por Juan García Brun
La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra (One Battle After Another) basado libremente en la novela Vineland de Thomas Pynchon, se presenta como una historia contada en tono de parodia y sostenida en una ambigüedad narrativa y política cuya verosimilitud es su primera víctima. En lo formal la estética remite a los años setenta —con sus texturas granuladas, su banda sonora rockera y su iluminación difusa—, mientras que los conflictos centrales, como la migración, el feminismo y la polarización política, son claramente contemporáneos. Sin embargo, este escenario de anacronismo, no tiene como resultado una reflexión sobre el tiempo político, sino que pone en juego la coherencia interna de la narración. Los largos primeros veinte minutos transcurren sin que logre el espectador saber de qué se trata la historia.