Negacionismo: una farsa «antisistema» al servicio del poder

por Luisa Martin y Ángela Delgado

El término negacionismo fue acuñado en 1987 por el historiador Henri Rousso como reacción contra el revisionismo histórico que negaba la existencia del holocausto. Desde entonces este término ha ido extendiendo su significado para incluir tanto el rechazo a admitir acontecimientos históricos traumáticos (como los crímenes de guerra), como conceptos básicos, aceptados y fuertemente asentados en el consenso científico (como el creacionismo, que sostiene la intervención de una deidad en el origen de la tierra y rechaza de la evolución).

Hoy los negacionismos se suceden y multiplican, desde creacionistas, antivacunas, terraplanistas, negacionistas de la supremacía de género o de raza, o, incluso recientemente, de resultados de elecciones o, incluso, nevadas. Es decir, todo aquello que en un momento dado es importante para nuestras vidas y que por ello entra en el debate político pasa a ser engullido en la órbita del negacionismo. De ahí, su cada vez mayor relevancia política y sus cada vez más evidentes vínculos políticos.

Donald Trump nos ha proporcionado múltiples ejemplos de negacionismo desde la presidencia y ha sido altavoz de sus publicaciones en las redes sociales. Son también cada vez más las formaciones políticas que exhiben discursos negacionistas en sus redes sociales pero también en el parlamento (sirva de ejemplo la reciente moción de censura presentada por Vox), e incluso, entre estas formaciones negacionistas QAnon ha obtenido representación en el Capitolio.

Tradicionalmente, se le define como una posición ideológica a través de la cual las personas y los grupos reaccionan sistemáticamente contra la realidad y la verdad (Fassin, 2007). Siguiendo esta consideración, muchas veces se le considera más bien una excentricidad dentro del espectro ideológico y pocas veces lo reconocemos como una práctica política, que se mueve precisamente en el tablero de los derechos y las reivindicaciones políticas.

Cuando, el creacionismo, por ejemplo, logró apoyo político en EE UU en algunos estados a lo largo del siglo XX para presentar la teoría de la evolución de las especies como una falsa creencia, e incluso, una ideología (engañosa) sin base científica que respondía a intereses espurios, lo que se estaba disputando era, sin duda, una batalla política. Si la teoría de la evolución se trataba de una creencia más, equiparable al creacionismo, a ambas se les debía dedicar el mismo espacio en la educación, como se aprobó en los estados de Arkansas y Luisiana hasta que fue declarado inconstitucional. Con ello se abría, además, el derecho a la objeción de conciencia de profesores y profesoras, que podían negarse a ser altavoces de una falsa creencia como la teoría de la evolución.

La eficacia del negacionismo a la hora de adaptarse a nuevas realidades como el cambio climático, la discriminación de género y a contextos políticos dispares, desde EE UU, Brasil a Reino Unido, por ejemplo, radica en la manera que este tiene de interpelar y de transformar en seguidores convencidos a quienes lo escuchan. Encontramos aquí la primera paradoja que gestiona con éxito este movimiento retrógrado, que cifra su eficacia en alimentarse de lo que hemos construido en la posmodernidad, cuestionando la propia existencia de la verdad e incorporando las emociones que se aglutinan en torno a la sospecha, el miedo y el odio, y generando un discurso ecléctico. De este modo, todo aquello que ha llegado a ser aceptado por amplios sectores de la sociedad (como la morfología de la tierra) se pone en cuestión.  Es más, para explicar la aceptación generalizada de estas verdades ahora cuestionadas, se introduce la sospecha (“algo habrá detrás, por algo se defenderán, responderán a intereses espurios”) y se presentan así como fruto de una conspiración(“nos han convencido de ello, con un objetivo ideológico, económico, social”). En esta lógica radican,  precisamente,  los dos grandes logros de este movimiento, en los que vamos a centrarnos.

El primer logro del que hablaremos es la capacidad de los negacionismos de presentarse como movimientos antisistema a pesar de su fuerte vinculación con el neoliberalismo y con los sectores más conservadores y retrógrados de la sociedad; el segundo, su capacidad demostrada para generar un antidiscurso, rompedor,  que llega a distintas capas sociales, mimético y ecléctico, que se apropia de los términos de la ciencia y de la izquierda, pero a la vez no tiene pelos en la lengua, se carga de insultos y  se acompaña de memes, para que se entienda. Ayudado por estos discursos, el negacionismo florece y canaliza un descontento cuya explicación queda fuera de los objetivos de este ensayo.

¿Qué hace posible generar un discurso antiestablishment desde el establishment?

Cada vez es más evidente la fuerte vinculación del negacionismo con el neoliberalismo y con los sectores más conservadores y retrógrados de la sociedad, como los movimientos religiosos (cristianos fundamentalistas), las corporaciones (tabacaleras, bebidas azucaradas), o eléctricas, petroleras e industria del automóvil (cambio climático),  y con la extrema derecha en las llamadas guerras culturales. A pesar de ello, consigue presentarse como antisistema o mejor antiestablishment, y desde ahí logra votos y apoyos para reforzar su posición en el establishment, entrando con ello a formar parte de parlamentos, gobiernos, presidencias.

No resulta fácil entender cómo se logra esta pirueta política. Como todo movimiento político, desde el negacionismo se generan nuevas hegemonías, que se oponen a los discursos hegemónicos, y que ponen en circulación otros conocimientos, otros valores e ideologías. Esta estrategia común en el discurso político adquiere en este caso rasgos especiales, sobre todo en la manera que tienen de movilizar la sospecha y la conspiración, y las fuertes emociones que ambas desatan, el odio y el miedo.

Si examinamos las declaraciones de Trump en relación con la pandemia observamos un recorrido muy similar al que ha seguido en su negación del cambio climático y en el que el odio y el miedo han estado presentes en todo momento. Este recorrido se inició con la propia negación de la existencia de la pandemia y del posible peligro que entrañaba, que vino acompañada de la acusación a los demócratas de estar politizando el virus. A medida que las referencias y las declaraciones sobre el virus se multiplicaban en el mundo, Trump pasó a echar balones fuera: la pandemia no es culpa del nosotros, sino de los otros, en este caso, de China.

Así, esta segunda etapa también se vio teñida por el miedo a ser vencido por el Otro y el odio que esto desencadena.  Las repetidas referencias al virus chino sirvieron tanto para atacar al gobierno de la república popular como para avivar todos los prejuicios sobre la cultura china. En palabras de Trump, la culpa es de una cultura en la que “la gente come murciélagos, serpientes y perros y resultado de ello nos han transmitido el virus”. Se recupera así el tropo de el peligro amarillo que combina una larga tradición de ansiedad y de prejuicios hacia los migrantes asiáticos, y en particular a los migrantes chinos, en EE UU y que al ser revitalizada en un momento de peligro les pasa a ellos la culpa. Simultáneamente a las invocaciones del virus chino, Trump empezó a quitarle importancia al virus, afirmando que “un día desaparecerá, quizás en el verano, que sería como una gripe o un resfriado”. Posteriormente, Trump introdujo la lógica económica neoliberal que finalmente se ha impuesto en muchos lugares y entre sus seguidores, afirmando que “el coste de la cura no puede superar al coste de la enfermedad”. Para terminar, introduciendo el odio en estado puro, se decantó por las amenazas al enemigo, las ridiculizaciones, insultos, ultimátum y penalizaciones económicas a los científicos y a las organizaciones como la OMS. En su misma estela, Steve Bannon propuso poner la cabeza de Fauci “en una pica”. Terminó este periplo presentándose como un superhombre, vencedor de la enfermedad.

En este recorrido de Trump se resumen los elementos claves del discurso negacionista sobre la pandemia: el cuestionamiento de la verdad y la propagación de la mentira (la existencia de la pandemia no está demostrada);  la sospecha, hay algo detrás (la pandemia es un ataque chino), y la conspiración (las medidas contra la pandemia persiguen la vuelta a la dictadura o al fascismo). De este modo se genera un discurso antagónico, se crea un enemigo al que se le presenta como parte del establishment (los científicos, la OMS, los políticos, las farmacéuticas). Y es en este punto en el que se engarzan las teorías de la conspiración que se amplifican en el discurso de QAnon.  Así, en su primer post sobre el tema de la covid-19,  su fundador, la persona conocida como Q, se decantó por una teoría de la conspiración a la vez racial y política, presentando la  covid-19 como un arma biológica china y  achacando su liberación y expansión en el mundo a una maniobra conjunta de China y de los demócratas para detener la reelección de Trump destruyendo la economía.

Las pretendidas conspiraciones denunciadas por QAnon han creado un ambiente de rebelión entre sus seguidores que contrapone los riesgos políticos y económicos del virus a los sanitarios, lo que ha llevado a introducir con fuerza el tema de la libertad y del autoritarismo que ha sido replicado con fruición por Vox y los cayetanos en España.

La apropiación discursiva  

En la construcción de nuevas hegemonías contra la subyugación ideológica a la élite gobernante (batalla que en España se ha denominado contra la “hegemonía de la intolerancia progre”)  todos los movimientos negacionistas, generan un  discurso ecléctico e imbricado en otros discursos, mimético, que habla de ciencia con la ciencia  (discurso-espejo del enemigo),  que se apropia del discurso de la izquierda, pero a la vez, tontea con lo popular, elitista que se hace populista (Delgado y Martín Rojo 2013).

No podemos examinar todos estos rasgos en este ensayo, pero sí nos centraremos en cómo se apropian de algunos significantes en disputa para generar nuevas hegemonías. En este caso han tratado de apropiarse del significante libertad, un término que ha sido y sigue siendo central en los discursos políticos de la izquierda. Lo mismo está ocurriendo con otros términos, como supremacismo, fascismo, etc. Así, los supremacistas blancos, mediante una inversión ideológica, acusan de supremacistas a la población que ha sido subyugada y marginada. En el caso de la pandemia, la batalla cruenta por el significante libertad ha sido crucial y persigue  presentar las políticas públicas de protección de la salud o de la vida como formas de fascismo o tiranía.

 Como vemos en las pancartas de la imagen, libertad se entiende  como un derecho esencial frente a las políticas gubernamentales que se han puesto en marcha para afrontar la pandemia: mascarillas, confinamiento, compartimentalización, vigilancia y análisis de la expansión viral en la población.

En relación con estas políticas habría mucho que decir, aunque aquí no tengamos espacio para ello. Frente a lo que había sucedido  con la peste negra a finales del siglo XVII, cuando contravenir la prohibición de salir era castigado con pena de muerte, hoy el confinamiento se presenta como un ejercicio de responsabilidad que, mayoritariamente, se autoimpone; lo que estaría en sintonía con un régimen  gubernamental neoliberal, que limita la acción del estado, pero al mismo tiempo actúa sobre toda la población, tradicionalmente sin apelar a medios violentos sino que necesita de la aceptación de las personas, de su autodisciplinamiento. Por ello, para lograr la aceptación de estas políticas de confinamiento durante la pandemia en muchos lugares del mundo los gobiernos han presentado el confinamiento como un acto de solidaridad, para apoyar al sistema de salud, esto es, por el bien común. Los gobiernos han apelado así a la “disciplina social“, a la responsabilidad y a la unidad de acción como ingredientes centrales para la recuperación de la nación.

La reacción contra esta razón gubernamental no se ha hecho esperar desde el negacionismo y desde los sectores más liberales que han definido el confinamiento como “arresto domiciliario”,  y todas las restricciones como un “ataque a la libertad individual, económica, de consumo, de movimiento e individual”.  Evocando los principios básicos del liberalismo económico, se presenta la libertad económica como un derecho individual inalienable que el estado no debe regular o limitar. Esta posición se ha convertido en un lugar común en las protestas en EE UU contra las cuarentenas decretadas en algunos estados con pancartas como “mi libertad es esencial o vive libre o muere”. Cualquier acción de gobierno de la población ha sido descrita como un ataque dictatorial o tiránico contra la libertad, e identificado con el fascismo y el comunismo en EE UU, como se ve en la imagen:

O como se ve en las cadenas y otros símbolos utilizados por el movimiento antivacunas en España.

De esta manera, el término libertad que tradicionalmente se insertaba en el discurso del liberalismo en una cadena de significación que lo asociaba a la de propiedad privada (“sólo hay libertad en el espacio privado, sólo hay libertad donde hay propiedad privada: no hay libertad en el espacio público”), ha entrado en otra red de significaciones por la que “solo hay libertad si no hay políticas públicas, ni sanitarias, ni educativas, ni injerencia económica”.

¿Libertades o privilegios?

Si nos detenemos a pensar las implicaciones de las nuevas hegemonías que construye el discurso negacionista, vemos cómo frente al progreso en derechos civiles, y a la defensa de los servicios públicos, defiende la preeminencia de la economía neoliebral, la empresa privada y la libertad de mercado, en una palabra, los privilegios de clase.

Quizás una de las personas que mejor ha reflejado su perplejidad ante la que considera la mentira más descabellada de Trump es Bernie Sanders. Como denuncia Sanders, Trump ha repetido que él y su gobierno estaban del lado de la clase trabajadora de EE UU, al tiempo que incorporaba a su Administración más multimillonarios que ningún otro presidente en la historia, nombraba a cargos con una postura explícitamente antisindical; concedía exenciones fiscales gigantescas a las corporaciones más grandes y ricas, y proponía recortes enormes a los programas de educación, vivienda y nutrición. Trump intentó sacar a 32 millones de personas de su programa de asistencia sanitaria y es responsable de presupuestos en los que se pidieron recortes, por decenas de miles de millones de dólares, en Medicare, Medicaid y la seguridad social.

Sin duda la mentira, sostenida y mantenida en las redes sociales, es una clave del éxito de esta paradoja, pero no lo explica todo. La capacidad del negacionismo de presentarse como un movimiento antisistema siendo precisamente prosistema, aliado de conservadores y retrógrados, que utiliza la sospecha, la conspiración y la polarización de la sociedad, explican en buena medida su éxito. Sin embargo, sin la existencia de un sustrato de descontento, sin el cuestionamiento de la legitimidad del sistema, no lograría canalizar ese descontento hacia la creencia en conspiraciones progresistas. Su resultado termina siendo el debilitamiento del apoyo mutuo y la erosión de los movimientos sociales.

Referencias

Delgado Buscalioni A. y Martín Rojo, L. (2013) “¿A quién desafía el discurso creacionista?”, Evolución 8(1): 41-51.

Didier Fassin, (2007) When bodies remember: experiences and politics of AIDS in South Africa, Volume 15 of California Series in Public Anthropology, University of California Press.

Mirco (2020) “La disciplina social y el cuidado de lo común. Solo ‘el pueblo salva al pueblo”.CTXT. Mayo. https://ctxt.es/es/20200501/Firmas/32164/MIRCO-coronavirus-disciplina-social-cuidados-riesgos-incertidumbres.htm

Rousso, H. (2014). Le syndrome de Vichy (1944-198…). Paris: Le Seuil.

(Tomado de Viento Sur)

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