por Alejandro Valenzuela Torres
La intervención política revolucionaria en medio de una campaña electoral como la que hoy vive Chile —marcada por la polarización entre la extrema derecha y la candidatura social-liberal de Jeannette Jara— representa uno de los desafíos tácticos y estratégicos más complejos para el activismo clasista y revolucionario. En tales coyunturas, el campo político se estrecha en torno a la falsa dicotomía entre «democracia» y «autoritarismo», que no es otra cosa que la disputa entre facciones del mismo régimen burgués por el control del aparato de Estado. En efecto, la lógica plebiscitaria que impone la polarización borra del horizonte a la clase trabajadora como sujeto político y reduce toda la acción política al campo institucional. En este marco, el dilema para los revolucionarios no es si participar o no, sino cómo intervenir sin ser absorbidos por la lógica del régimen. Se trata de participar sin integrarse, de usar las elecciones no como un fin en sí mismo, sino como un medio subordinado a la estrategia de construcción de poder obrero.
Aquí aparece con fuerza la contradicción entre el carácter conservador de toda organización y la finalidad revolucionaria que se propone. Lenin, en El Estado y la Revolución, reconoce que la organización —incluso la revolucionaria— tiende a adaptarse al orden establecido, y que solo puede superar esa inercia si es empujada por las masas en acción. Pero en momentos de derrota, como el actual, cuando las masas retroceden y se repliegan bajo la tutela de la ideología burguesa —con fe en la democracia, miedo al caos, apego a las soluciones institucionales—, es el partido el que debe mantener viva la perspectiva de ruptura, no como consigna hueca, sino como crítica implacable del régimen y como reagrupamiento de los elementos revolucionarios del proletariado.
La experiencia bolchevique en la Duma zarista entre 1912 y 1914 es ejemplar y debe ser situada en esta discusión concreta. Los bolcheviques se enfrentaban a un parlamento profundamente reaccionario, elegido bajo leyes censitarias y en un contexto de represión abierta. Aun así, decidieron participar con un objetivo claro: socavar las ilusiones parlamentarias desde dentro, utilizar la campaña como una herramienta para la agitación, generalizar los conflictos obreros y campesinos, y, sobre todo, mostrar con hechos —no solo con palabras— los límites estructurales del régimen. En palabras de Lenin, no se trataba de sembrar fe en la Duma, sino de usarla “como un campo de batalla” subordinado al trabajo extraparlamentario. Los diputados bolcheviques no eran legisladores, eran tribunos de la clase obrera que subordinaban toda su actividad a los lineamientos del partido y a las necesidades del movimiento obrero
Trotsky, en La revolución traicionada, reforzaría esta perspectiva al señalar que las masas solo aprenden políticamente cuando chocan con los límites de las instituciones burguesas. La ilusión en la democracia parlamentaria no se disuelve por denuncia moral o por pura propaganda, sino cuando la experiencia demuestra a las masas que, incluso ganando elecciones, sus intereses no pueden realizarse dentro del marco burgués. En este sentido, los bolcheviques nunca se limitaron a proclamarse los mejores defensores de la democracia frente al zarismo; no competían con los liberales para ver quién representaba mejor a «todo el pueblo». Usaron cada elección para demostrar que la democracia burguesa —como luego lo sería la república de Kerensky— es una forma camuflada de dictadura de clase.
En momentos de reflujo, como hoy en Chile, donde las masas están desorganizadas y sin iniciativa, la campaña electoral revolucionaria no tiene como objetivo ganar escaños, sino reagrupar a los militantes, medir fuerzas, reconstruir la moral política, y mantener encendida la crítica a la democracia capitalista como forma de dictadura. Esto exige desmarcarse de las candidaturas del régimen sin caer en el abstencionismo pasivo. No se trata de «denunciar desde fuera», sino de irrumpir con una política propia, con programa, con agitación organizada, con propaganda sistemática, y con una táctica de intervención pública que una los hilos dispersos de la lucha de clases.
La tarea es participar de la campaña electoral como parte de un trabajo mayor de organización y debate abierto con la vanguardia, como Lenin lo propuso en 1911, cuando definió las elecciones a la Duma como “el eje de la ofensiva propagandística del partido”, siempre y cuando esta esté inserta en el trabajo cotidiano con la clase, en sus organismos, en sus conflictos, en sus derrotas y pequeñas victorias. Marx, tras la Comuna, señaló que la clase obrera no puede tomar el aparato del Estado tal como está: debe destruirlo. Y en esa dirección, cada acción electoral debe apuntar no a demostrar la eficacia técnica de nuestros candidatos, planteamientos sino a exponer con crudeza el carácter de clase del régimen y a señalar la única alternativa estratégica: el poder de los trabajadores, organizado desde sus propios órganos y con su propio partido.
En Chile, hoy, esta política se traduce en una intervención electoral que denuncie la polarización como farsa, que no se subordine ni al “mal menor” ni al “mal mayor”, que no se presente como salvación de la democracia, sino como su superación revolucionaria. No se trata de evitar la victoria de la derecha sino de preparar, desde ahora, las condiciones para que las masas —al chocar con los límites del nuevo gobierno— encuentren ya organizada a su alternativa: el partido de la revolución social.
Por todo lo anterior, debe afirmarse con rigor que lo verdaderamente importante comienza una vez concluida la farsa eleccionaria. La jornada del sufragio no es el punto culminante, sino apenas un episodio —uno más— en la larga marcha de la lucha de clases. El día siguiente a la segunda vuelta presidencial, muy probablemente en diciembre, es cuando se inicia el verdadero trabajo: la reorganización de las fuerzas, la clarificación de las lecciones políticas ante una nueva administración —de derecha o centroizquierda, da igual— que se verá obligada a administrar la crisis a favor del capital.
Ese día, la ilusión democrática habrá cumplido nuevamente su función narcotizante. La burguesía habrá renovado su hegemonía, quizás más debilitada, pero aún efectiva. Y es precisamente allí donde el activismo revolucionario debe aparecer con claridad, no para llorar la derrota ni para lamentar la “desunión de las fuerzas progresistas”, sino para actuar. Para agrupar, explicar, organizar. Para poner en pie comités de trabajadores, organismos de base, núcleos de resistencia política. Para transformar la crítica electoral en programa de lucha. Para ligar cada demanda parcial —trabajo, salario, vivienda, educación— con la cuestión del poder y con la necesidad de destruir el aparato de Estado que se recicla, una vez más, con barniz democrático.
El comunismo no es una forma mejor de gobernar dentro del capitalismo. Es la negación radical de todo su orden social, político y moral. Quienes no comprendan esto, incluso desde posiciones autodefinidas como «revolucionarias» —nos referimos a todo el arco del activismo que se reclama trotskista y aún el que se encolumna detrás de Artés— estarán condenados a repetir el ciclo de frustraciones que impone la democracia burguesa. Por eso, nuestra tarea no culmina el día de la elección; comienza, en su fase más seria, justo después. Porque si no hay partido, si no hay organización revolucionaria con raíces en la clase obrera, la victoria de la derecha no será sólo un accidente, será una necesidad histórica.
Y el deber de los revolucionarios es que esa necesidad no se cumpla. No en silencio, no sin combate, no sin ofrecer una alternativa. No sin luchar por lo que hoy se presenta como imposible y tras el combate se revele como inevitable.
Tras las elecciones, el período que se abre entonces no es el del lamento, sino el de la posibilidad. Posibilidad de una reagrupación militante, de una intervención disciplinada en los conflictos, de una nueva agitación en las organizaciones obreras, de una propaganda que se eleve desde la crítica de la democracia burguesa hacia la formulación abierta del programa de poder de la clase trabajadora.
Nada puede esperarse del resultado electoral. Todo debe esperarse del trabajo sistemático que inicie su despliegue desde el primer día posterior a la elección. Cuando la desesperanza se expanda entre los sectores que confiaron en la democracia o en sus supuestos defensores progresistas, será el momento de aparecer con una voz clara: ni con la derecha, ni con la izquierda del capital. Con el proletariado, por su programa, por su organización independiente, por su poder.
Ahí comienza lo verdaderamente importante.
