Caso Tomás Bravo: la inutilidad de la pena de muerte

por Edmundo Moure

Venimos asesinando al prójimo desde Caín, en una larguísima e interminable sucesión de homicidios, con múltiples causales y variados disfraces. El ser humano —creación divina, según algunos— constituye la única especie que está siempre en trance de aniquilar a sus semejantes. El horroroso crimen del niño Tomás ha revivido la vieja discusión sobre la efectividad punitiva de la pena de muerte.

Hay quienes elevan sus voces pidiendo la restitución del patíbulo, no tanto para cobrar la deuda contra los deudos y la sociedad en su conjunto, sino como medio de disuasión en contra de la repetición de crímenes semejantes.

La historia criminológica, desde que tenemos memoria de sus procedimientos, más bien desmiente la propiedad de escarmientos feroces, muchas veces más terribles que el propio crimen juzgado.

En la Europa culta y civilizada, hasta inicios del siglo XIX, se aplicaron métodos punitivos de exacerbado sadismo.

En la plaza pública, con la concurrencia de una muchedumbre ávida de presenciar el ajusticiamiento, se tendía al condenado, desnudo, amarrándole sus miembros a tiros de caballos que eran azuzados en direcciones opuestas, hasta conseguir el espantoso desmembramiento del malhechor juzgado.

Difícilmente se podía articular un escarmiento más terrible y publicitado a la vista de la población. Ni qué decir de las quemas de supuestos herejes a manos de la «Santa Inquisición», o las del tribunal de Juan Calvino en contra de los católicos romanos.

¿Disminuyeron por ello los crímenes y otros delitos? Definitivamente no. ¿Por qué?

Porque ningún asesino ni delincuente, en el momento de ejecutar su delito, está pensando en la pena o castigo que le puede caer encima. Simplemente, actúa por móviles a menudo inextricables, incomprensibles, si se quiere. (Si han leído Crimen y castigo, lo entenderán mejor) .

Por otra parte, la aplicación pública de la pena de muerte lleva en sí componentes psicológicos parecidos a los que suscita el linchamiento. Así, condenamos el crimen, transformándonos en criminales colectivos, incluso disfrutando de los sufrimientos del reo.

Venimos asesinando al prójimo desde Caín, en una larguísima e interminable sucesión de homicidios, con múltiples causales y variados disfraces. El ser humano —creación divina, según algunos— constituye la única especie que está siempre en trance de aniquilar a sus semejantes.

Rasgar las vestiduras, clamar al cielo, asombrarnos de lo que no es tan extraño, si no nace de una profunda reflexión acerca de la condición humana, se parece mucho a una reunión de clamantes fariseos. La vitrina invasora de la televisión es muestra elocuente de ello.

Eros y Thanatos siguen conviviendo en nosotros, mal que nos pese. Y el pobre niño Tomás es una de tantas víctimas cotidianas, sean infantes o mujeres o ancianos…

(Tomado de Cine y Literatura)

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