizó y donde obligó al gobierno y a los poderes del Estado a efectuar diversas reformas para entrar al “Proceso Constituyente” que el pueblo ya había iniciado. 

Pero desde el punto de vista histórico el proceso constituyente es un proceso más largo, que inició en noviembre de 2005, cuando en un Congreso de la ACES (Asociación de Estudiantes Secundarios), donde sentaron las bases de la rebelión del año siguiente, concluyeron que ninguno de los puntos que acordaron se podía realizarse sin una Asamblea Constituyente:

Es evidente que un tema tan importante como la educación, el estudiantado no tiene las facultades de tomar decisiones por sí solo. Igual de obvio es que tampoco debiese hacerlo una cúpula, sino que se requiere abrir espacios para una toma de decisiones que recoja la visión y posición de todos los actores involucrados. Por ello, proponemos la realización de una Asamblea Constituyente, con el objetivo específico de reestructurar la LOCE[1].

En los años siguientes otros movimientos y organizaciones sociales llegaron a la mismas conclusiones de la ACES en 2005. Además, se plegaron algunas organizaciones, historiadores, abogados y algunos candidatos presidenciales. Lo que ocurrió el viernes 18 de octubre en Plaza Italia, y en los principales espacios públicos del país, fue el plebiscito constitucional. Lo que haga la clase política y el Congreso es accesorio, no es el origen histórico, ni jurídico del proceso.

Así, históricamente, la sociedad chilena está en proceso constituyente desde ese  noviembre de 2005, y lo que hemos visto desde entonces (aunque hay momentos en que no ha sido tan evidente) es el desarrollo con avances, retrocesos, frenadas y aceleraciones, de un proceso que nació desde la sociedad chilena. Que hoy sea recogido por la “clase política” y el Congreso es parte de ese proceso, no su inicio, ni su culminación. Por ello, y por lo dicho por Montealegre, es necesario tener calma, entender que el “Acuerdo por la paz…” no es definitivo, ni culminante y es solo un capítulo de una larga obra constituyente que el pueblo soberano de Chile está construyendo desde hace casi 15 años. De todos modos, la consumación de este proceso está cerca, pero como es un proceso “abierto”, puede tener un giro conservador, como las protestas populares que iniciaron en 1982 y terminaron en la Transición a la Democracia a partir de 1990, una vez que los partidos cooptaron la rebelión prometiendo ganarle a la dictadura “con un lápiz”. Hoy, como ayer, esto último está vivo y corremos el peligro de que el proceso tenga nuevamente una salida conservadora. 

6.- Los Cabildos ciudadanos y populares autoconvocados 

Al 25 de noviembre los Cabildos autoconvocados que se habían realizado eran alrededor de 2000[2]. Hay que recordar que los Cabildos son la forma histórica en que el pueblo chileno se ha organizado, a nivel local, desde mediados del siglo XVIII, ante las crisis de conducción política de la elite. Surgieron cuando Napoléon Bonaparte apresó al Rey Carlos IV y a su hijo heredero el Rey Fernando VII, provocando la crisis del Imperio Español y el inicio de la Independencia de las naciones hispanoamericanas, entre los años 1808 y hasta 1814, los cabildos locales y regionales se autoconvocaron para debatir sobre el rumbo que debía tomar los pueblos del entonces Reino de Chile. No es casual entonces que, ante una nueva crisis de conducción política, social y económica, resurjan con fuerza en pleno siglo XXI. Estas reuniones, con distinta composición y propósito marcaron una necesidad del mundo popular de participar en el diseño del Estado y el gobierno que quieren, es en sí, la parte más básica y popular del movimiento constituyente que se inició en 18 de octubre. 

7.- ¿Dónde está el poder?

Desde el 18 de octubre, cuando Piñera declaró el Estado de Emergencia y sacó a los militares a la calle, perdió el poder, porque lo delegó primero a los militares y después una parte importante de él se perdió porque abrió la desligitimación de la democracia precisamente por el uso de la fuerza militar. Desde entonces y hasta el inicio de la pandemia, hay un descabezamiento del Estado y no hay jefe de gobierno. Si los sesudos “analistas” que, por falta de teoría, tampoco han atinado en un análisis preciso, no se han dado cuenta, es porque simplemente no existe teoría social ni política para interpretar el presente. 


8.- El Acuerdo por la Paz


            A partir del 4 de noviembre de 2019, el gobierno y la derecha ante el avance de la consigna “Asamblea constituyente” surgida en los cabildos ciudadanos autoconvocados, demostraron que le temen. Para desarmarla han desarrollado una fuerte estrategia comunicacional que recurrió a la amenaza de Golpe de Estado y precipitó la firma del Acuerdo por parte de la izquierda frenteamplista, que actuó ingenuamente y con miedo a la imaginaria amenaza militar. Sin ellos no había Acuerdo, pero dieron el paso y empujaron a la división de la rebelión. 

A partir de la firma del Acuerdo por la Paz, entre el Gobierno y los partidos con representación parlamentaria, la protesta ciudadana y la popular tendieron a separarse y, desde las primeras semanas de enero, fueron vaciando paulatinamente espacios como la Plaza de la Dignidad, y sus correspondientes a nivel regional, y se trasladaron a los territorios y las poblaciones, los espacios naturales del mundo popular. Solo una nueva convocatoria que representa a ambas esferas de la protesta antineoliberal, volverá a unirlos. 

Parte del poder político regresó al Congreso después de la firma del Acuerdo, pero con el correr de los meses, y sobre todo después de iniciada la cuarentena, este órgano del Estado se transformó en una mera oficina de trámites del Ejecutivo. Los resquebrajamientos en la unidad de los partidos de Gobierno se deben a este papel servil que asumió el Congreso durante los primeros meses de 2020. Ello no quiere decir que, a partir del 9 de julio, en que las Cámaras han retomado parte del poder y la iniciativa política, esta situación de subordinación al Poder Ejecutivo, no se vuelva a producir. Un nuevo brote de la rebelión puede empujar a la mayoría de los partidos representados allí, a refugiarse en el autoritarismo del Ejecutivo. 

Pero lo central de esta etapa de los primeros meses de 2020 es que el poder está en disputa entre la capacidad de la protesta social para generar ingobernabilidad, el sistema de partidos existentes de canalizar esa protesta, el gobierno y los “poderes fácticos” (Ejército, Policía, iglesias, etc.), para mantenerlo. 

9.- ¿Pero: qué es la política?

La política tiene varios planos en los que se desarrolla y que actúan de manera combinada y compleja:

1.- Lucha de ideas, 

2.- Lucha de poder, 

3.- Violencia

4.- Negociación. 

El que solo cree que la política es mera lucha de ideas, es un pseudointelectual, un lector sin análisis encerrrado en una torre de marfil. Quien solo concibe a la política como lo segundo: mera lucha de poder, es un Maquiavelo desalmado, amoral; El que solo cree que ejercicio de la violencia como instrumento de poder, es un terrorista. Quien solo cree que la política es negociación es un simple tránsfuga. Entender cómo estos planos se combinan y desarrollan es vital para entender la política y no perderse en los objetivos finales: transformar la sociedad para el bien común y para la felicidad del ser humano. 

Mientras el Gobierno, la derecha y la prensa “progresistas”, han levantado el discurso de condena a la “violencia”. Hablan de la “violencia” como si fuese un ente abstracto e inmanente, con una liviandad que escapa a reflexión y a la construcción de la teoría social tan necesaria pare atender el momento actual. Agitar el fantasma de “la violencia” como un peligro inminente es, por lo menos, irresponsable. La sociedad chilena tiene bases mucho más sólidas que países como Colombia, Perú, México o incluso, Argentina, como para caer en una espiral violentista, como en Colombia a partir de 1948 o Perú en la década de 1980[3].


10.- El sujeto social (revolucionario y no revolucionario)

            Al contrario de otros países latinoamericanos, Chile la sociedad chilena tiene una gran cantidad de organizaciones sociales de base, a su vez, tiene una gran cantidad de organizaciones sociales de representación gremial con una cierta independencia política a la que no hay que despreciar. 

Hacer una división entre la manifestación pacífica y la violenta es caer en el juego del Gobierno y la derecha. Ambas manifestaciones la “pacífica” y la “violenta” han coexistido desde hace más de 10 años en el movimiento social, desde los “pingüinos” el 2006. Ambos tipos de manifestación se desarrollan juntos y a veces en espacios muy reducidos. Entre los “pacíficos” y los “violentos”, hay una enorme gama de manifestaciones de diverso tipo que cambian de forma de acuerdo a las circunstancias. Más allá de preocuparse de los grados de violencia, hay que dejarle eso al discurso político facilista y divisorio del gobierno con el cual tapa la violencia estatal, hay que entender que muchas de las manifestaciones “pacíficas” no se hubiesen podido producir sin los muchachos de la Primera Línea (Y la Segunda y la Tercera), que de ser los odiados “capuchas” dieron un salto cualitativo a formar parte integrante de las marchas y a “protegerlas” (con sus propios «métodos») y no solo en Plaza Italia, también en regiones. Lo mismo sucedió con odiadas las barras bravas: dieron un salto cualitativo, (y no van a volver a su estado anterior), en muchas de las manifestaciones las barras bravas unidas, organizan, acompañan, producen y defienden la protesta social. Catalogar de Frankenstein a los manifestantes violentos es abrir la puerta de par en par para que después los ataque la represión de manera separada, mientras los manifestantes “pacíficos” votan en el plebiscito y esperan, ilusionados, que los partidos del sistema los incluyan en sus listas para ser elegidos constituyentes. Ambos extremos de la protesta social nacieron juntos y se retroalimentan, creer que no es así es no entender el problema o analizarlo no como un proceso social o histórico, sino desde una moral falsamente pacifista. Por eso los “analistas” sin teoría temen pasar de un “reventón puntual” (como si no hubiesen 40 años de acumulación hasta ahora) a una ingobernable e incomprensible enfermedad crónica (como si la medicina tuviese que ver algo en un problema de origen social y político).

A partir de marzo, cuando la pandemia llegó a América Latina, el proceso pre-revolucionario se estancó, no se canceló. La rebelión, trasladada a los territorios y las poblaciones desde fines de diciembre, continuó con nuevas formas políticas (nuevas organizaciones, movimientos y “partidos”) o prepolíticas (ollas comunes, redes de abastecimiento, resistencias puntuales a las medidas gubernamentales, etc.). La suerte de la rebelión está por definirse, el proceso prerrevolucionario volvió a abrirse, su éxito o la refundación conservadora del sistema político y económico, va a depender de la capacidad que tengan las fuerzas políticas tanto fuera del sistema y las nuevas de liderar este situación inédita en la historia de  Chile. 

MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO 18 DE OCTUBRE


[1]          ACES, “Propuesta de trabajo de estudiantes de la Región Metropolitana”, Santiago de Chile, noviembre de 2005. 

[2]          Cifra entregada por el periodista y militante comunista Juan Andrés Lagos en “El primer café”, de Radio Cooperativa, el 25 de noviembre de 2019. 

[3]          El informe de verdad peruano contabilizó 80.000 muertos en los años de sendero y el fujimorismo, Chile tuvo entre 3000 y 4000 muertos en 17 años de dictadura. Comisión de la Verdad y Reconciliación (2004). Hatun Willakuy: Versión abreviada del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

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