Cuento de Juan García Brun: «El Cerdo»

Teníamos 11 o 12 años y vivíamos en una ciudad lluviosa, fría y oscura. Una ciudad que más que un espacio urbano era una cicatriz en medio de bosques y ríos incontenibles, siempre a punto de inundarse o de desaparecer. Una ciudad fracturada con dos puentes que venía de un cataclismo y se sostenía inexplicable bajo una tenaz ocupación militar. Como en otros momentos de la historia, la religión y el rock`n roll eran los únicos espacios de libertad. Una idea racional dándole sentido a ese vértigo y el mismo vértigo de las guitarras eléctricas, las baterías salvajes navegando entre las cinco notas de siempre, en un idioma que nos esforzábamos por traducir.

De las iglesias hablaré en otro momento. Puedo decir que su precariedad nos permitía vincularnos con el borroso entorno adulto en términos normativos. Los carniceros hoy día llaman a eso «el relato». Había muchas iglesias repartidas y ya en ese entonces las modernas habían renunciado a tener campanarios.

Fue en ese momento en que descubrimos al Cerdo. No debe haber tenido mucho más de 30 años y era la figuración canónica de lo impresentable. Un tipo enorme, obeso mórbido, imponente, con un aire mulato que había instalado una tienda de discos y libros a unas cuadras de la plaza. El lugar era minúsculo y visto desde la calle se adivinaba que la mitad de la construcción era la tienda y la otra mitad su vivienda en la que hacía su vida privada. Tenía una mujer y dos hijos pequeños.

La pequeña vitrina mostraba libros en su mayoría manuales técnicos y novelas de vaqueros, reservando la parte central para los discos de vinilo: Led Zeppelin, Los Jaivas, Pink Floyd, Tomita, Jean Michel Jarre —cito de memoria y al azar— ocupaban esos espacios. Las carátulas forradas en plástico y aunque no eran trabajos especialmente antiguos —esto ocurría el año 80— nos parecían nobles joyas arqueológicas, signos inconfundibles de una cultura con la que podíamos seguir adelante, inmunes a la barbarie.

Debo señalar —no quiero ser injusto— que en esa época había una disquería profesional. Una disquería instalada en el centro, con anaqueles, iluminación, equipos de alta definición, audífonos de escucha y con la nutrida oferta de la moda. La famosa Popsy. Pero no eran solamente los precios lo que nos alejaban de ella, tampoco la banalidad de la oferta (por cierto nos resultaba difícil ingresar a un lugar presidido por las imágenes de Julio Iglesias u Olivia Newton John). Esa disquería plástica, simplemente, no tenía ninguna conexión con lo que vivíamos.

Como nos quedaba en el camino de regreso del colegio, pasábamos todos los días a ver al Cerdo. Muchas veces en varias oportunidades en un mismo día. Preguntábamos incesantes si había llegado algo de los Beatles, de los Rolling o de alguno de sus integrantes por separado. Nos turnábamos para entrar. El Cerdo nos miraba detrás de sus lentes a veces incrédulo, otras veces molesto y siempre nos daba alguna expectativa. «La próxima semana», «un doctor me traerá su colección completa», «acabo de vender el Double Fantasy, edición inglesa», eran las lacerantes expresiones con las que salíamos derrotados de su tienda, pero ilusionados.

Muchas veces encontrábamos lo buscado, pero lo dominante era lo contrario, la frustración.

No pocas veces luego de reservar algún hallazgo discográfico —Atom Heart Mother o Red Rose Speedway— al llegar un par de horas después, el disco ya no estaba, para reaparecer impunemente un par de semanas después al mismo precio. Era en efecto una guerra soterrada. Una guerra de preguntas capciosas en las que el disco doble de Elvis Presley y John Lennon estuvo muchas veces en la disquería, fue analizado en diálogos lacónicos y descrita incluso su carátula.

Cuando pasaba solo, me permitía ver los altos de discos en el mostrador. Mientras miraba las carátulas el Cerdo completaba crucigramas o leía el diario o revisaba incontables cuadernos de cuentas. En esas oportunidades hablábamos con mayor libertad. Sin la presión del grupo se permitía comentarme su inclinación por el rock progresivo, particularmente por Génesis.

Pero estos momentos eran simples armisticios, argucias diplomáticas en medio de un conflicto mayor y los dos lo sabíamos. Algunas veces extendía conversaciones con amigos mientras comía y simplemente no nos atendía. Otras nos interrogaba altisonante desde la puerta de su tienda ¿ Qué buscan?

Una vez llegamos a lanzar una laucha viva dentro de su negocio. El enfrentamiento era implacable.

Su negocio se extendió, empezó a vender juegos de computador, casetes y CD. Nosotros también crecimos. Seguí algunos años, ya adulto, vistándolo. Nunca me saludó con el más mínimo entusiasmo aunque su tono de voz parecía ajustarse en una calculada cordialidad comercial. No sé cuál fue el último disco por el que le pregunté. Siempre fueron preguntas, observar y eventualmente algún pago.

Un día desapareció, fue un incendio o la sencillez de la muerte. Pero el campo de batalla, ese mismo campo, se había extendido por todo mi mundo.

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