Sobre mi cabeza de César austral

por Edmundo Moure

Nota del corresponsal: Alguien dejó, en el buzón de correos de la Casa del Escritor, un sobre conteniendo un manuscrito, con las iniciales a pie de firma: S.P.E.

La casona de Simpson 7 carece de cámaras de observación. El personal afecto se encuentra de vacaciones hasta el primer lunes de marzo. No obstante, José Deledele, estacionador oficial de la rúa Simpson 7, asegura haber visto a una (dama) mujer rubia, metro setenta, vestida de buzo deportivo, trotando desde el Parque Bustamante con un sobre amarillo en la mano derecha.

(Pudiera tratarse de Frau Evelyn, pero eso sería especular; una vuelta de mano —digo yo— de aquella grabación de Sebastián manipulada por Ricardo Claro Valdés). En todo caso, el manuscrito cayó en mis manos y, aún dudando de su autenticidad, estimo que su valor político-histórico-literario amerita darlo a conocer.

He aquí el texto:

Los chilenos —vulgo ‘los otros’— conocen de sobra mi excelencia en todos los ámbitos en que emprendí. ‘Tatán, el mejor’, como decía mi padre, aunque mi hermano Pepe nunca se lo tragó, y quiso emularme con la creación de las AFP, su ‘Mercedes Benz’, como aún afirma, aunque la joyita está haciendo agua hace tiempo, a riesgo de disgregarse como las isapres.

Este manuscrito, que dejo a la posteridad, no es mi legado; así lo manifiesto, es sólo el testimonio de un propósito que para mí se truncó, después del fatal accidente del helicóptero, que me costó apenas la muerte en el reino de este mundo, porque fui un hombre de fe en la trascendencia.

Y es que tardíamente me percaté de que un auténtico estadista (título que me prodigan mis pares de la fotografía panorámica en el cementerio, desde hace una semana y que la Izquierda —no toda— cuestiona con su atávica mezquindad), debiera ser un tribuno destacado.

Me propuse completar un curso de retórica y oratoria, pensando que iba a sobrepasar los 80 años de edad terrestre, sin prever que la espada del destino se cernía sobre mi cabeza de césar austral (¿de dónde saqué esta sentencia?), la ‘espada de Temístocles’, que dicen. Bueno, me criticaron en redes sociales porque en mi último viaje a Madrid pregunté si la otra Cibeles estaba en reparación. Cómo va uno a saber que un nombre plural se puede aplicar a una persona singular.

Me leí todos los discursos de Salvador Allende; extraordinarios, sobre todo el de Naciones Unidas, aunque yo le hubiese cambiado algunos conceptos, porque la ideología marxista está tan superada, ¿verdad?; en cambio, nuestro neoliberalismo de cuño chileno, rayuela y rodeo mediante, nunca pasará de moda.

También leí los discursos de Eduardo Frei… sí, Montalva, porque Eduardito —con todo respeto— es todavía más torpe que yo con las palabras. Hablaba bien nuestro Kerensky chileno; también me mamé algunos textos de Radomiro Tomic, pero los encontré muy académicos y filosóficos, y nuestra gente chilena no quiere filosofar, ni pensar mucho, sino resolver los problemas concretos de cada día, la seguridad, sobre todo la seguridad que a mí se me fue de las manos, aunque prometí ‘mano dura’ y ‘fin de la puerta giratoria’.

Recuerdan bien lo que dije después del estallido. Bueno, el pelma de Larroulet me criticó el exceso de adjetivaciones y de hipérboles, cuando yo precisamente las utilicé para reforzar la arenga discursiva. ‘Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable’; a mí me parece de la mejor elocuencia. Voy a resumir, aquí, para las nuevas generaciones, para mis nietos, que están convencidos de la insuperable genialidad de su abuelo Piñera Echenique, lo mejor de mis dichos:

Al pan, pan y al vino, moscatel. Dije del gobierno de Nicolás Maduro, que era una ‘dictadura corrupta e incompetente’; sentencia veraz que repetí diez veces en 2019, asociada a Venezuela. No tuve, claro, el eco de Allende en Naciones Unidas; ya saben como el marxismo maneja ese organismo.

De regreso a Chile, retomé la agenda doméstica dirigiéndome a empresarios, pequeños agricultores, comerciantes, adultos mayores, enfrentando el tema de la sequía con una metáfora genial, de mi cosecha: ‘terremoto silencioso’, que utilicé doce veces en sendas locuciones; con acierto me referí a la ‘columna vertebral de Chile’: incluyendo en su osamenta metafórica a: el transporte público, el turismo, los medicamentos y la lucha contra la delincuencia (no incluí la guerra contra el terrorismo mapuche).

Sin embargo, debo reconocer que aquí se me anduvo arrancando la moto, cuando hablé de ‘oasis’ e ‘isla’ de crecimiento, democracia y prosperidad en América Latina, para entrar en las enojosas comparaciones: ‘veamos nuestro continente, América Latina; Argentina y Paraguay en recesión; los grandes, México y Brasil, estancados; Perú y Ecuador, con graves crisis políticas. Y en medio de ese cuadro, Chile, que emerge como un verdadero oasis’.

(Este verbo, emerger, es uno de los que más me gusta, sirve para adornar tantos conceptos). Después llamé con denuedo a la unidad nacional, tema que todo buen estadista debe propugnar: ‘unamos nuestras fuerzas’, ‘cuidemos nuestro país’, formulación repetida antes y después de las protestas, como correspondía pues.

Y enseguida remecí la conciencia de los jóvenes, desde mi propia experiencia ejemplar de padre y abuelo destacadísimo: ‘cada generación enfrenta su propio desafío’; me criticaron, porque la repetí veinte veces. Pero la sentencia que más me gustó, la que hice mía hasta la eternidad, fue: ‘por sus obras los reconoceréis’, y que me gustaría considerasen como el lema central de mi legado, aunque sea el único de carácter verbal que voy a heredarles.

Pese a todo este bagaje, soy —fui— hombre de números, no de palabras, como es sabido. El lenguaje del Verbo no se me dio nunca, pero como fui inteligente, astuto más bien, sagaz, avispado, vivaracho, me las arreglé para las notas en humanidades, a punta de resúmenes, a veces pagados, porque en el negocio del mundo todo es susceptible de venderse y comprarse…

La Cecilia es mucho más leída que yo, siempre (esta palabra ya es abuso del habla) me corrige —corregía—, a veces con poco tino, como cuando yo exhibía el mensaje maravilloso de las 33 y letras de los 33 mineros que rescaté; mérito que nadie podrá arrebatarme: ‘Estamos bien en el refugio los treinta y tres’. ¿Me van a creer ustedes que me costó memorizarlo?

Yo, que fui capaz de memorizar el balance tributario del Banco de Talca y de Latam, que hacía desesperar al ministro de Hacienda con las conciliaciones del activo y del pasivo y el flujo presupuestario y la carta Gantt, no podía con la frasecita famosa. (Tuve un problema de dislexia verbal, creo, aunque hoy en día muy pocos se fijan en eso, país este de disléxicos y esquizofrénicos). Ya ven que nadie —ni siquiera yo—, resulta perfectamente perfecto, sin falla alguna.

Lo siento, conciudadanos. Mi legado no será lingüístico, y eso que yo estaba terminando una obra muy original, inspirada en uno de los pocos libros —fuera de los de economía y finanzas— que leí de pe a pa, El principito, ¿es de Marcela Paz, no es cierto? Lo titulé El principito emprendedor. Pero parece que uno de mis nietos borró el archivo Word, 300 páginas Times New Roman 12.

No lo culparé. Después de todo, el mejor legado es la familia, ¿verdad?

*

Hay dos frases tachadas con plumón negro, el texto no tiene firma. Puede ser apócrifo. Lo damos a conocer como una curiosidad literaria. Recordemos que Miguel de Cervantes utilizó el recurso del manuscrito en más de una oportunidad. Y nadie lo critica por esas repeticiones. El cronista y corresponsal quiso corroborar lo informado por el acomodador, pero la señora Evelyn no lo recibió, aduciendo compromisos ineludibles de la próxima primaria.

(Fuente: Cine y Literatura)

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