¿Se despide Milei? El ocaso del experimento libertario en medio de una crisis de hegemonía en la Argentina

por Daniel Logotetti

Con las elecciones parlamentarias de medio término convocadas para mañana, Argentina ingresa nuevamente en el laboratorio de la crisis política latinoamericana. El gobierno de Javier Milei, que hace apenas un año era presentado como el abanderado de una cruzada liberal contra el “Estado parasitario”, llega a esta cita desgastado por una economía en caída libre, escándalos de corrupción en su entorno inmediato y un creciente malestar social. Las promesas de estabilización monetaria se han disuelto en medio de una inflación persistente, una contracción del consumo y una recesión que golpea con fuerza a las capas medias y populares. A ello se suma un clima de descomposición política: el “mileísmo”, sostenido artificialmente por el apoyo de Donald Trump y algunos capitales financieros interesados en el experimento desregulatorio, se muestra cada vez más aislado y sin brújula estratégica.

Lo que está en juego mañana no es simplemente una correlación parlamentaria: es la posibilidad misma de que Milei mantenga una mínima capacidad de gobierno. Si los resultados le son adversos, su frágil alianza con sectores del PRO y del radicalismo puede disolverse rápidamente, precipitando una crisis de gobernabilidad similar a la que clausuró el macrismo. Pero si logra conservar o ampliar su base legislativa, lo hará a costa de una sociedad exhausta y de una derecha que ya no encuentra justificaciones ideológicas convincentes para la catástrofe social en curso. El “shock libertario” ha demostrado ser menos un plan económico que un dispositivo de disciplinamiento, cuyo horizonte es perpetuar la transferencia de ingresos hacia los grandes grupos exportadores y financieros.

Del otro lado, el peronismo aparece una vez más como un movimiento disgregado, incapaz de ofrecer una alternativa programática coherente. Axel Kicillof ha intentado erigirse en referencia nacional, pero su liderazgo se limita al aparato bonaerense y no logra suturar las fracturas entre kirchneristas, massistas y viejos caudillos del PJ. El desgaste acumulado desde la derrota de 2023, y la pérdida de toda épica transformadora, lo mantienen prisionero de la lógica defensiva del “mal menor”. El votante popular, que alguna vez se identificó con las conquistas sociales del peronismo, observa con distancia una estructura que ya no promete más que administración de la decadencia.

A la izquierda del espectro, el Frente de Izquierda y de los Trabajadores- Unidad (FIT-U) continúa oscilando entre la autoproclamación y el testimonio. Si bien su prédica contra el ajuste y la entrega nacional podría encontrar eco en el creciente descontento, su práctica electoral repite fórmulas gastadas: consignas democráticas abstractas, discursos defensivos y una negativa sistemática a presentarse como una alternativa socialista consecuente. El énfasis en experiencias sindicales parciales, como las del Neumático o el Garrahan, no alcanza a construir una referencia política de masas ni a articular un programa de poder obrero frente al derrumbe de la política burguesa. En rigor, la izquierda argentina sigue sin resolver su dilema histórico: cómo pasar del parlamentarismo militante al desafío de construir un partido revolucionario capaz de disputar la dirección del movimiento obrero y popular.

El resultado de mañana, cualquiera sea, expresará un hecho más profundo: la disolución del consenso neoliberal que organizó la vida política argentina desde los años noventa. Milei encarna la fase delirante y agónica de ese consenso, no su renovación. La pregunta decisiva, entonces, no es si el gobierno podrá sobrevivir al embate electoral, sino qué fuerza social y política emergerá de las ruinas para sustituirlo. Mientras la burguesía se fragmenta y el peronismo se licúa, el proletariado argentino —uno de los más combativos del continente— sigue sin una representación propia, sin una herramienta política que traduzca su experiencia de lucha en un proyecto revolucionario. La elección de mañana no resolverá esa carencia, pero puede confirmarla de manera dramática: Argentina continúa buscando su salida por la izquierda, por la clase trabajadora, aunque todavía no haya encontrado su voz.