Reseña de la revista del MIR «Estrategia» (1966): la teoría como arma y la lectura como combate

por Alejandro Valenzuela Torres

Hay revistas que informan y otras que intervienen. Estrategia. Revista Teórica del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, publicada en Santiago en septiembre de 1966, pertenece sin ambigüedad a la segunda categoría. No es un objeto de consumo intelectual sino un instrumento de guerra ideológica. Su sola existencia remite a un momento en que la teoría no era un adorno ni una cita de autoridad, sino una necesidad vital de la práctica revolucionaria latinoamericana. Volver hoy sobre sus páginas —— no es un gesto arqueológico: es recuperar una forma de pensar en la que la lectura estaba directamente conectada con la acción.

El número se abre con el ensayo de Ernesto “Che” Guevara, El socialismo y el hombre, texto axial que condensa una de las apuestas más radicales del marxismo latinoamericano: la idea de que la transición socialista no es solo un problema de propiedad de los medios de producción, sino de transformación consciente del sujeto. Contra la caricatura liberal que opone individuo y colectividad, Guevara plantea una relación dialéctica entre ambos, en la que el individuo se realiza precisamente en la medida en que se integra en la construcción colectiva. No hay aquí psicologismo ni moralina: hay una tentativa —aún abierta— de resolver uno de los problemas más complejos del marxismo, el de la mediación entre estructura y conciencia. Que esa tentativa esté atravesada por tensiones (entre incentivos materiales y estímulos morales, entre Estado y masas, entre dirección y participación) no la debilita: la vuelve históricamente concreta.

El texto de Ramón Collar, sobre la continentalidad de la revolución latinoamericana, desplaza la discusión al terreno estratégico. Si la revolución cubana había abierto un ciclo, la pregunta era cómo continuarlo. Collar escribe desde una incertidumbre productiva: reconoce la emergencia de una “nueva izquierda” aún en formación, tensionada entre la herencia de las direcciones tradicionales y la radicalización de nuevas capas militantes. Su problema central —que sigue siendo el nuestro— es cómo pensar la revolución más allá del marco nacional sin caer en abstracciones, cómo articular autonomía política y coordinación internacional, cómo evitar tanto el empirismo ciego como el dogmatismo estéril. En esa vacilación hay más verdad que en muchas certezas posteriores.

Lo que recorre toda la revista es una convicción profundamente marxista: que la teoría no es un sistema cerrado, sino una práctica. No hay aquí un marxismo de manual, sino un marxismo en proceso, que se somete a la prueba de la historia. Y es precisamente por eso que el texto conserva su vigencia. No porque sus respuestas puedan ser trasladadas mecánicamente al presente, sino porque sus preguntas siguen abiertas. ¿Cómo se construye una dirección revolucionaria? ¿Qué relación debe existir entre partido y masas? ¿Cómo se evita que la institucionalización ahogue el impulso revolucionario? ¿Qué lugar ocupa la conciencia en la transformación social?

Leer Estrategia hoy, en un tiempo en que la política parece reducida a administración y la teoría a comentario, es un acto de ruptura. Nos enfrenta a una izquierda que pensaba en términos de poder, que concebía la historia como campo de lucha y no como mera gestión de lo existente. Pero también nos obliga a una crítica implacable: el voluntarismo, la subestimación de las mediaciones políticas, la ambigüedad en torno a la forma del poder, son límites que la experiencia histórica posterior se encargó de poner en evidencia. Leer desde una concepción marxista no es celebrar sin más, sino someter esos textos a la crítica de la realidad.

Y, sin embargo, hay algo en estas páginas que interpela con fuerza: la idea de que la revolución no es un horizonte abstracto, sino una tarea concreta que exige organización, claridad teórica y voluntad colectiva. En un presente marcado por la fragmentación, el escepticismo y la derrota ideológica, esa convicción tiene un valor subversivo.

Por eso esta reseña no busca cerrar el texto, sino abrirlo. Estrategia no es un documento para citar, sino para discutir. Leerla es entrar en un debate inconcluso sobre la revolución en América Latina. Y en ese sentido, la invitación es simple y exigente a la vez: volver a leer para volver a pensar, y volver a pensar para volver a luchar.