No somos ni una elección ni un privilegio de la historia, somos parte de la gran corriente

por Paul Walder

Querida familia y amigos.

Generalmente no escribo sobre mi experiencia de vida. Menos sobre mi biografía y muy escasamente sobre mi familia. Como periodista, mi escritura es sobre la circulación de información y, acaso, intento levantar una opinión.

Desde la pandemia, como algunos saben, investigué en las inmóviles noches sobre la historia de mi familia paterna. Pude entrar en bases de datos y registros y enfrentarme con documentos que alteraron mi presente por el peso del pasado. Aquello que fue narrado por mis abuelos y padre fue un desvío para evitar el ingreso y caída en uno de los peores trances de la historia, en el que lamentablemente soy un efecto, o descendiente.

Mi abuelo, mein Opa, nunca habló de su madre, de sus hermanos, tampoco de sus tías. Porque todas fueron deportadas a campos de exterminio. Esa es la historia que recuperamos durante los fríos meses de pandemia. Esa historia a cambiado nuestro presente y sin duda cambia nuestros futuros.

Julio 2022, en Viena

Casi una semana en Viena y creo que es tiempo suficiente para una primera reflexión. La idea y objetivo original de este viaje ha sido buscar los rastros de una genealogía que se ha armado desde hace muy poco tiempo. Aquella imagen borrosa y lejana de Austria de los abuelos, y aún más lejana en el caso del padre, no logra aclararse en este presente. No debiera serlo porque la Viena de hace cien años es muy parecida a la de hoy. Las construcciones son las mismas, las fachadas, el diseño urbano, incluso muchas tiendas que mantienen artículos muy tradicionales. El centro de Viena y todo la superficie al interior de los anillos no se ha tocado. Se restaura y se mantiene. Es una riqueza y un orgullo para los vieneses.

Qué distinta es Viena a Berlín. Después de un mes y medio en la capital alemana en medio de su frenética y fascinante intensidad, Viena es un museo que vive de su pasado imperial.

La visita al cementerio de Hutteldorf ha sido una triste sorpresa. Nunca imaginé que no habría lápida y solo abandono y olvido. Como si esa soledad simbolizara el fin de una generación en esta parte del planeta y de la historia. La huida en 1935 y después en 1939 terminaron con una línea familiar cuyos descendientes fragmentados en distintas partes del mundo intentan hoy con muy poco éxito recomponer. La Oma no existe aquí y nos lleva, por lo menos a mí, a una reflexión que supera estas líneas.

Creo que Viena es lenta y encerrada en si misma. No me siento en absoluto cercano a ella y tampoco muy interesado en ella. Maravillosa y bella la ciudad, la historia barroca imperial, Klimt, Egon Schiele, Otto Wagner, la Secesión pero puede ser también árida e indiferente. Tan distinta a Berlín, que cautiva y abraza desde el primer día.

Nuestros antepasados están sepultados en el cementerio judío de Viena, que es parte muy importante del cementerio central. Para que tengamos una referencia, en el Zentralfriedhof, en el distrito de Simmering, está la tumba de Schubert, Brahms, Beethoven. No es cualquier cementerio de barrio. Y parte importante corresponde al área judía, el Altesfriedhof y el Neuefriedhof. El tatarabuelo Adolf Wälder está en el viejo y los otros antepasados en el nuevo, que no es tan nuevo sino menos viejo.

Recorrí la parte vieja, que expresa con claridad la gran influencia que tenía la cultura judía en la sociedad vienesa. Poder no solo económico sino en la academia y las artes. Los cementerios son un buen objeto de estudio de la antropología cultural. Es también un lugar grato para caminar, correr y andar en bici. Y puedes ver también algunos ciervos.

En estos días he tenido reuniones con varias personas y he descubierto historias un poco ocultas. Por ejemplo, la gran cantidad de bienes inmuebles que tenía el esposo de la bisabuela Helene. Me dicen que es muy difícil, casi imposible, reclamar por una restitución. Es un tema muy delicado aquí y nadie quiere hablar mucho de eso porque todos están más o menos involucrados. Por eso entiendo que hay muchos descendientes de judíos vieneses que no quieren estar ni un solo día en esta ciudad. Por eso también comprendo al papá, su desmemoria austriaca y su reinvención desde los ocho años como británico.

Este recorrido shakesperiano por el cementerio y las tumbas de los antepasados ha reforzado el pasado. No es un relato o registros y papeles sino una vinculación directa con una realidad y unas vidas que existieron en un lugar no muy distante. El pasado y la memoria que podemos tener, está ahí porque estuvo en este lugar con una identidad y una existencia concreta. Algo similar al sentir de un antropólogo cuando descubre una pieza ósea que conecta al presente de la humanidad con la vida que tuvo ese ser.

Las tumbas, como ciertos objetos, rescatan el pasado y le otorgan realidad. Hasta el momento, creo que ha sido la relación más directa que he hallado con las familias que vivieron en esta ciudad. Una relación más intensa que las fachadas de las casas, las plazas cercanas o los adoquines de las veredas que posiblemente pisaron. Todo aquello puede seguir existiendo pero está también para nosotros los descendientes borrado. La violencia de la historia que hizo desaparecer a una o varias generaciones de judíos vieneses también borró sus entornos como sus casas y objetos.

Pienso muchas veces en el Opa y la Oma de regreso a Viena en los años setenta del siglo pasado. Cómo pudieron hacerlo? Cómo resistieron? Cuando no existía familia, cuando toda su vida había sido arrebatada, cuando muchos de aquellos responsables seguían en sus puestos. Cómo salían a la calle?

Hace solo un par de años se inauguró en Viena un memorial a las víctimas de la violencia del nazismo. Es un muro circular en la plaza Otto Wagner que reconoce después de 80 años las culpas por las deportaciones y el exterminio. El valor de este memorial, a diferencia de otro en pleno centro, en el Distrito 1, es el detalle de cada uno de los y las deportadas. Entre las decenas de miles de nombres, está mi bisabuela Helene y Lilly Wälder, hermana del Opa. Descendientes de nuestros antepasados incluirán este año en el muro a Richard, el hermano del Opa asesinado de forma prematura por los nazis en Dachau.

2 de agosto

De regreso en Chile, pero la distancia decanta las imágenes y las impresiones inmediatas. Una realidad, que es una experiencia que rebaja y difumina otras múltiples ideas y falsas creaciones. El peso de la historia aplasta la débil genealogía. No hay diferencia alguna entre las intimidades familiares y los millones de deportados y asesinados. Acaso hay matices que confluyen en una corriente colectiva. No somos ni una elección ni un privilegio de la historia, somos parte de la gran corriente.

Esa visión ha marcado estas semanas en Viena. La genealogía familiar terminó aplastada en el genocidio nazi y los recuerdos, si es que han quedado, han sido borrados por la indiferencia y el silencio. Los austriacos, y es duro admitirlo, aceptan finalmente las consecuencias de la persecución y el genocidio. Porque el orden actual está instalado sobre la base de lo que dejó la deportación y la desaparición.

Visité las casas. Varias. El orden y el rigor germánico mantiene vigentes los registros. El Meldezzetel del Opa pude seguirlo desde el fin su reclutamiento en la Primera Guerra. Estuve en su primer domicilio, hoy una consulta médica, cuando fue estudiante de química en la Universidad de Viena, y seguí la pista hasta su último hogar en 1935, muy cerca de Schönschloss, antes de la huida a la ex Silesia. Visité los edificios en los que vivió mi bisabuela, el bisabuelo Josef, las tías y las tiendas que varios de ellos tuvieron como buenos judíos.

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