¿Se acaba el mundo este 8 de abril?: la amenaza de Trump, el lenguaje del genocidio como programa imperialista

por Alejandro Valenzuela Torres

Las recientes declaraciones de Donald Trump, en las que amenaza con “borrar” a Irán “de la faz de la Tierra” y reducir su civilización a escombros por un siglo, no constituyen una simple hipérbole retórica ni un exabrupto propio de la política espectáculo. Se trata, en su forma más desnuda, de una formulación programática del genocidio como instrumento legítimo de la política exterior imperialista. La referencia a destruir “para siempre cualquier resto de la civilización persa” no alude a objetivos militares específicos, sino a la aniquilación deliberada de un pueblo, de su historia y de sus condiciones materiales de existencia. En términos jurídicos y políticos, estamos ante una declaración que encuadra sin ambigüedades en la lógica del exterminio: la voluntad explícita de provocar la muerte de millones de personas y de arrasar una nación entera.

El antecedente histórico inevitable remite a las decisiones adoptadas por Harry Truman que redundaron en el horroroso bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki, cuando el imperialismo norteamericano inauguró la era nuclear mediante el asesinato masivo de población civil. Sin embargo, la amenaza actual va más allá: no se trata de forzar una rendición en una guerra mundial, sino de resolver una crisis geopolítica mediante la destrucción total de un país en condiciones de abierta unilateralidad. La evocación de un nuevo holocausto nuclear, no es una metáfora sino una hipótesis operativa inscrita en la lógica de una guerra que ya ha devastado regiones enteras del Medio Oriente.

El silencio de las cancillerías occidentales frente a estas declaraciones no expresa prudencia, sino complicidad. La experiencia reciente en la Franja de Gaza, donde la destrucción sistemática de infraestructura civil ha dejado a millones de personas en condiciones inhumanas, demuestra que el umbral de tolerancia del orden internacional frente al exterminio ha sido radicalmente desplazado. La continuidad de operaciones militares en el Líbano y la presión creciente sobre Irán configuran un escenario en el que la amenaza nuclear deja de ser una excepción para transformarse en una posibilidad concreta inscrita en la dinámica del conflicto.

La idea de “devolver a un país a la edad de piedra” —reiterada en distintos momentos por la doctrina militar estadounidense— implica la destrucción de toda infraestructura energética, sanitaria y productiva, lo que en términos reales significa condenar a la muerte por hambre, enfermedad y desplazamiento a amplias capas de la población. No es, por tanto, un exceso verbal: es la descripción técnica de un programa de aniquilación social. Bajo estas condiciones, la distinción entre guerra convencional y genocidio se diluye completamente.

Frente a esta amenaza, la tarea de las organizaciones populares, de la izquierda y de todos aquellos que se reclaman de los derechos democráticos y de la autodeterminación de los pueblos, no admite ambigüedades. No se trata únicamente de rechazar una eventual acción militar, sino de denunciar el carácter estructuralmente genocida del imperialismo contemporáneo. La consigna de oposición a la guerra debe ligarse a la lucha contra el sistema que la produce: el capitalismo en su fase imperialista, que convierte la destrucción masiva en un instrumento de regulación de sus propias crisis.

La historia demuestra que los pueblos no permanecen pasivos frente a la barbarie. Un ataque de las características anunciadas abriría, inevitablemente, un período de convulsión internacional de proporciones incalculables, con levantamientos y crisis políticas en múltiples países. La responsabilidad de las fuerzas revolucionarias consiste en preparar esa respuesta a la barbarie capitalista, organizando a la clase trabajadora sobre una base internacionalista, capaz de enfrentar no solo la guerra, sino al régimen social que la engendra.

La amenaza de Trump no es un desvarío individual: es la expresión concentrada de un orden mundial en descomposición. Su denuncia, por tanto, no puede limitarse a la indignación moral. Exige una respuesta política organizada, consciente y radical, que coloque en el centro la lucha contra el imperialismo y por la emancipación de los pueblos. Sólo en ese terreno puede impedirse que la humanidad sea arrastrada, una vez más, hacia la catástrofe.