Comunismo sin cuestión social. Visualidades del post-octubrismo

por Mauro Salazar

«El viejo mundo está muriendo el nuevo mundo tarda en aparecer

y en ese claroscuro nacen los monstruos» ANTONIO GRAMSCI

Las urgencias inusitadas en materias de gestión y administración, la militarización de la justicia y el realismo rampante, no permiten sublimar las «piochas institucionales» del universo comunista. La naturalización de nuestro «constitucionalismo neoliberal» no ofrece bondades para rememorar un pasado parlamentario. No hay rojo amanecer. El «obrerismo iluminado» es parte del horizonte moderno (1938-1970) y de alguna prosa modernista. Pese al tiempo discurrido, la emocionalidad de los significantes, anticomunismo primario, inclusive de izquierdas, nos transportan a la travesía generacional desplegada tenazmente contra la Dictadura de Pinochet y su facticidad omnisciente. El espanto organizado fue un intenso exterminio inscrito en los dispositivos securitarios del enemigo interno. El «Partido» se defendió con fiereza del terrorismo de Estado –todas las formas de lucha– hasta fines de los años 80’, abonando rebeldías, memorias del trauma, disidencias insalvables y supremacías morales con la teoría de la gobernabilidad (1990).

Con todo, existen problemas abismantes –no traducibles– respecto al devenir Castro Chavista, o bien, la deriva bolivariana que no trascienden el ámbito declarativo. Tal diagrama no debería ser materia de una crítica literal o propagandística que reduzca todo a las «estéticas explícitas» y la demonología comunista del siglo XX. Tras la caída de la representación, ni siquiera existe marco interpretativo o un capital político enlazado al internacionalismo, sino una solidaridad inercial -zona muda- que replica figuras de una geopolítica extinguida. El vector republicano ha sido expuesto como la filiación democrática del PC en una democracia de partidos e instituciones (1938-1970) dónde la producción de gobernabilidad se jugaba en las culturas aliancistas.

En el campo de la producción artístico-cultural, no podemos omitir esa «zaga» de nombres que proveyó –cabe recordarlo– una cartografía cultural del imaginario comunista. Nombres de la talla de Pablo Neruda, José Saramago y Volodia Teitelboim. No faltaron los muralistas, Orozco, Rivera y Siqueiros. Poetas como Pablo de Rokha y Rafael Alberti, curadores y músicos. Desde Osvaldo Pugliese, Horacio Guarany, hasta Guayasamín.

En otra época, el PC obraba como un marcador ético-político de la acumulación primitiva de capital. Durante la transición, el testimonio no fue una tarjeta inútil –pese a su relevancia gestual o de rictus– cuando impugnaba el tenaz gatopardismo denunciado por Tomás Moulian en tiempos de post-dictadura (1997). No es casual entonces que la coalición fundada por Recabarren durante mucho tiempo gozará -cual partera de la verdad- de las estéticas populares e hiciera suya la categoría pueblo –y no así la de ciudadanía o gente– como un sinónimo de la cultura comunistaSin perjuicio de abusos litúrgicos, el Partido se encuentra desprovisto de sus históricos recursos patrimoniales, persiste en combinar pragmatismo, consensos y seguridad –Estado de derecho– en aras de honrar una gobernabilidad neoliberal (real politik) que por décadas despreciaronCon todo, sí algún  mérito existe gracias al «arte de la táctica y la espera», fue el año 2011. En medio de los sucesos, la identidad comunista sufrió alteraciones intersticiales (Richard, 2013) en el seno de las federaciones juveniles. Tal experiencia del movimiento universitario, permitió gestionar una política de intersecciones generacionales contra la democracia neoliberal, que fue adquiriendo cada vez más relevancia, en desmedro de lo sindical y lo poblacional. Todo se consolidó el año 2011, sin estar asistidos por paradigmas intelectuales y librados a un ruina argumental (vacío de teoricidad). Las movilizaciones del «fin al lucro» y la «educación gratuita», imputaron el consenso del orden neoliberal, al reconocerse la educación como un derecho público. Allí fue por donde penetró la demografía Jota y un determinado elenco de dirigentes universitarios obraron como «guerrilla de retaguardia» manifestando una voluntad por disputar el presente. Esto fue fundamental, pues el PC –aunque ha tenido globalmente votaciones secundarias o periféricas en materia electoral– supo acaudalar las multitudes del 2011 retorizando el proceso como un respaldo masivo de la ciudadanía que abrazaba una agenda de transformaciones que ponía en cuestión dos décadas de neoliberalismo y aislamiento doctrinario.

Sin mediar un tiempo de renovación eurocéntrica respecto a la contemporaneidad del marxismo, caso del mundo socialista, y distantes de los pactos de modernización, el partido de la hoz y el martillo, hizo su «ofrenda patrimonial» (2014) ofertando una herencia de 100 años de vida que implicaba la liquidación de exequias que aggiornan –aunque cada vez menos– el desgaste representacional de la política institucional. Sin embargo, la entrada del «Partido» a la actual coalición comprometía la donación de una comunidad de símbolos, imaginarios populares, testimonios, ritualizaciones del dolor, iconos barriales, panfletos y consignas, federaciones, gremios, osadías, colegio de profesores, sindicatos y tradiciones obreras. Todo un sacrificio ante una demografía de relevo (Pío Nono) centrada en políticas focales, realismos, progresismos barrocos y el consenso como razón gubernamental. Cabe recordar que bajo el «aislacionismo transicional» implementado por la Concertación, el PC fue capaz de gestionar una parte de las demandas insatisfechas, pero con porcentajes electorales discretos. Todo a nombre de la gobernabilidad heredada de la dictadura. Más que post-pinochetismo (Garretón), la tesis del transformismo (Moulian) fue el núcleo identitario de la crítica  del PC contra el orden fáctico. Pese a que más tarde se sumaron a la mediatización de la política, nunca levantaron una renovada editorial de medios -que pudiera prescindir del favoritismo público-  para interpelar las nuevas marginalidades mediáticas.

Los sucesos nos dibujan una «coalición de estetas» que han obsequiado a la demografía del Frente Amplio (consensos, realismo, gestión y seguridad) toda una semiótica popular, exequias, símbolos, metáforas, retóricas estridentes, intangibles y rituales desgastados al interior del institucionalismo securitario impuesto por  un laissez faire oligarquizante. Cuando el Presidente Boric Font –entre Hamlet y Raskólnikov– inició el giro Aylwinista, la Diputada Pizarro sentenció, “Este discurso está cargado de negacionismo: ofende y revictimiza a todos a quienes les fueron violados sus DDHH. Incomprensible”. Por su parte Carmen Hertz cuestionó la afirmación exiliatoria de Boric Font sobre Sebastián Piñera “en tanto demócrata”, denunciando el hito como “una forma de negacionismo”. El dispositivo culpógeno del Presidente Boric porta el riesgo de diluir el espanto en el mercado de las audiencias volátiles. Y así, las fronteras respecto de aquellos nudos que deben ser satanizados para alcanzar un nuevo presente democrático, responderán a las credenciales de una derecha sin despinochetización. Por fin, la complacencia gestional se expresa en el manido recurso, tan masivo como audible, del «perdón espectacularizante» como una traductibilidad absorbente

Una vez que el Frente Amplio, soltó los pecados trascendentales de la dialéctica abrazó el tiempo lúdico de las porcelanas. Hoy la risa carnavalesca es la forma de desculpabilizar las omisiones del presente. Más tarde los borregos del buenismo y los personajes de la comedia, abjuraron velozmente de lo trágico-dialectal.

Al «vacío epistémico e ideológico» se suma el menguado capital cultural. Ante la ausencia de una seducción discursiva hay que adicionar la insistencia en la prácticas de seguridad y consenso, donde se impone un “orden con pistolas” propio de nuestras oligarquías liberalizantes. La instauración de la «agenda securitaria», explica como la recién elegida Presidenta de la Cámara de Diputados, sumó otra objeción de verbal al  «perro matapacos», enfatizando cándidamente su condición de quiltro, impedido de metaforicidad. Un texto post-popular (Body Positive) que imputa la falta de alcurnia, raza, iglesia y templo. Un rictus PC o una mueca que en este caso sería la risa como “espasmos del diafragma” que son –vaya teología– “espasmos del alma”.

La distancia Versallesca del progresismo implicó la declaración sobria y distante de la ministra Vallejo y la Diputada Cariola exudó el hedonismo estetizante de las mercancías. Todo ha consistido en despojar –higienizar– el «octubre insurrecto» en nombre del principio de realidad, como un arte de las mesuras ante el poderío factual de la derecha chilena. Matapacos es el último significante pecaminoso -disrupción odorífica- que devela los clasismos cognitivos de la sociología de palacio -«lozanía verbal»- en su mirada forense y civilizatoria.

De paso, irrumpe un frenesí por un consenso visual donde la rostridadad de las autoridades progresistas, devela la «estética maquinal» de sus semblantes que erotizan desde una refracción a los caninos que no devienen mascotas, a saber, las significaciones dominantes del ensayismo oligárquico. La «solución final» es un concierto de gestos, de semblantes, cuerpos y rictus del rechazo.  Matacapacos sólo puede ser mascota sublimada desde las imágenes de la modernización, pero no puede ser el canino suelto de los descalces. Y sólo en tanto canino es mascota. El progresismo destila una erótica del abandono  adherida al cuerpo y pretende levantar un relato desde un horizonte libidinal invertido. De paso Cristián Warnken, mediante un oportunismo policial, ha sostenido en alusión a la dirigente comunista ¡Si hasta una diputada comunista te dio la espalda [matapacos]! ¡Ni hasta en los comunistas uno puede confiar ahora! Amén del oficialismo cultural de Warnken, el problema de fondo es el paradigma de Peña González, quién no solo puede admitir la simbolicidad de un icono en su dimensión real-pueril, sino que lo lleva a la razón y la mofa. Un punto es “lo negro” que implica la negritud del excluido, y la ausencia de raza es un agravio intercultural contra los pueblos originarios. Pero el quid es otro, el estatus de rutura de matapacos inviste un significante que obstruye la modernización acelerada –exportable– y el tropel de índices que se vieron aplomada por la revuelta (2019), amén de su ingestionable lirismo insurreccional. Peña advierte con lucidez que el canino no es un mesías canónico-eclesiástico, y que no goza de ningún Sanedrín, pero rechaza el sentido popular-suspensivo, a saber, la mitología de un «artefacto redentor» –los sin voz, lo nos contable en Rancière están en el límite de la representación– inmunizando los mitos del progreso. Desde su paradigma rectorial,  las atribuciones de sentido se jugarían en un ámbito racional-deliberativo –lo contable– que se ocupa esencialmente del mal-comportamiento de las multitudes. Un paradigma pastoral, según el cual la “deliberación ciudadana”, efectuada bajo condiciones racionales no puede sino conducir a decisiones correctas y, en última instancia, al consenso de la común humanidad. Tal sería la eficiente máquina mitológica del Rector Peña en su apodíctica capacidad de escrutar toda diferencia. Pese a toda la sobriedad emocional de El Rector, las élites no han dictado sentencia: «¿tú tendrás una habitación en Versalles?».

La solución final consiste en alcanzar la anhelada gobernabilidad securitaria y no hay reticencias hacia el «Estado intermedio» que busca disponer de las Fuerzas Armadas para resguardar las rutas de la “macrozona sur”. Con todo más que un Estado social de derecho, como fue el caso de la Constitución de 1925, el PC queda ceñido a una subsidiariedad activa que ha sido la receta de los think tanks de derechas pudorosas y los tanques del progresismo.

En mayo de 2022, el ex Presidente Guillermo Teillier, sostenía que el Estado de Excepción se usaría para llevar adelante la agenda que el Gobierno está proponiendo para el sur del país. «Lo que se quiere con esto es mantener la seguridad, para que el Estado llegue a todos los pueblos». El significante seguridad comprende una mudanza del repertorio verbal. A toda esta secuencia de acciones y omisiones, la podemos caracterizar como el periodo del «aggiornamento comunista». Aludimos al cosmético generacional y la gramática para impostar y fingir, a modo de simulacro, causas populares, imaginarios obreros, discursos igualitarios, mundos alternativos y, por qué no decirlo, promesas marchitadas.  Acaso en su afán de una política de contención –Neoliberalismo con rostro humano– es realista modificar la disciplina presupuestaria de Mario Marcel. Cuál fue la voz “progre” del PC en materias del gasto público (imaginal) respecto del quinto retiro en contextos de pandemia. No debemos olvidar que en los años 90′ –imperio de la gobernabilidad–  los comunistas apelaban al testimonio y al orgullo de sus estéticas de la resistencia. Y así, vagaron errantes, puño en alto, de peña en peña, de completada en completada, de colecta en colecta. La democracia posdictatorial fue vitalista en la medida en que reactivó vidas de derecha. Bajo la absorción de las formas de vida en el Estado de derecho, el concepto de vida equivale a derechos humanos, y es la única vida que puede rehabilitarse, luego de los campos de concentración.

En el caso de la demografía del Frente Amplio las cosas son algo más tumultuosas y merecen una explicación adicional. Ello amérita considerar –y no subestimar– las sociabilidades perceptivas on line del capitalismo informacional. La intensidad generacional dejó atrás la disposición moderna de públicos -analógicos- que se relacionaban con determinados territorios, y contextos históricos. En cambio, existen gravámenes demográficos que participan de audiencias volátiles con un nuevo registro del tiempo, el espacio y la experiencia. De allí la inexistencia de izquierdas en su estricto sentido político, salvo expresiones culturales, ensayísticas, visuales y declarativas. 

En su libro, Los espantos. Estética y postdictadura, Silvia Schwarzböck, nos habla del Niño Mierda, a saber, de aquél sujeto cuyo mal es desconocer radicalmente la vida de izquierda. En suma, si los años setenta quedan más allá de lo inconcebible y este inconcebible no es –según se aclara– el dispositivo de secuestro, tortura y desaparición sistemática, los extravíos de memorias no tienen ninguna articulación. Esto, según Schwarzböck, está a la vista: los vídeos de Guantánamo pueden verse por YouTube, sino la posibilidad de otra vida, una vida de izquierda. Entonces, la figura del Niño Mierda, obedece a otra sociabilidad perceptiva de tiempo y espacio. Tal tesis se  presenta como una de las propuestas más audaces a la hora de pensar el «sujeto mudo» de la postdictadura. El Niño Mierda creció capturado por una estética explícita (cuando los poderes clandestinos ya no precisan ocultarse) que adquiere, en los años noventa, la forma política del menemismo. El Niño Mierda sólo conoce al Pueblo representado-transparentado-suturado, como quienes en 1995 votaron en la reelección por Carlos Menem.  Por eso no hay espacio imaginal –como sí era el caso de los militantes revolucionarios– que pueda ser «irrepresentable, sublime, portador de otra vida». Entonces, los enjambres generacionales participan de las dádivas estatales conformando una capa media profesional -santificando vidas de derechas- que distan de todo imaginario burgués, emancipador o laico transformador. Entonces, las militancias no poseen ningún horizonte libidinal y el término no convoca ninguna agrupación. Y así, se limita a un universal abstracto capturado en el «léxico del Nunca Más» y la representación naturalizada del espanto.

Los aparatos dramatúrgicos de los años 2011 y  2019 fueron el punto de partida de una «mutación identitaria» que contribuyó a instrumentalizar al militante de base y aggiornar a la élite política con sollozos de marginalidad. En suma, el PC dispensó las «estéticas del simulacro» para un gobierno transformador; el malestar como adorno mesiánico, el oropel como mala consciencia, el aderezo necesario para una escenificación farisea de que aún es posible ampliar los partidos y ficcionar que los discursos ciudadanos y la protesta social tiene cabida en una discursividad institucionalista. Cabría agregar que los gobiernos de la Concertación desde una gubernamentalidad visual, ofertaban el «capitalismo alegre» del -arcoíris- por la vía de matinales, y la producción de gobernabilidad (mitos del realismo) con ese fenotipo chileno de Francia 98’.  El mundo alwynista fue capaz de administrar el órgano institucional del pinochetismo y abrazó, sin miramiento de pasiones, las premisas del emprendimiento y un Estado no intervencionista.

En suma, el futuro se ha tornado brumoso; el fin de la izquierda ya no pasa por el incumplimiento de su promesa, sino porque lisa y llanamente no existe «retrato de futuro». Ya en septiembre del 2023 la Ministra Camila Vallejo, indicaba que el Ejecutivo se esmeraba para firmar una declaración conjunta con todos los partidos políticos por los 50 años del golpe de Estado. Luego de esa declaración -de raíz concertacionista- se hace imposible sostener la retórica exultante, “con un pie en La Moneda y otro en la calle”.

Por fin, consumada la solución  final, el PC participa del entierro de Octubre. Luego deviene en un dispositivo de gubernamentalidad. Une fin previsible.

REFERENCIAS

Richard, N. (2013). Crítica y política, Santiago de Chile: Editorial Palinodia

Rancière, J. (2002). La división de lo sensible. Estética y Política, Salamanca: Consorcio Salamanca.

Schwarzböck, Silvia: Los espantos. Estética y postdictadura. Buenos Aires, Cuarenta Ríos, 2016.

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