Dame algo en qué creer

por Juan García Brun

Hace un par de días descubrí que la canción «Give me some to believe in» —una abominable balada soft de los 90— era de Poison y no de Gun`s n Roses. Ambos grupos me parecían y me siguen pareciendo despreciables, sin embargo mi apreciación no justifica en modo alguno mi error.

Hay una película del 2008 «El luchador» (The Wrestler) dirigida por Darren Aronofsky y protagonizada por Mickey Rourke y una inolvidable Marisa Tomei, en la que Rourke —un trágico y grotesco veterano de la lucha libre— reflexiona en un bar igualmente decadente sobre las grandes bandas de los 80 y menciona a Poison, Gun`s n Roses y adiciona a Cinderella. Dice algo así como «ya no hay bandas como esas».

No podemos saber si ese análisis estaba en el guión original, fue un invento del actor o quizá es la honesta opinión del propio Rourke, quien asistido por un experto en artes marciales chileno (Zaror?) debió rehabilitarse de las drogas y el alcohol para protagonizar a un personaje que vivía exactamente el mismo momento.

Volvamos a lo nuestro. La canción que confundí llevaba por título «Dame algo en qué creer» (o algo parecido) y me pareció correcto reconocer públicamente mi error y pedir disculpas a las bandas confundidas, máxime que una de ellas al parecer estuvo en Chile hace poco. Ello porque aún las más miserables bandas de rock tienen identidad y no merecen ser confundidas.

Es más, hay cierta nobleza en la ponderación de los géneros musicales, sean estos glam, soft o como quiera que pueda ubicarse a los grupos aludidos. Poison, Roses o Cinderella (la lista es mucho más larga) son reconocibles por su rítmica previsible, la afectación estentórea de sus vocalistas y por la abundante laca de sus peinados, gestualidad que son capaces de sostener aún en contra de la mofa unánime de los rockeros pesados o «de verdad».

En definitiva, la ética del disfraz está definida por su objeto y bajo esta premisa es indudable que el soft rock es reconocible como una corriente mediocre, quizá patética, pero auténtica y honesta. De hecho la vejez esperpéntica de sus titulares conmueve y puede llamar a la ternura.

Sin embargo, esta misma semana me tocó observar una imagen que transgrede con ferocidad esta ética del disfraz. Es en efecto, la foto que acompaña a esta nota.

En ella podemos ver a dos distinguidos dirigentes del Partido Comunista – Hassler y Cataldo— congraciándose con la máxima figura del pinochetismo, Evelyn Matthei, corriente que se congratula hasta hoy de haber hecho desaparecer a lo menos a dos Comités Centrales completos del mismo PC.

No es primera vez que los estalinistas pactan con el fascismo, sin embargo, hasta el propio pacto Ribbentrop-Molotov tuvo como excusa evitar que Hitler ataque de inmediato a la URSS. Por misererable que sea un transfugio siempre es reconocible en el mismo algún tipo de transacción, económica en último grado.

Los atroces alaridos de los comunistas en la sala de torturas aún no se han apagado históricamente y estos impostores se congracian con sus verdugos. La risa de Hassler es repugnante, el gesto obsecuente de Cataldo avergüenza. Esta es la figura.

¿A cambio de qué? se preguntará alguien intrigado, pues a cambio de anunciar que se destinarán fondos para reparar las fachadas de los edificios que testimonian el último y glorioso alzamiento popular en la llamada zona cero, de Plaza Dignidad.

Si hay imágenes que condensan y significan un momento histórico esta debería salir en la portada del capítulo destinado a ilustrar al Gobierno de Boric. En la parte referida a la cobardía, a la canallada y a la infamia.

Perdón Poison, perdón Guns`n Roses, con ustedes está todo bien.

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