por Mauro Salazar Jaque
¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura «moderna», del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis -sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard- tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de las obras de Schopenhauer? ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schonberg que produjese una sorprendente serie de pinturas y de ensayos altamente notables desde la cima de sus actividades revolucionarias como compositor y teórico de la música? “Problemas y Métodos”. La Viena de Wittgenstein. Ediciones Taurus, 1974. P. 20.
Exordio.
Según la historiadora colombiana Diana Uribe, el petit siglo XX (1917-1989) puede ser retratado desde una figura imperial. La caída de las águilas representada en la victoria prusiana determinó la anexión de Alsacia y Lorena formalizada en el episódico tratado de Frankfurt (1871); la fugaz aventura del imperio Austro-húngaro, una Monarquía dual, la anarquía de Los Habsburgo acaeció en medio del esplendoroso «decadentismo vienés» y guarda una tenue finitud con el «postmodernismo contemporáneo». La Viena finisecular fue un mosaico multicultural y supranacional fundado sobre diversos dialectos que como un castillo de naipes se desplomó en 1919 en el tratado de Saint Germain, luego de una larga «crisis gnoseológica». A poco andar vino la capitulación forzada de la dinastía Romanov -y la cesación de Nicolás II luego de 300 años de dominación Zarista- a manos de los Bolcheviques (1917); la reunificación del Imperio Alemán bajo la República del canciller Otto Von Bismarck y la instauración del primer Reich (1871); el Atentado de Sarajevo, Junio de 1914, y el asesinato del Archiduque Francisco Fernando. En suma, la herencia de dinastías y modelos imperiales fue la antesala de sendos conflictos territoriales que postergaron la constitución de los Estados Nacionales que hundieron el iluminismo del siglo XIX sedimentando futuros colectivismos que agravarían el desequilibrio geopolítico de Europa continental. Hasta hoy los historiadores no cesan de asombrarse de la eclosión que se produjo en torno a la capital del imperio austro-húngaro y que resultó determinante para el temple intelectual de nuestra época: Freud y el psicoanálisis: la filosofía de Wittgenstein y de Popper, Morgensten en matemáticas: Shonberg y Von Weber en música, Loos, Wagner en arquitectura, Von Mises y Schumpeter. El propio Musil en literatura. Ese fue el clima intelectual en el que se forma Von Hayek, hasta Schonberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Harmonielehre (Tratado de Armonía), al periodista y escritor Karl Kraus, con la dedicatoria: «He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente».
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