Fútbol y democracia en 1989: genealogía de la subjetividad neoliberal

por Mauro Salazar Jaque

En 1989 nuestra parroquia abrazaba consumos culturales, artefactos visuales y promesas tecnológicas que auguraban la producción de un futuro globalizante. Allí se desplegaban percepciones de ascenso social  (movilidad) en la “ropa americana” con un efecto de modernización tropical. La Dictadura, como vanguardia especulativa del capital, comprometía parques tecnológicos como la FISA en Cerrillos. Sábados Gigantes era la “mezquita” y Kreutzberger –Cyborg de la Dictadura– representaba el despliegue tecnológico. Un personaje que había naturalizado el castigo y la humillación hacia un público que copaba sus estudios. También abundó la especulación con el “Cometa Halley”. Una década más tarde la furia patronal de Francisco Javier Morandé (Morandé con compañía) destilaba una subjetividad agrario-patronal sobre cuerpos, bromas sexistas y un pipiolaje (RAE) con celulares. 

Era un tiempo de entretenciones y consumos que debe ser leído como un ciclo de larga duración (Gran Baile, Casino Las Vegas, Sabor Latino y más tarde Viva El Lunes). Un Chile de electrodomésticos, Tarot y Horóscopos que se consumó en tiempos de gobernabilidad y realismo. Todo fue tan esotérico como tecnológico. Lo anterior tendría su corolario en la franja del NO y en la promesa de “alegría” y realismo que cultivaron los gobiernos de la Concertación. A poco andar el matinal oligárquico -de alta concentración cognitiva- fue concebido para masificar el consenso visual y una chilenidad globalizante. De allí el nuevo formato de TV pudo fragilizar lo público, mitigar la deliberación, agravando la separación incremental del chileno con el sistema de partidos, fomentando una sensotialidad coral, limitando el disenso a diferencia turística y reorganizando las memorias en una clave testimonial en materias de DDHH. 

En ese clima marcado por los cuervos de la Dictadura,  el país se preparaba para ingresar a la “democracia pactada” bajo el swing del arco-iris y cumplir el mandato del mundo OCDE. La política espectacularizante, haría la narrativa de una continuidad dominical. El cúmulo de imágenes modernizantes, untadas en memorias del trauma, presagiaban la saga de impunidades que la coalición del arcoíris debía dulcificar visualmente para sostener la gobernabilidad alegre. Todo el tren del progreso modernizador implicaba fragmentar la vida cotidiana en escenas de fugacidad, desmemoria, hedonismo y consumo.

En Brasil, en el contexto de una eliminatoria que buscaba mundializar Chile (Italia 90′), la selección de fútbol apeló a la “mano moro”. Una herida patriótica auto-infligida por un futbolista dejó al descubierto los arribismos de una oligarquía rentista que, posteriormente, fue sancionada junto a sus heraldos ante la comunidad internacional. Las imágenes  de guerra nos recuerdan que, ante 120 mil personas, cayó una bengala de la cual todo “Cóndor” debía alejarse.En este caso, el deportista -Rojas- decidió acercarse dejándonos a todos manchados por la sangre que manchaba de su rostro -la Dictadura-, el bisturí, y los aparatos de seguridad. El fraude del Cóndor es un motín donde no estuvieron ausentes elencos del Pinochetismo, sin invocar las imágenes de violencia, transgresión, muerte, tortura, detenidos, opositores quemados vivos y dinamitados en vida.

El “guante” sucio de los militares -nacionalismo- era la forma de hacer patria -copia feliz del edén- apedreando la embajada brasileña y rotulando de “primitivo” al pueblo brasileño (Almirante Merino). Luego reuniones, delaciones, omisiones, semblantes y vileza entre grupos que desconocían sus propios relatos. El lugar de la policía secreta y élites sin mito originario entraron en estado de zozobra. En lo doméstico ello estaba agudizado por la ira parroquial contra las instituciones eurocéntricas, combinando la rabia periférica del chile paria, el capitalismo popular, las poblaciones callampas, el nacionalismo catolicismo y la saturación mediática.

Por esos años la Confederación y la FIFA eran los enemigos de turno. Bajo la metáfora de un pueblo oligarquizante, la confabulación se puso en marcha y contempló diversas hebras, personajes lúgubres, corporativismos travestidos, agencias mediáticas y maridajes espurios que auguraban el colofón de la post-dictadura. La “cultura del éxito”, sin miramiento de medios o pasiones, era un prerrequisito de la modernización debía corregir para masificar el accesos a los servicios (1990-2011) y reciclar la cultura popular.

En lo doméstico, destacan las falsas lealtades del equipo, los peritajes alterados, la irrupción del médico sofista (años 90′) ante el escándalo (“Maracanazo”). La habilidad del arquero canonizado, pero negociando todos los premios posibles, las militancias serviles hacia el régimen, la obsecuencia de los dirigentes, la información sesgada de los medios de hegemónicos, fueron momentos roedores de una “democracia carnavalesca” (1990). Ello incluye al utilero de aquella selección que recién el año 2019 -coincidente con la revuelta nómada- sugirió nuevos nombres enlodados en la trama del “Maracanazo”: hito fundante del Chile de la post-dictadura y la furia publicitaria del consumo popular. En suma, civiles y militares que administran la vergüenza de un Hallazgo. .

Y sí, todos estuvieron confabulados en una trama de clandestinajes, y ello marcó un “castigo generacional”. Debido a que este hecho no fue un acto solamente mentado por al arquero Rojas, sino un plan urdido entre el técnico Aravena, Astengo y otros nombres poderosos de la ACF y otros heraldos de la Dictadura. En suma, fueron suspendidos Sergio Stoppel, presidente de la Federación de Fútbol, y Daniel Rodríguez, médico del equipo nacional a perpetuidad. 

Una saga de memorias opacas, gremiales e impensadas bastardías -en la cita en 1989- sólo podían ser retratadas por un mecanismo espectacularizante que clamaba por la “euforia exitista”, emprendimiento y una cotidianidad de redes. La producción de escandalo fue un hito experimental del cual tomó nota un segmento de gerencias consagradas a la mediología.

No debemos olvidar que hace más de tres décadas, el Iceberg trasladado a la Expo-Sevilla (1992), desde la Antártida, dio lugar a un sinfín de críticas ecologistas. Tal gesta haría la performance de la internacionalización del Chile planetario y purificado para pasar el test de globalización. Con todo, el Maracanazo fue la remolienda vernácula de la transición chilena, mediante el fárrago de “sucesos huachos” aquí narrados. En suma, en 1989 concurrieron sucesos ruines, histerias, gritos, propios de un clima sedicioso -herencia del golpismo republicano- como sala de parto del “partido matinal” y pivote de la “política de los consensos”. Todo conjuraba en favor de la anulación de cualquier público articulado y un travestismo infinito de los hábitos perceptivos sobre lo nacional. Al mismo tiempo, el imperativo de asistir al sacerdocio de la FIFA en interminables caravanas (“primer mundo de la futura OECD”) e higienizar a las élites ensombrecidas por el botín estatal de los años 70’, presagiaba un frenético “credencialismo globalizador” que debía establecer una comunicación basada en fragmentos y unidades aisladas para diluir el tiempo histórico y sus ideologías.

En suma, los sucesos del fútbol (con la trampa del arquero patriota) fue el rito fundante de la viscosa transición chilena y una rampante “subjetividad neoliberal”. Con todo, y de modo premonitorio, por aquellos días se comenzaba a fraguar el más eficiente mecanismo deshistorizante para un “Chile dócil” por medio del “simulacro” (matinal). Hay que subrayarlo: los matinales han sido el partido político más efectivo a la hora de producir un pueblo pedagógico-hacendal, por la vía de una democracia audiovisual que debía institucionalizar el lucro. El tiempo atomizado abrió una nueva economía cultural, a saber, una comunicación discontinua donde no hay nada que pueda religar los acontecimientos en un relato.

El coro de la modernización credit card representó un golpe a la lengua que abjuró de toda ética de la comunidad mediante el espectáculo llamado La Roja de Todos (subjetividad neoliberal universal), cuyo telón de fondo era levantar un nacionalismo mediático, después del golpe de Estado. Hoy, lejos de los electorados cautivos y ante el abuso del armatoste institucional, se ha intensificado el desmoronamiento de las relatorías sociales que antes proporcionaban continuidad, duración y horizontes de sentido.

Lo anterior supone dos simulacros. De un lado, y con pobreza franciscana, el “caso Rojas” develó un descontrol de metas y arribismos modernizantes del Chile hipermercantilizado bajo el Mundial de Francia (1998) que se impuso tras el éxito de la Copa Libertadores de 1991 -Copa América del mismo año-, y activó el desbande glotón de las capas medias que reclamaban su participación en la masificación de los mercados. De suyo, la figura del futbolista retratado como adicto a la noche, irresponsable y chapucero requería de una nueva imagen profesionalizante que liberará el revanchismo de los sectores populares de los ancestrales estigmas del fracaso -incluido el propio Rojas que meses más tarde vendió la verdad al Grupo Copesa, abrazando nuevas glorias de “lo popular” en un programa de reciclaje-. 

De tal modo, el arcoíris con su estribillo “Chile, la alegría ya viene” fue la perpetuación inquebrantable del axioma clasemediero destinado a desplegar el “nosotros de la modernización” como un eje de la comunicación neoliberal. El matinal oligárquico,  de alta concentración mediática, fue concebido para masificar los simulacros de la pureza deportiva. Una profecía vulgar sin ningún aura. 

El nuevo formato televisivo se consagró a fragilizar lo público, evitando la deliberación política, destruyendo la palabra pública, administrando la separación incremental del chileno con el sistema de partidos, impulsando las memorias fugitivas de la cibercultura y una “cultura de las negaciones” agravada por el abuso empresarial. Entonces, llegó el turno de un pinochetismo coral, que limitaba los disensos a la diferencia turística y reorganizaba las memorias insípidas en una clave testimonial en materias de DDHH. 

A poco andar, y con nuestra parroquia castigada ante la comunidad internacional, se agudizó el aislamiento, las aspiraciones de la emergente capa media y la vileza elitaria. La frustración popular se extendió y eso fue revertido desde un incontrolable deseo de legitimidad que implicó transitar desde la FIFA a los paraísos galácticos (OCDE), exaltando de modo muy creativo el “milagro chileno” (PIB). La consigna fue erradicar la endogamia -la marginalidad pordiosera- y las élites (gente con dinero) en un movimiento populista apoyaron la masificación de los servicios. Y así, nuestra plebeyización, reflejada en el “Chile de Huachos” (40% de pobreza en 1989), migró por la vía crediticia, moderando las “poblaciones callampas” y recreando inéditas formas de pipiolaje digital, segregación urbana, narcisismo e indigencia simbólica que hoy han lapidado los esfuerzos de cambio social. Tiempos después la ráfaga de impunidad -bengala-, obligó a la policía secreta de Pinochet y a nuestras élites envilecidas por la bota militar a convencer a Havelange de que la Copa América de 1991 podía ser en Chile y esto liberaba a nuestro valle de su decadentismo programado; cabía nacionalizar la globalización y terminar con un presente enlutado.

Lo popular fue sometido a una despopularización, lo social fue transado por lo estadístico. La gobernanza cedió a una economía mediática y pacificadora de los antagonismos. Los grupos medios, henchidos en la voluptuosidad de los consumos, el 2018 decidieron marchar por Piñera ante el estupor de la pobreza. Todo esto es parte de la nueva economía oligarquizante que nos anunciaba la llegada de la comunicación memética el multitexto y una democracia de emociones. 

Mauro Salazar J

Doctorado en Comunicación.

Universidad de la Frontera. 

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