Spinoza: un pensamiento contra la servidumbre

por Juan Pedro García

Si toda filosofía se afirma como una determinada manera de mirar el mundo y de intervenir en él, la de Spinoza lo hace de manera plenamente consciente. Hasta el último momento: antes de morir había dejado previsto el modo en que sus escritos debían hacerse llegar a manos de Jan Rieuwertsz para su publicación, y antes de finalizar el año estaba ya publicada su Opera posthuma. Desde que viera la luz, no ha dejado de producir escándalo… y, también, en sentido contrario, de generar alegría.

La filosofía de Spinoza está escrita, toda ella, en clave política: se trata de una reflexión que se afirma contra la necesidad de la servidumbre y que busca una liberación posible y factible: como cooperación que construye la libertad. La filosofía de Spinoza es también, por eso, reflexión sobre los efectos de la actuación y del discurso y escritura atenta a sus efectos (polí-ticos): una escritura que se hace posicionamiento. Posicionamiento político y posicionamiento teórico: en el campo de batalla de la filosofía; reconociendo la naturaleza “impura” o, si se quiere, “corpórea” de todo filosofar.

Desde sus primeros textos, pensados como intervención en la disputa anti-confesional, pasando por los desarrollos metafísicos y cognoscitivos que se ensayan en los PPC, en el TRE o en las distintas fases de la redacción de la Ética como afirmación de inmanencia y como crítica de la mistificación que introduce mediaciones en el ser o en el conocimiento (y de ahí la importancia que adquiere en su obra la crítica al cartesianismo y la apuesta por la capacidad explicativa de una ciencia que no precisa de más fundamentación que su propia práctica), por la defensa de la libertad de investigación, de interpretación y de palabra que hace explícita en el TTP o por esa opción que en los textos políticos aborda una explicación de la actividad humana que rompe con los absolutos morales y con las legitimaciones –religiosas o laicas– de esa estructuración de lo político que fundamenta el orden de la obediencia (y en ese sentido el mantenimiento del derecho natural despojado de toda carga teológica y la crítica de los supuestos que articulan la mistificación hobbesiana del liberalismo suponen la reivindicación liberadora y democrática de la cooperación libre)… los resultados a los que llega la filosofía de Spinoza –recorriendo todos los campos de batalla que constituyen el terreno filosófico del XVII–, todos ellos, son otras tantas exigencias de liberación; un pensamiento que se afirma contra la servidumbre: contra la servidumbre de la naturaleza humana –sujeta a las pasiones o, lo que viene a ser lo mismo, precaria ante la consistencia del mundo– y, también, contra la servidumbre política.

La de Spinoza es una reflexión consciente de no moverse en el terreno “puro” de la “pura” teoría, consciente de la consistencia terrenal –política– de toda teoría y de todo conocimiento. Consciente también de la consistencia política –terrenal– de toda posición filosófica. La potencia de su discurso deriva precisamente del modo en que toma pié en esa evidencia y, desde ella, construye una discursividad cuya tensión hacia la libertad (libertad real: con una consistencia ontológica y política) muy difícilmente puede ser pasada por alto: de ahí que sus críticos sólo pudieran pensar el spinozismo como monstruosidad y que lo identificaran como la mayor y más perversa forma de ateísmo. De ahí también, quizá, paradójicamente, que incluso entre esos críticos se extendiera inmediatamente la imagen del “ateo virtuoso” para referirse a Spinoza: una forma de conjurar la potencia subversiva de su pensamiento insistiendo en la afabilidad personal del personaje y cargando la interpretación sobre su afirmación del necesario respeto a las leyes (una afirmación que, sacada de contexto, algunos quieren hacer valer para presentarle –aún hoy– como un profeta de la resignación y de la obediencia). A pesar de una tradición interpretativa que entre el XVIII y el XX se empeñó en anular la consistencia terrenal y política de su pensamiento (discutiendo sus tesis como si fueran sólo tesis filosóficas –tesis metafísicas o gnoseológicas– y, en la interpretación, convirtiendo a Spinoza en un místico de la fatalidad, promotor de un amor Dei intelectualis entendido como despreocupación por lo mundano, defensor de un deísmo difuso, de una espiritualidad difusa o de un difuso panteísmo), a pesar de los intentos de recuperación de su obra desplegados en clave metafísica o incluso en clave religiosa, basta una lectura que tenga en cuenta los asuntos a los que Spinoza se enfrenta cuando escribe (en lugar de leer en él una supuesta eternidad de las cuestiones filosóficas) para darse de bruces con un pensamiento levantado contra las mistificaciones del pensar y articulado como maquinaria para la liberación. Una filosofía que se apoya en el conocimiento y que sin abandonar la inmanencia ontológica y explicativa piensa el mundo y la actuación desde una apuesta política y ética por la potencia individual y colectiva.

Un pensamiento en defensa de la libertad y contra la servidumbre. Un pensamiento contra los absolutos, que proclama el carácter constituyente del deseo de liberación y que se niega a pensar la necesidad de la renuncia. Una filosofía que se inserta en esa corriente maldita del pensamiento que articula materialismo y rebeldía y que entronca, tanto en la crítica como en la prospectiva, con las tradiciones inconformistas y revolucionarias (poniendo en valor la potencia del conocimiento efectivo –sin contarse cuentos– y poniéndolo al servicio de un proyecto de transformación del mundo) contrarias a la eternización del orden y la gobernanza de la barbarie. Una apuesta contra la naturalización de la impotencia y contra la sumisión.

En este sentido es sintomático el interés que la obra de Spinoza ha despertado en aquellas reflexiones que (particularmente en las últimas décadas) han insistido en la naturaleza conflictual de las relaciones sociales y que han querido entender los mecanismos por los que se garantiza la explotación y por los que puede construirse la alternativa.

Spinoza, es cierto, no ha teorizado las dinámicas sociales a partir del enfrentamiento de clases, ni ha pensado propiamente el capitalismo, ni ha escrito sobre la consistencia biopolítica del dominio, ni ha entendido el universo humano desde la perspectiva de la globalización, ni ha pensado la prioridad de la igualdad (en ese sentido no podemos dejar de señalar esos párrafos finales del TP (cap. 11, 3 y 4) que explicitan una vergonzosa consideración despectiva de las mujeres), pero en su obra encontramos con qué pensar –y cómo hacerlo– la crítica de todas las mistificaciones y la alegría creadora de la libertad. En esto, difícilmente podrá encontrarse un pensamiento que sea equiparable al suyo (y no sólo en el XVII): potente incluso para pensar los límites y las mistificaciones del pensamiento revolucionario de los siglos posteriores.

La muerte de Spinoza, como hemos señalado, dejó inconcluso el TP precisamente en el punto en que se iba a iniciar la tematización de la democracia. El resto falta. Pero eso puede también leerse como una incitación.

Abreviaturas de los títulos de Spinoza mencionados en el texto:
PPC: Principios de la filosofía de Descartes.
TRE: Tratado de la reforma del entendimiento.
TTP: Tratado Teológico-Político.
TP:   Tratado Político.

Fuente: Epílogo del libro de Juan Pedro García del Campo Spinoza o la libertad.

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