Pekín opta por la mano dura contra su periferia

por David Skidmore

Tras el caos de la Revolución Cultural (1966-1976), el líder del Partido Comunista Chino (PCC), Deng Xiaoping, abandonó el dogma maoísta para salvar tanto a la nación como al partido. Sin embargo, la relajación del control totalitario, junto con las reformas económicas y la apertura al mundo exterior, crearon un vacío intelectual que ha permitido que ganen terreno las ideas demócratas liberales entre la juventud china y la intelectualidad. Esta amenaza para el poder comunista fue contrarrestada por la represión violenta de las manifestaciones de 1989 en la plaza de Tian’anmen y otros lugares.

A raíz de ello, Deng se vio confrontado con un verdadero rompecabezas: ¿Cómo recuperar la estabilidad sin capitular ante las presiones de la línea dura, favorable al abandono de las reformas económicas y a la resurrección del maoísmo? Deng y su sucesor, Jiang Zemin, hallaron la respuesta en la reactivación de un nacionalismo bautizado patriotismo en el vocabulario de la época.

El patriotismo como recurso

Blandiendo una retórica política basada en la injusticia y el victimismo histórico, la propaganda del PCC ha alimentado sentimientos antioccidentales y antijaponeses con referencia al siglo de humillación nacional sufrido por China [iniciado con las guerras del opio en el siglo XIX], que solo concluyó con la victoria del PCC en 1949. Más recientemente, el secretario general del PCC, Xi Jinping, ha promovido un nacionalismo orientado al futuro que reta a la ciudadanía a “realizar el sueño de un gran renacimiento de la nación china”.

Con la mejora del nivel de vida, la insistencia del PCC en el patriotismo ha permitido consolidar la legitimidad popular del Estado-partido entre la mayor parte de la población china. Los sondeos de opinión muestran regularmente un alto nivel de confianza de la opinión pública en las instituciones políticas chinas y de optimismo con respecto al futuro.

Pragmatismo con las periferias

No obstante, esta fórmula de legitimación del régimen no ha dado resultado en la periferia del país, a pesar de las excepciones flexibles y pragmáticas forjadas por los dirigentes chinos. Siguiendo el ejemplo soviético, el PCC había concedido a los grupos minoritarios que no son de etnia han, como las poblaciones de Tíbet o Xinjiang, el reconocimiento oficial e incluso el principio de autonomía local en las zonas en que eran mayoritarios. Las minorías obtuvieron ciertos privilegios con respecto al tamaño de sus familias y el acceso de la universidad y se beneficiaron de una política de apoyo y de inversiones específicas del gobierno, así como de la tolerancia hacia sus especificidades culturales.

En lo que respecta a Taiwán y Hong Kong, Deng declaró en 1984 el principio de Un país, dos sistemas, que debía permitir que cada uno de estos territorios rebeldes conservara su propio sistema social, económico y jurídico tras la reunificación. Aunque fue rechazada por Taiwán, la fórmula se ha aplicado en Hong Kong tras su retrocesión a China en 1997.

Desfase con la estrategia del PCC

Estos expedientes, sin embargo, no lograron ofrecer a estas poblaciones periféricas una entidad plena en la visión del PCC de la nación china. Se produjo una divergencia creciente por el hecho de que en la periferia la tolerancia del pluralismo era limitada, mientras que en la mayor parte de China el nacionalismo se identificaba con el poder del PCC. Las poblaciones periféricas desarrollaron identidades políticas, étnicas y nacionales cada vez más diferenciadas, en completo desfase con la estrategia global de legitimación del PCC.

Escaldado por el papel que desempeñaron los separatismos locales en el hundimiento de la Unión Soviética, Xi Jinping ha decidido finalmente dejar de lado el pluralismo étnico o institucional en la periferia de China, tratando más bien de imponer la voluntad de Pekín a las que en opinión del PCC son poblaciones locales rebeldes. Ello ha supuesto el abandono del principio de Un país, dos sistemas en Hong Kong, crecientes presiones coercitivas sobre Taiwán y política de asimilación forzosa de las minorías irredentas.

Fracaso ante una nueva generación

No obstante, Deng Xiaoping había admitido que la imposición de la ley del PCC directamente en Taiwán o en Hong Kong acabaría en fracaso. No olvidemos que Taiwán ha estado dirigida durante decenios por el rival vencido del PCC, el Kuomintang (KMT), mientras que Hong Kong ha acogido a generaciones de disidentes y refugiados. Estos dos territorios, por consiguiente, han forjado culturas políticas muy anticomunistas.

La fórmula de Deng de Un país, dos sistemas constituía un trueque pragmático: se trataba de aceptar la soberanía china a cambio de un alto grado de autonomía política. Sin embargo, en el caso de Hong Kong, donde se ha aplicado este esquema, la autonomía ha sido muy limitada. Pekín se ha apoyado en reglamentos electorales bizantinos y en su influencia sobre los magnates locales del mundo de los negocios para obtener resultados favorables. Sin embargo, esta estrategia ha chocado con sus límites. Una vez constatada la ineficacia de las viejas generaciones de militantes favorables a la democracia, han sido desbancadas por activistas más jóvenes y más ofensivos, que se han manifestado en las calles para reclamar una democracia plena y oponerse a las leyes de seguridad nacional, de educación patriótica y de extradición, inspiradas por Pekín.

La identidad de Hong Kong

Si Deng se mostraba confiado en la posibilidad de gestionar Taiwán y Hong Kong, era porque, entre otras cosas, partía del principio de que sus poblaciones estaban vinculadas al continente por su pertenencia común a la nación china. Sin embargo, al adoptar de manera cada vez más pronunciada valores democráticos liberales contrarios a la idea que se tiene en Pekín del patriotismo, las poblaciones taiwanesa y hongkonesa comenzaron a poner también en tela de juicio su identidad china. Después de dos decenios de pertenencia a la República Popular China, más de la mitad de la población de Hong Kong se considera exclusivamente hongkonesa. Tres cuartos de los y las habitantes de Taiwán, frente a menos de un quinto en 1991, se consideran hoy exclusivamente taiwanesas.

Las manifestaciones masivas en Hong Kong en 2019 han hecho que la gente tome conciencia de estas realidades, cosa que ha incitado a Pekín a vaciar de sentido la fórmula Un país, dos sistemas. Con la imposición de la nueva ley de seguridad nacional, Pekín califica ahora los intentos de la ciudadanía de Hong Kong de conseguir la autonomía política de actos antipatrióticos, ilegítimos e ilegales. Ya han comenzado las detenciones de personalidades de la oposición, hay candidatos y candidatas a cargos políticos locales que han sido declaradas inelegibles, y las elecciones legislativas han quedado aplazadas. Se han ampliado las restricciones de la libertad de expresión y se preparan proyectos encaminados a introducir la educación patriótica en los planes de estudios.

Fin de la flexibilidad

Asimismo parece evidente que Xi Jinping ha renunciado a atraer a Taiwán hacia la reunificación de manera pacífica. Pekín ha suspendido la mayor parte de sus contactos oficiales con las autoridades taiwanesas desde 2017, fecha en la que asumió el cargo la presidenta Tsai Ing-wen, del Partido Demócrata Progresista (PDP). China también ha intensificado las presiones mediante incursiones militares en las aguas territoriales y el espacio aéreo de Taiwán. Xi Jinping ha declarado: “Nuestro país tiene que reunificarse, y sin duda lo hará”, subrayando que el problema de Taiwán “no debe transmitirse de generación en generación”.

En resumen, la flexibilidad demostrada por Pekín durante mucho tiempo en la gestión de sus relaciones con Hong Kong y Taiwán se ha visto desmentida por las acciones cada vez más brutales de Pekín, encaminadas a imponer su control directo y a oponerse a las fuerzas centrífugas que llevan a las poblaciones de ambos territorios a definirse no solo contra el PCC, sino también como antichininas.

En Tíbet y en Xinjiang, las minorías religiosas y étnicas se sienten cada vez más marginadas, de ahí los grandes disturbios, en especial los enfrentamientos violentos en Tíbet en 2008 y en Xinjiang en 2009 y 2014. Xi Jinping ha reaccionado ordenando a la Seguridad del Estado que no muestre “absolutamente ninguna piedad” en la “lucha contra el terrorismo, los intentos de infiltración y el separatismo”.

Asimilar las minorías étnicas

Según James Milward [historiador, especialista en Asia central y oriental], los derechos especiales y el reconocimiento político oficial otorgados por el PCC después de 1949 pretendían hallar una solución al problema de “dirigir un imperio sin parecer colonialistas”. Por su parte, el académico chino Ma Rong considera que la politización del estatuto de minoría no hace más que estimular el sentimiento separatista. Por eso es más bien partidario de una pertenencia étnica culturalizada, es decir, despojada de toda connotación política particular, aunque tolerando las tradiciones étnicas propias. Intelectuales influyentes como Hu Angang y Hu Lianhe han llegado incluso a preconizar la asimilación completa de los pueblos minoritarios a la cultura han dominante.

Campaña de represión contra las minorías musulmanas

Es probable que estas ideas hayan inspirado la reciente represión contra la población uigur y kazaja y las demás minorías musulmanas de la región de Xinjiang. En 2016, Xi Jinping afirmó que las comunidades religiosas debían “promover la cultura china y esforzarse por integrar sus creencias religiosas en la cultura china”. Las identidades culturales y religiosas de las minorías, sus prácticas, sus instituciones y su lengua son objeto de ataques represivos en beneficio de la cultura han. Más de un millón de personas adultas están confinadas a la fuerza en campos de reeducación, junto a cientos de miles de presos y presas políticas. Muchas otras han sido trasladadas contra su voluntad a provincias lejanas para trabajar en fábricas. Más de medio millón de menores han sido separados de sus padres e ingresados en internados, donde les enseñan a rechazar el pensamiento desviacionista.

Con motivo de una campaña que tuvo lugar en diciembre de 2017, un millón de cuadros del PCC fueron a instalarse en casas de familias uigures para defender allí la unidad. El PCC ha lanzado una operación masiva con vistas a limitar la natalidad entre las minorías musulmanas con medidas de restricción obligatoria de nacimientos y esterilizaciones forzosas.

Convertir a todas las poblaciones en hans

Las regiones de Xinjiang y Tíbet están sometidas a una vigilancia masiva, con controles policiales omnipresentes y un seguimiento de los desplazamientos mediante aplicaciones de telefonía móvil o redes sociales. Dado que las informaciones sobre estas dos regiones están en gran medida censuradas en las demás partes de China, son muchas las personas chinas corrientes que se muestran favorables a esta asimilación forzosa, como atestigua lo que le dijo una mujer mayor a la periodista Isobel Yeung : “Los uigures deberían comportarse como los hans, ¡no me dan pena!” En su intento de legitimarse ante la población, los dirigentes chinos han promovido un nacionalismo de arriba abajo, de espíritu cada vez más estrecho, centrado en la lealtad al PCC y la pertenencia a la cultura y a la identidad han.

Con ello, le PCC ha abandonado en gran parte las políticas aplicadas hasta ahora a las regiones periféricas del país, basadas en el principio de Un país, dos sistemas en los casos de Taiwán y Hong Kong, y en el pluralismo étnico en los casos de Tíbet y Xinjiang, políticas que, aunque lejos de ser perfectas, comportaban al menos una parte no despreciable de flexibilidad y pragmatismo.

Sin embargo, no está claro que esta opción por la asimilación en una identidad china única aporte la estabilidad y unidad que busca Pekín. En efecto, el PCC se enfrenta a una paradoja: el nacionalismo ha traído sin duda estabilidad en el seno de la mayoría han, que le apoya hasta cierto punto, pero al precio de la inestabilidad en la periferia. Por tanto, sigue sin abordar el reto consistente en construir la legitimidad del régimen entre el conjunto de la población china.

(Tomado de Europe Solidaire)

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