El fascismo en Italia: ¿Y en España?

por Alfons Cervera

Ya están aquí. Bueno, aquí al lado. En esa bota de tacón alto que es Italia en el mapa de Europa. Se veía venir. Casi nadie lo dudaba. En Hungría. En Polonia. En Suecia. En Francia. En EEUU. Y en más sitios. Las hordas de Atila, la película que vi cuando era un crío en el cine de Gestalgar que ahora ya no existe. Los sitios desaparecen y es como si nunca hubieran existido. Quién se acuerda de ellos. Nadie se acuerda de nada. No sé cuánta gente se acordaba en Italia de que hace cien años tuvo lugar la Marcha sobre Roma al mando de Benito Mussolini. El fascismo. El brazo extendido, como lo extendía a medias, en un ridículo gesto demediado, Hitler ante sus miles de nazis concentrados para organizar la derrota de lo humano. El fascismo y el nazismo. Dos lacras de un tiempo que parecía pertenecer al pasado más execrable de la historia contemporánea. Al Duce lo colgaron cabeza abajo después de freírlo a tiros y el Führer se suicidó en su búnker a prueba de todo peligro menos el de la cobardía, la humillación por la derrota y la vergüenza. Todo eso sucedió en la primavera de 1945. Han pasado setenta y siete años desde entonces. El pasado nunca desaparece del todo. Llega hasta ahora mismo. El verso de Antonio Machado: “Hoy es siempre todavía”. Ayer, hoy y tal vez mañana se juntan en una especie de siniestro juego de espejos en los que se reflejan las huellas del horror. Y nosotros en ellos. También nosotros.

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80 años del término de la Guerra Civil española: la historia oculta

por Alfons Cervera

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Era el bando que el 1 de abril de 1939 anunciaba la paz después de tres años de guerra. Eso decía el bando. Lo que no decía es algo que con demasiada frecuencia se olvida desde entonces: lo que empezaba ese primero de abril no era la paz sino la victoria. Y no la victoria de las tropas nacionales sino -con todos los rigurosos matices que se quiera- la victoria de las tropas fascistas. Lo primero que hacen las dictaduras es robarnos el lenguaje y cambiarlo por el suyo. Todavía hoy se sigue hablando del bando nacional, como si las palabras no significaran nada. O como si las palabras significaran lo contrario de lo que dicen. Como escribe José Bergamín, hay palabras que dicen “menos de lo que dicen y más de lo que callan”.

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