Bruce Gilden

Novela corta de Juan García Brun: «Los mensajeros»

1.-

Hace 9 años Bjomolf Gustafsson había interrumpido sus estudios de Literatura en la Universidad de Tromso, para venirse a París donde trabajó como mesero, repartidor de pizzas y cartero. Pero su verdadero primer trabajo –así lo consideraba él- fue el de asistente y luego administrador en una librería parisina del bulevar Haussmann, una boutique dedicada –entre otras áreas- a la oferta de textos exclusivos, incunables y de remota data: la famosa librería “Gutiérrez”, una legendaria vitrina de la ciudad luz. Su dueño, Baptiste Durand, rara vez aparecía por el negocio y Bjomolf aprendió lo necesario del anterior dependiente, un hombre mayor que debió retirarse por razones de salud, en un corto período. 

Inicialmente -tenía unos seis de meses de haber llegado a Paris- se le permitió dormir en la misma librería y en tanto pudo ordenar sus finanzas, arrendó un departamento con un grupo de amigos, dos polacos y un libanés, en Clichy-sous-Bois. No totalmente consciente de ellos, los levantamientos populares se venían sucediendo uno a otro en Francia, primero fueron los suburbios de Paris y las más bajas capas del proletariado inmigrante. Luego vendrían los golpes represivos de Sarkozy y –los más demoledores- los de Hollande, luego de la masacre de Le Bataclan en noviembre de 2015. Sin embargo, la agudización de la crisis europea, especialmente de Grecia, España y finalmente Ucrania y Turquía, volvieron incesantemente a esta crisis en convulsiva. El mundo se electrificaba y Bjomolf trataba de entender lo que ocurría, hasta donde se lo permitían sus medios, en las páginas de Le Figaro, Le Monde, Liberation. 

Era, también,  una primavera lluviosa y sin darse cuenta, Bjomolf pasaba el tiempo entre el trabajo, la lectura y las caminatas por una ciudad tensionada entre la quietud y la revuelta. Ese día, al llegar a la librería, el dueño estaba en la oficina con un cliente importante, negociaban la compra de una biblioteca. Aún cuando no era mediodía acompañaban el café con cognac y la muchacha de servicio parecía sentir la tensión del momento. Al parecer, antes de que él llegara, hubo una discusión y uno de los oferentes se retiró en medio de expresiones altisonantes. Bjomolf trató de ordenar lo que estaba a su cargo, revisó correo electrónico, cuentas y se dispuso a atender a un matrimonio mayor que buscaba un texto de Suetonio, Vida de los Doce Césares. La mujer, algo mayor que el marido, le explicó que buscaban una edición francesa de 1957 facsimilar de la canónica de Robert Estienne. Los llevó a la sección “Roma”, el cuarto de fondo, alargado y sin ventanas con un pequeño sillón vigilado por el busto de Cicerón.

Mientras vendía, Durand hizo el amago de despedirse simulando un teléfono con su mano derecha y alzando sus tupidas cejas. Era una mañana soleada, pero parecía que volvería a llover, el sol entraba por la vitrina y Bjomolf se detuvo a asolear sus piernas en la puerta de entrada. El matrimonio salió rápidamente de su vista. Revisó su celular y fue a la oficina del jefe con la idea de ordenar. Había soñado con las calles congeladas de Hammerfest, la nieve y la sombra espectral de los pinos bajo el sol de medianoche. En el sueño pescaban en hielo con su hermano Bertil y las anguilas se derramaban oscuras de su canasto de dos tapas. También veía muy de cerca los distintivos policiales del patrullero de su padre.

Pasadas las 5 de la tarde, Durand le llamó para decirle que había cerrado la compra de una biblioteca de un profesor universitario y que el viernes dejara la librería a cargo del asistente, porque irían juntos a retirar los libros, hacer inventario, “sistematizar” usó esa palabra y que quería que hiciesen ese trabajo juntos. “Te va a encantar, mañana a las 10 en el Hotel Blumenthal”, cerró con el tono con que un padre puede dirigirse a un hijo lento.

En la noche, Bjomolf, revisó un libro de Edward Hopper y sintió una pena inexplicable. Estirado sobre su cama se tapó la cabeza y trató de entender el idioma en que hablaban unos muchachos en el patio trasero del condominio. Leyó en una revista: “Hitchcock pensaba que un film es un discurso y no una realidad y que ésta no debía ser invisible, si no que debía tomar un papel activo en la narración”. En otra parte se detuvo en la idea de que “toda composición de Hopper integra al espectador, ya que son obras hechas para el que disfruta mirando, o se sabe mirado”.  

Entonces intentó un esbozo en su libreta de notas “Hay una casa, una pintura de Hopper que representa una casa junto a la línea del tren, fue pintada en medio del éxodo del campo a la ciudad en 1925. La emoción que domina la imagen es la melancolía. En 1960 esta misma casa, junto a una carretera abandonada, desplazada por el progreso, es habitada por Norman Bates. Como centro de la película Psicosis. La emoción que domina la misma casa, ya a oscuras, es el miedo.//La casa de Hopper es abandonada en 1925 por una rigurosa y subliminal línea de tren. 35 años después, al regresar a ella por una carretera abandonada de la mano de Hitchcock, en el campo, la realidad ya le ha dado contenido a ese abandono: Norman Bates. La melancolía se transforma en horror. Quien antes fue tu madre, ahora es un objeto taxidermizado. Después del invierno, la severidad de la primavera”.

Bjomolf sale muy tarde y recorre el barrio. Entra a una fuente de soda atendida por  somalíes, los parroquianos ven un partido del PSG y el Barcelona, al sentarse en una mesa que daba a la calle, la cajera –una mujer de una sonrisa fantástica- bajó el volumen del televisor. La iluminación del lugar es blanca, espectral. Curiosamente casi todos visten, también, de camisa o blusa blanca. Algunos juegan a los naipes. Otros comen unas ensaladas fritas con las manos y resguardan entre las piernas pañuelos con aros, relojes y lentes de sol. Esas manos de los negros son largas, oscuras y de una presencia antigua, uñas anchas, casi de marfil. 

Una niñita, de unos 7 años, le ofreció flores “para su mujer”. Se las compró todas. Al regresar a su departamento las dispuso en un frasco de mermelada –que limpió con agua caliente- y se durmió viendo humear las rosas rojas contra la ventana abierta a la noche. 

A las seis de la mañana Bjomolf sale a trotar escuchando a Blondie y Daft Punk. Comienza a clarear en Paris y mientras trota, no puede dejar de contrastar la luminosidad de Hammerfest con la de la Ciudad Luz. Trota -de forma un tanto torpe y brusca- y siente un dejo de orgullo. Se siente un vikingo civilizado trotando, pero siente también el espíritu de Vercingétorix e incluso el de Gengis Kahn trotando en él. Las amplias ventanas, en su mayoría desnudas dejan ver la vida de la pequeñoburguesía parisina, que orgullosa de su propio ser, vive en casas sin cortinas y hacen su vida en ella exhibiéndose como actores de cine. 

Este aspecto es uno de los que mayor perplejidad ocasionó en él. Ver a esas parejas de edad mediana, pálidos, de pelo negro o canoso, pero siempre bien cortado, hablando como si los estuviese filmando Truffaut. Delgados, tomando champaña, fumando silenciosamente y observando esta ciudad que es en realidad un artificio espléndido de la más sofisticada  cultura occidental. En Hammerfest, al menos cuando él era niño –y no ha cambiado mucho- la endogamia rural de sus habitantes los hacía a todos iguales, tan sólo variaban las tonalidades de color rubio a rojizo y en los ojos de azul a gris. La piel de todos a quienes conocía era un color rosado, encendido. Muy por el contrario en Paris, los que él consideraba  nativos, eran de una asombrosa variedad tanto en color de pelo –en el que predominaba el negro- como en tonos de piel y color de ojos. Las mujeres parisinas no sólo le parecían bellísimas, sino que además elegantes y –por qué no decirlo- inalcanzables.

Pero el aspecto de los parisinos suponía una cierta ritualidad, un dejo histriónico al caminar, un velado narcisismo y de no mirar, de estar en otra parte. Por ejemplo, las voces aflautadas de los varones se diferenciaban de las mujeres principalmente por su estridencia. Podían caminar con un pantalón negro, una camisa y un simple pañuelo y ahí, la forma de llevarlos, los hacía distintos. Es en este espacio en el que Bjomolf se desplazaba y quizá trotar le representaba más que un simple ejercicio físico, era para él un ejercicio espiritual de mímesis. Le gustaba sentirse en su propio mundo de audífonos, zapatillas y libros. Pero también le gustaba la idea de formar parte de esa ciudad. Pensaba por ejemplo que su abuelo minero, quien durante toda su vida no debe haber recorrido una distancia en línea recta superior a los 100 kilómetros, abriría los ojos feliz de saber que un Gustaffson se abre espacio y construye su vida en esa magnífica ciudad.

Al llegar al departamento se duchó, afeitó su barba rala y secó el piso del baño. Se hizo unos huevos fritos con tocino y volvió a la cama a revisar las noticias en internet. Mientras hacía esto cambió de lugar las rosas y puso la Sinfonía 4 de Sibelius. Se dio cuenta que le quedaban tres calzoncillos y que tenía que ir a lavar su ropa. En Le Monde había una nueva discusión sobre el Estado Islámico. Leyó completo un artículo en que el socialdemócrata noruego Jens Stoltenberg comparaba a este grupo islámico con el loco Breivik, responsable de la masacre de Oslo el 2011. El giro le pareció interesante, pero de forma especial porque siendo él (y aquél) un socialdemócrata de toda la vida, creía que Noruega –especialmente en estos días- tenía un papel trascendente en el concierto europeo y para ello era necesario que sus líderes se foguearan en debates internacionales. Aún cuando no los respaldaba del todo, Bjomolf había votado en las últimas elecciones por Stoltenberg, inspirado por la extravagante idea de que había que parar a los fascistas de Quisling.

Siendo niño, Bjomolf vio en la socialdemocracia escandinava el renacer no sólo de los ideales de igualdad social y democracia, sino que muy particularmente la esperanza del predominio de una potencia capitalista de nuevo tipo, que supere a los EEUU, Reino Unido y Francia, cuyas insignias se encontraban manchadas con la sangre de los explotados del tercer mundo. Una nueva potencia -que en el marco capitalista- consume el ideario de la revolución francesa y que pervirtiera Metternich y el Congreso de Viena, una potencia que se conduela de los oprimidos y les ofrezca una alternativa al capitalismo salvaje y a los socialismos reales. Imaginaba en ese entonces que el socialismo democrático tendría la forma de un drakar, las alas de un dragón contra la explotación.

Desde este punto de perspectiva, con Olof Palme como referente de primer orden, con Willy Brandt, las banderas del socialismo volvieron a florecer y robustecer la democracia. De todos ellos Harald Edelstam, “el clavel negro”, es quien mejor interpretaba su ideario, nacido en una familia de la nobleza de Estocolmo, se destacó como político y diplomático de un férreo temple antifascista. Así lo hizo en Oslo enfrentando al régimen colaboracionista en los 40, en Guatemala abriendo los brazos a los rebeldes bajo el régimen títere de Méndez Montenegro y, muy especialmente, así lo hizo en el Chile de Salvador Allende estrechando lazos con la resistencia antipinochetista. 

Este es el punto, para Bjomolf, en que la socialdemocracia escandinava deja de ser el simple sostén político del estado de bienestar, del socialismo sueco, noruego, danés y finés y se transforma en una referencia universal. El prometeico discurso de Allende el 11 de septiembre del 73 -que Bjomolf sabía en castellano de memoria- refiere a las anchas alamedas y al hombre libre. Esas anchas alamedas era precisamente la socialdemocracia formando a los exiliados especialmente chilenos y del cono sur latinoamericano. Esas anchas alamedas que permitieron el triunfo sandinista en Nicaragua con el FSLN ya en el poder, desde donde la socialdemocracia logró construir el imaginario socialista nórdico y luego el proceso de democratización en américa latina en los 80, en los 90 en europa central y en la actualidad en la primavera árabe: Egipto, Libia, etc..

Apagó el computador, regresó las rosas a la ventana y se vistió para ir al trabajo. Al salir se cruzó con su coarrendatario, el pelado Sharif, quien venía medio entonado o fumado y con una chica, abrazados cantaban a coro Locomotion de Grand Funk. Bromearon un poco y Bjomolf decidió caminar hasta el Hotel Blumenthal. Todo resplandecía: Sibelius en sus audífonos, las vitrinas, los monumentos. El mundo brillaba como una escultural y traslúcida pared gótica. 

Llegó a las 9:45 a la puerta del hotel y decidió esperar, “la puntualidad es en primer lugar, precisión”, pensó mientras miraba las portadas de las revistas en un kiosko de la esquina. Se detuvo en la Charlie Ebdo, una edición de aniversario.

2.-

Bjomolf entró al vestíbulo del hotel exactamente a las 10 de la mañana, caminó por ese piso marmóleo neo clásico, sobrio y distinguido. Bajo esas lámparas, que a pesar de la hora seguían encendidas, iba a preguntar por Durand y éste, bajando de una escalera impecablemente peinado, le dirige un sonoro y sorprendente “buenos días, camarada”, para luego tomarle del brazo y hablar atropelladamente de la Tercera República, de la Avenida Foch y varias cosas más sobre la historia del lugar. Mientras le hablaba, tomaron un ascensor a la azotea del hotel. Subieron a una enorme cafetería que tenía como paisaje el boscoso entorno de las avenidas que atenazaban el lugar. Bjomolf sintió una especie de risa en sordina, contrastando en su mente ese ambiente con aquél en que él vivía. 

De espaldas, los esperaba el abogado de la familia, Jean Daniel Cohen, un fornido cincuentón, de seguro ex rugbysta y canoso tonsurado. Un tipo de colleras, reloj Patek Philippe, pañuelo y corbata al tono. Con una impostada sorpresa los saludó a los dos y les ofreció tomar asiento, al tiempo que llamaba al mozo y les preguntaba si habían desayunado. Ambos respondieron que sí y Bjomfold pidió un agua mineral sin gas. Cohen y Durand se conocían desde hace años y se notaba en las preguntas familiares, comentarios políticos y hasta en cierta gestualidad común. Si Cohen, con su extrema elegancia, exudaba una férrea voluntad de ascenso social, Durand, con su distraído estilo bobo (bourgeois bohème) y melena intencionalmente desgreñada dejaba en claro, casi de manera natural y espontánea, su clara y condescendiente superioridad. Durand, conceptualmente, era el dueño de casa y Cohen un vigoroso advenedizo, la encarnación del ideario democrático de la movilidad social y su correlato valórico, la tolerancia.

Entrando en materia, Cohen les extendió el inventario de la biblioteca y las órdenes de entrega de la misma. Está todo en orden, muchachos, dijo en un momento con entusiasmo, en ese momento una pareja se acercó a la mesa a hablar con Baptiste y resultaron conocer también a Cohen, por lo que comenzaron los saludos, presentaciones y risas. Bjomolf aprovechó el momento para retirarse y recorrer el hotel, avisando que iba al baño. Recorrió la azotea y pasó de un cerco de setos que daba a una pequeña calle interior a la Avenida. Disfrutó de la limpieza y armonía del tejado de los edificios, todos de una altura similar. En una ventana contraria, mirando hacia la Av. Víctor Hugo, pudo ver a una mujer, una mujer de más de 70 años, pelo blanco, vestida con ropa deportiva y leyendo un grueso volumen, el que marcaba y le hacía consultar otros papeles que tenía sobre una mesa. La mujer se pierde de su vista y Bjomolf sigue con su inspección del lugar: los faroles, el embaldosado, las macetas del jardín, los sensores de luz y agua, la personalización de la indumentaria del hotel Blumenthal-Montmorency, las BM en todos lados, hasta en la cabeza de las varillas en que se apoyan ciertas flores. Estaba viendo esto cuando, con ese tercer ojo arcaico con el que se supone “sentimos” que alguien nos observa, se dio vuelta, volvió a mirar hacia la ventana de la mujer y ésta lo estaba fotografiando, directa e inequívocamente, con una máquina fotográfica  equipada con un zoom del tamaño de una pequeña bazuca. Le tomó varias fotos y cerró la ventana con una especie de celosía. 

Aún no terminaba de sorprenderse y la gran mano de Baptiste le tomó el hombro para decirle que partían a buscar los libros. Le dio un juego de llaves que decían “Av. Italia 156, dep. 3C” y un papel con la misma dirección indicando que era al lado de un restorán de comida japonesa, Arashi Yama. Se despidieron apresuradamente de Cohen y sus amigos, bajaron y al llegar al auto de Baptiste, éste le dio ahora las llaves de su auto y le dijo que manejara él, por favor. El tránsito a esa hora de la mañana era ligero y en cosa de 30 minutos llegaron al lugar, un barrio obrero medio perdido en el distrito XIII, ocupado visible y sugestivamente por vietnamitas. 

Estacionaron en la Rue de Cailleux y se devolvieron caminando, Bjomolf vio de inmediato el lugar en cuya puerta había un grupo de muchachos vagos que no hicieron el menor amago de moverse. Tuvieron que pedir permiso para entrar y subir hasta el tercer piso. La puerta crujió y al abrirse sintieron el impregnado aroma del tabaco de pipa de quien fuera el dueño de esa extraordinaria biblioteca. “Ulalá” dijo Baptiste quitándose el vestón, y desde el fondo del departamento, sintieron los pasos minúsculos de la viuda Sra. Rozier quien silenciosa y contenida, les estrechó distante la mano a ambos y de una forma confusa se excusó por el desorden, al tiempo que estiraba los brazos representando el gran trabajo que representa para ella deshacerse de la biblioteca de su marido. Tras ella venía una gruesa muchacha con un overol naranjo -a la usanza de los presos de Guantánamo- unas grandes gafas plateadas y el pelo tomado en la parte superior de la cabeza, quien fuera presentada por la Sra. Rozier como Miaolán. La chica saludó a Baptiste y a Bjomolf, en quien se detuvo con una sonrisa prolongada.

La biblioteca de Rozier estaba organizada de forma temática y esta organización–como es habitual- no es otra cosa que una representación física del intelecto de su dueño. Es lo que distingue a una biblioteca del simple montón de libros que puede acumular un comprador compulsivo. En ese departamento, de unos 180 metros cuadrados había trabajado Jacques Rozier los últimos 18 años de su vida, investigando lo que él llamaba las raíces de la cultura occidental. Se trataba de unos 40.000 volúmenes que agotaban de forma diríase exhaustiva la literatura, historiografía, filosofía y textos científicos del período clásico greco latino. De la misma forma como están organizadas buena parte de las librerías francesas, esta biblioteca seguía la estructura propuesta por Jacques Charles Brunet, en base a letras que identifican los respectivos estantes contenedores, a saber: A Teología. E Jurisprudencia. I Ciencias. O Artes y Bellas Letras. U Historia. La nomenclatura por estante evita marcar el libro en cuestión, lo que tanto en una biblioteca privada como en una librería resulta primordial. Bjomolf, que en muchos aspectos era un romántico pre renacentista, sentía por lo mismo especial afinidad por las categorías de Isidoro de Sevilla y Braulio de Zaragoza, y su espectacular ordenación en 20 tomos del el Trivium y el Quatrivium. Lo extraordinario de Isidoro de Sevilla fue su capacidad de preservar las estructuras de conocimiento clásico, grecorromano, en un momento en que la descomposición del imperio y la putrefacción de sus estructuras sociales –siglos V y VI- hacía visible, mucho más que hoy en día, la inminencia del fin del mundo. Isidoro tuvo la frialdad de racionalizar, y a pesar de que sus categorías hoy suenan un tanto extravagantes, su monumental Etimologías bien debe considerarse como el primer esfuerzo de ordenación enciclopédica del conocimiento humano. De todos modos, le era evidente que el racionalismo no estaba de su lado y que las eternas categorías de Aristóteles y Porfirio habían regresado a Europa, por completo, recién con la Ilustración y el Renacimiento.

Movieron cajas y revisaron los archivos. Bjomolf y la muchacha quedaron encargados de hacer el trabajo físico de reconocimiento de los inventarios. Fue exhaustivo, contaban hileras de libros, revisaban partidas al azar y luego de un esfuerzo frenético, terminaron. Baptiste, en ese tiempo se dedicó a hablar por teléfono y cada tanto se acercaba a monitorear el avance del trabajo. Finalmente, como decía terminaron, muy cerca de las 15:00, momento en que la Sra. Rozier, que parecía haber desaparecido, se presentó con su misma impronta para invitarlos a comer sushi al restorán de la planta baja. Los cuatro allí sentados a la mesa comiendo rolls, llosas, pescado crudo y unas infusiones de limonada y jengibre, parecían una familia, una familia del nuevo tipo. Miaolán, la chica, trabó la conversación con Baptiste, el que se explayó largamente sobre las gloriosas jornadas de mayo del 68, época en que él militaba en las filas del maoísmo –hizo esta afirmación de manera un tanto inconsciente y motivado risiblemente por lo “oriental” de su interlocutora, el restorán y el barrio- y participó en avezadas acciones de sabotaje dentro de las cuales llegó a estar el demencial proyecto de quemar la biblioteca de la Sorbona. Los tres escuchaban las historias de Baptiste. Los más jóvenes  y extranjeros, no habían tenido la oportunidad de conocerlos de fuente directa y la Sra Rozier, Heleen, porque lo había vivido más bien desde la trinchera opuesta y con un océano de por medio, en California, EEUU. La muchacha pedía explicaciones y no dejaba de sorprenderle –a pesar de su conocimiento formal de la historia- que un medio tan conservador, como el ambiente universitario parisino de la actualidad, hubiese hecho tamaños desórdenes. La Sra. Rozier se limitaba a completarle algunos nombres y a realizar precisiones menores. Estaban en esto y abruptamente ella se puso de pie para ir al baño y regresó habiendo pagado la cuenta. Baptiste hizo una falsa protesta y se despidieron, Bjomolf tomó los datos de ambas para coordinar detalles finales y esperaron a un taxi que las llevaría a ambas al centro de la ciudad. 

De regreso al auto de Baptiste, un BMW deportivo de color negro metálico, se encontraron con dos vidrios rotos y parte del salpicadero dañado. Habían tratado de robar el auto y se habían robado un maletín con el notebook de la Librería y el respaldo digital de la documentación que les había entregado el abogado Cohen. Llamaron a la policía, Baptiste hizo la denuncia por el robo, llamaron a una grúa y regresaron al centro en taxi. Mientras partían, dos hombres, dos franceses vestidos de corbata, los miraban de pie desde una esquina, Bjomolf les sostuvo la vista con la intención de que notaran que él también los estaba viendo. Uno de ellos fumaba y el otro hablaba por celular.

Finalmente sólo Bjomolf volvió a la Librería, cuando llegó había más público que el habitual y el asistente estaba apoyando a los vendedores. Era un público disímil y por ello peligroso. Deben haber sido en total unas quince personas. De ellas, varias mujeres adultas, que suelen preguntar con precisión aquello que buscan, éstas suelen ser muy absorbentes y distractivas. Pero el problema era, en realidad, un grupo de tres adolescentes, de esos que buscan poesía o política revolucionaria, incluso economía y suelen juntarse para salir a robar libros. Esos son un dolor de cabeza, generalmente actúan haciendo celadas tan antiguas como las usadas por los velociraptor. Dos de ellos fingen estar nerviosos en un extremo mientras el tercero habla con un vendedor con aplomo y seguridad. La respuesta instintiva, desde hace millones de años, de aquellos que son atacados es ocupar todas las capacidades de control, en los sospechosos, lo que permite al “Alfa” actuar con impunidad. Con la pluralidad racial, lo que hacen los adolescentes es dejar al francés del grupo en el papel del “seguro” y como señuelo a los de “color”. De esta forma de hurto se ha hecho inclusive literatura, atribuyéndole connotaciones románticas a esta miserable engañifa. 

Bjomolf, cada vez que ha podido los ha sorprendido y, la última vez, hizo cerrar la Librería y llamar a la policía. Pero esta vez hubo algo que verdaderamente lo perturbó. Un tipo muy pequeño, de 1,60 o menos, pero bien proporcionado y vestido de forma modesta pero con buen gusto, fumaba (en la librería se permite fumar en la sala de lectura) y al verle pasar se acercó para preguntarle por Las Vidas Paralelas de Plutarco, una edición en griego y francés de una editorial de Bruselas, la Manneken Pis. Bjomolf, guardó un silencio más largo que de costumbre y le dijo que tenían varios volúmenes- por lo menos veinte- dijo, mientras miraba hacia la parte superior de la estantería. Luego agregó que nunca habían tenido la colección completa de esa edición y que la podía encontrar –eso sí en castellano-  con mayor facilidad. El hombre pequeño pareció un tanto sorprendido e interesado por la respuesta. Entonces, Bjomolf se dio cuenta de su error, en realidad tenían a su disposición varios volúmenes de esa edición, pero tendría que venir a lo menos en una semana más. 

-Acabamos de adquirir esa colección- dijo- es de un profesor de la Sorbona, pero aún no está disponible del todo, le pido que me deje sus datos-

el hombre pequeño le respondió: – mire, no soy de acá, pero viajo regularmente y preferiría que me de los datos de ustedes y yo me contacto, si puede darme su celular, se lo agradecería-

Bjomolf le dio el teléfono y mientras estaba enunciando los números sintió que algo andaba mal, no cuadraba. Además le dio la tarjeta de la librería con su celular anotado al dorso, “Soy Gustafsson” agregó. Algo parecía no estar bien, el sujeto tenía dibujado en el rostro una irritante sonrisa gástrica de discutidor profesional. Estoy interesado en la figura de Eumenes, por eso busco el volumen Eumenes/Sertorio, ese muy especialmente le dijo, le estrechó su pequeña y húmeda mano y se despidió.

Luego atendió a una mujer de unos 50 y tantos, que usaba una especie de muleta o carro, un artefacto moderno que Bjomolf no conocía. Tenía unos hermosos ojos árabes y aunque llevaba el pelo corto, se adivinaba que toda la vida había usado una melena de mayor largo. Ella se acercó y le dijo que estaba buscando La Muerte de Virgilio, de Hermann Broch. Bjomolf quedó en blanco -hace años que no tenemos ese libro- dijo y pensó al menos desde que trabajo acá –es una novela magnífica- agregó. –Sabe- le dijo con cierta incredulidad –la próxima semana tendremos ese libro- la mujer le agradeció y le respondió- ¿estará para el viernes de la próxima semana?- 

-con toda seguridad- dijo Bjomolf, constatando que ese libro también vendría con la biblioteca del Profesor Rozier.

Cerraron ese día tarde, pasadas las 20:30. Ya estaba cerrado y un amigo de un antiguo trabajo pasó a buscarlo. Claude Muñoz, si mal no recuerdo, algo menor que Bjomolf, quería hablar de sus problemas amorosos y andaba en busca de una opinión. Como habitualmente ocurre en este tipo de conversaciones es el afectado quien habla casi todo el tiempo, quien refiere intimidades escabrosas, miedos abominables, para terminar escuchando el consejo que necesitan escuchar. –Haz lo que tu corazón te dicte- dijo el consultado y Muñoz recibió esa falaz obviedad como un tesoro de invaluable fortuna. –Gracias, hermano- y le dio un fuerte abrazo. Al salir del bar Muñoz se ofreció para llevar a su casa a Bjomolf en moto, lo que este último aceptó, con la condición de que no le obligase a usar casco.

Después de despedirse de su amigo, Bjomolf caminó una cuadra hasta su departamento y al pasar por la fuente de soda de los somalíes pudo escuchar nítidamente: “la Logia contrató a ese abogado judío para hacer la puesta en escena”.

3.-

La mañana del sábado, desde pequeño, le pareció a Bjomolf el mejor momento de la semana, mucho  mejor que la ansiedad del domingo y de las responsabilidades de sociabilidad del sábado por la noche, como obliga el lugar común. Siendo temprano, las 6:20, salió a caminar y eligió para ello una recopilación de los adagios de Mahler. Caminar, dejar pasar la tensión cardiaca de Mahler por sus oídos y atravesar  el barrio en dirección al Sena, atravesar el río como alguna vez lo hicieran al menos simbólicamente las hordas de Ragnar. Decidió caminar hacia el Arco del Triunfo, desde donde estaba al menos unos diecisiete kilómetros, deambular en un continuo de muros, ventanas, árboles, obreros de primer turno y muchachos esperando la locomoción colectiva, con la noche en sus espaldas. Una agradable brisa fría parecía dar nitidez a la orquesta de Karajan, lejos se oían las sirenas de los carros hidrantes de la policía conteniendo una movilización de los choferes de transporte colectivo, que llevaban a esas alturas una huelga de 45 días.

Hace algún tiempo, estando aún en Noruega, leyó una crónica que consignaba que en las campañas de ocupación de la Galias, los soldados legionarios romanos se impactaban tanto de la belleza de esas tierras que llevaban de regreso, como especie de saqueo, árboles, semillas, bulbos de flores. Muy probablemente harían de sus patios y fincas una pequeña reproducción de esa tierra en que se hicieron grandes, en que imperaron. Bjomolf se sentía liviano, su cortavientos se pegaba a su pecho y le hubiese gustado tener una máquina fotográfica y atesorar esos lugares, esas avenidas, esas perspectivas intencionales y llevárselas quién sabe dónde, porque él estaba ahí en una cruzada individual, aún cuándo se sentía parte de un proceso mayor, que el gustaba llamar democratizador, liberador de las cadenas de la humanidad.

Cruzaba las avenidas y en tanto se acercaba al centro de la ciudad, las construcciones se hacían más robustas, las plazas, los parques, las fuentes y las calles parecían adoptar  nombres cada vez más autocomplacientes. ¿No hay una Avenida Waterloo en París, un monumento que recuerde a la batalla de Trafalgar? ¿Nada de eso , no?. Pues bien, llevaba poco tiempo en Paris y reparó en el extraordinario puente Bir-Hakeim que cruza majestuoso, doble, el Sena. Por un momento creyó que era un acto reparatorio al pueblo magrebí, luego leyó las placas y no dejó de sorprenderle que se recordase de forma tan enfática una acción de contención a los Afrika Corps de Rommel, en Libia el año de 1942. Era como la celebración de un empate entre la selección de Noruega y la de Alemania. En esa época, tiene que haber sido julio del 2009, trabajaba repartiendo pizzas en una moto, así conoció la ciudad. En esa época, menos que ahora, se le presentaba una idea de lo que era desplazarse en la ciudad, le parecía un enorme y colectivo acto histriónico. Unos meses después esa sensación la percibió idéntica en una película de Cristopher Nolan, Origine. Una historia de ciencia ficción o bien psico-ficción, que transcurre en París, en la que a Leonardo di Caprio le corresponde ingresar en los sueños de otras personas para modificarlas y condicionarlas, con finalidades económicas. La idea es bastante sencilla, si se piensa bien “ingresar en los sueños de otro”, pero la parte que lo identificó era aquella en que los sujetos o personajes de esa realidad onírica comenzaban a mirarlo, a resistirlo si actuaba de una forma discordante. Nunca sintió eso en la realidad, hasta esa mañana.

Llevaba caminando a lo menos una hora y Bjomolf se detuvo para recibir una llamada. Era Miaolán Feng, la asistente de la Sra. Rozier, la chica le dijo que tenía que hablar con él y que hoy a mediodía podría pasar por la librería. Bjomolf le dijo que hoy no le correspondía ir, que la librería estaba abierta, pero él no iba. Ella le pidió juntarse, le invitó a almorzar, él aceptó, acordaron lugar, hora y colgó. Al hacerlo cayó en la cuenta de que desde la esquina opuesta un niño en bicicleta lo observaba, detenido, con una bolsa de baguettes, parecía en trance. Un puñado de agujas pareció recogerse sobre el pecho de Bjomolf, un puñado de arañas pareció deslizarse sobre su cuerpo blanco y helado. Al niño lo había visto en varias oportunidades y lo reconoció de inmediato por que, a pesar de tener el pelo largo, castaño oscuro, su frente excesivamente amplia era claramente reconocible. Bjomolf se sentó en la vereda y sintió que el aire le faltaba, que transitaba por un angosto desfiladero, que las fauces de un abismo se abrían ante él sin conmiseración. Que el destino se hacía presente, transfigurado.

Volvió a ponerse los audífonos buscando en la música la perdida quietud, pero la  alarma desatada por el niño semicalvo lo extremaba todo. Se sintió al borde de un abismo, en el lugar sin fondo, sin límite, en la profundidad infernal, tocado por el hálito espectral de la muerte. Las líneas del adagio que tenía en sus oídos se cruzaban y tomaban vida propia, hacían estallar la cabaña de Mahler y sus planetas flotantes a la orilla del lago. Un sudor frío le recordó a Bjomolf quién era y dónde estaba: temblaba. Irremediablemente lejos de Hammerfest, lejos de la casa blanca, de la tarde en que su madre había muerto en el hospital, de esa tarde en la que su padre se encerró en su dormitorio, aquella en la que su hermano preparó un guiso agrio, aquella tarde imperceptible de invierno ártico viendo dibujos animados, la tarde esa en que los osos polares se acercaron a su ventana. Esa tarde en la que se propuso domar esos osos, hacerlos bailar, cuidar de ellos, darles un sentido, pero no mirarlos jamás a los ojos. La primavera que le acechaba, ahora en una calle perdida de Paris, no era más que un incomparable conjunto de temperaturas frías y lluvias. No era la primavera de Vivaldi, era la martirizada Consagración de Stravinsky. Un par de mujeres, que a esas horas iban atrasadas al trabajo, se detuvieron tras él: –¿Joven, está bien?, ¿necesita ayuda?–. Bjomolf levantó la mano y gesticuló una reverente sonrisa de agradecimiento, al tiempo que se quitaba los audífonos. –Todo bien, gracias– dijo, y al alzar la mano no se despedía, estaba saludando.

Después de la llamada Bjomolf siguió caminando ahora con prisa, casi al trote mirando en todas direcciones. Se detuvo al cruzar el Sena por el puente de Las Artes y miró hacia atrás. Percibió una inusual lentitud en el tránsito vehicular y un vacío  agobiante en las calles, después recordó la huelga y sintió una velada culpa. Eran recién las diez de la mañana y ya había llegado a las puertas de la ciudad, en los Campos Eliseos. Trató de ordenar su mente y recapituló lo ocurrido en las últimas 24 horas, momento en que llegó al Hotel Blumenthal a la reunión con el abogado. Se dio cuenta que había una falta de consistencia en lo ocurrido y esta incoherencia no sólo era material y de texto. Pudo entender el vacío que le provocó leer el contrato firmado exclusivamente por Baptiste Durand: toda la transacción de la biblioteca de Rozier se había hecho en el aire, los documentos no consignaban su propietario ni tampoco se indicaba el volumen de la misma. Se dio cuenta que se hablaba de 40.000 volúmenes, luego de 17.000, en fin, cantidades muy diversas y lo más importante: no se indicaba el precio. Bjomolf no era un estudioso del derecho comercial, pero era evidente que las partes del contrato, el precio y la cosa vendida, son elementos no de la validez, sino que de la existencia de una compraventa. Estamos en la tierra del Código de Napoleón, el epítome de la codificación y recepción del derecho de quirites, no en cualquier lugar y, por último, ni Durand, claramente, ni Cohen, imagina Bjomolf, podrían haber pasado por alto un hecho así. Este vacío, esta ambigüedad, de alguna forma la percibió en la reacción de Durand al ver su auto con los vidrios rotos, y claro, se trataba de dos vidrios rotos, para llevarse el maletín. ¿Qué sentido puede tener romper dos vidrios para un ladrón? Ninguno, duplica el estrépito y aumenta la posibilidad de ser atrapado y en nada mejora el acceso o aún la forma de llevarse el auto en el caso de un robo. El noruego entendió que esta incoherencia era aparente, era, como todo fenómeno incomprensible, una metáfora, tendría que elucidar quién y para qué se tejió esta trama.

Perturbado por su descubrimiento, Bjomolf pensó que es posible afirmar que el accionar poético, como producto social, es la medida extrema del conocimiento y de la creación del lenguaje. Consecuencialmente, un hecho incomprensible es la base material de este accionar. El conocimiento humano –siguió- en sus límites, se apodera de su experiencia a través de la poesía y son cumbres de la poesía aquellos textos narrativos capaces de generalizar la experiencia humana y crear un mundo nuevo. Nos maravilla Odiseo no por ser un noble guerrero de las primitivas comunidades del Peloponeso, sino porque en la historia, en su aventura y quizá contra todo arcaísmo, podemos observar en su viaje, en su ingenio y en su fragilidad, la vida humana concebida como una aventura que es una forma luminosa de observar nuestra efímera existencia.  En efecto, siguió razonando Bjomolf (ahora como si su mente fuese dominada por una lenta pero poderosa explosión) la narración de Homero o de la tribu que llevaba su nombre -es algo que algún día sabremos si es que podemos viajar en el tiempo- es magnífica por la capacidad de penetrar en las profundidades de la experiencia humana y hacerlas abstractas, creando un nuevo mundo, transformando el nuestro. Demostración de este aserto es que la riqueza de la literatura helénica clásica “arrastró” conceptualmente a Freud. El vienés no pudo hacer otra cosa cuando quiso hacerse cargo de comprender la naturaleza de la psiquis humana y hacer de ella un objeto de estudio. Se aferró conceptualmente a los tópicos griegos, a su mitología, para estructurar su arsenal teórico. Por eso es que el psicoanálisis es en un primer momento, principalmente crítica del lenguaje y si se me permite la digresión, etimología químicamente pura, al decir de Lacan.

¿Qué hay tras un contrato inexistente?, ¿Cuál es el alcance de una puesta en escena, de un engaño, de una mentira?. ¿Es la mentira la imaginación del oprimido, del que teme, del que pretende que sea otro el que viva su propia fantasía?. Estas preguntas desgarran el espíritu de Bjomolf Gustaffson, porque lo ponen al borde, ahora sí, de un abismo y parece necesario dar con valentía, un paso al frente. La muchacha esta,  Miaolán, la que lo acaba de llamar, ¿querría advertirle de este contubernio?, ¿son los extraños buscadores de los libros de Plutarco y Hermann Broch, el hombre pequeño y la mujer discapacitada, parte de esta conjura?.

Su cabeza da vueltas, su corazón galopa a reventarse. El espectáculo de Paris se vuelve, por primera vez, confuso y de un peligro extremo. Busca en su bolsillo y encuentra las llaves de la librería y sabe que tiene que ir allá, lo presiente, la librería está cerrada y Bapiste evidentemente no ha pasado por el lugar. Abre la primera reja, luego la mampara, cierra con aldaba al entrar y puede ver la lámpara encendida concentrada sobre un objeto en el mesón de la sala de lectura: “La Muerte de Virgilio”, de Heramnn Broch, editada por Claude Gallimard en 1955, traducida por Albert Kohn, encuadernación rústica. A su alrededor Paris le parece detenido en el más absoluto y ensordecedor silencio.

4.-

Gustafsson perdió la noción del tiempo. Es posible que hubiese estado veinte o treinta minutos de pie, congelado viendo “La Muerte de Virgilio” sobre el mesón. Alguien dejó ese libro que provenía de la biblioteca de Rozier y que no podría estar allí, como mucho hasta un par de días más. Ese libro ahí era una advertencia, una inverosímil señal del reverso del mundo. 

Estaba así de pie y escuchó que golpeaban el vidrio de la mampara con una moneda o una llave. Se incorporó y vio desde lejos a una mujer, era Miaolán Feng, que parecía mucho mayor, robusta, vestida como una modelo de Caravaggio. Pintada como adulta, el pelo tomado con correas de distintos colores en rodete y un vestido o túnica de un color crudo, suecos y pulseras. En el cuello llevaba el tatuaje de una mariposa nocturna, en la espalda una pequeña mochila para andar en bicicleta. 

-Tenía rato tocando Bjomolf, qué te pasaba?- dijo, mientras caminaba hacia el interior de la librería. Bjomolf la invitó a pasar a su oficina y fue a buscar una botella de agua mineral. Conversaron distraídamente de la lluvia que acababa de caer sobre Paris y ella lo invitó a almorzar.

-Es un restaurante muy bueno, preparan cordero con manzana, te va a gustar- le dijo y Bjomolf un tanto sorprendido agradeció la gentileza, tomó la novela de Hermann Broch y comenzó, muy lentamente, a calmarse en la bruma de la conversación con Miaolán.

Caminaron varias cuadras y subieron por una puerta estrecha, tomaron un ascensor a un tercer piso y entraron a un lugar luminoso, resplandeciente, de colores neutros, paredes limpias y sin más decoración que unas pequeñas fotos en blanco y negro, dentro de las que se distinguía un retrato de Walter Benjamin. El local se llamaba “Club Photo” y los platos tenían nombres de fotografías, no más de siete y los tragos el nombre de fotógrafos. Había de todo. La iluminación era evansecente e imprecisa, la música, una banda de sonido electrónico de alta definición. Pidieron un Susan Sontag como aperitivo, se sentaron en una mesa que estaba en un balcón cuya vista daba a los Campos Eliseos, la Torre Eiffel se veía a espaldas de ella. Una imperceptible hipnosis se apoderó del noruego, Miaolán, como si estuviera consciente de la quietud lograda y de la nacionalidad de su interlocutor, pero sin explicitarlo, comenzó a hablar sobre la Edda Menor de Snorri Sturlson la que vinculó con Mi Lucha de Knausgard. –Los franceses- usando un sonoro plural mayestático- tendemos a observar la literatura escandinava como una emanación de los saqueos vikingos, es como si nos resultaran narraciones naturales, construcciones más vinculadas a la magia que al discurso racional-. Bjomolf acusó el golpe y se sintió interpelado a salir a mostrar sus armas, le habló del norte de Noruega, por cierto de las calles de Hammerfest, de la geografía, de cómo su infancia transcurrió al borde de un abismo ártico y de la forma como las auroras boreales formaban las imágenes mitológicas de Odin, Thor y sus muchachos, en un cielo que parecía arrojado sobre esas tierras. En este punto, le indicó que de dónde él era el contacto con la etnia saami, sus rebaños de renos, trineos, botes,  y sus gritos alargados desde orillas contrapuestas, fueron el ambiente en el que él se formó. Miaolán lo escuchaba con mucho interés y dirigía su mirada a los ojos, a los hombros y las manos de Bjomolf, seducida por su masculinidad, por el apasionamiento viril con que enfatizaba lo que él consideraba debía ser la literatura noruega. Ella lo escuchaba y acariciaba la ancha copa de tequila que mantenía en suspenso.

Trajeron la comida y Bjomolf se sorprendió porque nunca había estado en un restaurante “de cuchara”, vale decir en él no se usaba ni cuchillo ni tenedor. El plato era de cordero, salmón, ensalada de apio y una salsa dulce que no logró identificar. Pidieron vino tinto, un merlot probablemente, y siguieron hablando tan larga cuan fue la tarde. A ratos miraban juntos el paisaje de la ciudad, en otros se provocaba un silencio cálido, en otros volvían sobre los formalistas rusos discurriendo sobre si ellos habían anticipado al estructuralismo y si efectivamente este último había sido la cumbre o la muerte de las concepciones románticas. El significado, tal y como lo descubre Saussure, es producido por el lenguaje, apuntó pensativo Bjomolf.

A Miaolán resultó gustarle Glenn Gould y Bjomolf coincidió en ese gusto, en su interpretación de las Sonatas de Beethoven, “Ludwig” como le decía infantilmente Miaolán. Con el vino llegaron a imitar la gestualidad del canadiense. Él le manifestó su admiración por Richter, en toda su severidad. En algún momento mencionaron a Arrau y a Rostropovich, tocando junto al Muro de Berlín. Bjomolf le contó que una vez, estando en Londres, tuvo la oportunidad de concurrir a la presentación de la Pasión Según San Mateo, de Bach, con la orquesta y coro de Harnoncourt. Miaolán se puso a llorar, porque ella había querido, en otro momento y lugar, ir a ver esa Misa y no pudo, su padre había muerto. Hubo menciones especiales para Rachmaninoff, Jacqueline du Pré y Satie, también un unánime desprecio a la figura de Barenboim.

Terminaron contándose la vida, sorprendidos el uno de las hazañas del otro. Pidieron un postre, un Magnum, un panqueque de arándanos y membrillo, bañado en chocolate. Miaolán le contó que había trabajado en una biografía de Bernardo Gui, bajo la dirección de Rozier y Umberto Ecco, los últimos diez años. Que había estado de cabeza estudiando los archivos de la Santa Inquisición en el Vaticano, precisamente cuando Juan Pablo II había desclasificado esa información y pedido –con un dejo de ironía- perdón por los errores de la Iglesia en ese período. Una de las cosas que a ella más le llamó la atención era la defensa que los conservadores seguían haciendo de la institución y de sus métodos, los que para todo el mundo civilizado eran el receptáculo de la más abominable de las barbaries perpetradas en la historia de la humanidad. Se acordaba en particular, de un italiano Secchi probablemente o bien Pantano, no recordaba bien, quien afirmaba que la Inquisición innovó en materia penal creando instituciones que contribuían al garantismo del proceso penal. Al efecto se afirmaba en la Inquisición de Torquemada que había dispuesto que el acusador, de no prosperar su acusación estaba liberado de sufrir la pena del delito que había imputado; más adelante, ya en Roma, la posibilidad de que el acusado presentara pruebas en el juicio (Auto de Fe) y se le otorgara un abogado defensor gratuitamente. En definitiva, lo que planteaban era un papel democratizador de la Inquisición: -una completa vergüenza- dijo ella poniendo sus manos como si fuese un megáfono. Se burlaron de Sarkozy y de Hollande, Miaolán le contó que había participado de la campaña de Arlette Laguiller, porque en su “juventud” –la expresión no pasó inadvertida para Bjomolf- había militado en Lutte Ouvriere.

Ella tomó los audífonos de Bjomolf mientras éste fue al baño y le encantó, le fascinó la recopilación de adagios de Mahler que llevaba. Estaba arrobada, encantada, excitada por la impronta, por la voz, por la forma de alzar las cejas de Bjomolf, pero muy especialmente por el dejo de abandono, de completa soledad, no maldita sino que humilde, de él. Le gustaba su sencillez, su profundidad, su grandeza para penetrar en los problemas, su total despersonalización aún para tratar aspectos de su vida privada, de cualquier cosa, hasta de la más modesta anécdota, él se esforzaba por encontrar a ese hecho una explicación abstracta y generalizante. Al regresar, él tomó su mochila y sacó un libro de Brizzi, Escipión y Aníbal, le leyó –mientras ella comía el postre lentamente- el siguiente texto: “Ante la noticia de la muerte de Aníbal, Escipión tuvo un presagio: no le iba a sobrevivir demasiado tiempo. El cartaginés no había sido un amigo, sino el mayor y más noble de sus enemigos, y sus vidas se habían entrecruzado en incontables ocasiones, ligadas siempre por el filo doble del destino, como si la existencia de uno fuese motivo y justificación de la del otro”. 

Salieron del restaurante y recorrieron avenidas, librerías, disquerías y cines. La batería del celular de Bjomolf se agotó y le pidió su celular a Miaolán para llamar a su casa, para avisar que irían a revisar la conexión de gas. Hecha la llamada, Miaolán tomó su mano y lo besó, con su fuerte brazo atrajo el cuerpo de él. Tomaron un taxi y fueron al departamento de ella. “Una cosa lleva a la otra” pensó Bjomolf y se dejó llevar por la hipnosis, por la sed, por la urgente necesidad de sentir otro cuerpo, de acoplarse, de encontrar también una justificación y de observar desde esa altura, el animal feroz y pestilente de su miedo y perplejidad. Lujoso y oscuro, el departamento de ella tenía un pasillo interior que separaba una gran sala de estar, cocina y del otro lado dos dormitorios. El lugar tenía libros incluso en el baño, alfombras multicolores y sobre la mesa del teléfono un disco de Chet Faker. El resto fue un trance, los ojos rasgados de ella, cerrados, modificados por la luz de la ciudad, desnudos en la oscuridad, excesivos, irreprimibles. Después de todo, el silencio. Ella se puso una bata de seda y cambió el tono de su voz. Parada en un ángulo sombrío del dormitorio empezó a hablar: -Bjomolf, debes saberlo, Durand forma parte de una red de poder que se ha planteado el fin de la Quinta República y la restauración del Imperio Napoleónico, de un régimen bonapartista, cooperativista- impávido, el noruego esperaba que ella terminara la frase- la supuesta venta de la biblioteca de Rozier es una operación de inteligencia destinada  a aglutinar a estos fantasmas, que hoy forman la Logia del Búho y transformarla en un vigoroso movimiento conspirativo- la mujer se sienta en el suelo. Ahora perplejo, visiblemente perturbado, el noruego discurre por dos extremos: uno, está prisionero de una psicótica y puede morir si la contradice; dos, lo que ella le dice es verdad y necesariamente va a morir si la conspiración de la Logia sigue adelante. Guiado exclusivamente por su instinto, concluye que ella está en lo cierto y que lo ocurrido desde el viernes es la clara demostración de que ha sido arrastrado por las circunstancias mucho más allá de su imaginación. Bjomolf se pone de pie y se acerca a Mioalán, la abraza y le pregunta, casi en un susurro: -¿qué hacemos?. Ella lo besa en la frente y le responde: -actuar, unirnos a la lucha de los explotados, aplastar a la burguesía –

Entonces durmieron un par de horas abrazados y al levantarse, Bjomolf se dio cuenta de que había dado un paso y había develado una bruma que opacaba en muchos sentidos su vida. A los quince años, cuando escuchaba a Darkthrone y otras bandas de black metal en su pueblo natal, descubrió que la reivindicación de la identidad noruega, no escandinava, sino que noruega, pasaba por traspasar el politeísmo, el espíritu de guerrero y la estética aria. Ya en esa época pudo percibir nítidamente que la poesía era la única herramienta. El arte negro, de las profundidades de los fiordos y canales, aquellos lechos que recibieron los cuerpos y las armas de sus antepasados, sólo pueden ser capturados para la humanidad en tanto expresen deliberadamente el ímpetu de liberación del oscurantismo y la explotación. La poesía lo que busca y sobre esto Bjomolf no tiene ninguna duda, es la creación de un mundo nuevo, precisamente es posible que una vez desnudado el engaño y la impostura, la forma del mismo, digamos su estética, será posible a través de la palabra, del logos y del fonema, transformarla en verdad.

Ella se duchaba. Bjomolf fumaba y se concentraba viendo las carátulas de los discos, puso El Lado Oscuro de la Luna, de Pink Floyd. Escuchó un corazón grabado hace más de treinta años. Dentro de un álbum había una foto de Miaolán, estaba irreconocible, ella estaba en esa foto muy delgada, abrazada por un uniformado y sosteniendo en los brazos a un bebé en lo que parece una estructura portuaria. No era del ejército francés, quizá un legionario, quizá era África. Quizá el hombre que conduce una bicicleta en el fondo de la imagen va o regresa. La foto quizá estaba escondida o era su última oportunidad, de nuevo el filo doble del destino.

5.-

A la luz de las velas, en una esquina de un barco restaurante, el Ubu Roi, pasaban bajo el Puente de Austerlitz, Philipe y Beatrice Lemarquand. Escuchaban extasiados a Baptiste hablar del miedo patológico de Giacomo Mayerbeer al subsuelo del Teatro de la Opera. La noche de ese  sábado volvió a llover sobre Paris y se habían reunido para celebrar el cumpleaños de Monique, la fallecida mujer de Durand, que habría cumplido 73 años. Conservaban esa costumbre desde que estudiaban Derecho, hace casi 50 años y se reunían para reeditar Combat, un órgano para luchar en contra del gaullismo y en el que sostenían habían escrito figuras como Albert Camus y Hemingway. Se juntaban ahora los tres, en una mesa para cuatro, brindaban, repasaban historias y se reían a carcajadas. Entre copas de vino, champaña y cognac Napoleón, Baptiste y sus amigos, como ex maoístas, tendían a burlarse de los chinos, diríase, de forma terapéutica. ¿Saben cómo titularon Psicosis, la de Hitchcock, en China?, ¿Saben? –dijo Baptiste y la risa contenida le hacía achicar los ojos- pues la titularon, esto es estrictamente verídico: La madre era él.  Más carcajadas y brindis. Tras ellos la ciudad luz, los muelles adoquinados, los monumentos con el color del oro, la irreprimible vocación faraónica de una capital imperial que se resiste a salir de escena. Los Lemarquand y los Durand, seguían ahí, de alguna forma. En el espíritu, Monique seguía entre ellos, ahora silenciosa, extremadamente delgada, como una dulce y espectral presencia que los completaba.

Un tema recurrente, para ellos que lo vivieron como niños, era la liberación de Paris y la expulsión de los alemanes. En este punto, como en muchos otros, la voz cantante era de Baptiste, quien contaba que en el glorioso agosto del 45, recordaba haber visto como en medio insultos y escupos fueron apresados cuatro soldados alemanes del Hotel Majestic –donde funcionaba la comandancia general de las tropas de ocupación alemanas en Paris- para luego ser llevados a la Plaza Etoile, donde fueron fusilados. Baptiste recuerda –vivamente- los vítores de la población embravecida por el ingreso de los Sherman de Leclerc. Philipe se acuerda, siempre lo destaca, de las campanas de ese día, la primera la de Notre Dame y luego todos los campanarios y las escarapelas tricolores  y la Marsellesa de regreso en las gargantas del pueblo, tras cuatro años de ocupación.

Baptiste y Philip se retiraron a fumar habanos a la popa del barco, que era abierta y dejaba que la noche húmeda desplegara su brisa sobre su conversación. Beatrice no quiso salir y prefirió leer en la mesa que ocupaban, terminaba un libro en cuya portada se leía la palabra Proust.  

–Estoy preocupado por Beatrice- dijo Philip- ha dejado de lado la música, hace a lo menos tres meses que no se sienta al piano- y tocó su calva mirando hacia el suelo. Baptiste le dio la espalda y con la mirada puesta en la orilla, le respondió que era su responsabilidad haber aislado a Beatrice de la lucha que ellos habían dado en los últimos años. –Te comportas con ella como un burgués,  no sé cuándo esperas decirle todo, haces tu vida fuera de la casa y va a llegar un punto en que te resultará irreconocible- al decir esto escanció de cognac la copa de Philip, el viento alzó su melena blanca y se acercó al oído de su amigo –te lo digo por experiencia, qué más quisiera yo que tener a Monique acá y compartir con ella nuestra operación- Philip tomó al seco su copa y, riéndose, pidió más. Los hombres siguieron allí, movían las manos y pasaban revista al momento que vivían. Hablaban de los 70 y de Nanni Balestroni, a quien admiraban desde su juventud y al cual Philip defendió de las acusaciones que pretendían vincularlo al secuestro y ejecución de Aldo Moro. Cuando Balestroni -el autor del primer poema hecho por un computador- editó su novela Los invisibles, fue inevitable que ambos la leyeran buscándose en sus páginas, y estaban. Ya no había posibilidad alguna de retorno y de alguna forma, desde esa época habían pasado a tomar en el mundo el papel que sus nombres políticos les enunciaban y prefiguraban. No parece haber pasado mucho tiempo – y es más de medio siglo- desde que en una sala de clases, era un mediodía solitario, ambos eligieran sus nombres políticos. En la sala de Derecho Romano, Philip Lemarquand, el tímido poeta del grupo, el ascético y aplicado hijo, nieto y bisnieto de abogados, no podía sino tomar el nombre de Séneca. Baptiste por su parte, 100% testosterona y sentido práctico del deber, el elocuente nombre de Gladio, la espada. 

Con la vista fija en las aguas oscuras del Sena, la figura estilizada de los amigos, ahora apoyados a dos brazos sobre la baranda del Ubu Roi, se hacía enorme, proyectada por los reflectores de una lancha policial. Desde el interior, Beatrice, leía y disfrutaba ver a la distancia a su marido y a Baptiste, quien ha sido para ambos, el mejor amigo que han tenido. Esas largas conversaciones a solas, que muchas veces las observó con Monique en el Bósforo, en Nueva York o caminando junto al Támesis, le parecían esconder lo mejor –a parte de sus tres hijos- que le ha regalado Philip. Todo en él, hasta su cuerpo, su calvicie prematura –hoy absoluta- su perfil, parecen revivir, alcanzar una cumbre de gestualidad y alegría mientras conversa con su amigo. Mientras conspira, mientras articula ideas complejas y con la mano abierta lanza cortes en el aire, enfatizando alguna idea que Baptiste no puede sino aceptar. Beatrice, finalmente dejó el libro sobre la mesa y miró a su alrededor, la iluminación tenue, los acordes de piano standard que parecían venir –cosa imposible- desde el techo vidriado del barco. Y el espíritu de Monique que parecía, tranquilo pero absolutamente cierto, sentado en la cuarta silla de la mesa. Sintió el aroma a lavanda de esa loción para hombres que a Monique le gustaba usar y que decía la usaba porque Baptiste –en su rusticidad infantil- no gustaba de los perfumes ni de comprarse calcetines ni calzoncillos, los que usaba hasta los harapos. Ahí estaba su amiga, era algo elocuente y perceptible. Y conversaban, y era de noche en Paris y había una luna como de hombre lobo y reían, los cuatro ahora reían.

Los varones volvieron a la mesa, cenaron los tres y a la medianoche volvieron al muelle de partida. Antes de separarse, con su gesto habitual, Baptiste simuló un teléfono levantando las cejas y cerrando un ojo, concertando con Philip encontrarse mañana temprano en Roland Garros. Los Lemarquand se fueron en silencio. Beatrice prendió la radio del auto y le dijo a Philip que se fueran por calles interiores, porque habían tomado mucho y a esa hora hay control policial. Llegaron a su departamento y dieron de comer a sus gatos. Philip se fue a dar un baño de tina, Beatrice se acostó y revisó sus correos electrónicos. Finalmente estuvieron a solas y con el dormitorio a oscuras, Philip la abrazó de espaldas, le olió el cuello y en 30 segundos se quedó dormido. Beatrice esperó que estuviera bien dormido para ir a la cocina a hacerse una infusión de melisa. Al regresar y completamente a oscuras, Philip le habla con voz de niño preguntándole: ¿dónde fuiste?. Beatrice responde, es un juego piensa y prende la lámpara. Philip está con los ojos cerrados y abrazado a la almohada, con la cara tapada le pregunta: ¿quién eres?. Contrariada responde y en tanto hablan, se da cuenta que Philip representa un personaje. En un pasaje de la conversación le dice: Ah!!!! Eres la noviecita de Philip!!!! Jajajjajjaja!, qué aburrida eres!!!!!!

El personaje de Philip –el pequeño Nicolás (sic)-  le cuenta todo a Beatrice, la que a ratos se ríe, a ratos siente ira y se encuentra totalmente desconcertada. Toda una vida durmiendo juntos y nunca, jamás, Philip había tenido un episodio de sonambulismo, nunca y ahora esto. Con una voz como de ratón, el pequeño Nicolás le explica que a fines de los 70, su “papi” decidió organizar una Logia que asumiera la tarea política de construir una nueva Europa, emancipada de la tutela norteamericana y de la gangrena extranjerizante que corroe las instituciones de la Quinta República. Agruparon –Nicolás dijo “mi papi agrupó”- en esta organización a viejos camaradas de la universidad, policías, jueces, un par de médicos y un vago que con el tiempo se haría escritor y que por disponer de mucho tiempo asumió responsabilidades de organización.

El pequeño Nicolás habló y habló durante horas, a veces respondía las preguntas y en otras sólo se reía. Había cosas de las que no hablaba, por ejemplo cuando le preguntó si Philip amaba a Beatrice, Nicolás se rió y le dijo que no preguntara tonteras y siguió hablando de política. Otras veces emitió juicios muy severos respecto de sus hijos, a los que consideraba blandos, pero la narración de Nicolás se expandió en enormes consideraciones histórico-filosóficas sobre el sentido de la Logia. Beatrice entendió que no sólo se le había abierto un mundo que ignoraba, sino que adquirió la convicción de que su marido tenía una doble vida que convertía su propia existencia en un polvorín. De lo que hablaba, minuciosamente, con nombres, fechas, recursos, cargos y un plan general de operaciones, era de un Golpe de Estado en toda la regla. Como decía Nicolás, con su grotesco timbre de voz aflautado, de dibujo animado: se trata de reconstruir Francia sobre las cenizas de la Quinta República.

En su casa, a solas a esas horas, Baptiste se dispuso a hacer pesas y luego vio una película pornográfica con la sola finalidad de quedarse dormido. Antes de hacerlo repasó el cónclave del día siguiente, su discurso, la ropa con la que iría. Se durmió pensando en Robespierre. 

6.-

Miaolán sale del baño con el pelo tomado sobre la coronilla, con un vestido de noche y con las mismas gafas con que Bjomolf la había conocido ayer, pero a él le parece que fue hace una década. El noruego hace como que sigue viendo la biblioteca y ella apaga las luces y le dice que está atrasada, que quedó de ir a Montmartre a buscar a su mamá, van a ver un recital de bossa nova. Mientras bajan por el ascensor en un silencio que se hacía incómodo, ella le dijo que era necesario que se reunieran nuevamente a discutir con mayor profundidad los problemas políticos de los que han hablado.

-No nos podemos quedar en las palabras- y él, rápido, le respondió que –es urgente que hagamos algo, tenemos que salir a dar la pelea, no nos pueden ganar esta pasada-

Se besan tocándose los labios rápidamente y se despiden. A esa hora París había tomado el vértigo de la bohemia que a los extranjeros nos parece tan fascinante. Bjomolf camina iluminado por los autos, el alumbrado público, las vitrinas, los semáforos y los letreros luminosos. Pensó en un momento volver  a Mahler con sus audífonos, pero prefirió concentrarse en el sonido de la ciudad. Las bocinas, los gritos de los muchachos que bromean de una vereda a la contraria, los acordeones, los violines y hasta los teclados de los músicos callejeros. Los ojos subrayados por pestañas tupidas y ojeras de los árabes. Bjomolf camina en ese espacio, que le parece conceptual  y se concentra en la fragilidad, en la transitoriedad de esa aparente fiesta de bienestar y cultura que exuda la capital gala (así le gustaba referirla). Tomó un taxi a Monmartre también a medianoche. Recién en viaje envió un mensaje al celular a su amigo informándole de su llegada. Se sentó en una pequeña pizzería de la Avenida Steinkerque desde la que tenía vista del restaurante en el que Shariff hacía el turno de la tarde en la caja. Pidió una cerveza negra y compró cigarrillos, repasó la jornada con Miaolán, se sintió excitado por el paso que había dado, por su sencilla ruptura con la socialdemocracia, que desde que había llegado a Francia le había resultado insoportable. Es verdad que Sarkozy era un patán despreciable, pero Hollande, Hollande era un eunuco aún más miserable porque se arropaba con un discurso democrático, sensato, un sujeto al que le bastaba peinarse hacia atrás e imitar la gestualidad de estadista de Mitterand, para tranquilizar a la pequeñaburguesía francesa atemorizada por Le Pen. Bjomolf pensó que se hizo socialdemócrata porque creyó en un mundo nuevo, pero era necesario ser un imbécil o alguien que hiciese de esa política una forma de vida, para creer en ese proyecto. Se dio cuenta que si el capitalismo escandinavo tenía un historial impoluto y no era posible imputarle crímenes horrorosos como los que cuelgan de la historia de norteamericanos, ingleses, franceses y alemanes, no se debe –como lo había pensado hasta ahora- por la profundidad de sus convicciones democráticas. Los escandinavos no han hecho sus propios campos de concentración, holocaustos y genocidios, simplemente porque -por su debilidad en el concierto imperialista- no han tenido la oportunidad de hacerlo. Shariff lo iba a entender, era necesario hablar.

En un momento, como si se hubiese cortado el rollo de la película, Shariff estaba sentado frente a él, escarbando su pipa y pidiendo dos cervezas más. Estaban en otro lugar y la música que se escuchaba podía ser, bien los Beastie Boys o Chris Joss. Pudo verse él y Shariff contra el espejo de la barra, la chaqueta de cuero azul, de cierres oblicuos y el pañuelo negro y la calva lustrosa de su amigo, se hicieron intensas. Comiendo maní, revisaron la visión circular de la historia, que al decir de Shariff no era más que una fantasía que nos legara la Grecia clásica, propendiendo a la uniformidad del pensamiento, a su previsibilidad. Alzando la voz, Shariff le indicaba que con ello lo que se persigue es el dominio de la imagen, de la sombra sobre la realidad, de la abstracción, de la simplificación sobre la complejidad de la naturaleza. Es una de las primeras construcciones filosóficas del idealismo, asentada en la circularidad de la producción agrícola. El idealismo –apostillaba Bjomolf- es, en escencia, la médula de todo pensamiento reaccionario en cuya base siempre encontraremos el miedo -él pensaba en su propio miedo- el miedo como componente emocional de esa concepción circular de la historia. El miedo que está presente y se respira en esa piedra fundacional del idealismo decadentista, la Apología de Sócrates, el texto que acompaña la determinación suicida de aquél que fue condenado por traicionar a la república, a la patria.

Ya bajando por Monmartre y con la Torre Eiffel al fondo –aunque a ratos parecía estar en una cumbre- Shariff espetó en contra de toda esa basura teórica. Esa basura que es el fundamento del liberalismo enciclopedista y de la democracia burguesa. ¡Bjomolf! –exclamó- ¡no sabes cómo me sorprende estar hablando esto contigo! –bajó el tono de la voz- tú sabes perfectamente que desde Argelia que a los árabes en Francia no se nos permite pensar más que en términos democráticos, como si no hubiese más que la República y al frente el la Guerra Santa. “Bjomolf”– dice Shariff ahora casi en un susurro- tienes que contar conmigo, tú sabes que soy un hombre de acción y que no voy a terminar mis días escuchando Metallica en Guantánamo. Ni la masacre de Charlie Hebdó, ni la del Le Bataclán, han hecho otra cosa que servir de andamiaje a la restauración del fascismo en el corazón de Europa, esta última idea prácticamente la dijeron a coro.

Bjomolf comenzó a ordenar su juicio de la realidad. 

De lo que se trataba era de regresar a la Comuna de Paris, no a otro lugar. A la idea misma de la revolución que tan esquiva le había sido. Los hechos y no su raciocinio se habían impuesto finalmente. 

El noruego adquirió la convicción de que los estaban siguiendo. Era un equipo de la policía política francesa, la UCLAT, eran ellos quienes habían estado tras sus pasos desde ayer en la mañana, desde el la azotea del Hotel Blumenthal. Para ello usan de todo, micrófonos direccionados, intervención de comunicaciones, agentes encubiertos. ¿Estaría tras todo esto Baptiste Durand, su patrón?. Si lo habían seguido todo este tiempo, esos policías ¿tendrían la capacidad de entender o seguir sus conversaciones con Miaolán y luego Shariff?. 

El último año de la universidad, Bjomolf tuvo una relación amorosa con una chica que estudiaba enfermería, Vera Nachman. Ella, cuando supo que dejaría los estudios y se iría a Francia, le regaló una hermosa edición del libro XXX de los Problemata de Aristóteles. En él venía una hoja doblada, la que contenía subrayada la conocida expresión: Todos los hombres excepcionales son melancólicos. Y cita varios casos: Heracles, Ajax y Belorofonte entre los guerreros; Empédocles, Sócrates y Platón entre los filósofos, y muchos más entre los poetas. Decía Aristóteles que esta condición obedece un exceso de bilis negra y, por tanto, todos aquellos que tengan este exceso participarán también de la excepcionalidad que está reservada a los grandes personajes. El noruego pensó que para saber si él, Miaolán o Shariff tenían la bilis negra sería necesaria una autopsia, era necesario que los dirigentes del movimiento se hiciesen parte consustancial a la ciudad o muriesen en ese acto. La melancolía es el hechizo de las ideas, no hay policía secreta ni servicio de espionaje capaz de conjurar a la revolución cuando ésta está en marcha.

“Son miles los túneles, centenares de kilómetros bajo Paris, la ciudad duplicada, pero bajo tierra. Cementerios, catacumbas, búnkeres nazis, refugios, cloacas, ríos y cisternas. La Lutecia romana, oculta en los cimientos de la catedral de Notre Dame, la Isla de la Cité lacerada por los picadores de piedra caliza, el das Es, el ello de la ciudad, su hipotálamo”. De regreso a casa, Bjomolf consignó estas apreciaciones en su cuaderno de noche y comenzó a trazar un itinerario, un programa, una teoría de la transformación social de la que Paris, como en la Comuna de 1871, volvería a ser escenario. Su idea era restaurar el diario de Alejandra Savicheva y su concepto de “canibalismo trascendente”. En efecto, la Savicheva, desaparecida durante en sitio nazi a Leningrado, desarrolló una idea de apropiación cultural que obligaba a los revolucionarios a desplegar teóricamente el imago del futuro. “Ya no es suficiente construir un prototipo en base a una concepción insurreccional de la revolución, de expropiar a la burguesía y destruir su Estado”, decía Savicheva. “Nuestra tarea” – seguía la rusa y en buena medida el derrumbe ideológico de Bjomolf era eso- “es concebir esa sociedad comunista, más allá de los lugares comunes del Manifiesto de Marx”. 

No se trata ya del prototipo, cuyas rojas banderas llevaban en el corazón todos los hombres libres del mundo. Era necesario ir más allá. A Bjomolf, ver la ciudad con brutales controles militares, esa ciudad en cuya piedra se fundió el alma del Tercer Estado, era oprobioso.  Aquél espacio físico en que creció la personalidad humana, burguesa por supuesto, pero una personalidad al fin y al cabo, estaba siendo destruida por la histeria de los gorilas de Hollande, de los títeres del gran capital de la nueva Francia de Vichy. Contra esa vergonzante parodia de democracia a la que se había reducido la Quinta República, era imprescindible, urgente, rebelarse. Contra la sombra putrefacta de la reacción, Bjomolf veía, esplendoroso, el arquetipo de la Revolución. Era ahora –de la mano de un Estado Mayor improvisado pero inclemente- el momento de combatir por consumar la más profunda revolución social concebida en la historia de la humanidad. Una revolución de las que la Comuna de 1871 y la Rusa de 1917, no fueron sino un preludio, las pruebas de sonido, la orquesta buscando el La mientras aún no llega el Director. Los severos acordes de la obertura de la Séptima Sinfonía de Shostakóvich resuenan en los audífonos de Bjomolf.

El noruego pasó la madrugada del domingo escribiendo un manifiesto que abarcaba la magnitud del proceso político que enfrentaban. Había frío –una fría madrugada del enero parisino- y envuelto hasta el pecho con una frazada, se sentó a trabajar. Eran las 9 de la mañana, había terminado y abruptamente se puso de pie, no alcanzó a elevarse y cayó, como peso muerto sobre el piso de su dormitorio. Las piernas dormidas simplemente no le respondieron y de haber seguido escribiendo de esa forma habría tenido un accidente vascular. Tirado en el suelo, apoyado en la fuerza de sus brazos, Bjomolf se retorció de ese exasperante despertar de sus piernas, cuando éstas vuelvieron a recibir la sangre que una sostenida mala posición le habían negado.

A mediodía Bjomolf se levantó y coordinaron para la tarde una reunión, ahí mismo en el departamento. Shariff preparó comida y Miaolán llegó pasadas las tres de la tarde. La orden del día era debatir sobre las tareas del grupo. Trataron, como primera cuestión, la situación política europea post-Bataclán. Fueron debates intensos y acalorados en los que se fueron definiendo los marcos políticos que condicionarían su accionar. Miaolán se impuso en casi todos los temas y no obstante ello, adoptaron como base programática el manifiesto de Bjomolf “A la clase obrera y a los explotados de la Unión Europea”, podado y con ajustes, el texto fue bien recibido y sería girado –en papel impreso, jamás por internet- a la periferia del grupo, en ese momento unos 15 compañeros.

Discutieron sobre la necesidad de interpretar la furia y el miedo de los explotados, de adecuar el lenguaje (sic), de dar respuestas concretas y expresar determinación. Al grupo le resultaba penoso la forma como descerebrados como los antiglobalización, los Indignados y anarquistas de última hora, ocupaban un espacio en la lucha democrática. Bien vistas las cosas, frente a tamaños idiotas, los medievales del Estado Islámico se habían ganado un lugar en la primera fila de la lucha antiimperialista, a pulso, para vergüenza de los marxistas que después del 89 habían retrocedido a las más abyectas formas de colaboración de clases y democratismo.

Desde un departamento del edificio del frente se puede ver a los tres conspiradores. Piden la palabra, toman nota, votan, a ratos se ríen y toman café. Salen los nombres de Somoza, Carrero Blanco, Heinrich, Pinochet, Wojtyla, Kennedy, Julio César: “syc semper tiranus” remarca el noruego sobre una hoja. Miaolán se acerca a la ventana abierta y fuma, menciona a Ulrike Meinhoff. Bjomolf revisa sus apuntes y argumenta, en otros momentos agita un diario (quizá Liberation). Shariff asiente y va a la cocina a buscar más café. Se hace de noche, discuten el nombre del periódico y portal de internet, acuerdan ponerle Leviatán y al grupo, Grupo Leviatán.

7.-

La entrada a la reunión estaba estrictamente controlada y las dependencias bien podrían corresponder  a un palacio que enfrenta el parque Bois de Boulonge y que apenas resulta visible desde la calle. 

Vestidos en estricto blanco y negro, sólo pueden ingresar quienes cuenten con un ejemplar de la biblioteca del profesor Rozier. Cada ejemplar estaba codificado de forma tal de activar, ante la concurrencia plena, un severo dispositivo de seguridad que bloqueara todo dispositivo electrónico. Se trataba de un cortafuegos informático, cuya estructura sólo podría ponerse en pie al enterarse el mosaico que formaban los textos aceptados de la biblioteca. Lo importante es que sin la asistencia plen, el llamado Primer Congreso Sublime de la Logia simplemente no podría instalarse ni operar. Encargado del protocolo de la instancia era Jean Daniel Cohen, quien hacía además las veces de camarlengo y respondía directamente ante Gladio de la conformación, identidad y seguridad de los cofrades. La primera pieza era el texto de Gladio, “La Muerte de Virgilio”. El santo y seña “abandonad toda esperanza”.

La llegada debía hacerse a pie, por una senda de gravilla que atravesaba un pequeño bosque. Al final de esa senda, traspasados los cinturones de seguridad, esperaban los aposentos iluminados por velas, carentes, toda la instalación, de todo servicio eléctrico.

Eran las 19:00 y los acordes de Imagine, de John Lennon, suenan en un piano de cola. Contra las letras doradas del “Yamaha”, las manos del pianista –el mismo que se hiciera famoso interpretando el tema en los conmocionados días que precedieron a los atentados de 13 de noviembre-   le daban a la cadencia inicial un aire magistral, nítido y poderoso. La concurrencia, entre la que reconozco a un rebelde escritor, entona la canción, cantando con fuerza la parte donde dice “you may say I’m dreamer, but I’m not the only one”. El músico ataca y extiende el abanico armónico de Imagine provocando aplausos emocionados. 

Más tarde, Alexander Tharaud interpretó varios impromptus de Schubert, Chopin y Rachmaninoff. Terminó su presentación con una magnifica interpretación de la sonata Hammerklavier de Beethoven. El maestro hizo uso de la palabra, habló del Emperador, los vítores no se dejaron esperar, acompasados, los aplausos tensionaron en una cúspide las emociones de los asistentes.

Ignorante del boato de la ceremonia, a solas en una oscura recámara, Baptiste pone su puño sobre el pecho. Ha preparado su intervención y sabe que es el momento de atacar: ha caminado descalzo sobre el prado húmedo del jardín. En su vida, con su pequeño y respetable negocio, no ha tenido grandes problemas  y desde que enviudó se ha dedicado por completo al desarrollo de su proyecto: la restauración del imperio napoleónico en base a la difusión de los valores de 1789. 

Gladio sabe que no es necesaria la escenificación electoral de la democracia. El régimen norteamericano es una demostración, desde las Leyes Patrióticas de Bush, que la pervivencia de elecciones periódicas nada tiene que ver con la supervivencia de la democracia. El mundo inicia una nueva era y la Logia  es su portaestandarte. No pocas veces el progreso ha supuesto sacrificios para el hombre y son los templados en acero quienes deciden tomar el camino necesario. Los convocados esa noche, banqueros, jueces supremos, altos oficiales de las FFAA y políticos de todo el espectro, se han reunido no sólo por una cuestión de principios, sino por algo superior, su propia supervivencia. Los políticos “profesionales” desde Sarkozy, Le Pen a Hollande y la larga fila de fracasados que les precedieron, han sido incapaces de poner fin a la crisis, huelgas y levantamientos populares. La corrupción corroe los cimientos de la Quinta República y Francia sigue arrastrada en una tempestad que la va a hacer desaparecer.

Desde el 2015, la vulnerabilidad del orden político francés se hizo mayúsculo y el retorno a las estructuras originarias de la revolución  se hizo algo de primer orden. Beaptiste era consciente de su papel en esa hora. El salón estaba repleto, las lámparas se atenuaron para poner de relieve la intervención de Gladio, que templadamente se incorpora en medio de vítores, saludando tranquilo y confiado. Philip Lemarquand, lo presenta destacando la trascendental repercusión de esta reunión para la historia de Francia y el mundo.

La Logia abre su sesión plenaria y espera, al orden, la intervención de Gladio. Las columnas de asistentes escuchan en silencio. Habla el líder:

“Camaradas, compañeros, la sombra de la noche se agazapa sobre Paris, todos lo sabemos. Entre las tinieblas sólo podemos observar, alumbrados por la llama de nuestros principios, la piedra bruta de la cantera sobre la que se construyó nuestra ciudad. Es de ese objeto del que hoy quiero hablar, no de coyuntura, fraudes huelgas y lo que todos los días vemos desarrollarse como caos. Me veo obligado a referir a la piedra bruta porque ella es un símbolo -en nuestro tiempo- de fundamental entidad. La completa estructura de la construcción del humanismo tiene su principio en este elemento. Somos, qué duda cabe, un tipo específico de albañil organizado: aquél que construye un templo que es el de su propia personalidad, el de la libertad de quien se cultiva y trasciende por su conocimiento interior. Somos, por lo mismo, desbastadores de la piedra bruta de nuestra profana naturaleza.

Nuestra separación en Logia, como agrupación de hombres libres, tiene su base simbólica y epistemológica en la piedra bruta como objeto y sujeto de la formación y liberación del profano, bajo paradigmas rituales, creadores de una nueva humanidad. La piedra bruta es, consecuencialmente, una medida universal en la comprensión del hombre y esto es válido no como un arbitrio de iniciados, sino que descansa en un rasgo originario de la civilización, el tránsito de las primitivas comunidades de cazadores y recolectores del paleolítico al neolítico, que es precisamente la edad de la piedra pulimentada.

Si tuviésemos que poner a la civilización humana en una línea de tiempo, su inmensa y milenaria vastedad se extiende en el paleolítico, la edad de la piedra bruta, de lo que se sigue que la transición a los asentamientos agricultores, ganaderos y alfareros, que definen al neolítico, constituye una de las mayores revoluciones sociales de que se tenga registro. 

Visto de esta forma, la conceptualización de la piedra bruta, no es otra cosa que un eco majestuoso de tan gigantesca transformación social. El significante de la piedra bruta, como símbolo, acoge en su seno el significado primigenio de la cultura humana universal de los últimos 7500 años. Esta es la significación que los formadores de nuestra Logia, hacemos propia. Al hablar de piedra bruta, hacemos uso de el rudimento con que los hombres desde hace, se entiende, 165.000 años, nos hemos apartado de la naturaleza para transformarla. Esta transformación, como mamíferos, como homínidos socialmente productivos, nos define como seres humanos. 

Uno de nuestros abuelos, lo imagino como un tosco muchacho hambriento en una pradera africana, tomó en su mano una piedra bruta y la usó para dar muerte a una bestia, esa misma piedra golpeada con otra le permitió hacer fuego, en la bóveda de otra roca enorme, hizo su primer hogar. En las ondulantes sombras de esa caverna trazó con carbón o raíces, las primeras representaciones del mundo: un búfalo, un tigre, el sol, la luna, un río.

Por lo anotado, se sigue que la utilización del símbolo de la piedra bruta por parte de la ciencia arqueológica -nos remitimos aquí especialmente al célebre John Lubbock- es una conquista teórica de los hombres de la ilustración, entre quienes nos encontramos como sus primeros herederos. En aquél período de la Ilustración, el desafío de develar la cultura humana como un proceso universal, constituía la base de los esfuerzos teóricos, científicos y artísticos de toda la generación que venía protagonizando las revoluciones burguesas desde Filadelfia y hasta su arquetipo, la gloriosa Revolución Francesa. No es arbitrario, por lo mismo,  que usemos la piedra bruta para representar la escencia de lo humano, porque el retorno del hombre a la piedra es el retorno a su individualidad, a su especificidad y es este proceso el que marca la modernidad en su más amplio espectro, como más adelante diría Jung, son arquetipos, arcaicas concepciones que aparecen genéticamente en la psiquis del hombre en todas las latitudes, las que forman –finalmente- nuestro inconsciente colectivo, el espíritu de nuestra edad.

La formación de nuestra Logia, tuvo lugar precisamente con el enfrentamiento de las fuerzas napoleónicas con la cultura del antiguo Egipto, con motivo de su ocupación. Es posible que la bellísima alocución de Napoleón Bonaparte, en su arenga el ya lejano 21 de julio de 1798, cuando se disponía a derrotar a los Mamelucos británicos en la llamada batalla de las Pirámides, arroje luz sobre este punto: “Soldats! Du haut de ces pyramides, quarante siècles vous contemplent!” (Soldados, de los altos de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan). Napoleón, portador del ideario humanista, actuaba intencionadamente al decir estas palabras. El Hombre protagonizaba el ataque a una cumbre contra toda forma de explotación del hombre por el hombre, bajo las divisas de la de la igualdad, libertad y fraternidad. Bonaparte era consciente, por lo mismo, de que sus fusiles eran vehículo de la culminación de un esfuerzo civilizador del hombre por liberarse y que tal proceso se había iniciado precisamente entre las milenarias piedras egipcias. El escenario de tal prodigio era la propia revolución que protagonizaba, misma que encendiera la pasión de Ludwig Van Beethoven, Giuseppe Garibaldi y Víctor Hugo, epítomes bonapartistas, fulgurantes románticos y como tales, irreductibles humanistas.

Nuestras ideas no envuelven dogmas ni credo de ninguna especie. Cada uno de nosotros está llamado a construir por sí mismo el edificio de sus propias convicciones. Este arte se ejecuta en materiales que es preciso desbastar. Ese arte es nuestro su rito y su magia. Soy ateo y es en la piedra bruta de mi propia individualidad a la que me siento llamado a vivir y a materializar estas ideas, que son nuestras ideas. Teniendo veinte años, recién casado y con la necesidad de afirmar el cerro sobre el que estaba construida mi casa, tomé la decisión de construir un muro. Hice ese muro de piedra bruta, uní esas piedras con cemento y revoqué lo construido con cal. Construí solo ese muro que hoy subsiste en mi memoria, hace más de 50 años que no lo veo ni volveré a hacerlo. No supe en ese momento la trascendencia de ese acto.

Conscientemente, me he referido a la piedra bruta en su concepción terrenal. La piedra bruta como o confusión dialéctica y presocrática de objeto y sujeto. La piedra con la que cargamos, su dimensión podríamos llamar pasiva. Pero esta piedra bruta también proviene activamente del cielo. Miles de miles de millones de piedras de distinto tamaño flotan semovientes en el universo y sólo podemos saber de ellas en tanto nos llegue la luz de alguna estrella con su silueta. Nuestro propio planeta es –qué duda cabe- ese tipo de piedra bruta, una simple piedra aerolítica. Ellas son también, la piedra negra de Cibeles, el palladium de Troya, el escudo de los salios, la piedra negra engastada en la Ka`ba de La Meca, la que el Dalai Lama recibió del “Rey del Mundo”. Todas ellas ultraterrenas como la que, según Wolfram Eschenbach, cayó en la frente de Lucifer con la inscripción del Grial.

Toda piedra aerolítica, citamos a Galileo, “se mueve”. Es esta la piedra, conceptualente como señala Gordon Childe, de la que están hechos los mitos, registrando el cataclismo social que importó la milenaria transición del matriarcado al patriarcado. Ello por cuanto el hombre en su esfuerzo por transformar la naturaleza, se enfrenta invariablemente a la piedra. Paris es, sin ir más lejos, una gigantesca cantera de piedra caliza.

Pero es posible que esta digresión entre piedra terrenal y ultraterrena resulte fútil. Toda piedra es aerolítica y es nuestra tarea desbastarla en un movimiento que nos conecta con lo universal. Cuando posamos la vista en nuestros peores pesadillas -los ojos de la Medusa del mito griego- nos transformamos humildemente en piedra, regresamos a un estado prenatal de inconsciencia. Pero ya hemos hecho lo principal, nos hemos reconocido en la piedra, en su signo. Somos Teseo, Ariadna y el Minotauro.

Luego de una larga pausa la ovación hacía temblar al palacio por completo.

¡¡¡Camaradas!!! , ¡¡¡Hijos de Vercingetorix!!!! –alzó la voz y el puño Gladio- ¡¡¡Francia no va a desaparecer!!!!, los milenarios bosques, ríos y montañas de las Galias han engendrado a los hombres dispuestos a poner el pecho ante las armas del enemigo de la República. Vamos a desbastar la piedra bruta sobre la que hemos construido nuestra cultura y nuestra patria. No fuimos derrotados ni en Waterloo ni en Trafalgar. Esos hombres, los jacobinos capaces y enteros del más alto de los sacrificios, nos encontramos reunidos aquí esta noche y esta vez –bajo la insigne mirada de Robespierre y Bonaparte- juramos luchar hasta vencer o morir: Libertad, Igualdad, Fraternidad!!!!

Los sones de la Marsellesa –interpretados por un conjunto de cámara- ocuparon el espacio central. Las lámparas dramáticamente se volvieron a encender y el aplauso de pie y los gritos de Viva Francia, se ahogaban en medio del himno revolucionario. No se expresó formalmente, pero los reunidos estaban ahí para cerrar el Parlamento, medios de prensa, transporte y toda forma de comunicación. Estaban ahí para ilegalizar partidos políticos y sindicatos,  poner bajo arresto a las autoridades civiles, sindicales, militares y eclesiásticas. Estaban ahí para restaurar el orden revolucionario, bajo el amparo de las FFAA. Esto era Gladio, esto la Logia: el fuego está encendido.

(Visited 50 times, 1 visits today)