Cuento de Juan García Brun: «Maniwaki»

Durante el tiempo que estuve fuera, el barrio se había llenado de gallineros. Visto desde la iglesia, las mallas y estructuras habían transformado todo, dándole a las calles un extraño rigor geométrico. Llegué en la madrugada, a oscuras en medio del canto de los gallos y no pude ver si las casas seguían allí. Sobre los techos de la casas había también gallineros y donde ayer había muros en los que habíamos escritos consignas, hoy también, este hoy de noche, hay paredes de gallineros.

Llegué a mi casa y las ventanas del primer piso, como me habían advertido, estaban cubiertas por latones y la puerta principal asegurada por cadenas, candados y alambre de púa. Pude ingresar, aún a oscuras sorteando tarros y rollos de malla para gallineros. Mi dormitorio, en el segundo piso, también tenía un pequeño candado con los colores de la bandera china. Los dormitorios de mis hermanos estaban ocupados con bolsas de arena, gravilla y láminas de acero. Allí donde estuvo el dormitorio de mis padres, los maestros habían improvisado una cocina-pañol y cubierto con plásticos los ventanales.

Me tendí vestido en mi cama. En la puerta de mi ropero seguía la hoz y el martillo grabada con lápiz de pasta azul. En el suelo, revistas de música y propaganda del Partido Comunista. Mi chaquetón colgado allí, mientras amanecía, dejaba de a poco caer las plumas, unas pequeñas plumas blancas atrapadas durante mi caminata por el barrio, que por un momento me sorprendieron.

Debo reconocer que mi reloj no andaba bien, sin embargo no amanecía y empezó a llover.

La lluvia acariciaba el techo y comenzaban a desprenderse las goteras en los tarros de todo el segundo piso. Llovía con poca fuerza y la bruma se apoderaba nuevamente de las calles. Las gallinas se ocultaban. Si hubiese podido salir a verlas, habría comprobado su miserable condición de animales domésticos. Pensé en eso, pensé en mis compañeros del Partido y caminé, a tientas entre los tarros para las goteras, en dirección al piano.

Toqué algunas líneas melódicas, es posible que la Marcha Turca, mientras llovía con un poco más de fuerza, pero no la necesaria.

Una línea de luz resplandeció bajo tu puerta. Hechizado por esa luz y por el nervioso sonido de tus llaves, te esperé de pie.

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