por Pablo Torres
Lo que emerge tras esta elección es un escenario marcado por varios elementos: a) fortalecimiento y primacía de la ultraderecha; b) crisis y fracaso estratégico del progresismo reformista; c) la emergencia de un populismo voluble; d) el fin del extremo centro burgués; e) persistencia de crisis orgánica y polarización asimétrica atenuada en un nuevo mapa político; f) baja lucha de clases y recomposición pasiva, que pone a los movimientos en ante un nuevo dilema.
Fue un triunfo electoral de la derecha claro, pero quienes ven un triunfo estratégico están en un error. El resultado, con la emergencia de la extrema derecha, el agotamiento del progresismo y un nuevo mapa político con polarización atenuada e inclinada hacia el campo conservador, se desenvuelve en una crisis orgánica o crisis de hegemonía en que ninguna fuerza social ni política de las clases dominantes tiene un proyecto que concite el respaldo orgánico ni de toda su clase ni mucho menos de una mayoría de las clases trabajadoras y populares. A nivel internacional, la situación de interregno que vivimos está lejos de cualquier estabilidad, y más bien priman las tendencias a nuevas crisis, conflictos geopolíticos y escalada militarista, así como nuevos procesos de lucha de clases. Chile no será ajeno a los impactos crecientes de la dinámica global en la situación del país.
La batalla política no está definida. Lo que ocurra dependerá de la capacidad del movimiento obrero, de mujeres, estudiantil y popular, de responder a los ataques y recuperar el protagonismo, tras años de pasivización, institucionalización y reflujo.
a) La ultra derecha a pasos de La Moneda y sus límites
Kast quedó a pasos del triunfo en segunda vuelta, y la derecha de conjunto quedó a un paso de la mayoría absoluta en Diputados (quedaron con 77). Con ello, siempre que tenga absoluta cohesión y sume a un diputado de otra bancada, el control parlamentario que obtiene es suficiente para impulsar una agenda reaccionaria y autoritaria.
Hay voces que sostienen que se trata de un giro histórico a la derecha, confundiendo votos con hegemonía. Es un error. Que ganó las elecciones la ultra-derecha es claro. Sin embargo, ganar una elección no es hegemonía: su capacidad de liderazgo y de conseguir consenso político para sus reformas está aún por verse, y más aún, que tenga un cierto consenso en las medidas de seguridad que pueden significar un atentado a las libertades democráticas no significa que tiene consenso popular en una agenda de ataques a los derechos sociales, laborales y democráticos. Hay varios elementos que permiten además ver en eso en el resultado electoral:
1) La votación de Kast es 26% y la votación sumada junto a Káiser y Matthei es 50,3%, no el 70% como indican algunos análisis superficiales del fenómeno Parisi;
2) Hay una disgregación territorial del mapa electoral: Kast arrasó en el sur del país, en zonas rurales, en zonas en que la economía está más a la tierra, agricultura, bosques y madera. La opresión histórica del latifundismo, del despojo al pueblo mapuche y de la acumulación capitalista hacia la exportación, someten a la zona al atraso y al conservadurismo. Pero no ganó en la zona norte ligada a la minería del cobre, energía y motor de la economía nacional de exportación, donde Parisi fue el triunfador (desde Arica a Atacama) ni tampoco en la región metropolitana y Valparaíso, donde ganó Jara.
3) En la relación de fuerzas parlamentaria, la extrema derecha está al borde de la mayoría absoluta: obtuvo 41 Diputados (de 155) y en unidad con Chile Vamos serían 77 votos, les falta 1 para la mayoría absoluta. No tienen los 4/7 para reformas constitucionales. En Senado, quedó un empate relativo. Si hasta ahora la derecha estaba 27 votos contra 23 del oficialismo, hoy ambos quedaron con 23, con 4 senadores independientes que están empatados también;
4) La fractura interna no es menor. Kast busca resolver la crisis mediante una ofensiva conservadora y autoritaria, sin la búsqueda de grandes consensos. Pero deberá negociar y conseguir alianzas. El «mercado» presiona por ello para una gran coalición. El proyecto de Kast estará tironeado entre Káiser y Chile Vamos o lo que sobreviva de ello, y necesitará negociaciones permanentes con el PDG y sectores de la oposición;
5) Donde más hay consenso es en temas de seguridad. Ahí es más probable el avance de medidas autoritarias, que además comparte gran parte del PDG, e incluso hasta cosas que comparte el progresismo. Pero no podríamos decir lo mismo en temas laborales o derechos sociales. Kast sufrió una derrota en su proyecto constitucional el 2023 porque una mayoría de la población no quería retroceder en sus derechos.
Es probable que Kast utilice no solo leyes simples sino decretos que le permita concentrar más poder en el Ejecutivo y tomar medidas autoritarias y de solución de fuerzas, por ejemplo con el discurso frente al narcotráfico. Este es un peligro real, empoderando a policías y militares mientras restringe libertades. La lucha por la defensa de las libertades democráticas con organización y movilización será crucial frente a estos ataques, y unirla al conjunto de las luchas que se desarrollen.
Su mayor fortaleza es la pasividad y reflujo de los movimientos sociales, responsabilidad directa del progresismo reformista, que ponen un signo de interrogación a cuál será la respuesta frente a Kast. Otra es la alianza de Kast con Trump que está en una nueva ofensiva sobre la región y requiere aliados, como muestra su sostén sobre Milei en Argentina. La economía aunque estancada a modo general (su ritmo de crecimiento no sale del 2%) está en buen momento de precios del cobre, y eso no le juega mal sino que le permita una cierta estabilización.
Pero queremos alertar que, de ganar Kast la segunda vuelta, lo que hoy se ve como más probable, nada indica que el suyo se tratará de un gobierno fuerte, sino que será una especie de gobierno semi-bonapartista relativamente débil, o con elementos de fortaleza relativa pero debilidades estratégicas.
b) El fracaso estratégico del progresismo reformista
No podemos explicarnos la emergencia de Kast sin la total frustración que significó el proyecto de centroizquierda reformista del FA y el PC. En la rebelión del 2019, se hicieron parte del Acuerdo por la Paz que significó el desvío de la rebelión popular al pantano institucional y salvando al gobierno de Piñera, desmovilizaron a su propia base social y terminaron adoptando medidas centrales de la agenda derechista: militarización, leyes represivas, criminalización de la protesta, alianzas con empresarios y conducción económica conservadora. Este giro terminó abriendo las puertas para que Kast apareciera como la alternativa del orden. Lo más grave es que muchas de las herramientas que tendrá este último para criminalizar la protesta y profundizar el autoritarismo fueron construidas bajo Boric.
Su estrategia centrada en la estabilización, permitió pasivizar a las masas y recomponer la legitimidad estatal y el orden social de los grandes capitalistas y no resolvió ninguna de las grandes demandas populares de la rebelión. No solo no logró contener a la extrema derecha sino que le permitió fortalecerse.
El gobierno no solo enfrenta una derrota electoral, enfrenta una derrota estratégica. Es la confirmación de que el progresismo y el reformismo centroizquierdista son incapaz de resolver integra y efectivamente los problemas y demandas sociales de las grandes mayorías trabajadores. El Gobierno de Boric, en lugar de representar una ruptura, terminó consolidando una política de administración del orden heredado de los 90 como fue la Concertación en su tiempo, repitiendo el ciclo de institucionalizar las luchas como hizo antes Bachelet a cambio de reformas que no tocan al sistema.
Era inevitable que una estrategia así abriera las puertas para que Kast apareciera como la alternativa del orden, aunque ese orden sea profundamente autoritario y contrario a las mayorías trabajadoras y populares. No se trata de repartir culpas, sino de hacer un balance estratégico para quienes buscan una salida por izquierda: la estrategia reformista y conciliadora no solo no logró frenar el giro conservador, sino que fue un factor central en su consolidación.
c) El factor Parisi y el malestar persistente
El voto de Parisi confirma que un malestar sigue presente, pero se expresa en variantes “carismáticas” o populistas. Es la expresión más difusa o líquida de que continúa un hastío contra “los políticos”, la frustración ante el fin del ascenso social. No es un voto ideológico, un síntoma de que ninguna fuerza ha logrado canalizar el malestar en una alternativa organizada con capacidad de estabilidad orgánica, salvo por ahora Parisi, pero que aún no se consolida como nueva fuerza política.
Parisi expresa un sector social que fue clave en el estallido: parte de los perdedores del neoliberalismo, tanto aquellos que tiene trabajos más estables como los mineros en el norte pero ven cada vez más difíciles llegar a fin de mes por los altos costos de la vida, “emprendedores” que ven deteriorarse sus condiciones, profesionales precarizados, pequeños comerciantes endeudados. No es un voto ideológicamente derechista. Es un voto más voluble, de desilusión y hartazgo o «a-políticos». Son sectores trabajadores clasificados en el mundo medio, C3, D y E, desde quienes se perciben de clase media ascendente hasta los sectores más bajos. También son sectores que se consideran “ni izquierda ni derecha”, que quieren que los políticos se bajen el sueldo y “dejen de robar”. Programáticamente es un crisol que va desde pedir milicos en las calles hasta que bajen los precios de los bienes de la canasta básica y que se termine el IVA a medicamentos. Muchos son pro mercado pero quieren derechos sociales básicos. Es un sector que se define ideológicamente “ni de izquierda ni de derecha”, una especie de populismo de centro pero desde fuera de las fuerzas tradicionales.
Su peso estuvo en las regiones mineras del norte, aquellas que, a diferencia del sur más pobre, como Antofagasta o Iquique han vivido una gran transformación y desarrollo de sus fuerzas productivas las últimas décadas mediada por los distintos ciclos de altos precios del cobre y la inversión extranjera, pero que tiene altos costos de vida, cuesta llegar a fin de mes, los ritmos productivos son intensos (muchas jornadas especiales y sistema de turnos), y hay una enorme desigualdad social, contaminación y zonas de sacrificio, “favelización” de poblaciones. A su vez, son regiones donde han sido más fuerte las olas de inmigración los últimos años. «El renacimiento del viejo populismo regionalista» señaló Eugenio Tironi, algo que está por verse si aquello constituye una nueva fuerza histórica (incluso el PDG, que podría ser esa fuerza, sacó 1,3 millones de votos siendo que Parisi obtuvo 2,5).
d) El derrumbe del “extremo centro” y el fin de un ciclo político
Uno de los datos estructurales de estas elecciones es el desfonde del llamado “extremo centro”. Si antes había sido la derrota de Tohá, ahora fue el turno de Matthei y Chile Vamos. Tras la elección incluso Chile Vamos podría entrar en una crisis terminal (varios de sus líderes dan por muerto a Chile Vamos y Evopoli será disuelto como partido legal). Por eso la elección es síntoma de la crisis orgánica: en el nuevo mapa político, el viejo régimen de la “democracia de los acuerdos” sostenido en sus años gloriosos por la Concertación (DC-PS) y la Derecha tradicional (UDI-RN), está muerto. La vieja arquitectura de la transición, con su pacto centrista, se desplomó.
La crisis de los centros está abriendo paso a una nueva configuración parlamentaria. Polos que van siendo más fuertes en un escenario de 4 cuasi bloques, y con un quinto “bloque” menor pero decisivo pues es la bisagra y quien tendrá la llave para la derecha, que es el PDG con 14 Diputados.
e) Los movimientos sociales ante un punto de inflexión
En un escenario de derechización y recomposición reaccionaria, los movimientos sociales no pueden permanecer expectantes. La tendencia del régimen es canalizar la crisis hacia un endurecimiento institucional y una profundización del modelo. La única manera de evitarlo es reconstruir fuerzas desde abajo y preparar la resistencia.
Pero debemos sacar lecciones. Venimos de un reflujo de casi cuatro años. El retroceso del movimiento social no fue espontáneo. Las burocracias sindicales jugaron un papel central en desactivar la fuerza acumulada en 2019. La CUT, bajo dirección del PC y PS operó para contener la conflictividad, evitar huelgas, dejar que las luchas se desgasten y apostar a la negociación institucional. La presidenta de la CUT y su directorio pasaron a ser agentes del Gobierno y del Ministerio del Trabajo, subordinando la organización de los trabajadores al proyecto gubernamental de normalización. Aquello sirvió para desmovilizar, no para fortalecer la fuerza de la clase trabajadora, contribuyendo a la despolitización que dejó campo libre al avance conservador.
El movimiento de mujeres fue años anteriores primera línea frente a la ofensiva conservadora. Si Kast avanza, los sectores que buscan derogar derechos conquistados por el movimiento feminista —incluyendo derechos sexuales y reproductivos— se sentirán envalentonados. El movimiento de mujeres y feminista tendrá un rol decisivo en el próximo período. Sin embargo, la política del mal menor en sus dirigencias (como la C8M) puede permitir que se acentúe la pasividad con la desmoralización de ganar Kast. No puede ser que se convoque a asambleas de urgencia solo cuando hay elecciones y está el peligro que salga la derecha y después quedarse en un marco mas o menos de pasividad. La lucha no es para entregar el protagonismo al progresismo, sino a las calles, universidades, centros de trabajo, para lo que requiere una estrategia independiente que no deposite su confianza en el camino institucional y plantee un plan de lucha claro y en unidad con otros sectores para recuperar la lucha en universidades, lugares de trabajo y calles.
El movimiento sindical debería romper la inmovilidad a que lleva la burocracia sindical como la CUT. La clase trabajadora sigue siendo un actor social muy fragmentado, pero potencialmente decisivo como mostró el 12 de noviembre de 2019, la huelga nacional como punto más alto de la rebelión popular. Pero son cuatro años de reflujos, pasividad y ataques empresariales. Si el movimiento sindical no recupera la iniciativa, será la derecha quien administre la crisis impulsando mayores ataques.
La ausencia del movimiento estudiantil en esta coyuntura evidencia que la fuerza que irrumpió en 2011 y años posteriores no ha logrado reconstruirse. La tarea es estratégica: repensar el rol del movimiento estudiantil en un país donde la educación dejó de ser el eje articulador del malestar. La crisis del viejo movimiento del 2011 no ha dado paso a una nueva generación con proyecto propio que pueda avanzar en coordinación con otros sectores sociales.
La derecha gobernará con un proyecto que combina autoritarismo, neoliberalismo y restauración del orden, lo cual implicará ataques a derechos laborales, mayor criminalización de la protesta, ataques al movimiento de mujeres, ofensivas contra la educación y salud públicas, fortalecimiento del aparato represivo del Estado. Frente a ello, el desafío es grande, porque la ofensiva derechista no encontrará un movimiento social articulado sino fragmentado. La tarea es aplicar el método del frente único: unir a todos los que quieran luchar en oposición a los ataques derechistas desde hoy mismo, impulsar coordinadoras y espacios de unidad de acción entre sectores dispersos, pero manteniendo la independencia política frente a las direcciones reformistas, y luchando por recuperar los sindicatos de las manos de la burocracia o los sectores pro-empresa.
f) Construir una alternativa socialista y revolucionaria
La elección abre un ciclo de debates. Para miles que votaron candidaturas de izquierda con expectativas de frenar a la derecha, el golpe es fuerte, porque sienten que se viene el peso de la noche portaliano. Pero aún no estamos en eso. Como decimos más arriba, tendrán que mediar luchas para ello, incluso aunque el reformismo y progresismo terminen entregando cualquier ataque en bandeja, algo no improbable.
Por ello, el próximo ciclo político abrirá un escenario de mayor disputa y confrontación política y social. Momento que requerirá fortalecer una organización y estrategias que no confíen en las instituciones de este régimen ni en pactos con la derecha en el parlamento para frenar sus ataques. Es muy probable que la ex Concertación, como DC, PS o PPC incluso el progresismo FA se allanan a negociar cosas con Kast. El PC quizá es difícil que entren a negociar, pero no harán nada que signifique romper sus pactos con la ex Concertación, que estará vendiendo en el Congreso su alma.
La lógica del mal menor solo fortalece a la extrema derecha. El progresismo ahora buscará re encantar con una estrategia que combine mayor peso a la sociedad civil junto a alianzas con la centroizquierda que confíe en algún tipo de “resistencia parlamentaria” frente a Kast. El mismo camino de siempre que lleva a nuevas frustraciones.
La prioridad debe ser preparar la resistencia, fortalecer la organización en lugares de estudio y trabajo, construir espacios de coordinación y un movimiento que sea independiente al progresismo reformista.
Las fuerzas situadas en la izquierda y fuera del gobierno, somos minoritarias aún. Y una parte significativa de ella como Ecologistas Populares, así como varios movimientos sociales, siguen depositando su confianza en el progresismo reformista con Jara, reforzando la lógica del mal menor y debilitando la posibilidad de una alternativa independiente.
No surgirá una alternativa socialista y revolucionaria independiente que se subordine al proyecto de reformas en los marcos del capitalismo. El PTR, una liga de trabajadores y estudiantes que lucha por la construcción de un partido revolucionario, internacionalista y socialista de la clase trabajadora que luche por la conquista de un gobierno de los trabajadores de ruptura con el capitalismo a nivel nacional e internacional, en estas elecciones se presentó en algunos Distritos en Antofagasta, Santiago y Valparaíso. El apoyo demás de 64.000 trabajadores y jóvenes, es un punto de apoyo en la lucha por construir esa fuerza, para que sea una herramienta en organizar la resistencia contra los ataques de los gobiernos empresarios.
Fuente: Izquierda Diario
