por Alejandro Valenzuela Torres
Sapiens dados a inventar historias. Yuval Noah Harari es un rockstar del pensamiento de vitrina. Invitado de honor en Davos, oráculo posmoderno de CEOs, gurú de los que sueñan con vivir mil años… eso si, pagando con tarjeta black.
En Sapiens, su libro más famoso, este moderno Rasputin del Foro Economico Mundial, plantea que la humanidad dio un giro radical cuando aprendió a crear “ficciones compartidas”. En el capítulo “El árbol del conocimiento”, afirma que esta capacidad de imaginar cosas que no existen —dioses, naciones, corporaciones— permitió al Homo sapiens dominar el planeta. Este salto sería tan decisivo como misterioso: “un cambio imperceptible” que de pronto transformó todo.
El salto no fue técnico ni social, sino mitológico. De pronto, el hombre imaginó dioses, banderas, patrias, y eso —según él— bastó para organizar imperios. Así, la historia humana arrancaría no con la lucha por la vida, sino con la invención del cuento.
Bonito. Elegante. Y profundamente falso.
Harari presenta la capacidad simbólica como un don caído del cielo, un “milagro evolutivo” imposible de rastrear. El relato como génesis. La ficción como motor de la historia.
Piaget y la Epistemologia
La rama del saber que se ocupa de estudiar cómo se forma el conocimiento y cómo el ser humano desarrolla el pensamiento es la epistemología. Comprender cómo pensamos no es sólo una cuestión filosófica: es una de las claves para entender el tránsito evolutivo que nos llevó de ser simples primates a convertirnos en Homo sapiens, y de ahí, en humanos modernos.
Jean Piaget dedicó su vida académica a investigar cómo aparece y se desarrolla el pensamiento en el niño. El resultado de sus investigaciones muestra con claridad que el pensamiento simbólico y abstracto no emerge de pronto ni por inspiración divina. No es un rayo que ilumina de golpe, sino un proceso progresivo que se construye a partir de la interacción activa y concreta del sujeto con su entorno.
Desde el juego sensoriomotor del lactante, pasando por la capacidad de clasificar, ordenar y relacionar objetos, hasta la construcción de esquemas lógicos complejos, el pensamiento es una estructura que se forma en y por la acción.
Para Piaget, la inteligencia es una forma de adaptación activa al medio. El conocimiento surge de una dialéctica permanente entre asimilación (integrar lo nuevo dentro de esquemas ya existentes) y acomodación (modificar esos esquemas para incorporar lo nuevo). En ese movimiento continuo, la abstracción no es un regalo del cielo ni una mutación espontánea: es una conquista lenta y concreta de la experiencia práctica.
Engels: la herramienta como matriz del pensamiento
Lo que Piaget explicó desde la psicología infantil, Engels lo extendió a la especie entera. En El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, Engels argumenta que el desarrollo del pensamiento abstracto y del lenguaje está directamente ligado al uso de herramientas. Fue el trabajo —la transformación activa y colectiva del entorno— lo que desarrolló el cerebro, el lenguaje y, con ellos, la conciencia.
Tanto para Piaget como para Engels, la mente humana no se despliega en el vacío, sino que se forma a través de la relación práctica con el mundo material. En ambos casos, la abstracción no es un punto de partida, sino un resultado. La ficción, entonces, no es el motor de la historia, sino una expresión ideológica secundaria.
Marx: la conciencia no crea la vida, la vida crea la conciencia
Marx lo sintetiza con contundencia en La ideología alemana: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.
Las ideas no preceden al mundo. Surgen de él. Las religiones, los relatos nacionales, el dinero, las corporaciones —todos esos “mitos” que Harari pone en el centro— no son el motor de la historia, sino su reflejo. Son formas de ideología: narraciones que intentan justificar un orden social nacido del trabajo humano, del reparto desigual de sus frutos.
Las religiones, las banderas, las marcas… no crearon la sociedad. La explican. O, mejor dicho, la justifican. Son relatos que adornan —o encubren— el modo en que vivimos y trabajamos. Y también el modo en que unos viven del trabajo de otros.
Del mito como causa al mito como expresión
Harari intenta explicar el poder humano a partir de las “ficciones compartidas”. Piaget como Marx y Engels en cambio nos enseñan que la capacidad simbólica no es un don caído del cielo, ni una causa mágica, sino una conquista material.
Sí, el ser humano imagina. Pero lo hace porque antes trabaja, transforma, construye. Y en el curso de ese trabajo colectivo nace la palabra, el mito, la ficción… y también la lucha de clases. Las ideas no fundan la historia: la reflejan. O, más aún, la encubren cuando conviene a quienes se benefician de ella.
Harari busca reemplazar la historia como conflicto de clases por la historia como evolución de relatos. Busca desarmar la posibilidad misma de la crítica radical. Busca que pensemos que todo cambio posible pasa por imaginar nuevas historias, no por cambiar las relaciones sobre las que se asienta esta sociedad.
En suma, Sapiens no es un libro de historia. Es un acto ideológico. Es la Biblia de Davos
Harari no escribe lo que escribe porque descubrió una gran verdad. Escribe lo que escribe porque para eso es el Raspútin de Klaus Schwab en la corte del Foro Económico Mundial. Su trabajo es el de proveer una nueva narrativa legitimadora para el orden capitalista global en crisis, adornando con relatos seductores, la vida parasitaria de una clase que necesita urgentemente, una buena historia que justifique su existencia.
