Netflix: «La historia oficial» del negacionismo de los dos demonios

por Juan García Brun

La plataforma Netflix acaba de incorporar la icónica producción argentina, «La historia oficial» de Luis Puenzo a su parrilla de novedades. En Chile la película llegó en su época en VHS y en forma más bien subrepticia se fue haciendo un espacio en la iconografía de la denuncia del genocidio perpetrado por las dictaduras a ambos lados de Los Andes. Siempre he tenido la impresión —pero no deja de ser eso— que la película tributa ocultamente a la canción de Serú Girán, «Canción de Alicia en el país». Abona esta idea que la película es protagonizada por una Alicia. Es más, siempre pensé que era la música con que cerraba la película. Pero bueno, es parte del pequeño mito construido en torno a esta obra y a mi habitual confusión mental.

Hay que decirlo con claridad, a pesar del fabuloso trabajo de restauración digital, la película no ha envejecido bien. Un guión donde todo es explícito, en el que los personajes no sólo protagonizan las acciones sino que además las verbalizan, explicándolas, inscribe a la película en un género pedagógico y costumbrista ya anticuado en aquella época, 1985. «La historia oficial», necesariamente ha de entenderse como un producto natural del oscurantismo de la Dictadura militar y en ningún caso como una superación de la misma.

Las debilidades en la dirección de actores y hasta en la producción, traducidas como sobreactuación (un insoportable Patricio Contreras) y un previsible esquematismo, no pueden ser considerados simples errores. Las mismas obedecen a una estrategia de representación dominada por el silenciamiento y la negación. Esta es la mayor paradoja de la película: trata de la desaparición de una madre y de la usurpación de su criatura, haciendo desaparecer el conflicto social que le dio origen y usurpando del mismo sus signos identificatorios.

Esta estrategia de representación, común a toda la cinematografía post-Dictadura también en nuestro país, caracteriza a los golpes militares y a la represión genocida como una disrupción a las normas democráticas originada en la incapacidad de diálogo de los extremismos. Es la idea de que la sociedad quedó atrapada en medio de una lucha entre elementos extraños, en la que siempre, invariablemente, sufren los inocentes, los que nada tenían que ver.

Toda la narración gira en torno a este concepto. En una escena, Ana (Chunchuna Villafañe) discute con Roberto (Héctor Alterio), el marido de Alicia, un empresario con contactos con la Dictadura. En la discusión sobre el marido de Ana, ella le dice: «son dos caras de la misma moneda, por eso se odiaban tanto». Esta es quizás la formulación de la teoría de los dos demonios más clara que se haya expresado públicamente en el cine, siendo moneda corriente en la negacionista clase media argentina.

Chuchuna Villafañe y Norma Aleandro

De hecho la única víctima que logra expresarse en esta película, Ana, es precisamente un ícono de esta inocencia perversa. La larga escena en que beben licor de huevo Ana y la protagonista Alicia (Norma Aleandro), la primera le cuenta a la segunda cómo fue secuestrada, torturada, violada y expulsada al exilio por 7 años. Mientras le cuenta la historia siguen abrazadas, en una intimidad incómoda acompañada de una risa ominosa que más tiene que ver con la estupidez que con la sorpresa.

En esta escena hay una decisión del Director, en ningún caso es incapacidad de las dos grandes actrices protagonistas. Tal decisión es extirpar toda connotación política, social al acto represivo para degradarlo al simple sufrimiento psicológico y a la comodidad del absurdo. Un doble absurdo, que la víctima tras siete años de exilio no haya incorporado su experiencia volcándose al menos a la crítica al régimen y el segundo absurdo, que una profesora de historia, que trabaja en una modesta escuela pública, ignore que hubo Dictadura en Argentina. Porque es la única posibilidad que alguien en Argentina haya ignorado que las Juntas Militares fusilaban, torturaban y hacían desaparecer a miles.

El personaje de Ana nos arroja la idea de la víctima virginal. Una bella rubia de ojos azules cuyo martirio es reprochable porque nada tenía que ver con su marido extremista, Pedro, a quien no veía hace dos años. El mensaje es claro, si no eres rubio o bien si militas en una organización revolucionaria, los actos represivos de tortura o muerte dejan de ser reprensibles, pasan al canon de los enfrentamientos y la guerra. Pasan a ser justificables. De hecho mientras la vanguardia que fue masacrada en Argentina era de inconfundible raigambre socialista, los únicos signos políticos que se reivindican son aquellos extintos y sin vida: los del liberal Moreno y los de un viejo y acabado anarcosindicalista. Ni un solo signo que reivindique a la vanguardia obrera socialista, ni a los Montoneros, ni al ERP, porque ellos están bien desaparecidos.

Podríamos seguir analizando cada ángulo de esta película y el resultado siempre será el mismo. La película, en resumen, critica la última Dictadura argentina —eso es indudable— pero desde el calculado y cómodo ámbito de la defensa del orden burgués.

Sin embargo, creo que es importante verla, seccionarla, recurrir a ella como un valioso documento histórico sobre el lenguaje político, sobre la cobardía de la pequeña burguesía y sobre el silencio.

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