El fascismo en Italia: ¿Y en España?

por Alfons Cervera

Ya están aquí. Bueno, aquí al lado. En esa bota de tacón alto que es Italia en el mapa de Europa. Se veía venir. Casi nadie lo dudaba. En Hungría. En Polonia. En Suecia. En Francia. En EEUU. Y en más sitios. Las hordas de Atila, la película que vi cuando era un crío en el cine de Gestalgar que ahora ya no existe. Los sitios desaparecen y es como si nunca hubieran existido. Quién se acuerda de ellos. Nadie se acuerda de nada. No sé cuánta gente se acordaba en Italia de que hace cien años tuvo lugar la Marcha sobre Roma al mando de Benito Mussolini. El fascismo. El brazo extendido, como lo extendía a medias, en un ridículo gesto demediado, Hitler ante sus miles de nazis concentrados para organizar la derrota de lo humano. El fascismo y el nazismo. Dos lacras de un tiempo que parecía pertenecer al pasado más execrable de la historia contemporánea. Al Duce lo colgaron cabeza abajo después de freírlo a tiros y el Führer se suicidó en su búnker a prueba de todo peligro menos el de la cobardía, la humillación por la derrota y la vergüenza. Todo eso sucedió en la primavera de 1945. Han pasado setenta y siete años desde entonces. El pasado nunca desaparece del todo. Llega hasta ahora mismo. El verso de Antonio Machado: “Hoy es siempre todavía”. Ayer, hoy y tal vez mañana se juntan en una especie de siniestro juego de espejos en los que se reflejan las huellas del horror. Y nosotros en ellos. También nosotros.

No sé si se producirá el efecto mariposa. Un aleteo se convierte en un tsunami que arrasa lo que encuentra a su paso. Estamos construyendo democracias débiles, cínicas, que acogen con los brazos abiertos a quienes quieren destruirlas. Desde dentro de las instituciones. Desde fuera, con sus violencias callejeras y sus gradas futbolísticas que ostentan símbolos nazis sin que los clubs pongan coto a sus desmanes. Al contrario: apoyan sus gritos, les regalan entradas, se callan cuando el racismo descarga su odio sobre el césped como si el odio lo hubieran firmado en los mismos despachos sus consejos de administración.

Poco a poco se han ido legitimando los fascismos. Los neofascismos o postfascismos, como se los llama ahora, como si hubiera mucha diferencia entre los fascismos de ahora y los de antes. Pensábamos que aquí estábamos fuera de peligro. Mirábamos a Vox y no levantaban un gato del rabo. El PP guardaba las esencias del franquismo: nunca fue un partido antifascista. Y no se puede ser demócrata si no se es antifascista. Lo sabíamos. Pero cada vez más la crisis económica se convertía en crisis moral. Nunca hubo una ruptura con los valores de la dictadura. Nunca inventamos valores que fueran propios de una democracia. La derecha y la extrema derecha eran lo mismo. O se parecían demasiado. Ahora ha triunfado la extrema derecha en Italia y muchos medios de comunicación españoles la llaman derecha a secas. Así blanquean a Núñez Feijóo y preparan el triunfo del PP en las elecciones del año que viene. Así disimulan la auténtica complicidad y cercanía política, económica, cultural e ideológica entre el PP y la extrema derecha. Así se va diluyendo Vox en sus verdaderos orígenes. La vuelta al redil. La derecha ya no necesita a Vox, eso piensan. O lo necesita menos: tiene a Díaz Ayuso y a quienes dentro de su partido marcan el camino a su nuevo jefe. En todo caso, no nos calentemos la cabeza: se juntarán sin problemas si eso les permite gobernar. Ya lo han hecho en Castilla y León. Y lo harán donde haga falta. Son lo mismo. Tampoco los socialistas necesitan enemigos teniendo a gente como García Page en Castilla-La Mancha y en Aragón a Javier Lambán. Podría ficharlos Feijóo y nadie notaría el cambio. La perversión de la política. O la política de la perversión. Juego de palabras que significan lo mismo. Menuda pareja.

Las democracias han de ser fuertes. Las izquierdas, cuando gobiernan, han de hacer políticas que apoyen a quienes menos tienen, que planten cara a quienes lo tienen todo, que no se entreguen como corderitos obedientes a los consejos de administración de las grandes empresas que dirigen nuestras vidas. O nuestras muertes. Lo que pasa es que en este capitalismo cada vez más cerril y exclusivista, quienes gobiernan no son quienes son elegidos democráticamente en las urnas, sino quienes no se presentan a las elecciones. Así, lo que vamos construyendo son democracias frágiles que blanquean los fascismos, que les abren sus puertas para que puedan destruirlas desde dentro. El malestar social desemboca en los triunfos de la extrema derecha. Quienes menos tienen la votan. Piensan que quienes no han trabajado en su vida van a salvar la vida de quienes llevan toda la vida trabajando. La vida es una maldita paradoja demasiadas veces. Me pregunto: ¿sólo la derecha y la extrema derecha piensan lo que piensan sobre las migraciones pobres, sobre los movimientos LGTBI, sobre el patriotismo de pacotilla que defiende que ser español es lo mejor del mundo, sobre las autonomías, sobre la Iglesia, sobre si es mejor dejar en paz las fosas comunes republicanas para no reabrir las viejas heridas…? Pregunten, pregunten ustedes y verán las respuestas a esas preguntas de quienes no votan a la derecha y la extrema derecha en nuestro país. Igual se sorprenden con las respuestas. La cultura que aquí seguimos mamando es demasiadas veces la del franquismo. No hemos roto con esa cultura. No hemos construido una verdadera cultura de la democracia. Y así nos va.

La bota de tacón alto que es Italia ha vuelto a la fascista Marcha sobre Roma de hace 100 años. La triunfadora Giorgia Meloni desenterrará el cadáver de Mussolini y lo expondrá en la plaza pública para gozo y disfrute de una democracia que de eso sólo tiene el nombre. No sé si el tsunami fascista –o neofascista– llegará a España. O si ya ha llegado. Tiempo tenemos para enmendarlo, ¿no? Tiempo tenemos. O eso me gustaría.

(Tomado de Infolibre)

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