Qué es la enemización. Más allá de las tecnologías del malestar (1)

                                                                           por Mauro Salazar Jaque

Los estados de insurgencia, intifada y revuelta nos demandan una nueva comunidad de preocupaciones que pueda trasuntar las categorías limitadas del malaise. Aquí es necesario pensar lo intersticial de la conflictividad normativa de losThink Tank -centrada en epistemologías transicionales- y los agonismos crítico-liberales que hoy dibujan disputas entre adversarios, sin asumir la radicalidad del momento histórico. 

Tal necesidad, se funda en un agotamiento categorial y en las tautologías aporofóbicas del mal-estar, para escrutar, más allá de la vocación pedagogizante del mainstream, las fracturas de la modernización chilena (1900-2019). Los usos y abusos del mal-estar son parte de un consenso post-político que oculta las ideologías dominantes. En su vaguedad pedagógica, funciona como una democracia para niños, pues no atiende nuevos reclamos, aquellos que deben responder a los “trastornos geopolíticos del Antropoceno”. Tampoco tiene la impaciencia, imperiosa, de descifrar un cúmulo de traumas masivos en el marco de destructividades primarias, sedimentaciones, o bien, la guerra como forma de captura de la nueva conflictividad. El dispositivo del Mal-estar, no puede ser una categoría crítica, pues pende de ciclos modernizantes, políticas normativas del conocimiento y espectros estadísticos. 

Ello no sólo busca atisbar un “arte contemplativo” sobre las transformaciones político-culturales, la crisis de todo reparto comunitario, sino relevar la enemización como “caja de herramientas”, situada y afirmativa, para descifrar e intervenir en contextos de pánico, desorientación visual y dudosos accesos cognitivos. En lo tocante al género literario y a la economía escritural, los textos de Carlos del Valle[2]**, no vinculan una metodicidad argumental  con un plan prefijado suscrito -dogmáticamente- a una “progresión argumental”. Tampoco se trata de una conceptualización que responda dócilmente a los reclamos vitriólicos de las redes sociales y ese frenesí porque el manuscrito se asemeja a una “cámara Polaroid”, de textualidades sin experiencia. El ethos de la enemización  se debe a las formas de epistemicidio desde una serie de intervenciones que se alumbran unas a otras, no en función de la progresión de una perspectiva unitaria, sino en desde lo que podríamos denominar la reiteración de temporalidades en diversos planos discursivos. La forma de investigar se erige en ruptura con la noción de objeto en su sentido clásico, a saber, como reducción del texto crítico a un problema de base.

Aquí los nudos escriturales, no conciben la investigación tras la sucesión ordenada de procedimientos lógicos y contrastaciones empíricas, sino como deliberación sistemática y deseo de metodicidad sobre múltiples nudos teóricos-políticos. La investigación en los términos concebidos no permite tal regresión epistemológica. Cuando el quid de la investigación reclama la univocidad de sus mecanismos, y el privilegio compartimental de su problema, el texto abraza «formaciones textuales» y una pluralidad de objetos múltiples y descentrados que aún sostienen un “hilo de voz”. La enemización, no se agota en una semántica de binarismos descriptivistas u oposiciones milenarias (bárbaros adversus letrados). Ello se debe situar en trayectorias y condiciones materiales que impiden una inscripción no homogénea de la categoría. La “guerra total” del medio oriente no remite al ius belli moderno -abstracto, moderno y civilizatorio- y exuda sus filiaciones con el paradigma soberano. Aquí el derecho internacional ha sido relativizado, “porque su guerra es contra los inhumanos, no contra la humanidad”. Todo en relación con la stasis como racionalidad imperial, “localización dislocante” y “poética del pensamiento” (sic). Un an-arché abismante, necesario y con vértigos paroxísticos-omniscientes. En suma, sin saber mucho sobre el destino del campo político, más allá del exterminio constitutivo. No sabemos mucho del arte de la espera, de la táctica y la estrategia. Quizá la guerra civil planetaria sea el diagnóstico de la nueva sutura, relación entre nuda vida y lazo social, si todo el capital en su maquinaria tanatopolítica ha impulsado Estados post-soberanos, obviando mercados y capitales (Butler, 2008 y 2009).   

Lejos de un tiempo homogéneo, la enemizacion participa en distintos “jeux de langues”, como, asimismo, de prácticas materiales que deben ser desmasificadas en sus usos. No se trata, en ningún caso, de homologar la tesis del enemigo interno con la enemizacion, sino reparar en su proliferación metafórica, evitando identidades plenas, sustanciales, pero pensando -en tiempos muy adversos- las formas temporales del “universal político”. De allí que, en la cadena relacional de enemizaciones no hay agente apriorístico que suture o galvanice el campo de transformaciones. El análisis alude a estrategias prácticas y discursivas del campesino, el trabajador precarizado, los negros, los jóvenes en la política, los niños y niñas migrantes, los grupos de protesta social, las personas en situación de encierro, y el marginal, entre otros grupos sociales, culturales, económicos o políticos que comparten una condición común: los poderes de turno los han representado como enemigos más o menos permanentes.  En suma, de un lado, la lucha o el enfrentamiento “cuerpo a cuerpo” entre enemigos es siempre, un presupuesto de aquella identificación fallida que se introduce al amenazar la existencia de un otro y abunda en la alquimia de autoritarismos cavernícolas. De otro, la enemización, que se inscribe al interior de la contemporaneidad hegemónica, también puede ser un dispositivo de guerra, a saber, colonización,  razón civilizatoria y criminalización bajo el orientalismo de Sarmiento y Alberdi en la Argentina de fines del XIX. 

Aquí es posible invocar un nombre: Gaza.  Tales sucesos, propios del despojo, congregan la articulación de distintas fuerzas sociales, que se encadenan entre sí en la medida en que se posicionan antagónicamente respecto de un “enemigo común”, lo que suscita una producción de sentido demandas para representar del conjunto de fuerzas articuladas que buscan promover hegemonía políticas. Pero, cabe advertirlo, esto es una posibilidad de lectura en sociedades que destacan por el “enemigo absoluto”, cuestión que tiene el mérito de trastocar el “rating cognitivo del malestar”.

La categoría, so pena de su inscripción latinoamericana (herida colonial), cultiva una energía crítica para poner en evidencia cómo opera el poder en la extracción de cuerpos dóciles. De un lado. atribuye representaciones estigmatizantes al otro (otrocidio) y, de otra, devela discursos y prácticas que actúan como mecanismos necropolíticos y despojos. 

La construcción de la invención de las tradiciones sobre las cuales se asientan tanto la fundación de los estados nacionales como las de diversas tradiciones políticas de tipo conservador, de “derecha”, izquierdas del consenso de Washington  y hoy regímenes  neoliberales. Contra todo, la opacidad constitutiva aquí no se  funda  en  el  sentido  dialéctico  del término. La noción de negatividad es necesaria y constitutiva. El  campo social es  concebido  como  movimiento  sin resolución entre positividad y negatividad, porque no existen relaciones sociales transparentes o post-ideológicas. Sin duda, en la “guerra de posiciones”, la enemización discursiva comprende una política de imágenes, viralidades y cuerpos. A diferencia de los clásicos y encomiables trabajos de Néstor García Canclini, su éxtasis -meritorio- era establecer una nueva contraposición entre lo híbrido para entrar y salir de la modernidad, abrazando un culturalismo dócil que era emplazado desde la “subalternidad” como el vaciamiento de la negatividad antagónica, por el consumo de  bienes simbólicos y digitales.  La innovación de la “hibridación cultural” –bricoleur- fue también la identificación conformista de Culturas Híbridas (1990), consagrando un modelo que facilitaba el “supermercado cognitivo” que permitía transitar entre modernización y tradicionalismo, reubicando el clivaje centro-periferia e interactuar entre lo global y lo local, mediante fragmentos -adaptativos- de acumulación flexible. En suma, a su manera, abono algunos puntos, para las transiciones del cono sur hacia el neoliberalismo 

En suma, la enemización -en su hermenéutica política- devela un clivaje en la acumulación de capital financiero bajo un ciclo hegemonizado por el despojo de la acumulación. La categoría y sus territorios, se deben a lo plural-discordante- y deben ser interrogados en todos sus alcances y definiciones, a saber, como un campo de antagonismos emergentes, en estado de sedimentación, o bien, como un momento constitutivo y fundante del cuerpo social. Allí donde ha colapsado el sistema de mediaciones y todo reparto comunitario se torna abismal, ante la arremetida de diversos integrismos. En la actualidad enfrentamos un régimen de enemistades glonacales y Un caleidoscopio de registros, liderazgos coléricos del nuevo modo de producción que tiene en su inconsciente el Orientalismo de Edward Said (lo indígena, la dulce civilización del progreso y el colonialismo, Donald Trump, Jair Bolsonaro,  Oleksándrovich Zelenski, Vladímir ​Putin, Medio Oriente, Javier Milei y José Antonio Kast). Es inspirador abrazar la desobediencia civil y la estética del exterminio, amén de un sombra anarco-barroca que se desliza sobre tal economía argumental.  

Finalmente, la pregunta sería, es posible pensar todo proceso de enemización y de alteridades, modos de producción, las experiencias heterogéneas del objeto estudiado, y mantener mínimos ontológicos. Estas claves asedian al libro y, esencialmente, el “problema del otro” como afirmaba Todorov. 

En suma, se trata de descifrar un modo de producción en el cual el enemigo, cabe admitirlo, somos nosotros mismos. 

Mauro Salazar J.

Doctorado en Comunicación.

Universidad de la Frontera. 


[1]  El autor consigna que el trabajo se enmarca en el proyecto Fondecyt N° 1220324. Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, ANID.

[2] Véase las siguientes publicaciones, La Construcción mediática del enemigo. Cultura indígena y guerra informativa en Chile. Comunicación social. Ediciones y publicaciones. Salamanca (2021). “L’Ennemi. Production, médiatisation et globalisation”, editorial L’ Harmattan (2022).  Edición árabe. Universidad Mohammed V de Rabat. Traducción de  Azeddine Ettahri y Abdellatif  Ouchene (2023).

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