Sobre «En defensa del marxismo occidental» de S. Roggerone»: ¿Academia o insurrección?

por Alejandro Valenzuela Torres

La nota En defensa del marxismo occidental de Santiago M. Roggerone, aparecida en Izquierda Diario, tiene un mérito indudable: desmonta con precisión el carácter reaccionario y conspirativo de la noción de “marxismo cultural”, y denuncia con razón las deformaciones tanto de la ultraderecha como de ciertas corrientes neoestalinistas. Pero allí donde cree cerrar el debate, en realidad lo deja abierto en su punto decisivo: el problema no es la caricatura del marxismo occidental, sino el lugar mismo que ocupa el marxismo en la lucha de clases.

Porque el texto termina afirmando que el marxismo occidental “no puede cambiar el mundo, pero cuenta en el balance de la acción política” . Y ahí se produce un desliz que no es menor: el marxismo aparece reducido a una corriente intelectual, a un repertorio de ideas que acompañan —más o menos críticamente— el desarrollo histórico. Esa formulación, en el fondo, acepta el terreno que la propia tradición criticada había abierto: la separación entre teoría y práctica, entre pensamiento y revolución.

El marxismo, sin embargo, no es —ni puede ser— una tradición cultural entre otras. No es una “familia de teorías críticas”. Es, ante todo, el programa histórico de la clase obrera para la destrucción del orden capitalista. Su núcleo no es la interpretación del mundo, sino su transformación mediante la acción consciente de los explotados. Reducirlo a una tradición intelectual —aunque sea para defenderla— es desarmarlo.

Aquí es donde la discusión sobre el llamado “marxismo occidental” debe ser recolocada en su terreno real. La cuestión no es si esta corriente fue injustamente caricaturizada por la derecha o por los epígonos de Domenico Losurdo. La cuestión es por qué, en amplios sectores del marxismo del siglo XX, la derrota de la revolución europea condujo a un repliegue hacia la filosofía, la cultura y la teoría, desplazando el eje desde la organización revolucionaria hacia la reflexión crítica. En ese sentido, la intuición de Perry Anderson sigue siendo válida: el marxismo occidental es el producto histórico de una derrota, no simplemente una tradición injustamente comprendida.

Pero esta constatación no conduce —como pretenden los neoestalinistas o los “campistas”— a su condena moral ni a su reducción a “producto imperial”. Tampoco justifica su reivindicación acrítica. Lo que plantea es una tarea distinta: superar esa escisión, restituir la unidad entre teoría y práctica, entre análisis y organización, entre crítica y revolución.

Y esa unidad no es una consigna abstracta. Tiene un contenido preciso: la revolución obrera entendida como insurrección de los explotados. No como metáfora, no como horizonte lejano, sino como problema estratégico concreto. El marxismo surge históricamente ligado a esa perspectiva: desde Karl Marx hasta León Trotsky, pasando por la experiencia de 1917, el marxismo es inseparable de la organización política independiente de la clase trabajadora, de la lucha por el poder, la destrucción del Estado burgués y la dictadura del proletariado.

Lo que el texto de Roggerone no termina de asumir es que la crisis del marxismo no es, en primer lugar, una crisis teórica, ni un problema de “malas lecturas” o “caricaturas”. Es una crisis política: la crisis de la dirección revolucionaria de la clase obrera a escala internacional. En ese vacío, proliferan tanto las teorías conspirativas de la derecha como las reconstrucciones académicas del marxismo. Ambas son, a su modo, síntomas de la misma ausencia.

Por eso, frente a la doble caricatura —la del “marxismo cultural” y la del “marxismo imperial”— no basta con defender una tradición. Es necesario reponer el marxismo como práctica revolucionaria. Esto implica romper con toda concepción que lo reduzca a una teoría crítica o a un campo académico, y volver a situarlo en el terreno de la lucha de clases, de la organización y de la insurrección.

En última instancia, el problema no es salvar al “marxismo occidental” de sus detractores. El problema es rescatar al marxismo mismo de su conversión en objeto de debate intelectual. Porque mientras el marxismo sea discutido como una tradición cultural, seguirá siendo neutralizado. Solo cuando vuelva a ser asumido como programa de acción —como estrategia para la toma del poder por parte de los explotados— recuperará su sentido histórico.

Esa es la verdadera línea divisoria: no entre marxismo occidental y oriental, ni entre teoría crítica y teoría imperial, sino entre un marxismo que contempla el mundo y un marxismo que se propone derribarlo.