Juventud precarizada y riqueza concentrada: la verdadera cara de la inteligencia artificial en Chile

por Alejandro Valenzuela Torres

El mercado laboral chileno se encuentra en la antesala de una tormenta perfecta. La irrupción de la inteligencia artificial generativa, sumada a la precariedad estructural del empleo juvenil y a la desconexión política de las élites, amenaza con precarizar aún más el futuro de la juventud trabajadora. Pero sería un error creer que este problema se soluciona con mesas de diálogo, programas de capacitación o pactos sociales de ocasión. La raíz del fenómeno está en la hiperconcentración de la propiedad de los grandes medios de producción y en la desigualdad estructural que sostiene el capitalismo chileno.

Los datos son elocuentes. Según el World Inequality Database, el 1% más rico de la población controla el 36,6% de la riqueza nacional. El 10% más rico capta el 57,3% de los ingresos, mientras que la mitad más pobre apenas recibe un 6,7%. Esta desigualdad no es una estadística abstracta: se traduce territorialmente en que el 50% del PIB chileno se concentra en apenas tres comunas de la Región Metropolitana: Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea. Este núcleo de privilegio concentra la renta, la propiedad y el control de los sectores estratégicos de la economía, mientras el resto del país, y particularmente su juventud, sobrevive en condiciones de inestabilidad e informalidad.

La inteligencia artificial se presenta en este escenario no como una amenaza externa, sino como un mecanismo de profundización de la concentración. Las grandes corporaciones que ya monopolizan el cobre, la energía, las telecomunicaciones y la banca serán las primeras en apropiarse de las ganancias de productividad derivadas de la IA, mientras los costos del desplazamiento laboral recaerán sobre los trabajadores jóvenes. La automatización, en lugar de democratizar las oportunidades, amplifica la desigualdad de base.

La promesa de la IA como fuente de innovación y productividad convive con su rostro más sombrío: la amenaza de desplazamiento masivo de empleos. Goldman Sachs proyecta que hasta 300 millones de puestos de trabajo a nivel global podrían ser afectados por la automatización. En Chile, la situación se agrava. Un estudio encabezado por Juan Bravo Merino (2019) estimó que la probabilidad promedio de automatización para un empleo en el país es de 42,2%, lo que equivale a 3,3 millones de trabajos. El dato crucial es que la amenaza no se restringe a labores de baja calificación: incluso los empleos de alta calificación presentan un riesgo de automatización de 37%.

Esta amenaza se monta sobre un cuadro preexistente de precarización. En 2020, la tasa de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban alcanzó el 23,3%, el registro más alto en década y media. La pandemia profundizó el deterioro: los jóvenes fueron los primeros en perder sus empleos y los últimos en recuperarlos. La Fundación SOL ha documentado que más de la mitad de los trabajadores menores de 20 años se emplea en la informalidad y que apenas un 21,5% de la población joven accede a un empleo protegido. La vulnerabilidad es estructural y masiva.

La IA no es ya un horizonte abstracto: está modificando el mercado laboral en tiempo real. Un estudio de la Universidad de Stanford demostró la caída en la contratación de jóvenes de entre 22 y 25 años en sectores expuestos a la automatización en Estados Unidos, como el desarrollo de software o la atención al cliente. Precisamente esos empleos de entrada, históricamente el punto de inicio de una carrera laboral, se están desvaneciendo. La perspectiva es clara: si se estrecha la puerta de entrada, se condena a toda una generación a la exclusión o al empleo precario.

La percepción ciudadana, paradójicamente, parece más adelantada que la respuesta institucional. El estudio Habilidades del Futuro del Banco Santander reveló que el 55% de los chilenos considera que el conocimiento en IA será clave para insertarse laboralmente, y que un 42% ya se está formando por iniciativa propia. Mientras la población busca adaptarse, el Estado permanece anclado en políticas reactivas y el discurso electoral sigue orbitando en torno a la seguridad, el control fronterizo o la economía tradicional. El futuro del trabajo, sencillamente, no está en la agenda central de los candidatos presidenciales.

La Política Nacional de Inteligencia Artificial en Chile es una muestra de ese desfase. Formulada desde un optimismo tecnocrático, reduce el desafío a la generación de “talento digital” y a la capacitación instrumental. El discurso político institucional, por su parte, permanece encapsulado en una agenda que omite esta realidad. Mientras la juventud enfrenta tasas de informalidad superiores al 50% y apenas un 21,5% accede a empleos protegidos (Fundación SOL), los candidatos presidenciales discuten sobre seguridad, fronteras y macroeconomía, sin articular propuestas que enfrenten la raíz del problema: el poder económico concentrado en manos de unos pocos.

La salida no puede limitarse a ajustes cosméticos en el sistema educativo o a la formación de “talento digital” bajo el prisma tecnocrático de la Política Nacional de Inteligencia Artificial. Tampoco bastan los foros de expertos ni los pactos sociales con la élite empresarial. Mientras la riqueza y los medios de producción estén monopolizados por un puñado de conglomerados, cualquier política pública estará condenada a administrar la precariedad, no a superarla.

La verdadera alternativa se encuentra en la organización desde las bases, por rama de producción, con derecho real a huelga y a negociación colectiva. Solo la acción directa de los trabajadores, articulados en sus sectores estratégicos —minería, energía, transporte, telecomunicaciones, servicios— puede frenar la ofensiva del capital apoyada en la IA y disputar el destino de la riqueza socialmente generada. Se trata de un horizonte de lucha que apunte a la socialización de los grandes medios de producción, única medida capaz de desactivar el poder económico concentrado que mantiene al país en la desigualdad permanente.

El futuro del empleo juvenil en la era de la inteligencia artificial no es una cuestión técnica ni de simple modernización curricular. Es un problema de clase. Resolverlo exige desplazar el eje del debate desde la ilusión tecnocrática hacia la disputa política abierta por el control de la riqueza nacional. Y ello solo será posible si la juventud y la clase trabajadora en su conjunto asumen la organización colectiva como la vía para enfrentar la tormenta perfecta que ya se cierne sobre Chile.