Civiles y militares: Brasil como inconsciente político de la transición chilena

por Mauro Salazar Jaque

La opacidad de los sucesos deportivos acaecidos el año 1989 forzaron la irrupción del “sujeto mudo” de la post-dictadura. Luego del “Maracanazo”, se inició un programa modernizante que incluye pactos visuales, consumos y accesos crediticios para levantar un futuro globalizante que rompiera con el “nacionalismo barroco” (sistema medial) suscrito al programa cultural de la Dictadura. 

El historial nos recuerda que hacia 1989, el régimen de facto gestionaba -entre muchas cosas- “parques tecnológicos” -FISA-, como así mismo, el look homogeneizador de la “ropa americana” para mitigar un Chile de “cuerpos pobres”. Una trama que implicaba simulacros y gravámenes éticos que dejarían una huella indeleble en la ludopatía transicional. La astrología no estuvo ausente y abundó en la especulación del “Cometa Halley”. Un par de años antes Christopher Reeves, Superman, viajó a solidarizar con los degollados (1987). En aquel tiempo Sábados Gigantes era la “mezquita” y Mario Kreutzberger (Don Francisco) el Cyborg de la Dictadura, quién desde una cámara viajera iluminaba la nueva aldea global, develando un “providencialismo entusiasta” y con deseos de check-in.  Luego una ansiedad for export que aceleró la necesidad de una licenciosa “industria creativa”.  

La historia de nuestras élites -devenida gente con dinero- se parece a los espejos de Borges: no desean verse  retratadas en  la imágen que reflejan. Dada su oralidad ciega exacerbaron sus glamures neuróticos y cedieron a la tarea -populista- de masificar accesos, consumos, entretención y nuevas formas milagrosas de “indigencia simbólica”. A los gravámenes del “nacionalismo de automóviles”, se sumaban el Tarot y los Horóscopos. Todo fue tan esotérico como tecnológico y a poco andar los sucesos tuvieron su corolario en la franja del NO –“sensorialidad coral de la post-dictadura- y la promesa de una “modernización alegre” donde la gobernabilidad suscribió un tiempo de crecimientos, pacificación social, alianzas regionales y creatividad mercantil. Luego la “liberalización oligárquica” convirtió  las tragedias en matinales -de alta concentración cognitiva-  masificando el consumo visual. 

Bajo tal clima signado -indirectamente- por los “halcones de la régimen”,  el país se preparaba para ingresar a la “democracia pactada” bajo el swing del arco-iris cumpliendo el mandato credencial del mundo OCDE. Cabe agregar que el arcoíris fue el pacto estético de la imposible des-Pinochetización. La política espectacularizante, estableció la narrativa de una continuidad dominical. El cúmulo de imágenes modernizantes, untadas en memorias del trauma, presagiaba la saga de impunidades que los elencos transicionales debían “dulcificar” visualmente para sostener la gobernabilidad estival. 

En Brasil, en el contexto de una eliminatoria que buscaba mundializar Chile (Italia 90′), la selección de fútbol reactivó la relación entre “golpe y actualidad” en nombre del “onomástico patriótico”. Una herida patriótica auto-infligida por un futbolista dejó al descubierto los arribismos de una oligarquía rentista que fue sancionada por la comunidad internacional. Las imágenes de guerra nos recuerdan que, ante 120 mil personas, cayó una bengala de la cual todo “Cóndor majestuoso y soberano” debía alejarse.En este caso, el deportista –metáfora Condor– decidió hacer brotar la sangre de su rostro, junto al bisturí y los aparatos de seguridad. El fraude de la “Operación Cóndor” fue un motín donde no estuvieron ausentes los corporativismos y los modos del régimen de turno, invocando imágenes de violencia, transgresión, delación, tortura y dinamitados en vida. El nacionalismo deportivo fue la forma de hacer patria -copia feliz del edén- apedreando la embajada brasileña y rotulando de “primitivo” al pueblo brasileño (Almirante Merino) para imputar que el país padecía el aislamiento revanchista del comunismo internacional.

Luego reuniones, omisiones, semblantes y vilezas corporativas que desconocían sus propios relatos. El lugar de la policía secreta y de élites sin mito originario entraron en estado de zozobra ante la misoginia de un “Maracanazo” (1989). En lo doméstico ello estaba agudizado por la ira parroquial contra las instituciones eurocéntricas, combinando la rabia periférica del “Chile paria”, poblaciones callampas mediante la saturación mediática.

Por esos años la Confederación y la FIFA eran los enemigos de turno. Bajo la metáfora de un pueblo oligarquizante, la trama se puso en marcha y contempló diversas hebras, personajes lúgubres, corporativismos travestidos, agencias mediáticas y maridajes espurios que auguraban el colofón de la post-dictadura. La “cultura del éxito” fue el requisito de la modernización refundando un “pacto de lenguaje” en los imaginarios del emprendedor y sus osadías gerenciales.

Aquí campearon una saga de golpismos. Las falsas lealtades del equipo, los sobornos, los peritajes alterados, los corporativismos salvajes y la irrupción de médicos sofistas (años 90′). La habilidad del “Cóndor canonizado”, lábil en gestionar todos los incentivos posibles, y las militancias serviles hacia el régimen. De suyo, la obsecuencia de los dirigentes, la información sesgada del monopolio informativo, como momentos fundantes de una “democracia carnavalesca” (1990). En suma, civiles y militares administraban los pudores del sabotaje emotivo, mediante el frenesí publicitario del nacionalismo deportivo.  El espectáculo implicaba la bengala de humo, los juegos pirotécnicos y la Revista Playboy

Y sí, todos estuvieron coludidos en una trama de clandestinajes, que consumó el “castigo generacional” del masculinizante “Maracanazo transicional”. Tal hito no fue un acto solamente mentado por un deportista, sino un simulacro urdido entre técnicos, directivos y otros intereses directivos de la ACF. 

Una saga de memorias opacas, gremiales e impensadas bastardías -cita de 1989- sólo podían ser retratadas mediante un mecanismo espectacularizante que clamaba por la “euforia exitista”, donde la producción de escándalos resultó experimental y premonitoria para los años venideros. De tales sucesos tomaron nota un segmento de agencias, lobistas y clasificadoras de riesgo consagradas al “commodity ontológico”, para gestionar el “ambiente coral” de la transición chilena. Tales sucesos pudieron sedimentar psicoanalíticamente Imaginaccion una década más tarde (Enrique Correa). Años más tardes The Clinic fue la crítica protegida que alegorizó la “modernización pinochetista”. Todo ocurrió en el maro de una plataforma de productoras culturales. 

No debemos olvidar que hace más de tres décadas, el Iceberg trasladado a la Expo-Sevilla (1992), llevado desde la Antártida, había dado lugar a un sinfín de críticas públicas. La épica refundacional fue la performance para mundializar un Chile purificado de periferias para pasar el test de los índices. Con todo, el Maracanazo fue la “remolienda vernácula” de la transición chilena. El fárrago de “sucesos” aquí narrados estampó la “guillotina huacha” y no solo quedaba apelar a la mundialidad. En suma, en 1989 concurrieron sucesos ruines, histerias, gritos, propios de un clima sedicioso. Luego la sala de parto del “partido matinal”, pivote de la “política de los consensos”. Al mismo tiempo, el imperativo de asistir al sacerdocio de la FIFA en interminables caravanas (“primer mundo de la futura OECD”) para higienizar a las élites ensombrecidas (“pudores del yo”) por el botín estatal de los años 70’, presagiaba un frenético “credencialismo globalizador” que debía diluir el tiempo histórico y sus ideologías.

En suma, los sucesos del fútbol (con el simulacro del Cóndor patriota) fue un rito fundante de la viscosa transición chilena y una rampante “subjetividad neoliberal”. Con todo, y de modo premonitorio, por aquellos días se comenzaba a fraguar el más eficiente mecanismo deshistorizante para un “subjetividad dócil” por medio del “simulacro” (matinal). Hay que subrayar un punto nodal: los matinales han sido el partido político más efectivo a la hora de producir un pueblo pedagógico-hacendal, por la vía de una democracia audiovisual que debía institucionalizar alegría, ofertar objetos psiquiátricos y consensos visuales. En el peor de los mundos, nuestro mainstream le llamaría malestar a todo tipo de angustia fóbica, financiera, existencial, afectiva-psicológica.  

Lo anterior supone dos simulacros. De un lado, y con pobreza franciscana, el “Cóndor” develó el descontrol de índices, accesos,  anticipando un fenotipo mercantil -chilenidad- donde el reclamo Mundo fue Francia en 1998. De tal modo, el arcoíris con su estribillo “Chile, la alegría ya viene”, fue la perpetuación inquebrantable del axioma clasemediero destinado a desplegar el “nosotros de la modernización” como un eje de la comunicación neoliberal. El matinal oligárquico,  de alta concentración mediática, fue concebido para masificar los simulacros de la pureza deportiva.  El nuevo formato televisivo se consagró a consolar el desmantelamiento de lo público, espectacularizando la deliberación, impulsando las memorias fugitivas de la cibercultura, agravada por la empresarialización de la vida cotidiana. Entonces, llegó el turno de un “pinochetismo sensorial”, que limitaba los disensos a la diferencia turística y reorganizaba las memorias insípidas en una clave testimonial (DDHH). 

A poco andar, y con nuestra parroquia castigada ante la comunidad internacional, se había agudizado el aislamiento, las aspiraciones de la emergente capa media y la vileza elitaria. La frustración popular se extendió y eso fue revertido desde un incontrolable deseo de legitimidad que implicó transitar desde la FIFA a los paraísos galácticos (OCDE), exaltando de modo muy creativo el “milagro chileno” (PIB). La consigna fue erradicar la endogamia -la marginalidad pordiosera- y las élites -gente con dinero- empujaron la masificación de los servicios. Y así, el simulacro de nuestra plebeyización, reflejada en el “Chile de Huachos” (40% de pobreza en 1989), migró por la vía crediticia, moderando las “poblaciones callampas” y recreando inéditas formas de consumo visual, segregación urbana, narcisismos e indigencia simbólicas que hoy han lapidado los esfuerzos de la cultura pública. Tiempo después la ráfaga de impunidad -bengala-, obligó a nuestras élites envilecidas a convencer a Havelange que la Copa América de 1991 podía ser en Chile y esto liberaba a nuestra parroquia de su decadentismo programado; cabía nacionalizar la globalización y terminar con un presente enlutado.

Por fin, “El Maracanazo patriarcal” fue el “inconsciente político” de la imagenería transicional, donde la nueva inflación emocional se veía forzada a estetizar un nosotros vernáculo.

Una profecía vulgar.  

Mauro Salazar J

Doctorado en Comunicación.

Universidad de la Frontera. 

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