Reseña sobre «Por qué duele el amor» de Eva Illouz

por Orlando Arroyave

La socióloga marroquí Eva Illouz da una respuesta sugerente a por qué existe un malestar colectivo por el amor; la investigadora responde a esta pregunta en su libro Por qué duele el amor (2012). Esta explicación social, cultural o histórica general, no excluye las particularidades de cada uno de los hombres y cada una de las mujeres, y cada una de las sociedades particulares bajo el marco de lo que denominamos modernidad.

Eva Illouz es una profesora universitaria que ha estudiado las “emociones en el capitalismo”, desde un análisis histórico-sociológico. En sus libros El consumo de la utopía romántica, Oprah Winfrey y el glamour de la miseria o La salvación del alma moderna, su mejor libro hasta el momento, ha analizado la reingeniería de las emociones en la era del capitalismo así como nuestras experiencias amorosas y la experiencia que tenemos con nosotros mismos, a la luz de esta reconfiguración de las emociones.

Su libro, Por qué duele el amor, da una respuesta igualmente sociológica a esta experiencia del sufrimiento humano ante el nuevo dios sagrado de la modernidad: el amor. Su libro pretende, según declaración de la autora, “explicar la naturaleza de (…) los cambios atravesados por tres aspectos distintos y fundamentales del yo: la voluntad (cómo queremos algo), el reconocimiento (cómo construimos nuestro sentido del valor propio) y el deseo (qué deseamos y cómo lo deseamos)”.

En un poco más de dos siglos la concepción del amor y la relación de pareja se han modificado así como la concepción misma de la pareja amorosa. Demos cuenta de esa transformación bajo dos conceptos fundamentales, la autonomía y el recono cimiento, y cómo se han desplegado, en sus imbricaciones y tensiones, esos dos polos propios de los juegos políticos a lo largo de la modernidad.

Pero antes es necesario nombrar la crisis más amplia, propia de la modernidad. En esta época se van a contraponer dos visiones: por un lado, el viejo mundo, representado o simbolizados “en la religión, la comunidad, el orden y la estabilidad”; por otro, una nueva vi- sión, propia del pensamiento de la modernidad, la secularización de la vida cotidiana, en que emerge fenómenos como “la disolución de los lazos comunales, la reivindicación de la igualdad y la incertidumbre constante” (p. 17). El hombre occidental, quiso preservar las emociones amorosas y de pareja, como un núcleo cuasi sagrado para preservarse de las transformaciones e incertidumbre de un mundo ya no soportado por la vieja visión religiosa del mundo. El amor sustituyó a Dios, y en torno a él se edificaron múltiples discusiones, conocimiento científico y el conocimiento popular. Ese objeto sagrado, a su vez sufrirá una serie de desencantamientos, producto de los discursos racionales y pragmá- ticos que surgen en la modernidad.

El amor, idealización o experiencia emocional, será un reflejo de esta crisis constante, en la contraposición de estas visiones. Sus efectos morales o políticos, no tendrán un soporte en un único modelo. Sin embargo, eso no excluirá una proliferación de literatura popular o presumiblemente científica como los libros de autoayuda, que dan un horizonte plural de cómo tramitar la relación con el otro y con nosotros mismos. Durante la modernidad se propone una diversa gama de técnicas científicas, cuasi científicas o populares, en que se promueve, principalmente, una administración de la experiencia que tene- mos con nosotros mismos y el reconocimiento del otro. La esfera romántica fue respetada, o en cierta forma, considerada como importante para la realización personal de los individuos.

La relación de pareja y la búsqueda de un compañero se modificaron en los últimos tiempos. Las clases sociales pudientes, a principios del siglo XVIII en Europa, daban importancia al estatus o distinción de clase social, en que se buscaba preservar en los vástagos el poder económico y, cuando lo hubiera, algo de nobleza. Ese compromiso podría perjudicarlo el amor, que era una suerte de locura. Las clases sociales menos pudientes también desconfiaban de esa patología, y recurrían a la escogencia pragmática de una esposa o un esposo, contando con el criterio del padre de uno de los posibles compañeros o cónyuges. Durante el Renacimiento italiano, los padres buscaban en la vecindad o la comarca esposas a sus hijos que fuesen al menos “una joven que le agradase” (p. 233). Esa “racionalidad pragmática” consideraba en parte el estatus, el buen nombre de la familia, el carácter y un físico decoroso. El sex appeal “no era una categoría cultural claramente diferenciada, las especificaciones eran muy imprecisas y, según los estándares actuales, bastante reducidas” (p. 234). Los solteros no buscaban la pareja perfecta, sino lo disponible para satisfacer su elección. A lo largo de los últimos doscientos años, aunque se preserva un pragmatismo, incluso más racionalista e institucional, se exalta el amor y los contratos emocionales que posibilitan esa experiencia de unión de pareja, pues allí se da un campo de posibilidades del desarrollo emocional o psicológico de un individuo y la posibilidad del reconocimiento mutuo con otro individuo.

En la época actual, desde la adolescencia (los padres, la cultura, los jóvenes en su intercambio de experiencias), los jóvenes o los que buscan pareja elaboran criterios y procedimientos de seducción o relación con los otros, hartos complejos. Pero, ¿qué ha cambiado? Por una parte nuestra experiencia con nosotros mismos, la hemos psicopatologizado, nutrido de nociones científicas y nutrido del debate jurídico-polí tico del reconocimiento y la autovalorización. Igualmente hemos confeccionado intrincados laberínticos psíquicos, siendo el psicoanálisis una parte de nuestra identidad. Nuestras experiencias amorosas las interpretamos, según Illouz, en clave psicoterapéutica. Todavía estamos inmersos en la cultura freudiana. El lenguaje que utilizamos para hablar de nuestra experiencia amorosa o con nosotros mismos, es en clave psicoterapéutica. Por una parte, utilizamos expresiones, en su sentido popular y científico, de “sintomático” una relación con otra persona que amenaza mi independencia, como dependencia “patológica” o amenaza a nuestra salud mental. Incluso solemos pensar el amor como una “adicción”. En esta cultura psicoterapéutica, en que también se pueden incluir los libros de autoayuda, se afirma que nuestros fracasos amorosos provienen de nuestra inmadurez, falencias psíquicas, detención en una fase del desarrollo psicosexual o una infancia malograda (o que la imaginamos como tal).

Nuestra identidad, igualmente se ha nutrido de otros discursos o prácticas, ya no tan etéreas como el psicoanálisis o psicopatológicos, sino que se hablará del comportamiento cerebral, de las sustancias neuroquímicas que intervienen en el enamoramiento. O se darán explicaciones darwinianas desde la psicología evolucionista y la etología o la psicología comparada. La neurociencia puede especificar un conjunto de sustancias específicas, entre las que se cuenta la testosterona, los estrógenos, la dopamina, oxitocina, serotonina, entre otras, involucradas en el enamoramiento o la atracción sexual. Así se asocia, por ejemplo, que la serotonina en el cerebro está presente en la fase de enamora- miento y el trastorno obsesivo-compulsivo. O desde la sociobiología la científica Helen Fisher afirmará que los “seres humanos biológicamente [están] programados para sentir amor intenso por un plazo máximo de dos años en promedio, después del cual se aplacan la pasión y la intensidad” (p. 219). Puede que sean hipótesis, frágiles conjeturas, pero la importancia de este discurso naturalista y científico, que implica igualmente tests genéticos, muestra una vez más un intento de racionalismo teórico y práctico, que ha dado esclarecimiento, o que pretende dar, de nuestra experiencia con nosotros mismos en términos no inefables. Pero a la vez que surgen estos discursos cuasi científicos o científicos, también pensamos el yo como un problema político.

El feminismo, a su modo, ha modificado el comportamiento relacional de los géneros. Podemos discutir sus ventajas o sus equívocos, pero eso no disminuye el poder del feminismo en Occi dente, que propende por la autonomía digna de una mujer y el reconocimiento como ser humano con plenos derechos. Ha tenido efectos políticos en nuestro yo y en la relación entre hombres y mujeres. Una conclusión inesperada de las tesis o conclusiones de Eva Llouz, es que la cultura occidental, a través de los efectos de los debates de las disciplinas “psi” (la psicopatología, el 221 psicoanálisis, la psicología), las visiones biológicas científicas y el debate en el feminismo, ha construido una idea de un sí mismo y otro, con una densidad psicológica; cada uno de nosotros tiene múltiples disposiciones experienciales que lo ha determinado en esa relación con el otro. Esa experiencia con nosotros mismos, se reconfigura, con los ideales “democráticos” de la modernidad. El “yo” emocional y racional, esto es, la experiencia de nosotros mismos, se soporta bajo dos parámetros: la autonomía del yo y el reconocimiento. El amor es el espejo de esta tensión entre estas dos esferas a la vez complementarias y paradójicas. Los hombres y mujeres a la vez que aspiran al amor, como una fuente de satisfacción, deben conciliar entre la exaltación a la autonomía del yo, en que cada uno es un individuo con derechos y que busca una libertad, y, por otro, buscar una reconocimiento del otro, que le dé un valor como individuo. Sin embargo, la tragedia de los individuos contemporáneos es que no logran conciliar entre ese deseo de libertad y esa búsqueda de reconocimiento. Por otro lado, la visión psicoterapéutica ha puesto el énfasis en la necesidad de que los individuos hagan un ejercicio de autoconocimiento para lograr una autonomía mayor y no depender del otro; debe luchar contra la dependencia. Esa experiencia no se da sólo en parejas heterosexuales. Según Maureen Dowd (citada por Illouz, p. 252): Mis amigos homosexuales parecen estar igual de confundidos en temas de etiqueta moderna para citas. Como dice uno de ellos, “(…) te quedas pensando: si me doy demasiado prisa en pagar la cena, ¿me estoy señalando como el tipo domi- nante, agresivo, paternal? Y si me quedo quieto y sumiso, ¿estoy mandando el mensaje de que quie- ro que me cuiden, ah, y también que dominen”. 

Los libros de autoayuda dan consuelo y quizá algo de ayuda, pero su consumo muestra que los hombres y mujeres, independiente de su orientación, tratan de encontrar en esos libros brújulas o explicaciones de su imposibilidad de conciliar la autonomía con el reconocimiento de la autonomía del otro y la igualdad de individuos que quieren establecer un contrato emocional.

Puede que la oferta de libros de autoayuda o las diferentes intervenciones psicoclínicas para intervenir en los fracasos amorosos o los pade- cimientos de amor (entre ellas las “adiciones amorosas”), sea variada y confusa; pero cada una a su modo, propende por una mayor autonomía y una mayor auto reconocimiento.

Esta variedad de ofertas, llega a una conclusión casi única: “la autonomía y la capacidad de defender los intereses propios son sinónimo de salud mental” (p. 216). La búsqueda de una persona con quien hacer un contrato emocional, lleva a pensar que se debe maximizar la gratificación y el reconocimiento o valía mutua, y minimizar el sufrimiento. Los modelos de abnegación, sacrificio y entrega total al otro, que era alabado por un antiguo romanticismo, es considerado como una amenaza a la autonomía, y, por ende, un menoscabo de las posibilidades del yo. Se ha llegado a la conclusión, a su vez, que el yo no se debe comprometer y movilizar en la totalidad de la experiencia personal en una relación amorosa. Para lograr este objetivo de maximizar la gratificación con el otro y evitar el sufrimiento, el yo debe buscar la autocomprensión y el autocontrol.

Sin embargo, el individualismo que ha hecho que demos un valor o sobre estimemos nuestra experiencia yoica, encuentra una dificultad práctica, pues a veces no son claros nuestro valor como personas únicas y diferentes, tanto para los otros como para nosotros mismos. Eso sí, prácticas psicoterapéuticas, libros de autoayuda, programas de consejos, etc., exigen que nos ocupemos de nuestro propio yo; el mandato imperativo es “sentirse bien con uno mismo”. El yo necesita una y otra vez, confirmación. Eso conlleva a la emergencia, de términos asociados con esa experiencia con uno mismo, como “in- seguridad”, “autoestima”, “bajo valor yoico”. Es como si se requiriera de una confirmación constante del otro.

En su racionalización, los distintos saberes, como hemos visto anteriormente, han contribuido a explicar o dar una noción comprensiva al amor, más allá de su elemento difuso, asociándolo con nociones como el “inconsciente”, la “pulsión sexual”, “las hormonas”, la “conservación de la especie” o “la neuroquímica” (p. 21). Así que las ideas propias de la visión romántica primitiva del amor como inefable o experiencia cuasi mística se disuelven en estas interpretaciones, que si bien no pacifican nuestro padecimiento amoroso, nutre con visiones racionales buscando un desencanto de esta experiencia. Esas son igualmente las claves para comprender nuestras experiencias personales. 

Todas aquellas ideas del amor como un objeto sagrado, imposible de explicar o justificar, fusión entre el sujeto y el objeto amoroso o lo único y lo inconmensurable, si bien fenomenológicamente están presente en los discursos cotidianos o la cultura de masas, son sustituidas por formas más racionales o pragmáticas de concebir estos encuentros amorosos. 

Las relaciones amorosas son un campo privilegiado del reconocimiento social. El valor social no se centra, como en antaño en el estatus socioe- conómico, sino que es definido a partir de un yo, entidad privada, personal, no institucional. En esta visión, el reconocimiento implica siempre una dinámica relacional, en que cada persona exhibe y defiende la autonomía. Cada uno debe defender su identidad o la ilusoria unidad de la experiencia personal, que es intransferible e inconmensurable. 

El reconocimiento implica “admitir y reforzar las reivindicaciones y posturas de las otras personas, tanto en el plano cognitivo como en el emocional. (…) [en] el cual se establece el valor social de modo continuo en el marco de las relaciones con los otros y a través de ellas” (p. 160). En la experiencia amorosa, el valor propio depende del otro. Sin embargo, lo que nos encontramos es que este valor siempre es  incierto. Podemos sentir que somos invisibles socialmente o que podemos ser rechazados; que no tengamos valor para el otro, y como efecto, padecer una desvalorización del yo. Ese “miedo al rechazo” es un peligro que está al acecho en la relación con el otro. El sujeto, por su parte, se autoinculpa casi siempre como parte de su mal, cuando quizás somos sólo parte de un malestar cultural más amplio que nuestras pequeñas vidas. 

Como vemos en esta síntesis anterior, este libro de Eva Illouz contiene ideas sugerentes, igual que polémicas, que inquietará a todo lector que se interese por la idea contemporánea del amor. 

(Visited 32 times, 1 visits today)