Primera Línea por la Asamblea Constituyente

de Primera Línea Revolucionaria

La votación del 25 de octubre bajo un régimen militarizado, bajo los estragos y limitaciones físicas que impone la pandemia, bajo las condiciones legales impuestas por la trampa del pacto del 15 de noviembre entre los partidos del sistema, ha sido un importante triunfo simbólico que nos reclama proyectarlo como un avance político. El pronunciamiento popular hecho sobre la base de las limitantes y tramposas reglas, tiene un claro contenido antipinochetista.

Y por extensión, a todo el sistema dictatorial que pervive bajo el disfraz de una “democracia” representativa que es la encarnación misma de la dictadura del capital.El “paraíso” liberal había quedado al desnudo por la Rebelión. La trampa del Pacto del régimen fue urdida con rapidez cuando la fuerza de la Rebelión jaqueaba al gobierno. El elenco gobernante de la clase capitalista reveló su lucidez y experiencia política. Las derechas partidarias – UDI, RN, Evopoli – sorprendieron y sometieron a sus aliados “opositores” de la desvencijada Concertación y Nueva Mayoría, incluyendo a los que presumen de progresistas. Bajo el chantaje de dar un golpe – ¿qué otro golpe puede dar el pinochetismo residual que vive dentro de las fuerzas de la derecha explícita – y azuzando el fantasma (no tan fantasma) de la rebelión social, el gobierno alineó y subordinó a todas las expresiones políticas en un frente del orden. La huelga general del 12 de noviembre los apuró a todos. Ellos sabían que una maniobra así, podía introducir fisuras y desconcierto en el poderoso movimiento que estaba en marcha.

Ante la convicción de que la Constitución pinochetista y sus reformas cosméticas ya no servían, decidieron que era mejor lanzar una trampa reformadora de título constitucional, que generara alguna expectativa en medio de la confusión. Así inventaron el rechazo y el apruebo, y a este le pusieron dos variantes para que, la más seductora – Convención Constitucional – canalizase la ilusión popular de sacarse de encima la herencia jurídica pinochetista. De ahí que la abrumadora mayoría de votos en esta variante, el pronunciamiento popular electoral, sea legítimamente sentido como un triunfo, que es simbólico, porque en lo político concreto, deja el cambio dentro de las reglas del sistema.

Las reglas – es decir, la trampa – son claras: los futuros convencionalistas solo podrán ser electos dentro de los partidos del sistema. Esta es parte de la fantasía que enarbolaron los progresista, en la intención de tener su propia cuota de poder y con la zanahoria de que así podrán obtener “lo más que se pueda” en una futura Constitución que no quiebre ninguno de los márgenes impuestos. Las formas en que el frente del orden dirimirá sus cuotas, también están impuestas de antemano: Para aprobar cualquier punto, se requieren dos tercios de esos convencionalistas. Quiere decir que un tercio – la minoría – es quien tendrá el poder de decisión. Triquiñuelas de la democracia burguesa que la mujer y el varón de a pie no pueden detenerse a analizar cuando se convoca a votar, cuando las ansias de sacarse de encima al pinochetismo apuran el paso.

La endulzante “paridad” entre convencionalistas femeninas y masculinos – la ideología y cultura patriarcal no admiten otras disidencias – es una concesión formal que no modificará en nada el contenido político y de clase social de la futura Convención. El género no modifica la ideología y el interés de cada convencionalista del frente del orden. Los matices entre ellas y ellos los podrán discutir, pero nada de fondo. ¿O acaso esa Convención aprobará una educación con perspectiva de género o la interrupción legal del embarazo?No hay ni habrá convencionalistas por fuera de los partidos que han pactado, unos firmando y otros aceptando “desde afuera”. No hay ni habrá una representación especial del pueblo mapuche. Nadie por fuera de ellos. La democracia callejera de la Rebelión no tiene banca en el parlamento burgués. Si para hacerla “más amplia” algunos partidos del frente del orden incluyesen convencionalistas realmente independientes, el régimen está aceitado como para neutralizarlos por medio del llamado sistema proporcional D’Hont. En eso, son expertos

Pero la trampa llega más allá en esta bien pensada democracia burguesa: la “salida” de esta Convención supone un plebiscito obligatorio – ¡ahora sí, antes no! – previendo una legitimación del nuevo texto constitucional, para enfrentar en el futuro, todos los cuestionamientos que se le hagan, con argumentos “democráticos”. Así, el frente del orden, prepara su futuro. No por casualidad, desde ya la propaganda del criminal Piñera es “democracia (la suya) o violencia (la popular)”. Y todo esto ya fue aprobado en el Pacto del Orden por progresistas que se horrorizan ante la insurgencia popular, pero asumen ser el ”ala izquierda” (¿izquierda?) de un régimen jurídico sostenido por la viga de hierro y fuego de las Fuerzas Armadas impune y recicladas, con una modernización represiva que supera las peores épocas del pinochetismo. Las leyes de terrorismo estatal aprobadas como parte de ese Pacto, ya son parte constitutiva del régimen.

Otro anzuelo político que urdieron, es que la Convención partirá de una supuesta “hoja en blanco”, triquiñuela propagandística que intenta hacer creer que todo cambiaría y que nada de la vieja Constitución pinochetista tendrá la “nueva”. ¿Quién les puede creer? ¿Acaso se prohibirá la privatización de recursos naturales como el agua y el subsuelo o el sistema de pensiones? ¿Se cambiará el régimen impositivo para que los capitalistas paguen más que los asalariados? ¿Se pondrá un sistema salarial donde las remuneraciones se basen en eso de “a cada cual según su trabajo”? ¿Se sancionará que debe existir un salario mínimo que sea igual a la canasta familiar? Inventarán algún sistema “mixto” para que el frente del orden garantice la apropiación privada de esos bienes y servicios. En eso, son también expertos. Si gran parte de la derecha liberal que promovió el Pacto y también apostó por el apruebo, no cabe duda que todo esto ya fue negociado en la oscuridad del 15 de noviembre.

Todas estas trampas de “salida”, por ahora son a futuro, pero a un futuro muy cercano. Parafraseando un viejo dicho, el régimen propone y las luchas de clases disponen. ¿Y cómo estamos en el seno del pueblo, en nuestras clases trabajadoras, protagonistas de esta Rebelión inconclusa y de esta simbólica votación antipinochetista?

Nuestro impetuoso movimiento nacido el 18 de octubre de 2019, ratificado en su masividad este 18 de octubre de 2020, tiene múltiples componentes. La juventud estudiantil y de las poblaciones es un protagonista central. Nuestro movimiento es esencialmente joven, aunque de las más veteranas generaciones, se suman y acompañan. La clase trabajadora, tanto de formales como desocupados, participa en menor medida. Las tradicionales organizaciones sindicales han tenido hasta ahora un papel menos preponderante, toda vez que las direcciones burocráticas frenadoras, todavía tienen su peso. Un sector del pueblo mapuche también está presente. Los movimientos feministas de trabajadoras y sectores medios tienen un rol destacado. Artesanos, artistas, docentes e intelectuales se han sumado. Clase trabajadora y cuentapropistas son nuestra condición social dominante.

La Primera Línea integrada mayoritariamente por jóvenes, ha sido nuestro mecanismo de autodefensa. Para que nuestro movimiento se haga más sólido, es necesario extenderlo entre la clase proletaria y el campesinado. Es necesario forjar una fuerte alianza de este bloque social. El carácter asambleario ha sido esencial para forjar un movimiento democrático, antiburocrático y antiverticalista. Seguir promoviendo el asambleísmo nos debe tener alertas para que el movimiento no se disgregue, no se disperse, no caiga en discusionismo inútil. Además de integrar todas nuestras reivindicaciones sociales y nacionales, nuestro movimiento tiene como objetivo esencial e irrenunciables, una Asamblea Constituyente, Plurinacional, que deberá ser trabajadora y campesina, feminista e intelectual. Esta Asamblea debe fundar las bases de un nuevo Estado que será democrático por su esencia y revolucionario por su objetivo transformador.

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