Las Tesis de Oriente de la III Internacional. Un programa revolucionario para la cuestión nacional en los países coloniales y semicoloniales

Presentación

Compañeras y compañeros, si queremos comprender cómo el marxismo revolucionario abordó el problema nacional en los países coloniales y semicoloniales debemos volver a uno de los documentos más importantes elaborados por la Internacional Comunista en la época de Lenin y Trotsky: las llamadas Tesis de Oriente. No se trata de un texto histórico curioso ni de una pieza arqueológica del movimiento obrero. Es, en realidad, uno de los primeros intentos sistemáticos de dotar a la revolución mundial de un programa para los pueblos oprimidos por el imperialismo y para la intervención revolucionaria de la clase obrera en esos procesos.

La Internacional Comunista surgió precisamente con ese objetivo: reunir y organizar a la vanguardia revolucionaria del proletariado internacional para la lucha contra el capitalismo y por la revolución mundial. Pero desde sus primeros congresos comprendió que la revolución no se limitaría a Europa industrial. El sistema imperialista había transformado la cuestión nacional en una cuestión colonial y había convertido a Asia, África y América Latina en escenarios decisivos de la lucha de clases mundial.

Las Tesis de Oriente parten de una constatación histórica fundamental: el imperialismo no solo domina militar y políticamente a los pueblos coloniales, sino que bloquea su desarrollo económico y social, deformando la estructura de clases y subordinando sus economías al saqueo de las metrópolis. De esta dominación surge inevitablemente un poderoso movimiento de liberación nacional. Sin embargo, la Internacional advierte que ese movimiento no es homogéneo ni socialmente neutral: en su interior conviven intereses de clase profundamente contradictorios.

En los países oprimidos aparecen dos corrientes dentro del movimiento nacional. Por un lado, el nacionalismo burgués que aspira a la independencia política dentro del marco del orden capitalista; por otro, el movimiento de obreros y campesinos pobres que lucha no solo contra el imperialismo sino también contra todas las formas de explotación social. Esta distinción es decisiva porque rompe con la ilusión —tan extendida en la política contemporánea— de que cualquier proyecto nacional constituye auernativa al imperialismo.

El aporte central de estas tesis es que establecen un criterio estratégico claro: la lucha antiimperialista solo puede llegar hasta el final si la clase obrera se convierte en la fuerza dirigente del movimiento nacional. Dicho de otro modo, el proletariado debe disputar la dirección política de la nación oprimida y presentarse como el único caudillo capaz de conducir la lucha hasta su conclusión revolucionaria.

Las tesis lo plantean sin ambigüedad: el proletariado de los países coloniales debe luchar por conquistar influencia sobre las masas campesinas y prepararse para ejercer el papel de vanguardia política del movimiento. Esto significa que la independencia nacional no puede quedar en manos de las burguesías locales, cuya tendencia histórica es buscar compromisos con eal y frenar el impulso revolucionario de las masas.

Desde esta perspectiva, las Tesis de Oriente constituyen una respuesta programática de enorme actualidad. No llaman a abandonar la lucha antiimperialista en nombre de una pureza abstracta de clase, pero tampoco proponen subordinar al proletariado al nacionalismo burgués. Su planteamiento es otro: participar activamente en la lucha por la liberación nacional, pero manteniendo la independencia política del proletariado y organizando a obreros y campesinos como fuerza dirigente del proceso.

Este enfoque es particularmente relevante en la situación internacional que atravesamos hoy. El imperialismo despliega una ofensiva cada vez más agresiva contra los pueblos del mundo. Los ataques contra Gaza, las sanciones y presiones contra Venezuela y Cuba, las amenazas y provocaciones contra Irán forman parte de una dinámica de confrontación geopolítica que podría desembocar en una guerra de dimensiones mundiales y arrastrar a la humanidad a una nueva barbarie.

Frente a esta situación, el marxismo revolucionario no puede adoptar ni la posición de neutralidad ni el abandono de la lucha antiimperialista. Las Tesis de Oriente denuncian explícitamente la posición de aquellos que, en nombre de una supuesta pureza de clase, rechazan participar en la lucha contra la opresión imperialista. Tal actitud es caracterizada como una forma de oportunismo que desacredita la causa del socialismo entre las masas oprimidas. 

Pero estas tesis también polemizan contra la otra desviación, hoy igualmente difundida: la subordinación al nacionalismo burgués. En nuestro tiempo entusiasmo acrítico de algunos sectores de la izquierda ante proyectos geopolíticos como los BRICS o ante determinadas burguesías nacionales presentadas como “antiimperialistas”. Las Tesis de Oriente nos recuerdan que la burguesía colonial puede iniciar la lucha contra el imperialismo, pero no puede llevarla hasta el final. Su temor a las masas explotadas la empuja inevitablemente a pactar con el orden existente.

Por eso el documento insiste en que la tarea central de los comunistas es construir partidos revolucionarios independientes capaces de organizar a las masas obreras y campesinas y disputar la dirección del movimiento nacional. Solo así la lucha por la independencia puede transformarse en un proceso que abra el camino hacia la revolución social.

La lectura de las Tesis de Oriente resulta entonces indispensable para orientarse en las grandes contradicciones del presente. Frente a quienes capitulan ante el nacionalismo burgués y frente a quienes renuncian cobardemente a la lucha antiimperialista bajo el pretexto de no aceptar la teoría estalinista de los “campos”, este documento recuerda la perspectiva clásica del marxismo revolucionario: la emancipación nacional de los pueblos oprimidos solo puede consumarse plenamente bajo la dirección de la clase obrera y en el marco de la lucha por la revolución mundial.

En esa perspectiva reside la enorme vigencia de estas tesis. No son simplemente un documento histórico de la Internacional Comunista. Son un recordatorio de que, en la época del imperialismo, la cuestión nacional y la cuestión social forman una sola lucha histórica: la lucha de los pueblos oprimidos y del proletariado internacional por poner fin al sistema que los condena a la guerra, al saqueo y a la barbarie.

EP

Tesis generales sobre la cuestión de oriente de la III Internacional

I. El crecimiento del movimiento obrero en oriente 

Basándose en la experiencia de la edificación soviética en oriente y en el crecimiento de los movimientos nacionalistas revolucionarios en las colonias, el II Congreso de la Internacional Comunista fijó la posición principal del conjunto en la cuestión nacional y colonial en una época de luchas a largo plazo entre el imperialismo y la dictadura proletaria. 

Posteriormente, se ha intensificado considerablemente la lucha contra el yugo imperialista en los países coloniales y semicoloniales debido a la agudización de la crisis política y económica de posguerra del imperialismo. 

Los siguientes hechos lo demuestran: 1o el fracaso del tratado de Sevres, que tenía por objeto el desmembramiento de Turquía y la restauración de su autonomía nacional y política; 2o un fuerte recrudecimiento del movimiento nacionalista revolucionario en India, Mesopotamia, 

Egipto, Marruecos, China y Corea; 3o la crisis interna sin salida en que se halla el imperialismo japonés, crisis que provocó el rápido crecimiento de los elementos de la revolución burguesa democrática y el paso del proletariado japonés a una lucha de clase autónoma; 4o el despertar del movimiento obrero en todos los países orientales y la formación de partidos comunistas en casi todos los países. 

Los hechos citados son el indicio de una modificación surgida en la base social del movimiento revolucionario de las colonias. Esta modificación provoca una intensificación de la lucha antiimperialista cuya dirección, de este modo, ya no pertenece exclusivamente a los elementos feudales y a la burguesía nacionalista que están dispuestos a establecer compromisos con el imperialismo. 

La guerra imperialista de 1914-1918 y la larga crisis del capitalismo que le siguió, sobre todo la del capitalismo europeo, debilitaron la tutela económica de las metrópolis sobre las colonias. 

Por otra parte, las mismas circunstancias que dieron como resultado un retraimiento de la base económica y de la esfera de influencia política del capitalismo mundial han acentuado aún más la competencia capitalista en relación a las colonias, motivo de ruptura del equilibrio en el conjunto del sistema del capitalismo mundial (lucha por el petróleo, conflicto anglo-francés en Asia Menor, rivalidad nipo-norteamericana por el predominio en el Océano Pacífico, etc.). 

Precisamente este debilitamiento del ascendiente capitalista sobre las colonias, a la vez que la rivalidad en aumento de los diversos grupos imperialistas, ha facilitado el desarrollo del capitalismo autóctono en los países coloniales y semicoloniales. Ese capitalismo ya ha desbordado y continúa desbordando el marco estrecho y entorpecedor de la dominación imperialista de las metrópolis. Hasta el momento, el capital de las metrópolis, persistiendo en su pretensión de monopolizar la plusvalía de la explotación comercial, industrial y fiscal de los países atrasados, trataba de aislar a estos últimos de la circulación económica del resto del mundo. La reivindicación de una autonomía nacional y económica planteada por el movimiento nacionalista colonial es la expresión de la necesidad de desarrollo burgués experimentada por esos países. El constante progreso de las fuerzas productivas autóctonas en las colonias se halla así en contradicción irreductible con los intereses del capitalismo mundial, pues la esencia misma del imperialismo implica la utilización de la diferencia de nivel existente en el desarrollo de las fuerzas productivas en los diversos sectores de la economía mundial, con el objetivo de asegurar la totalidad de la plusvalía monopolizada. 

II. Las condiciones de la lucha 

El carácter atrasado de las colonias se evidencia en la diversidad de los movimientos nacionalistas revolucionarios dirigidos contra el imperialismo y refleja los diversos niveles de transición entre las correlaciones feudales y feudal-patriarcales y el capitalismo. Esta diversidad presta un aspecto particular a la ideología de esos movimientos. 

En esos países el capitalismo surge y se desarrolla sobre una base feudal. Adopta formas incompletas, transitorias, y burdas que permiten la preponderancia ante todo del capital comercial y usurario (oriente musulmán, China). También la democracia burguesa adopta, para diferenciarse de los elementos feudal-burocráticos y feudal-agrarios, una vía indirecta e intrincada. Ese es el principal obstáculo para el éxito de la lucha contra el yugo imperialista, pues el imperialismo extranjero no deja de transformar en todos los países atrasados al sector superior feudal (y en parte semifeudal, semiburgués) de la sociedad nativa en instrumento de su dominación (gobernadores militares o tushuns en China, burocracia y aristocracia en Persia, recaudadores del impuesto sobre la tierra, zemindar y talukdar en la India, plantadores de formación capitalista en Egipto, etc…). 

Por eso, las clases dirigentes de los países coloniales y semicoloniales no tienen ni capacidad ni el deseo de dirigir la lucha contra el imperialismo a medida que esta lucha se transforma en un movimiento revolucionario de masas. Solamente allí donde el régimen feudal- patriarcal no se ha descompuesto lo suficiente como para separar completamente a los altos sectores nativos de las masas del pueblo, como por ejemplo ente los nómadas y seminómadas, los representantes de esos altos sectores pueden desempeñar el papel de guías activos en la lucha contra la opresión capitalista (Mesopotamia, Mongolia, Marruecos). 

En los países musulmanes, el movimiento nacional encuentra ante todo su ideología en las consignas políticoreligiosas del panislamismo, lo que permite a los funcionarios y a los diplomáticos de las metrópolis aprovecharse de los prejuicios y de la ignorancia de las multitudes populares para combatir ese movimiento (así es como los ingleses juegan al panislamismo y al panarabismo mientras declaran pretender transportar el califato a la India etc., y el imperialismo francés especula con las “simpatías musulmanas”). Sin embargo, a medida que se amplía y madura el movimiento de emancipación nacional, las consignas políticoreligiosas del panislamismo son suplantadas por reivindicaciones políticas concretas. Un ejemplo de ello es la lucha iniciada últimamente en Turquía para despojar al califato de su poder temporal. 

La tarea fundamental, común a todos los movimientos nacional-revolucionarios consiste en realizar la unidad nacional y la autonomía política. La solución real y lógica de esta tarea depende de la importancia de las masas trabajadoras que un determinado movimiento nacional sepa arrastrar en su desarrollo, tras haber roto todas las relaciones con los elementos feudales y reaccionarios y encarnado en su programa las reivindicaciones sociales de esas masas. 

Consciente de que en diversas condiciones históricas los elementos más variados pueden ser los portavoces de la autonomía política, la Internacional Comunista apoya todo movimiento nacional-revolucionario dirigido contra el imperialismo. Sin embargo, a la vez, no pierde de vista que únicamente una línea revolucionaria consecuente, basada en la participación de las grandes masas en la lucha activa y la ruptura sin reservas con todos los partidarios de la colaboración con el imperialismo, puede conducir a las masas oprimidas a la victoria. La vinculación existente entre la burguesía autóctona y los elementos feudo-reaccionarios les permite a los imperialistas aprovecharse ampliamente de la anarquía feudal, de la rivalidad reinante entre los diversos clanes y tribus, del antagonismo entre la ciudad y el campo, de la lucha entre castas y sectas nacional-religiosas para desorganizar al movimiento popular (China, Persia, Kurdistán, Mesopotamia). 

III. La cuestión agraria 

En la mayoría de los países de oriente (India, Persia, Egipto, Siria, Mesopotamia), la cuestión agraria presenta una importancia de primer orden en la lucha por la liberación del yugo del despotismo metropolitano. Al explotar y arruinar a la mayoría campesina de los países atrasados, el imperialismo le priva de los medios elementales de subsistencia, mientras que la industria, poco desarrollada y diseminada en diversos puntos del país, es incapaz de absorber el excedente de población rural que, por otra parte, tampoco puede emigrar. Los campesinos pobres que permanecen en sus tierras se transforman en siervos. Así como en los países civilizados las crisis industriales de preguerra desempeñaban el papel de regulador de la producción social, ese papel regulador lo ejerce el hambre en las colonias. El imperialismo, cuyo objetivo vital consiste en recibir los mayores beneficios con el menor gasto, apoya hasta el último grado en los países atrasados las formas feudales y usurarias de explotación de la mano de obra. En algunos países, como por ejemplo en India, se atribuye el monopolio, perteneciente al estado feudal nativo del disfrute de las tierras y transforma el impuesto del suelo en un tributo que debe ser abonado al capital metropolitano y a sus funcionarios los “zemindaram” y “talukdar”. En otros países, el imperialismo se apodera de la renta del suelo sirviéndose para ello de la organización autóctona de la gran propiedad de la tierra (Persia, Marruecos, Egipto, etc.). De allí se deriva que la lucha por la supresión de las barreras y de los tributos feudales aún existentes revista el carácter de una lucha de emancipación nacional contra el imperialismo y la gran propiedad terrateniente feudal. Se puede tomar como ejemplo la sublevación de los moplahs contra los propietarios terratenientes y los ingleses, en otoño de 1921 en India y la sublevación de los siks, en 1922. Sólo una revolución agraria cuyo objetivo sea la expropiación de la gran propiedad feudal es capaz de sublevar a las multitudes campesinas y adquirir una influencia decisiva en la lucha contra el imperialismo. Los nacionalistas burgueses temen a las consignas agrarias y las reprimen en la medida de sus posibilidades (India, Persia, Egipto), lo que prueba la estrecha vinculación que existe entre la burguesía nativa y la gran propiedad terrateniente feudal y feudal-burguesa. Esto prueba también que, ideológica y políticamente, los nacionalistas dependen de la propiedad terrateniente. Esas vacilaciones e incertidumbres deben ser utilizadas por los elementos revolucionarios para una crítica sistemática y divulgadora de la política híbrida de los dirigentes burgueses del movimiento nacionalista. Es precisamente esta política híbrida lo que impide la organización y la cohesión de las masas trabajadoras, como lo prueba la derrota de la resistencia pasiva en India (no cooperación). 

El movimiento revolucionario en los países atrasados de oriente sólo puede ser coronado por el éxito si se basa en la acción de las multitudes campesinas. Por eso los partidos revolucionarios de todos los países de oriente deben precisar claramente su programa agrario y exigir la supresión total del feudalismo y de sus resabios, resabios que hallan su expresión en la gran propiedad terrateniente y la franquicia del impuesto sobre la tierra. Para lograr una activa participación de las masas campesinas en la lucha por la liberación nacional es indispensable proclamar una modificación radical del sistema usufructo del suelo. También es indispensable forzar a los partidos burgueses nacionalistas a adoptar la mayor parte posible de ese programa agrario revolucionario. 

IV. El movimiento obrero en oriente 

El joven movimiento obrero oriental es un producto del desarrollo del capitalismo autóctono de estos últimos tiempos. Hasta el momento, la clase obrera nativa, aún si se considera su núcleo fundamental, atraviesa un período transitorio, desplazándose del pequeño taller corporativo a la gran fábrica de tipo capitalista. 

En la medida en que los intelectuales burgueses nacionalistas atraen hacia el movimiento revolucionario a la clase obrera para luchar contra el imperialismo, sus representantes asumen ante todo un papel dirigente en la acción y en la embrionaria organización profesional. En un comienzo, la acción de la clase obrera no supera el marco de los intereses “comunes a todas las naciones” de la democracia burguesa (huelgas contra la burocracia y la administración imperialista en China y en India). Frecuentemente, como lo indicó el II Congreso de la Internacional Comunista, los representantes del nacionalismo burgués, explotando la autoridad política y moral de la Rusia de los soviets y adaptándose al instinto de clase de los obreros, ocultan sus aspiraciones democráticas burguesas bajo el “socialismo” y el “comunismo” para alejar así, algunas veces sin darse cuenta de ello, a los primeros organismos embrionarios del proletariado de sus deberes de organización de clase (tal es el caso del Partido Eshil Ordu en Turquía, que imprimió una coloración roja al panturquismo y el “socialismo de estado” preconizado por algunos representantes del partido Kuomintang). 

Pese a ello el movimiento sindical y político de la clase obrera de los países atrasados ha progresado aceleradamente en estos últimos años. La formación de partidos autónomos de la clase proletaria en casi todos los países orientales es un hecho sintomático, aunque la gran mayoría de esos partidos aún debe realizar un gran trabajo interno para liberarse del espíritu de camarillas y de muchos otros defectos. Desde un comienzo, la Internacional Comunista apreció en su justo valor la importancia potencial del movimiento obrero en oriente, lo que evidencia que los proletarios de todo el mundo están unificados internacionalmente bajo la bandera del comunismo. Las internacionales II y II y 1⁄2 no han hallado hasta ahora partidarios en ninguno de los países atrasados, porque se limitan a desempeñar un “papel auxiliar” frente al imperialismo europeo y norteamericano. 

V. Los objetivos generales de los partidos comunistas de oriente 

Los nacionalistas burgueses aprecian el movimiento obrero según la importancia que pueda tener para su victoria. El proletariado internacional aprecia el movimiento obrero oriental desde el punto de vista de su porvenir revolucionario. Bajo el régimen capitalista, los países atrasados no pueden participar en las conquistas de la ciencia y de la cultura contemporánea sin pagar un enorme tributo a la explotación y a la opresión bárbaras del capital metropolitano. La alianza con los proletariados de los países altamente civilizados les será ventajosa, no sólo porque corresponde a los intereses de su lucha común contra el imperialismo sino, también, porque solamente después de haber triunfado, el proletariado de los países civilizados podrá proporcionar a los obreros de oriente una ayuda desinteresada para el desarrollo de sus fuerzas productivas atrasadas. La alianza con el proletariado occidental abre el camino hacia una federación internacional de las repúblicas soviéticas. El régimen soviético les ofrece a los pueblos atrasados el medio más fácil para pasar de sus condiciones de existencia elementales a la alta cultura del comunismo, que está destinado a suplantar en la economía mundial el régimen capitalista de producción y de distribución. Su mejor testimonio es la experiencia de la edificación soviética en las colonias liberadas del ex imperio ruso. Sólo una forma de administración soviética puede asegurar la lógica coronación de la revolución agraria campesina. Las condiciones específicas de la economía agrícola en un cierto sector de los países orientales (irrigación artificial) mantenidas anteriormente por una original organización de colaboración colectiva sobre una base feudal y patriarcal y comprometidas actualmente por la piratería capitalista, exigen igualmente una organización política capaz de cubrir sistemáticamente las necesidades sociales. A causa de condiciones climáticas, sociales e históricas particulares, generalmente en oriente le corresponde un papel importante a la cooperación de los pequeños productores. 

Las tareas objetivas de la revolución colonial superan el marco de la democracia burguesa. En efecto, su victoria decisiva es incompatible con la dominación del imperialismo mundial. En un comienzo, la burguesía y los intelectuales nativos asumen el papel de pioneros de los movimientos revolucionarios coloniales. Pero desde el momento en que las masas proletarias y campesinas se incorporan a esos movimientos, los elementos de la gran burguesía y de la burguesía terrateniente se apartan, cediendo el paso a los intereses sociales de los sectores inferiores del pueblo. Al joven proletariado de las colonias le espera una larga lucha que durará toda una época histórica, lucha contra la explotación imperialista y contra las clases dominantes autóctonas que aspiran a monopolizar todos los beneficios del desarrollo industrial e intelectual y pretenden que las masas permanezcan como antes, en una situación “prehistórica”. 

Esta lucha por la influencia sobre las masas campesinas debe preparar al proletariado nativo para el papel de vanguardia política. Sólo después de ser sometido a ese trabajo preparatorio y de haber atraído a las capas sociales que le son cercanas, el proletariado nativo se encontrará en condiciones de enfrentarse a la democracia burguesa oriental, que posee características formalistas aún más hipócritas que la burguesía de occidente. 

La negativa de los comunistas de las colonias a participar en la lucha contra la opresión imperialista bajo el pretexto de la “defensa” exclusiva de los intereses de clase es la consecuencia de un oportunismo de la peor especie que no puede sino desacreditar a la revolución proletaria en oriente. No menos nocivos son los intentos de apartarse de la lucha por los intereses cotidianos e inmediatos de la clase obrera en nombre de una “unificación nacional” o de una “paz social” con los demócratas burgueses. Dos tareas fundidas en una sola incumben a los partidos comunistas coloniales y semicoloniales: por una parte, lucha por una solución radical de los problemas de la revolución democrático-burguesa cuyo objeto es la conquista de la independencia política; por otra parte, organización de las masas obreras y campesinas para permitirles luchar por los intereses particulares de su clase, utilizando para ello todas las contradicciones del régimen nacionalista democrático burgués. Al formular reivindicaciones sociales, estimularán y liberarán la energía revolucionaria que no encontraba salida en las reivindicaciones liberales burguesas. La clase obrera de las colonias y semicolonias debe saber firmemente que sólo la ampliación y la intensificación de la lucha contra el yugo imperialista de las metrópolis puede asignarle un papel dirigente en la revolución y que la organización económica y política y la educación política de la clase obrera y de los elementos semiproletarios son las únicas que pueden aumentar la amplitud revolucionaria del combate contra el imperialismo. Los partidos comunistas de los países coloniales y semicoloniales de oriente, que se hallan todavía en un estado más o menos embrionario, deben participar en todo movimiento que les sirva para abriles una vía de acceso a las masas. Pero deben llevar a cabo una lucha enérgica contra los prejuicios patriarco-corporativos y contra la influencia burguesa en las organizaciones obreras para defender esas formas embrionarias de organizaciones profesionales en órganos combativos de las masas. Deben dedicarse con todas sus fuerzas a organizar a los numerosos jornaleros y jornaleras rurales, así como a los aprendices de ambos sexos en el terreno de la defensa de sus intereses cotidianos. 

VI. El frente único antiimperialista 

En los países occidentales que atraviesan un período transitorio caracterizado por una acumulación organizada de las fuerzas, se ha lanzado la consigna del frente proletario único. En las colonias orientales, en la actualidad es indispensable lanzar la consigna del frente antiimperialista único. La oportunidad de esa consigna está condicionada por la perspectiva de una lucha a largo plazo contra el imperialismo mundial, lucha que exige la movilización de todas las fuerzas revolucionarias. Esta lucha es mucho más necesaria desde el momento en que las clases dirigentes autóctonas tienden a establecer compromisos con el capital extranjero y que esos compromisos afectan a los intereses básicos de las masas populares. Así como la consigna del frente proletario único ha contribuido y contribuye todavía en occidente a desenmascarar la traición cometida por los socialdemócratas contra los intereses del proletariado, así también la consigna del frente antiimperialista único contribuirá a desenmascarar las vacilaciones y las incertidumbres de los diversos grupos del nacionalismo burgués. Por otra parte, esa consigna ayudará al desarrollo de la voluntad revolucionaria y a la educación de la conciencia de clase de los trabajadores, incitándolos a luchar en primera fila, no solamente contra el imperialismo sino, también, contra todo tipo de resabio feudal. 

El movimiento obrero de los países coloniales y semicoloniales debe, ante todo, conquistar una posición de factor revolucionario autónomo en el frente antiimperialista común. Sólo si se le reconoce esta importancia autónoma y si conserva su plena independencia política, los acuerdos temporales con la democracia burguesa son admisibles y hasta indispensables. El proletariado apoya y levanta reivindicaciones parciales, como por ejemplo la república democrática independiente, el otorgamiento de derechos de que están privadas las mujeres, etc., en tanto que la correlación de fuerzas existentes en la actualidad no le permita plantear la realización de su programa soviético. A la vez, trata de lanzar consignas susceptibles de contribuir a la fusión política de las masas campesinas y semiproletarias con el movimiento obrero. El frente antiimperialista único está indisolublemente vinculado a la orientación hacia la Rusia de los soviets. 

Explicar a las multitudes trabajadoras la necesidad de su alianza con el proletariado internacional y con las repúblicas soviéticas es uno de las principales funciones del frente antiimperialista único. La revolución colonial sólo puede triunfar con la revolución proletaria en los países occidentales. 

El peligro de un entendimiento entre el nacionalismo burgués y una o varias potencias imperialistas hostiles, a expensas de las masas populares, es mucho menor en los países coloniales que en los países semicoloniales (China, Persia) o bien en los países que luchan por la autonomía política explotando, al efecto, las rivalidades imperialistas (Turquía). 

Reconociendo que ciertos compromisos parciales y provisionales pueden ser admisibles e indispensables cuando se trata de tomar un respiro en la lucha de emancipación revolucionaria llevada a cabo contra el imperialismo, la clase obrera debe oponerse con intransigencia a toda tentativa de un reparto de poder entre el imperialismo y las clases dirigentes autóctonas, ya se haga abierta o disimuladamente, pues tiene como objetivo conservar los privilegios de los dirigentes. La reivindicación de una alianza estrecha con la república proletaria de los soviets es la bandera del frente antiimperialista único. Tras prepararla, es preciso llevar a cabo una lucha decidida por la máxima democratización del régimen político, a fin de privar de todo apoyo a los elementos social y políticamente más reaccionarios y asegurarles a los trabajadores la libertad de organización, permitiéndoles luchar por sus intereses de clase (reivindicaciones de una república democrática, reforma agraria, reforma de las cargas sobre la tierra, organización de un aparto administrativo basado en el principio de un self-government, legislación obrera, protección del trabajo, protección de la maternidad, de la infancia, etc.). Ni siquiera en el territorio de Turquía independiente la clase obrera goza de la libertad de asociación, lo que puede servir de indicio característico de la actitud adoptada por los nacionalistas burgueses hacia el proletariado. 

VII. Las tareas del proletariado de los países del Pacífico 

La necesidad de la organización de un frente antiimperialista viene dictada además por el crecimiento permanente e ininterrumpido de las rivalidades imperialistas. Esas rivalidades se han agudizado de tal forma que es inevitable una nueva guerra mundial, cuyo campo de batalla será el Océano Pacífico, a menos que la revolución internacional se le anticipe. 

La Conferencia de Washington era un intento para detener ese peligro, pero en realidad sólo lo ha profundizado, y ha exasperado las contradicciones del imperialismo. La lucha sostenida últimamente entre Hu-Pei-Fu y Djan-So-Lin en China es la consecuencia directa del fracaso de los capitalismos japonés y anglonorteaméricano en su tentativa por lograr una coincidencia de intereses en Washington. La nueva guerra que amenaza al mundo arrastrará no solamente a Japón, Estados Unidos e Inglaterra sino también a las demás potencias capitalistas, tales como Francia y Holanda, y todo hace prever que será aún más devastadora que la guerra 1914-1918. 

La tarea de los partidos comunistas coloniales y semicoloniales de los países ribereños al Océano Pacífico consiste en llevar a cabo una enérgica propaganda cuyo objetivo sea el de explicar a las masas el peligro que les espera y convocarlas a una lucha activa por la liberación nacional, e insistir para que se orienten hacia la Rusia de los soviets, apoyo de todos los oprimidos y explotados. 

Los partidos comunistas de los países imperialistas (tales como Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Australia y Canadá) tienen el deber, dada la inminencia del peligro, de no limitarse a una propaganda contra la guerra sino de esforzarse, por todos los medios, en aislar a los factores capaces de desorganizar el movimiento obrero de esos países y de facilitar la utilización por parte de los capitalistas de los antagonismos de nacionalidades y de razas. 

Esos factores son: el problema de la emigración y del bajo precio de la mano de obra de color. 

El sistema de contratos sigue siendo hasta ahora el principal medio de reclutamiento de los obreros de color para las plantaciones azucareras de los países del Sur del Pacífico, donde los obreros son importados de China y de India. Este hecho determinó que los obreros de los países imperialistas exigieran la promulgación de leyes prohibiendo la inmigración y el empleo a la mano de obra de color, tanto en América como en Australia. Esas leyes prohibitivas evidencian el antagonismo existente entre los obreros blancos y los obreros de color, y dividen y debilitan la unidad del movimiento obrero. 

Los partidos comunistas de Estados Unidos, de Canadá y de Australia deben emprender una enérgica campaña contra las leyes prohibitivas y demostrarles a las masas proletarias de esos países que leyes de ese tipo provocan la lucha de razas, y se vuelven finalmente contra los trabajadores de los países prohibicionistas. 

Por otra parte, los capitalistas suspenden las leyes prohibitivas para facilitar la inmigración de la mano de obra de color, que trabaja a más bajo precio y disminuir, de ese modo, el salario de los obreros blancos. Esta intención manifestada por los capitalistas de pasar a la ofensiva puede ser desbaratada eficazmente si los obreros inmigrados entran en los sindicatos donde están organizados los obreros blancos. Simultáneamente, debe reivindicarse un aumento de salarios para la mano de obra de color, de manera que se equiparen con los de los obreros blancos. Una medida de ese tipo adoptada por los partidos comunistas desenmascarará las intenciones capitalistas y a la vez mostrará claramente a los obreros de color que el proletariado internacional es extraño a los prejuicios raciales. 

Para llevar a la práctica de las medidas indicadas, los representantes del proletariado revolucionario de los países del Pacífico deben convocar una conferencia de los países del Pacífico que elaborará la táctica a seguir y encontrará las formas de organización para la unificación efectiva del proletariado de todas las razas de los países del Pacífico. 

VIII. Las tareas de los partidos metropolitanos respecto a las colonias 

La importancia primordial del movimiento revolucionario en las colonias para la revolución proletaria internacional exige una intensificación de su acción en las colonias por parte de los partidos comunistas de las potencias imperialistas. 

El imperialismo francés cuenta, para la represión de las fuerzas de la revolución proletaria en Francia y en Europa, con los indígenas de las colonias quienes, según su idea, servirán de reservas para la contrarrevolución. 

Como en el pasado, los imperialismos inglés y norteamericano continúan dividiendo al movimiento obrero y atrayendo a su lado a la aristocracia obrera con la promesa de otorgarle una parte de la plusvalía proveniente de la explotación colonial. 

Cada uno de los partidos comunistas de los países que posean un dominio colonial, debe encargarse de organizar sistemáticamente una ayuda material y moral al movimiento revolucionario obrero de las colonias. A toda costa es necesario combatir inflexiblemente y sin tregua las tendencias colonizadoras de ciertas categorías de obreros europeos bien retribuidos que trabajan en las colonias. Los obreros comunistas europeos de las colonias deben esforzarse en agrupar a los proletarios indígenas ganándose su confianza mediante reivindicaciones económicas concretas (aumento de los salarios indígenas hasta el nivel de los salarios de los obreros europeos, protección del trabajo, etc.). La creación en las colonias (Egipto y Argelia) de organizaciones comunistas europeas aisladas no es más que una forma enmascarada de la tendencia colonizadora y un apoyo para los intereses imperialistas. Construir organizaciones comunistas según el principio nacional, es ponerse en contradicción con los principios del internacionalismo proletario. Todos los partidos de la Internacional Comunista deben explicar constantemente a las multitudes trabajadoras la extrema importancia de la lucha contra la dominación imperialista en los países atrasados. Los partidos comunistas que actúan en los países metropolitanos deben formar, junto a sus comités directores, comisiones coloniales permanentes que trabajarán para los fines indicados más arriba. La Internacional Comunista debe ayudar a los partidos comunistas de oriente, en primer lugar, dándoles su ayuda para la organización de la prensa, la edición periódica de diarios redactados en los idiomas locales. Debe prestarse una particular atención a la acción entre las organizaciones obreras europeas y entre las tropas de ocupación coloniales. Los partidos comunistas de las metrópolis deben aprovechar todas las ocasiones que se les presenten para denunciar el bandolerismo de la política colonial de sus gobiernos imperialistas, como también las de sus partidos burgueses y reformistas.

Programa de acción agraria 

(Indicaciones para la aplicación de las tesis del II Congreso sobre la cuestión agraria) 

Las bases de nuestras relaciones con las masas trabajadoras campesinas ya fueron fijadas en las tesis agrarias del II Congreso. En la actual fase de la ofensiva del capital, la cuestión agraria adquiere una importancia primordial. El IV Congreso solicita a todos los partidos que se esfuercen en ganar a las masas trabajadoras del campo y establece para ese trabajo las siguientes reglas: 

1. La gran masa del proletariado agrícola y de los campesinos pobres que no poseen suficiente tierra y se ven obligados a trabajar una parte de su tiempo como asalariados, o que son explotados de una manera u otra por los propietarios terratenientes y los capitalistas, sólo puede ser liberada definitivamente de su estado actual de servidumbre y de guerras inevitables en el régimen capitalista mediante una revolución mundial, una revolución que confiscará sin indemnizaciones y pondrá a disposición de los obreros la tierra con todos los medios de producción y que instaurará, en lugar del estado de los propietarios terratenientes y de los capitalistas, el estado soviético de los obreros y de los campesinos y preparará de ese modo la vía al comunismo. 

2. En la lucha contra el estado de los capitalistas y de los propietarios terratenientes, los pequeños campesinos y los pequeños granjeros son los camaradas de combate naturales del proletariado industrial y agrícola. Para unir su movimiento revolucionario a la lucha del proletariado de la ciudad y del campo es necesaria la caída del estado burgués así como, también, la toma del poder político por parte del proletariado industrial, la expropiación de los medios de producción y de la tierra y la supresión de la dominación de los capitalistas agrarios y de la burguesía en el campo. 

3. A fin de lograr una benévola neutralidad, en la revolución, entre los campesinos medios y los obreros agrícolas así como los campesinos pobres, los campesinos medios deben ser arrancados de la influencia de los campesinos ricos vinculados a los grandes propietarios de la tierra. Deben comprender que tienen que luchar con el partido revolucionario del proletariado, el partido comunista, dado que sus intereses coinciden no con los de los grandes campesinos ricos sino con los del proletariado. Para sustraer a esos campesinos de la influencia de los grandes propietarios terratenientes y de los campesinos ricos, no basta con establecer un programa o hacer propaganda. El partido comunista debe probar, mediante una continua acción, que es verdaderamente el partido de todos los oprimidos. 

4. Por eso el partido comunista debe colocarse al frente en todas las luchas que las masas trabajadoras del campo sostienen contra las clases dominantes. Al defender los intereses cotidianos de esas masas, el partido comunista reúne las fuerzas dispersas de los trabajadores en el campo, eleva su voluntad combativa, sostiene su lucha con el apoyo del proletariado industrial y los conduce hacia los objetivos de la revolución. Esta lucha llevada a cabo en común con los obreros industriales, el hecho que los obreros industriales luchen bajo la dirección del partido comunista por los intereses del proletariado agrícola y de los campesinos pobres, convencerán a éstos de que sólo el partido comunista los defiende realmente, mientras que los demás partidos, tanto los agrarios como los socialdemócratas, pese a sus frases demagógicas, sólo tratan de engañarlos y sirven en realidad a los intereses de los capitalistas y de los propietarios terratenientes y, además, que bajo el capitalismo es imposible un mejoramiento verdadero de la situación de los obreros y de los campesinos pobres. 

5. Nuestras reivindicaciones concretas deben adaptarse al estado de dependencia y opresión en el que se hallan los obreros, los pequeños y medianos campesinos, respecto a los capitalistas y los grandes propietarios terratenientes, como también a sus reales intereses. 

En los países coloniales que tienen una población campesina oprimida, la lucha de liberación nacional será o bien conducida por toda la población, como ocurre por ejemplo en Turquía, y en ese caso la lucha de los campesinos oprimidos contra los grandes propietarios terratenientes comienza inevitablemente después de la victoria de la lucha por la liberación nacional, o bien los señores feudales se aliarán con los imperialistas extranjeros, como ocurre por ejemplo en India, y entonces la lucha social de los campesinos oprimidos coincidirá con la lucha de liberación nacional. 

En los territorios en los que aún subsisten fuertes resabios de feudalismo, donde la revolución burguesa no concluyó y los privilegios feudales están también ligados a la propiedad terrateniente, esos privilegios deben desaparecer durante la lucha por la posesión de la tierra, que aquí tiene una importancia decisiva. 

6. En todos los países en los que existe un proletariado agrícola, este sector social constituye el factor más importante del movimiento revolucionario en el campo. El partido comunista apoya y organiza al proletariado para el mejoramiento de su situación política, económica y social, contrariamente a los socialdemócratas que lo apuñalan por la espalda. Para alcanzar la madurez revolucionaria del proletariado rural y educarlo en la lucha tendente a instaurar la dictadura del proletariado, la única capaz de liberarlo definitivamente de la explotación que sufre, el partido comunista apoya al proletariado agrícola en su lucha por: 

La elevación del salario real, el mejoramiento de las condiciones de trabajo, de alojamiento y de cultura. 

La libertad de reunión, asociación, huelga, prensa, etc., para obtener al menos los mismos derechos que los obreros industriales. 

Jornada de ocho horas, seguro contra accidentes, seguro de vejez, prohibición del trabajo a los niños, construcción de escuelas técnicas, etc., y, por lo menos, ampliación de la legislación social de la que goza actualmente el proletariado. 

7. El partido comunista luchará hasta el día en que los campesinos se liberen definitivamente, por medio de la revolución social, de todo tipo de explotación de los campesinos pequeños y medios por parte del capitalismo, luchará también contra la explotación de los usureros, que condenan a los campesinos pobres a la servidumbre del endeudamiento, contra la explotación del capital comercial que compra a bajos precios los pequeños excedentes de producción de los pequeños campesinos y los revende a precios elevados al proletariado de las ciudades. 

El partido comunista lucha contra ese capital comercial parasitario y por la unión inmediata de las cooperativas de consumo del proletariado industrial: contra la explotación por el capital industrial, que utiliza su monopolio para subir artificialmente los precios de los productos industriales, por la provisión a los pequeños campesinos de medios de producción (abonos artificiales, maquinarias, etc.) a bajo precio. Los consejos de empresas industriales deberán contribuir en esta lucha estableciendo el control de los precios. 

Contra la explotación del monopolio privado de las compañías ferroviarias, que existe sobre todo en los países anglosajones. 

Contra la explotación del estado capitalista, cuyo sistema fiscal grava a los pequeños campesinos en beneficio de los grandes propietarios terratenientes. El partido reclama la exención de impuestos para los pequeños campesinos. 

8. Pero la explotación más grave que sufren los campesinos pobres en los países no coloniales proviene de la propiedad privada de la tierra de los grandes propietarios terratenientes. Para poder utilizar plenamente sus fuerzas de trabajo y sobre todo para poder vivir, los campesinos pobres están obligados a trabajar para los grandes propietarios terratenientes con salarios de hambre o arrendar o comprar la tierra a precios muy elevados, debido a lo cual una parte del salario de los pequeños campesinos es acaparado por los grandes propietarios terratenientes. La falta de tierras obliga a los campesinos pobres a someterse a la esclavitud medieval bajo formas modernas. Por eso el partido comunista lucha por la confiscación de la tierra para total beneficio de los que realmente la cultivan. Hasta que eso sea realizado por la revolución proletaria, el partido comunista apoya la lucha de los campesinos pobres por: 

a) El mejoramiento de las condiciones de vida de los aparceros, mediante la reducción de la parte que deben pagar a los propietarios; 

b) La reducción de la renta para los pequeños granjeros, el pago obligatorio de una indemnización por todas las mejoras aportadas a la tierra por el granjero en el curso del contrato de arrendamiento, etc. Los sindicatos de trabajadores agrícolas dirigidos por los comunistas apoyarán a los pequeños granjeros en esta lucha y no aceptarán realizar ningún trabajo en los campos que han sido quitados a los pequeños colonos por los propietarios terratenientes a raíz de litigios referidos al arrendamiento; 

c) La cesión de tierras, ganado y máquinas, a todos los campesinos pobres en condiciones que les permitan asegurarse su sustento, no de parcelas de tierras que liguen a sus propietarios a la gleba y los obliguen a buscar trabajo por salarios de hambre en las posesiones de los propietarios o campesinos vecinos, sino de la cantidad de tierras suficiente como para poder dar cabida a toda la actividad de los campesinos. En este problema habrá que tener en cuenta, ante todo, los intereses de los obreros agrícolas.

9. Las clases dominantes tratan de sofocar el carácter revolucionario del movimiento de los campesinos mediante reformas agrarias burguesas y repartos de tierras entre los elementos dirigentes de la clase campesina. De ese modo, han logrado provocar un reflujo coyuntural del movimiento revolucionario en el campo. Pero toda reforma agraria burguesa se enfrenta con las limitaciones del capitalismo. La tierra se concede solamente en forma de subsidio y a personas que ya están en posesión de medios de producción. Una reforma agraria burguesa no tiene nada que ofrecer a los elementos proletarios o semiproletarios. Las condiciones extremadamente severas impuestas a los campesinos que reciben tierras por medio de una reforma agraria burguesa y que en consecuencia no tiene como resultado un real mejoramiento de su situación sino que, por el contrario, los hunde en la esclavitud del endeudamiento, conduce inevitablemente a un recrudecimiento del movimiento revolucionario y a una agudización del antagonismo existente entre los pequeños y grandes campesinos, así como entre los obreros agrícolas que no reciben tierras y pierden oportunidades de trabajar a raíz de la división de las grandes propiedades. 

Sólo una revolución proletaria podrá producir la liberación definitiva de las clases trabajadoras del campo, revolución que confiscará sin indemnización alguna la tierra de los grandes propietarios terratenientes al igual que todas sus instalaciones, pero dejará intactas las tierras cultivadas por los campesinos, liberará a éstos de todas las cargas, arrendamientos, hipotecas y restricciones feudales que pesan sobre ellos y apoyará por todos los medios a los sectores inferiores de la clase campesina.

Los campesinos que cultivan la tierra decidirán por sí mismos la forma de explotación de las tierras confiscadas a los grandes propietarios terratenientes. Al respecto, las tesis del II Congreso declaraban lo siguiente: 

En los países capitalistas avanzados la Internacional Comunista estima que sería bueno y práctico mantener intactas las grandes propiedades agrícolas y explotarlas de la misma manera que las “propiedades soviéticas” rusas. 

En cuanto al cultivo de las tierras expropiadas por el proletariado vencedor a los grandes propietarios terratenientes, en Rusia hasta ahora se ha repartido entre los campesinos; esto porque el país está muy atrasado desde el punto de vista económico. En algunos raros casos el gobierno proletario ruso ha mantenido en su poder las propiedades rurales llamadas “soviéticas” y que el estado proletario explota él mismo transformando a los antiguos obreros asalariados en “delegados de trabajo” o en miembros de los soviets. 

La conservación de grandes dominios sirve mejor a los intereses de los elementos revolucionarios de la población, sobre todo a los agricultores que no poseen tierras, a los semiproletarios y pequeños propietarios que viven a menudo de su trabajo en las grandes empresas. Además, la nacionalización de los grandes dominios hace a la población urbana menos dependiente del campo desde el punto de vista del abastecimiento. 

Donde todavía subsisten vestigios del sistema feudal, donde los privilegios de los terratenientes engendran formas especiales de explotación, donde todavía se presenta la “servidumbre” y la “aparcería”, es necesario entregarles a los campesinos una parte de la tierra de los grandes dominios. 

En los países en los que los grandes dominios representan un número insignificante, donde una gran parte de los pequeños arrendatarios piden tierras, la distribución de los grandes dominios en lotes puede ser un medio seguro de ganarse a los campesinos para la revolución siempre que la conservación de estos pocos dominios no presente ningún interés para las ciudades desde el punto de vista del abastecimiento. 

La primera y más importante tarea del proletariados es la de asegurar una victoria duradera. El proletariado no debe temerle a una bajada de la producción si es necesaria para el éxito de la revolución. Sólo manteniendo a la clase media del campesinado en la neutralidad y asegurándose el apoyo de la mayoría, si no de la totalidad, de los proletarios del campo, se le podrá asegurar al poder proletario una existencia durable. 

En todos los casos en que las tierras de los grandes propietarios terratenientes sean distribuidas se deberá tener en cuenta ante todo los intereses del proletariado agrícola. 

*** 

Todos los comunistas que trabajan en la agricultura o en las empresas industriales vinculadas a la agricultura, están obligados a ingresar en las organizaciones de obreros agrícolas, agruparse y conducir a los elementos revolucionarios de cara a transformar esas organizaciones en organismos revolucionarios. En los lugares donde no existe ningún sindicato, el deber de los comunistas consiste en trabajar para su creación. En las organizaciones amarillas, fascistas y contrarrevolucionarias, deben llevar a cabo un trabajo de intensa educación tendente a destruir a esas organizaciones contrarrevolucionarias. En las grandes empresas agrícolas, crearán consejos de empresa de cara a la defensa de los intereses obreros, el control de la producción y para impedir la introducción del sistema de explotación extensiva. Deben convocar al proletariado industrial en ayuda del proletariado agrícola en lucha e incorporar a éste en el movimiento de los consejos de empresas industriales. 

Dada la gran importancia que tienen los campesinos pobres para el movimiento revolucionario, el deber de los comunistas consiste en ingresar en las organizaciones de pequeños campesinos (cooperativa de producción, consumo y crédito) para modificarlas, para hacer desaparecer los aparentes antagonismos de intereses entre los obreros agrícolas y los campesinos pobres, antagonismo agravados artificialmente por los propietarios terratenientes y los campesino ricos, y vincular estrechamente la acción de esas organizaciones con el movimiento del proletariado rural e industrial. 

Sólo la colaboración de todas las fuerzas revolucionarias de la ciudad y del campo permitirá oponer una resistencia victoriosa a la ofensiva del capitalismo y, al pasar de la defensiva a la ofensiva, lograr la victoria final. 

Resolución sobre la cooperación 

Durante los últimos años que precedieron a la guerra mundial y aún más durante esta guerra, la cooperación adquirió en casi todos los países un fuerte impulso y atrajo a sus filas a amplias masas de obreros y campesinos. La ofensiva casi universal lanzada por el capital obliga a los obreros, y sobre todo a las obreras, a apreciar aún más la ayuda que puede prestarles la cooperación de consumo. 

Los viejos jefes social-reformistas han comprendido después de mucho tiempo la importancia de la cooperación para el logro de los objetivos que persiguen. Se han instalado en las organizaciones cooperativas y desde allí envenenan la conciencia de las masas obreras, perturbando el ánimo y la actividad de los obreros que poseen espíritu revolucionario. Por otra parte, los partidos socialdemócratas que tienen en sus manos la dirección del movimiento cooperativo, sacan en ciertos países de las cajas de las cooperativas los recursos materiales necesarios para el sostenimiento de su partido. Bajo la máscara de la neutralidad política, apoyan a la burguesía y su política imperialista. 

Dueños de la dirección del movimiento cooperativo, los viejos jefes del cooperativismo no pueden o no quieren ni comprender las nuevas condiciones sociales, los nuevos objetivos de la cooperación, ni elaborar nuevos métodos de trabajo. Al no querer renunciar a sus principios cooperativos, consagrados por la edad, destruyen también el trabajo puramente económico y al mismo tiempo toda cooperación. 

Finalmente, no hacen nada por preparar al proletariado para la realización de las inmensas tareas que le incumbirán en el momento en que se adueñe del poder. 

Todas esas circunstancias obligan a los comunistas a dedicarse seriamente a apartar a los social-patriotas del campo cooperativo para transformarlo de un instrumento al servicio de los lacayos de la burguesía en un instrumento del proletariado revolucionario. 

El III Congreso de la Internacional Comunista había adoptado tesis relativas a la acción de los comunistas en la cooperación. La experiencia de un año y medio ha justificado esas tesis. El IV Congreso las confirma una vez más e invita insistentemente a todos los partidos comunistas, a todos los grupos y organizaciones, a abordar su actividad en la cooperación. Igualmente solicita a los órganos de la prensa que asignen en sus columnas un lugar adecuado a las cuestiones cooperativas. 

Para completar esas tesis, el IV Congreso destaca: 

1. La necesidad urgente de que todos los partidos comunistas pongan en práctica la resolución que impulsa a todos los miembros del partido a ser miembros de las cooperativas y a defender en ellas la línea de conducta comunista. En cada organización cooperativa, los cooperadores comunistas deben formar una célula, ya sea legal o clandestina. Todas las células deben agruparse en federaciones departamentales y nacionales bajo la dirección de la Sección Cooperativa del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. 

Esas células tienen por objetivo establecer la vinculación con la masa de los obreros cooperadores, criticar en su medio no sólo los principios sino sobre todo la acción de la antigua cooperación y organizar a todas las masas descontentas con vistas a crear en la cooperación un frente único de lucha contra el capital y el estado capitalista. Todos los problemas nacionales de los comunistas cooperadores deben ser sometidos a la Internacional Comunista por medio de su sección cooperativa. Pero los cooperadores comunistas no deben tratar de aislar a los cooperadores revolucionarios o que pertenecen a la oposición, pues esta forma de proceder provocaría no sólo el desgaste de sus fuerzas, sino también el debilitamiento del contacto de los cooperadores revolucionarios con las amplias masas obreras. Las mismas causas obligan a abstenerse de apartar a las sociedades cooperativas nacionales de la Alianza Internacional Cooperativa. Por el contrario, los comunistas deben reclamar la adhesión y aceptación por parte de esta alianza de todas las cooperativas nacionales donde los comunistas son mayoría y que aún no estén afiliadas. 

2. Los cooperadores comunistas, al igual que los comités centrales de los partidos comunistas, deben llevar a cabo una enérgica lucha contra la creencia que la cooperación podría, solamente con sus fuerzas, acceder al régimen socialista mediante una lenta incorporación en el capitalismo, sin la toma del poder por el proletariado. También sería falso afirmar que es capaz, usando sus viejos métodos, de obtener un mejoramiento considerable en la situación de la clase obrera. Es preciso combatir no menos enérgicamente el principio de la llamada neutralidad política, que oculta un apoyo abierto o simulado a la política de la burguesía y de sus lacayos. Esta campaña no debe solamente adoptar la forma de la propaganda teórica. También se debe realizar haciendo participar a la cooperación en la lucha política y económica llevada a cabo actualmente por los partidos políticos y los sindicatos rojos de cara a la defensa de los intereses de los trabajadores. A esto se vincula, por ejemplo, la lucha contra el aumento de los impuestos, sobre todo contra los impuestos indirectos a cargo del consumidor, la lucha contra los impuestos excesivos o especiales a las cooperativas y al volumen de ventas, la lucha contra la carestía de la vida, el reclamo de la cesión a las cooperativas obreras de consumo de la distribución de los productos de primera necesidad, la lucha contra el militarismo que provoca el aumento de los gastos del estado y, en consecuencia, el aumento de los impuestos, la lucha contra la alocada política financiera de los estados capitalistas que culminan en la caída de la moneda, la lucha contra el Tratado de Versalles, la lucha contra el fascismo que siempre intenta destruir a las organizaciones cooperativas, la lucha contra las amenazas de guerra, la lucha contra la intervención armada en Rusia, la lucha por los tratados de comercio con Rusia, etcétera. 

Los cooperadores comunistas deben tratar que sus organizaciones participen en estas campañas, al lado de los partidos comunistas y de los sindicatos rojos, y plasmen de este modo el frente único del proletariado. 

Los comunistas cooperadores deben reclamar de sus organizaciones una ayuda eficaz a las víctimas del terror capitalista, a los despedidos, etc. Los comunistas cooperadores exigirán enérgicamente en sus sociedades la organización del trabajo de propaganda y se dedicarán a realizar ese trabajo. 

3. Simultáneamente con esta enérgica participación en la lucha política y económica del proletariado revolucionario, los cooperadores comunistas deben llevar a cabo en sus organizaciones una acción puramente cooperativa a fin de atribuir a esta acción el carácter impuesto por las nuevas condiciones y tareas del proletariado: la unión de las pequeñas sociedades de consumo, la renuncia a los viejos principios de la distribución de las bonificaciones, de los beneficios y el empleo de estos últimos en el fortalecimiento del poder de la cooperación, la creación por medio de estos beneficios de un fondo especial de ayuda a los huelguistas, la defensa de los intereses de los empleados de las cooperativas, la lucha contra los créditos de los bancos que puedan ser peligrosos para la cooperativa. Cuando hay un aumento de las acciones, los comunistas deben exigir que los obreros que no tengan medios para pagar las acciones no sean excluidos de las sociedades y exigir las mayores facilidades para ellos, etc. Las células de los cooperadores comunistas deben igualmente vincular estrechamente su acción con la de las organizaciones de obreras y de las juventudes comunistas para llevar a cabo, gracias a las fuerzas unidas de las obreras y de los jóvenes, una propaganda cooperativa conforme a los principios comunistas. Es preciso iniciar en las cooperativas una enérgica lucha contra la burocracia que, encubriéndose con consignas democráticas, hizo del principio democrático una frase vacía, maniobra a voluntad sin estar sometida a ningún control, evita convocar a asambleas generales e ignora a las masas obreras organizadas en esas cooperativas. Finalmente, es indispensable que las células de los cooperadores comunistas incluyan a sus miembros, sin exceptuar a las mujeres, en los comités de dirección y en los organismos de control y que adopten medidas para proveer a los comunistas de los conocimientos y aptitudes indispensables en la dirección de las cooperativas. 

Tesis sobre la cuestión negra 

1. Durante y después de la guerra, se desarrolló entre los pueblos coloniales y semicoloniales un movimiento de rebelión contra el poder del capital mundial, movimiento que ha realizado grandes progresos. La penetración y colonización intensa de las regiones habitadas por razas negras plantea el último gran problema del cual depende el futuro desarrollo del capitalismo. El capitalismo francés admite claramente que su imperialismo, después de la guerra, sólo podrá mantenerse mediante la creación de un imperio francoafricano, unido por una vía terrestre transsahariana. Los maníacos financieros de EEUU, que explotan en su territorio a doce millones de negros, se dedican ahora a penetrar pacíficamente en África. Las extremas medidas adoptadas para aplastar la huelga del Rrand evidencian de qué modo Inglaterra teme a la amenaza surgida para su posición en África. Así como en el Pacífico el peligro de otra guerra mundial ha aumentado debido a la competencia de las potencias imperialistas, así también África aparece como el objeto de sus rivalidades. Además, la guerra, la revolución rusa, los grandes movimientos protagonizados por los nacionalistas de Asia y los musulmanes contra el imperialismo, han despertado la conciencia de millones de negros oprimidos por los capitalistas, reducidos a una situación de inferioridad desde hace siglos, no solamente en África sino quizás aún más en EEUU. 

2. La historia ha reservado a los negros de EEUU un papel importante en la liberación de toda la raza africana. Hace trescientos años que los negros norteamericanos fueron arrancados de su país natal, África, y transportados a América donde han sido objeto de los peores tratamientos y vendidos como esclavos. Desde hace 250 años, han trabajado bajo el látigo de los propietarios norteamericanos. Ellos son quienes despejaron los bosques, construyeron rutas, plantaron el algodón, colocaron los rieles de los ferrocarriles y mantuvieron a la aristocracia sureña. Su recompensa fue la miseria, la ignorancia, la degradación. El negro no fue un esclavo dócil, recurrió a la rebelión, a la insurrección, a la fuga para recuperar su libertad. Pero sus levantamientos fueron reprimidos con sangre. Mediante la tortura, fue obligado a someterse. La prensa burguesa y la religión se asociaron para justificar su esclavitud. Cuando la esclavitud comenzó a competir con el trabajo asalariado y se convirtió en un obstáculo para el desarrollo de la Norteamérica capitalista, tuvo que desaparecer. La Guerra de Secesión, emprendida no para liberar a los negros sino para mantener la supremacía industrial de los capitalistas norteños, colocó al negro ante la obligación de elegir entre la esclavitud del sur y el trabajo asalariado en el norte. Los músculos, la sangre, las lágrimas del negro “liberado”, contribuyeron al establecimiento del capitalismo norteamericano y cuando, convertido en una potencia mundial, EEUU fue arrastrado a la guerra mundial, el negro norteamericano fue declarado en igualdad de condiciones con el blanco para matar y hacerse matar por la democracia. Cuatrocientos mil obreros de color fueron enrolados en las tropas norteamericanas, donde formaron los regimientos de “Jim Crow”. Recién salidos de la hoguera de la guerra, los soldados negros, una vez en su patria, fueron perseguidos, linchados, asesinados, privados de toda libertad o puestos en la picota. Combatieron, pero para afirmar su personalidad debieron pagar un precio muy caro. Se les persiguió más aún que durante la guerra para enseñarles a “conservar su puesto”. La gran participación de los negros en la industria posterior a la guerra, el espíritu de rebelión que despiertan en ellos las brutalidades de las que son víctimas, coloca a los negros de América, y sobre todo a los de América del Norte, a la vanguardia de la lucha de África contra la opresión.

3. La Internacional Comunista contempla con gran satisfacción que los obreros negros explotados resisten los ataques de los explotadores, pues el enemigo de la raza negra es también el de los trabajadores blancos. Este enemigo es el capitalismo, el imperialismo. La lucha internacional de la raza negra es una lucha contra el capitalismo y el imperialismo. En base a esta lucha debe organizarse el movimiento negro: en América, centro de cultura negra y centro de cristalización de la protesta de los negros; en África, reserva de mano de obra para el desarrollo del capitalismo; en América Central (Costa Rica, Guatemala, Colombia, Nicaragua y las demás repúblicas “independientes” donde predomina el imperialismo norteamericano), en Puerto Rico, en Haití, en Santo Domingo y en las demás islas del Caribe, donde los malos tratos infligidos a los negros por los invasores norteamericanos provocaron las protestas de los negros conscientes y de los obreros blancos revolucionarios. En África del Sur y en el Congo, la creciente industrialización de la población negra ha originado diversas formas de sublevación. En África oriental, la reciente penetración del capital mundial impulsa a la población indígena a resistir activamente al imperialismo. 

4. La Internacional Comunista debe señalar al pueblo negro que no es el único que sufre la opresión del capitalismo y del imperialismo, que los obreros y campesinos de Europa, Asia y América también son sus víctimas, que la lucha contra el imperialismo no es la lucha de un solo pueblo sino de todos los pueblos del mundo, que en China. Persia, Turquía, Egipto y Marruecos, los pueblos coloniales combaten con heroísmo contra sus explotadores imperialistas, que esos pueblos se sublevan contra los mismos males que consumen a los negros (opresión racial, explotación industrial intensificada), que esos pueblos reclaman los mismos derechos que los negros: liberación e igualdad industrial y social. 

La Internacional Comunista, que representa a los obreros y campesinos revolucionarios de todo el mundo en su lucha por derrotar al imperialismo, la Internacional Comunista, que no es solamente la organización de los obreros blancos de Europa y América sino también la de los pueblos de color oprimidos, considera que su deber es alentar y ayudar a la organización internacional del pueblo negro en su lucha contra el enemigo común. 

5. El problema negro se ha convertido en una cuestión vital de la revolución mundial. La III Internacional, que ha reconocido la valiosa ayuda que podían aportar a la revolución proletaria las poblaciones asiáticas en los países semicapitalistas, considera la cooperación de nuestros camaradas negros oprimidos como esencial para la revolución proletaria que destruirá el poder capitalista. Por eso el IV Congreso declara que todos los comunistas deben aplicar especialmente al problema negro las “tesis sobre la cuestión colonial”. 

6. a) El IV Congreso reconoce la necesidad de mantener toda forma del movimiento negro que tenga por objetivo socavar y debilitar el capitalismo o el imperialismo, o detener su penetración. 

b) La Internacional Comunista luchará para asegurar a los negros la igualdad de raza, la igualdad política y social. 

c) La Internacional Comunista utilizará todos los medios a su alcance para lograr que las tradeuniones admitan a los trabajadores negros en sus filas. En los lugares donde estos últimos tienen el derecho nominal a afiliarse a las tradeuniones, realizará una propaganda especial para atraerlos. Si no lo logra, organizará a los negros en sindicatos especiales y aplicará particularmente la táctica del frente único para forzar a los sindicatos a admitirlos en su seno. 

d) La Internacional Comunista preparará inmediatamente un congreso o una conferencia de los negros en Moscú.