Cine: «Una batalla tras otra», una película sobre la revolución que ha olvidado lo que la revolución significa

por Juan García Brun

La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra (One Battle After Another) basado libremente en la novela Vineland de Thomas Pynchon, se presenta como una historia contada en tono de parodia y sostenida en una ambigüedad narrativa y política cuya verosimilitud es su primera víctima. En lo formal la estética remite a los años setenta —con sus texturas granuladas, su banda sonora rockera y su iluminación difusa—, mientras que los conflictos centrales, como la migración, el feminismo y la polarización política, son claramente contemporáneos. Sin embargo, este escenario de anacronismo, no tiene como resultado una reflexión sobre el tiempo político, sino que pone en juego la coherencia interna de la narración. Los largos primeros veinte minutos transcurren sin que logre el espectador saber de qué se trata la historia.

En efecto, la película comienza narrando las acciones del grupo French 75, emblema de una contracultura difusa, presentada como una versión degradada de las guerrillas urbanas de los años de Nixon, en la que sus militantes son presentados como sociópatas y nihilistas, como pueden ser presentados en Batman o en la serie televisiva de los ’60 Área 12. No hay en French 75 proyecto ni programa: sus acciones —liberar detenidos, colocar bombas, hostigar políticos— aparecen más como gestos performativos que como parte de una estrategia política. Anderson parece fascinado por esta estética del caos, pero no la interroga: la reproduce y la estetiza, repitiendo el mismo gesto cínico de buena parte del cine político hollywoodense de los últimos años.

La líder de French 75, Perfidia Beverley Hills (Teyana Taylor), encarna el arquetipo pynchoniano de la traidora obsesionada por el poder: abandona la causa, se alía con el militar Lockjaw (Sean Penn) y mantiene con él una relación sadomasoquista que confunde deseo con dominación. Aquí la película se desmorona en su propia ambigüedad moral: no se sabe si Perfidia abusa sexualmente de Lockjaw o si la escena invierte los papeles tradicionales del poder. Lo cierto es que Anderson coquetea con la violencia sexual sin ofrecer una lectura crítica, dejando al espectador en la incomodidad de no saber si asiste a una sátira o a una celebración del autoritarismo erotizado. Una de las primeras escenas de la película exhibe una erección del personaje de Sean Penn y luego una masturbación del mismo personaje, sin que tal grotesco recurso conduzca en ninguna dirección.

Por su parte Leonardo DiCaprio, en el papel de Bob, es el único personaje que logra sostener algo de densidad narrativa. Su rol, sin embargo, parece calcado groseramente del Dude de El Gran Lebowski: un exrevolucionario decadente, drogadicto, algo borracho, algo paranoico, arrastrado por una trama que lo supera. En sus manos está la única veta épica del relato, aunque su redención como padre y como sujeto político nunca termina de concretarse. Anderson construye en torno a él un universo de ironías que se confunden con homenajes, y su figura, más que trágica, resulta cómica.

La música de Jonny Greenwood sostiene algunos momentos de intensidad —particularmente en la persecución final, el único hallazgo técnico destacable—, pero en general termina resultando agobiante, insistente, como si Anderson intentara suplir con volumen lo que falta de tensión dramática. Visualmente, el film es impecable: la fotografía de tonos sepia y neones recuerda al mejor cine contracultural de los 70, aunque su contenido carece de la urgencia política de aquellos años.

Como ha señalado más de un crítico, la película sintetiza la deriva de Anderson en su búsqueda de una gran obra total. Su ambición formal, arrolladora en los primeros compases, pronto se transforma en una espiral de superficialidad y autocomplacencia. El resultado es una obra en la que el talento del director parece encallado en su propio virtuosismo. En lugar de la feroz crítica que emergía en The Master, Boogie Nights o Petróleo Sangriento, Anderson se instala en una mera incertidumbre constante, en una pluralidad de interpretaciones y en la imposibilidad de realizar un mínimo juicio unívoco. El despliegue simbólico de significantes privado de todo significado.

Una batalla tras otra hereda de Pynchon la paranoia y el delirio político, pero renuncia a su profundidad satírica. Donde Vineland denunciaba la mercantilización de la contracultura y el fracaso del radicalismo frente al reaganismo, Anderson amplía el campo de batalla a una ucronía donde la revuelta se ha convertido en espectáculo y la acción política en parodia. En su lectura del presente, el director no logra escapar de la misma alienación que pretendía retratar: todo corre, todo arde, todo se derrumba, pero nada cambia. La película, como sus personajes, se agota en su propio frenesí.

El cineasta californiano despliega su maestría técnica —sus encuadres milimétricos, la movilidad de cámara, la fisicidad del montaje— para sostener un relato que, sin embargo, se hunde bajo el peso de su exceso. Anderson se pone a prueba en cada plano, en cada línea, en cada corte, buscando desesperadamente afirmarse frente al vacío que sus propias imágenes convocan. Es el retrato de un artista que, como sus protagonistas, ya no combate al sistema, sino que lo reproduce, atrapado en la maquinaria simbólica del espectáculo.

El resultado es una película sobre la revolución que ha olvidado lo que la revolución significa. Anderson cree ironizar sobre el discurso de Trump y sus fantasías de poder, pero su ambigüedad política es tal que la película puede interpretarse —paradójicamente— como una propaganda del mismo discurso que pretende ridiculizar. Su “izquierda” es performática, sus mujeres son fetichizadas, y sus hombres, figuras planas que llenan el vacío con ruido y movimiento.

Como ocurre con tantos autores consagrados de la escena independiente norteamericana—pienso en estos momentos en el deplorable derrotero de Spike Lee— Anderson ha confundido la complejidad con la confusión. Una batalla tras otra podría haber sido una reflexión lúcida sobre la fatiga del progresismo, la banalización de la disidencia y el agotamiento del impulso utópico. Pero su ironía se agota en el gesto, su virtuosismo en la forma. El resultado es un filme admirablemente filmado, pero incapaz de decir nada que no haya sido ya dicho —y mejor— por la literatura que lo inspira.

En última instancia, Una batalla tras otra es el espejo de un creador que, al igual que sus personajes, corre sin saber adónde, lucha sin saber contra quién, y filma sin saber por qué. Quizá la inexplicable valoración positiva que ha recibido por parte del público y la crítica se deba precisamente a la buena salud que aún ostenta el posmodernismo en nuestra sociedad. La batalla es constante, pero la victoria, imposible.


Ficha técnica

Título original: One Battle After Another
Título en español: Una batalla tras otra
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson, basado libremente en Vineland de Thomas Pynchon
Reparto: Leonardo DiCaprio, Teyana Taylor, Sean Penn, Regina Hall, Benicio del Toro, Chase Infiniti
Música: Jonny Greenwood
Fotografía: Robert Elswit
Duración: 178 minutos
País: Estados Unidos
Año: 2025
Productora: Annapurna Pictures / Warner Bros.
Género: Drama satírico, acción política, parodia contracultural