Reseña de «Su moral y la nuestra» de León Trotsky

por Alejandro Valenzuela Torres

Su moral y la nuestra es uno de los textos más filosos y sistemáticos de Trotsky contra el moralismo liberal, socialdemócrata, anarquista y stalinista que, en los años treinta, pretendía juzgar a la revolución desde un pedestal de “valores eternos”. Escrito entre 1938 y 1939 —en plena resaca de los Procesos de Moscú, el ascenso del fascismo y la derrota de la revolución española— el libro no es un tratado abstracto de ética, sino una intervención política directa: Trotsky polemiza con nombres, corrientes y situaciones concretas, defendiendo una tesis central incómoda pero coherente con el marxismo clásico: no existe una moral suprahistórica; toda moral es un producto social y, en sociedades divididas en clases, tiene un carácter de clase.

El eje del texto es la crítica a la acusación recurrente contra el bolchevismo: la supuesta regla “jesuítica” de que el fin justifica los medios. Trotsky desmonta la caricatura mostrando que quienes invocan “normas morales universales” lo hacen, en realidad, para desarmar políticamente al proletariado y justificar la moral efectiva de la burguesía, una moral que en tiempos de paz predica humanismo y en tiempos de crisis legitima la guerra, la represión y el exterminio. La moral democrática —sostiene— fue funcional a una etapa de ascenso capitalista; en la fase imperialista y de crisis histórica, esa moral se descompone y cede el paso al fascismo o al stalinismo como formas de reacción.

Frente a ello, Trotsky no propone un relativismo cínico. Por el contrario, formula una moral revolucionaria exigente, cuyos criterios no son abstractos sino históricos: son legítimos únicamente aquellos medios que fortalecen la conciencia, la organización y la autoemancipación de la clase trabajadora. Por eso, aunque defiende la violencia revolucionaria como inevitable en la guerra civil, condena sin ambigüedades los métodos del stalinismo: la mentira sistemática, los procesos falsos, la fabricación de culpables, el exterminio de la vanguardia obrera. No todo está permitido: el fin revolucionario invalida los medios que corrompen a las masas, sustituyen su acción por el culto al aparato o perpetúan nuevas formas de dominación.

Un aspecto central del libro es la demolición de la identificación entre bolchevismo y stalinismo. Trotsky muestra que el stalinismo no es la consecuencia “natural” del leninismo, sino su negación histórica: el Thermidor de la revolución rusa, una reacción burocrática que reinstala privilegios, desigualdad y terror policial bajo un discurso socialista vacío. La defensa abstracta de la “moral” contra el bolchevismo termina, así, sirviendo de coartada a la GPU, a los Frentes Populares y a la colaboración de clases.

Finalmente, Su moral y la nuestra es también una defensa del partido revolucionario como sujeto ético colectivo. Para Trotsky, no hay contradicción entre moral personal y disciplina partidaria cuando el partido expresa un proyecto de emancipación histórica. La verdadera inmoralidad no es romper con la moral burguesa, sino someter la política revolucionaria al juicio de la opinión pública del enemigo.

En síntesis, este texto sigue siendo incómodo porque obliga a pensar la política sin refugios morales prefabricados. No busca tranquilizar conciencias, sino armarlas. En tiempos de restauraciones, progresismos adaptados y condenas morales abstractas a toda ruptura radical, Su moral y la nuestra conserva una vigencia brutal: recuerda que la ética revolucionaria no se mide por buenas intenciones, sino por su capacidad real de contribuir a la emancipación de los explotados.