Muerte y vida de Yukio Mishima

por Mariano Díaz Barbosa

Cinco hombres de uniforme entran a la oficina del general. El que los conduce lleva una espada japonesa, una katana. El general los invita a sentarse. No hay el menor rastro de animosidad de uno hacia los otros, ni de sumisión de los otros al uno. El general, vestido de civil, observa la katana, y más allá de que está envainada, sabe, por haber sido oficial durante la Segunda Guerra (época en que los oficiales llegaron a arruinarse para conseguir una espada auténtica, forjada por los maestros de épocas anteriores), que la espada es un tesoro. Pregunta al que encabeza al grupo si puede verla. El hombre desenvaina la hoja y se la alcanza. Para comprobar la calidad del templado, el general acerca la espada a una fuente de luz. Hay algo fuera de lugar. La hoja no está limpia, le queda un resto del aceite que se usa para lubricarla. Pide un pañuelo. Es la señal que los cuatro acompañantes han esperado.

Una hora más tarde, después de que el general ha sido amordazado, de que las tropas enviadas para rescatarlo han sido repelidas sin mayor derramamiento de sangre que las heridas producidas por la espada en cuestión, de que se haya pronunciado un discurso ante la prensa y el regimiento (que corrieron al lugar por pedido de los secuestradores), la cabeza del líder de los conspiradores cae lejos del cuerpo por acción de uno de sus subordinados, que lleva la espada en sus manos. Las dos manos del cuerpo sin cabeza sujetan una espada corta que ha hecho un corte horizontal por debajo del ombligo. La cabeza, rodeada por una banda blanca (Hachimaki) con una consigna patriótica, tiene los rasgos de un escritor tres veces nominado al premio Nobel, Yukio Mishima.

No se ha dicho poco acerca de la última obra que escribió Yukio Mishima ese día de 1970, esta vez en su propio cuerpo. Algunos lo ven como un golpe de estado, un hecho político testimonial; otros, como la puesta en escena de una muerte pergeñada por una mente enferma. Mishima o es un héroe que testimonia la decadencia del Japón moderno con su sacrificio, o es un psicótico grave que termina concretando sus fantasías con esta puesta de escena. Por ahí es ambas.

Para entender el valor simbólico del acto mismo, podemos empezar por decir que el uniforme militar que llevaban Mishima y sus cuatro compañeros no era del ejército japonés. El hecho ocurrió en el cuartel central de la fuerza de autodefensa del Japón y el general secuestrado se llamaba Kanetoshi Mashita, pero hay que hacer la salvedad de que el único ejército que existe en Japón son las fuerzas norteamericanas asentadas en Okinawa. La constitución de 1948 (casi escrita por las fuerzas de ocupación victoriosas en la guerra) no permite a Japón tener un ejército, sólo una “Fuerza de autodefensa”. El uniforme de Mishima no era de ninguna de estas fuerzas. El escritor había fundado hacia 1965 una especie de ejército personal, el Tate-no-kai (hermandad del escudo), vista por el público como una de las tantas excentricidades con las que no dejaba de escandalizar a la sociedad japonesa.

Hablamos de un hombre que además de ser un genial escritor de novela y teatro, fue compositor, letrista de ópera, director de una orquesta sinfónica, actor, modelo, bailarín y campeón de Kendo y Karate. De un momento a otro pasaba de recibir premios literarios a fotografiarse desnudo como el San Sebastián de Guido Reni. Sus excentricidades eran parte de la farándula Japonesa. La creación de este ejército personal fue vista en sí como otra de esas excentricidades. Los reclutas del Tate-no-kai no llevaban armas (excepto la espada de Mishima), su función era la de ser escudos, morir defendiendo al emperador (Tenno, en verdad, mal traducido como “emperador”, una figura más sagrada que política, se lo puede entender mejor como “Gobernante celestial”, “ten” es cielo). Para nosotros suena a delirio, pero la idea de Mishima está bien anclada en la tradición japonesa, si se lo sabe buscar. En la tradición Samurai existe el Kirijini, una forma de suicidio grupal que consiste en entrar en una batalla perdida, es decir, por ejemplo, cincuenta soldados se enfrentan contra miles y mueren todos en la acción. A lo largo de la historia nipona ha sido una forma de forzar cambios políticos. Un Samurái que protesta y se rebela contra su señor está obligado a cometer el Seppuku (ritual de suicidio que incluye el hara kiri), pero el Kirijini está en la misma categoría de muerte honorable.

Los años cincuenta vieron una crisis de identidad en los japoneses sólo comparable a la de la restauración del poder imperial en 1868, la restauración Meiji. Frente a la humillación de los tratados de colaboración con EEUU (una vez más, como en 1858) y la constitución supervisada, resurgen los nacionalismos extremos, pero también los movimientos revolucionarios de izquierda (sí, en Japón, el país más conservador que puede existir). La izquierda japonesa, y su ala estudiantil, el Zengakuren, llevan a cabo atentados de todo tipo y color, llegan incluso a tomar por un mes la Universidad Imperial de Tokio (con rehenes y amenazas de muerte). La idea de Mishima, nacionalista y nostálgico del pasado glorioso antes de la occidentalización, era ponerse en la línea de fuego con el Tate-no-kai el día que el Zengakuren amenazara al emperador, en una forma de kirijini. Sin embargo, para fines de los sesenta, el Zengakuren ya estaba bastante aislado, y su capacidad de hacer daño era errática. Mishima tiene que idear otra muerte testimonial. Entre los Samurái era común el suicidio como protesta, estuvo el caso de Hirate Kiyohide (siglo XVI), que para protestar por la conducta vergonzosa de su señor, Oda Nobunaga, se abrió el vientre y luego contuvo las vísceras dentro del cuerpo con una venda. Al presentarse ante su señor y reprocharle sus acciones, se quitó la venda y expuso sus intestinos. La idea era dar un testimonio tan potente que forzara al emperador Showa o Hirohito, que había renunciado a su divinidad en 1946, a reaccionar, a ver que la modernización del Japón a espaldas de su herencia cultural era un error.

La transformación de Yukio Mishima en Yukio Mishima

Mishima no era Yukio Mishima al nacer en 1925. Le dieron el nombre de Kimitake Hiraoka. Era hijo de una familia de comerciantes ricos por parte de su padre, y de una familia noble que perdió su estatus por haber apoyado al shogunato durante la guerra Boshin (1867-1868) por parte de su madre. Kimitake fue un niño superdotado y por sus condiciones llegó a ser admitido en la Gakushuin, la escuela de Nobles. Como era de una estirpe social media, no tenía el privilegio de no ser calificado en los exámenes, pero no importaba, su intelecto era tal que los aprobaba con facilidad. Se graduó como primer alumno y en la ceremonia de egresados el mismo Emperador por el que juraría morir décadas más tarde, le entregó un reloj de plata.

En el internado Kimitake Hiraoka empezó a escribir y se unió al club literario. Poco después, cambió el club literario estudiantil por el círculo literario más importante de Tokio. Al graduarse, ya era una celebridad literaria en Japón. Usó un seudónimo con el que pretendió ocultar su vida literaria del desagrado de su padre, Azusa. Ese nombre fue Yukio Mishima, pero Kimitake de Mishima todavía sólo tenía el nombre. Era un joven frágil, enclenque, se veía feo y se detestaba. Estaba acosado por fantasías sádicas y homoeróticas. Le escribió una vez a un amigo (un escritor varios años mayor): “La mayoría de los escritores son normales y actúan como perturbados, yo actúo normalmente pero estoy enfermo del alma”.

Durante la guerra, la fama juvenil de Mishima fue olvidada  Luego del conflicto, el escritor volvió a estar en el mapa cuando Yasunari Kawabata lo nombró “el futuro de las letras japonesas”. Un año después (1949) salió «Confesiones de una Máscara», luego “El Rumor de las olas” y “Sed de Amor”. Ya nadie olvidaría ese nombre, Yukio Mishima, que todavía no representaba el autor.

Quien vea las fotos del Kimitake Hiraoka que escribía con el Nombre Yukio Mishima hacia 1955 y de Yukio Mishima en 1960, se llevará una sorpresa. El primero es un señor frágil y retraído, el segundo es un coloso, una superestrella musculosa, que tiene el más alto grado en el kendo (“camino de la espada”) y escribe un éxito literario tras otro.  Cuando decidió dedicarse sólo a la literatura, su padre, Azusa, le dijo: “Más vale que seas el mejor escritor de Japón”“Así será” , fue la respuesta.

Mishima creía que había dos formas de hacer literatura; una era la literatura seria, alta, que reunía la tradición de las letras del pueblo del Hieke Monogatari y los Haiku, y todas las vanguardias europeas que Mishima leía desde los diez años; la otra, la literatura accesible, popular. Él escribió en las dos vertientes. Las obras “mayores” las escribía a la mañana en su escritorio, entre ellas están “El templo del Pabellón dorado”, “Nieve de Primavera” y “Caballos desbocados”; su uso del lenguaje era tan perfecto que los Japoneses suelen decir que no tiene comparación con ningún otro, y que es imposible que sea degustado completamente por los occidentales. Las obras “menores”, generalmente eróticas o que describen ritos de iniciación, las escribía en dos o tres días en una habitación que alquilaba en el hotel imperial de Tokio. En ellas usaba un lenguaje llano y una narración más ágil. Allí se incluyen “El Marino que perdió la gracia del mar” y “Sed de amor”. La fama de Mishima llegó a ser tal que muchas de las obras mayores son además éxitos de venta y las menores son aclamadas por los críticos.

El primer imprevisto en el plan de Mishima y sus reclutas surge cuando un oficial pasa por la oficina del General Mashita y mira por la cerradura. El Tate-no-kai era bien recibido por el ejército, que apreciaba los valores nacionalistas de una superestrella como Mishima (la buena publicidad, en fin), e incluso llegaron a darles entrenamiento de comando en los mismos cuarteles. Cuando el oficial da la alarma, los soldados no reaccionan, aún no terminan de entender el asunto. ¿Cómo permitieron el ingreso de una fuerza militar (no armada, pero fuerza al fin) al cuartel y encima a la oficina del hombre de mayor rango? Lo que sigue es un primer intento de forzar la puerta. Está trabada con muebles. Más tarde, rompen el vidrio de una mampara que hay en la pared de la oficina e intentan ingresar. Esto solo se entiende porque las fuerzas armadas japonesas no pueden disparar sobre civiles (¿eso son Mishima y los secuestradores?) en ninguna circunstancia. Un grupo de soldados trata de entrar a la oficina por el hueco. Mishima, campeón de kendo, empuña la katana del siglo XVII y los rechaza generando varios heridos. Ellos dirían en el juicio posterior que el escritor había evitado herir mortalmente a los que trataban de ingresar.

Uno de los miembros del Tate-no-kai, Masahiro Ogawa, que sostiene una daga japonesa (Tanto) cerca de la garganta del general, remueve la mordaza. El general se había negado a acceder a las instrucciones de Mishima ya una vez, pero luego del derramamiento de la primera sangre, accede. Mishima pide que todos los soldados del regimiento se concentren en el patio de maniobras, debajo de la oficina. No es necesario llamar a los medios, como Mishima ha hecho durante los últimos diez años cada vez que ha tenido una “ocurrencia”. Los medios habrían de llegar al sitio antes, incluso, que los soldados.

Los que buscan interpretar las acciones de Mishima, encuentran en ciertas apariciones y episodios públicos, mezclados entre sus tantas excentricidades, señales de lo que ocurrió luego. Como actor, Mishima hace el seppuku en dos películas. En “Tenchu! (Hitokiri)”, de 1969, interpreta a Shinbei Tanaka, Samurái del Bakumatsu (1853-1868) y miembro del Ishin Shishi, los activistas políticos que buscaban destruir el poder de los Tokugawa (la familia que detentó el título de Shogún entre 1603 y 1868), restaurar el del Tenno y echar a los occidentales de Japón. Este personaje era uno de los cuatro espadachines (los Hitokiri, “matadores de hombres”) del Shishi que se dedicaban a aniquilar sin miramientos a cualquiera que tuviera alguna relación cordial con occidentales, o estuviera a favor de la apertura del país. Tanaka había participado en 1860 del asesinato de Li Naosuke, el señor feudal (Dainyo) que firmó el tratado de buena voluntad con los EEUU en 1858. En 1863, la espada de Tanaka fue encontrada en la escena del crimen del noble Anenokoji. Al ser interrogado por el hecho, Shinbei se suicidó por el método tradicional, usando esa misma espada. Mishima aceptó formar parte de la película si le dejaban llevar a cabo la acción con todo lujo de detalles.

La otra película en que Mishima se suicida, se llama “El Rito de amor y muerte”, es un mediometraje de 1965 basado en uno de sus relatos, llamado nada menos que  “Patriotismo”. La descripción de más de cinco hojas acerca del sepukku del protagonista se transforma en una escena que provocó varios desmayos, cuando Mishima presentó la película en Francia. El film transcurre en 1936, durante el fallido golpe de estado del 26 de febrero. Este fue un hecho que dejó huellas importantes en Mishima, que en aquel entonces tenía once años. ¿Por qué? Los oficiales complotados no habían renunciado del todo a los valores de la tradición samurái que el gobierno Meiji (1868-1912) tanto había intentado arrancar de cuajo. Veían con malos ojos que continuara la occidentalización del país (¿suena familiar?). Ya habían ocurrido hechos similares, como la revuelta de la Liga del viento divino (1876) en Kumamoto, que aparece como una historia dentro de la historia de “Caballos Desbocados” o la guerra Seinan, de 1877, cuando Saigo Takamori (conocido como “el último samurái”) se levanta en armas contra el ejército imperial. La diferencia está en que tanto en el caso de 1876 como en el de 1877, el emperador Meiji había indultado a los confabulados luego de sus muertes. En 1936, cuando los oficiales le hicieron llegar su petitorio al nuevo emperador, Showa, éste no sólo negó los pedidos, sino que incluso se negó a pedirles que se suicidaran. Les dijo que hicieran lo que hicieran, para el Tenno su acción no sería vista más que como un acto de subversión común y corriente. El personaje de la película es uno de estos oficiales que decide, igualmente, llevar a cabo el Seppuku.

No nombro estos datos porque sí. Pueden interpretarse para entender lo que pasaba en la mente de Mishima. Primero, el nombre Ishin Shishi, “Señores de intenciones elevadas”; nombre extraño para un grupo que se dedicaba a pasar por la espada a todos sus rivales (muchos de los más tarde funcionaros del gobierno Meiji habían sido parte de este grupo). Después, la pancarta que está en la pared de la casa del oficial de 1936, cuando se suicida. El ideograma en Kanji dice: Makoto, “sinceridad”, una de las siete virtudes del samurái. ¿Qué es lo elevado, lo sincero de todo esto? La cultura occidental es una cultura del pecado, siete de los diez mandamientos son negativos, se ordena no hacer algo. Para un samurái, el valor máximo estaba en la acción, en hacer una actividad pura, elevada, sincera. Si la acción sincera significaba desobedecer al señor o desatar un baño de sangre, había una reparación. El espíritu en la tradición oriental estaba en el estómago. Abrirlo y exponer las vísceras era mostrar la sinceridad, la pureza del acto. Cuando Meiji perdona a Takamori, reconoce la sinceridad de su acción. Pero cuando Showa (Hirohito) prohíbe la acción a los golpistas de 1936, da un paso inédito, aún en el Japón occidentalizado.

En 1966, Mishima escribe su texto Las voces de los espíritus de los héroes. Es su obra más espantosa desde lo literario, apenas el recuento de una reunión imaginaria entre Hirohito y los espíritus de los oficiales de 1936 y los Kamikaze de 1945. Le reprochan al emperador haber renunciado a su divinidad (Ningen-sengen) por orden de MacArthur y las fuerzas de ocupación americana, en una de las declinaciones más importantes de la historia del Japón (los Yamato decían ser hijos de la diosa del sol, Amateratsu, desde el primer emperador, Jinmu, en 651 a.C.) Le dicen que su sacrificio fue en vano luego de que él renunciara a ser divino. El emperador se conmueve, los espíritus celebran y todos ellos se abren el vientre ante el gobernante nuevamente divino. Los medios consideraron este relato de mal gusto. Mishima lo adoró. Hacia la misma época, funda el Tate-no-kai, cuyo uniforme está inspirado en el del ejército de 1936.

Son las doce horas del 26 de Noviembre de 1970. Los helicópteros, tanto del ejército como de los noticieros, sobrevuelan en círculo el cuartel militar de la Fuerza de Autodefensa Oriental, en Tokio. Muchos llegan a temer que choquen entre sí. En el patio se reúnen, en ese orden, periodistas y soldados. Dos jóvenes que llevan un uniforme entallado y sin armas, salen por la ventana y se colocan a los lados. Luego, aparece Yukio Mishima, ante el escenario que había imaginado. Lleva guantes blancos y el Hachimaki en la cabeza, con la consigna: “vive siete vidas para servir mejor a la Patria”. Empieza a hablar a la multitud. El discurso había sido ensayado hasta el último detalle, debía durar cuarenta minutos, pero a las pocas palabras, se escuchan gritos de los reclutas: “¡Bajá de ahí bakayaro! (idiota)”. Mishima intenta seguir hablando, pero los gritos se multiplican. Muchos cronistas occidentales han tratado de aislar los gritos, para entender lo que decían. En Japón también existen los insultos, y no todos se pueden traducir. Mishima pone los brazos en jarra, alza la comisura derecha del labio, en un gesto de desconcierto. Se da vuelta. Sus escoltas gritan tres veces “¡Tenno heika banzai!” (¡Viva la autoridad imperial!) y entran detrás de él a la oficina. Ya dentro, Mishima pronuncia las que serán sus últimas palabras: “Me parece que no han entendido”.

¿Fue Yukio Mishima un héroe que testimonió la decadencia del Japón moderno con su sacrificio? ¿O fue un psicótico grave? La segunda entrega de un ensayo en el que Díaz Barbosa propone reflexionar sobre la figura de este gran autor, tres veces nominado al premio Nobel, que terminó con su vida en un suicidio ritual.

Muchos occidentales han interpretado el ideario nacionalista de Mishima como “fascismo”. Es una de las cuestiones que él no acabó nunca de responder. En una entrevista dijo: “El militarismo de la preguerra correspondía al espíritu de un ejército modernizado y formado según cánones occidentales, y muy embebido del Nazismo y el fascismo. El tradicional espíritu marcial japonés no tiene nada que ver con el militarismo que nos condujo a la guerra mundial. El viejo espíritu samurái fue desapareciendo al convertirnos en un país industrializado y con un ejército como aquel”. A veces respondía a las acusaciones con un sentido del humor bastante negro. Llegó a estrenar una obra de teatro llamada “Mi amigo Hitler”, la cual tiene como protagonista a Ernst Röhm, el líder de las SA, que le decía así a Hitler, “mi amigo”. El argumento se desarrolla durante la Noche de los Puñales Largos; Hitler se queda mirando cómo eliminan a su más fiel seguidor porque se estaba poniendo un poco inmanejable a la hora de hacer alianzas políticas. La obra termina con una frase en boca del Führer: “En política siempre conviene caminar por el centro”.

Entender el nacionalismo de Mishima como opuesto al fascismo nos puede ayudar a despejar muchos malos entendidos acerca de la política japonesa de preguerra. Entre los occidentales hay una idea de que el militarismo japonés aliado al tercer Reich es una consecuencia de la cultura tradicional japonesa; ven una ridícula continuidad entre los horrores llevados a cabo en Corea y China y la tradición Samurái que admiraba Mishima. Bueno, renuncien a eso, muchachos, si hay responsables del “fascismo japonés”, es la influencia occidental.

Hay aspectos que definen a un sistema fascista que no estaban presentes en el Japón feudal, por ejemplo, el expansionismo. Antes de la restauración Meiji de 1868, Japón sólo había estado involucrado en dos guerras externas, las invasiones de Mongolia-China por Kubilai Kahn en 1273 y 1281 y las expediciones fallidas a Corea de Hideyoshi Toyotomi, de 1592 y 1598. Nunca había tenido colonias. Los Tokugawa gobernaron un país cerrado al mundo hasta la llegada del Comodoro Perry y sus barcos negros a la Bahía de Edo (Tokio) en 1853. Entonces surgió el conflicto de si lo mejor era pactar con los bárbaros o expulsarlos. Cuando el shogunato firmó los tratados comerciales de 1858, los japoneses xenófobos vieron que el viejo sistema de 250 años había claudicado su misión de proteger el país. Encima, en 1863 el emperador Komei, que hasta entonces no pinchaba ni cortaba (el Tenno estuvo al margen del poder real desde 1185), emitió el edicto de “Expulsión a los Bárbaros”. Los anti-shogun y anti-occidentales ahora podían llamarse realistas con gusto.

Cuando el shogunato cayó, en 1868, muchos se dieron cuenta que si Japón pretendía sobrevivir, aunque odiasen a Occidente, era necesario aprender del enemigo. A espaldas de las ideas originales de la restauración de 1868, el nuevo gobierno creó un ejército profesional con reclutas de todas las clases sociales. Para eso era necesario eliminar la casta de los samurái, y fue así que se prohibió la portación de las dos espadas que eran el símbolo de su estatus. Entre los nuevos funcionarios había ex Shishi como Kido Takayoshi, quien sostenía que en la nueva sociedad el poder debía estar en manos civiles, y el ejército debía estar controlado por la asamblea parlamentaria y el primer ministro. En fin, Takayoshi proponía un régimen liberal, pero murió temprano, en 1877. El nuevo Japón sería moldeado por Aritomo Yamagata e Ito Hirobumi y su inspiración occidental no vendría de Inglaterra ni de EEUU, sino de Prusia. La Constitución de 1889 plantearía que el ejército sólo podía ser controlado por el Tenno, dando nacimiento al militarismo japonés. También estaban los ex restauradores contrarios a la occidentalización, entre ellos, Saigo Takamori, que ya dijimos que se levantó en armas en 1877. Fue Yamagata quien se impuso ante todos. Kido Takayoshi murió sintiéndose un traidor con sus ex colegas del Shishi, durante la revuelta de Takamori. Éste último se suicidó luego de ser derrotado en Shiroyama.

Para Mishima el militarismo expansionista era hijo de este nuevo modelo, ajeno a las tradiciones del Japón. Por supuesto que por igual detestaba al comunismo., y no con menos sentido del humor. En mayo de 1969 ofreció una charla en la Universidad de Komaba, ante 2500 estudiantes. El lugar estaba lleno de miembros de zengakuren (izquierda universitaria), que, como ya dijimos, no eran nenes de pecho. Mishima estaba en verdadero peligro, pero se quedó y discutió con ellos durante tres horas. En un momento, incluso reivindicó a Trotski: “Si ha existido un marxista que entendió la cultura fue Trotski. Trotski sostenía que el gobierno debe entregarse a una dictadura del proletariado, pero que la cultura es un fenómeno burgués que puede sobrevivir como tal. Como consecuencia, sólo durante el tiempo que Trotski mantuvo el poder la Unión Soviética produjo algo merecedor del nombre de Cultura… Trotski importó el arte moderno de Europa y fue purgado por elementos como ustedes”. El desgrabado de ese coloquio fue publicado y se convirtió en un éxito escandaloso de ventas. Mishima envió la mitad de las millonarias regalías a los líderes de Zengakuren: “Yo gasté mi parte en los uniformes del Tate-no-kai, supongo que ustedes van a gastar su parte en cascos, garrotes y bombas Molotov. Todos contentos”.

Para 1970, Yukio Mishima tenía escondido en algún lugar de su existencia como escritor, director de orquesta, letrista de óperas, representante de boxeadores, maestro de la espada y de las artes marciales, actor y director de cine, modelo, exhibicionista y showman, a Kimitake Hiraoka. Todas las fantasías sádicas de su adolescencia se habían convertido en un plan de suicidio espectacular. Nunca sabremos cuándo se le ocurrió la idea, pero es probable que haya estado tres años planeándola. En ese tiempo, escribió su obra maestra y testamento literario, una tetralogía llamada “El mar de la fertilidad”. Las cuatro novelas giran en torno a un alma que va transmigrando en distintas encarnaciones de la belleza; en “Nieve de Primavera” es un joven noble que muere en la juventud, en “Caballos desbocados” (la novela que más claramente anticipa el final) un joven nacionalista que busca llevar a cabo una revuelta y suicidarse para mostrar su desprecio por el Japón moderno, en “El templo del Alba” es una princesa Tailandesa y en “La corrupción del ángel” es un joven autodestructivo que termina degradando el círculo transmigratorio ante la mirada del abogado Shigekuni Honda, protagonista de las cuatro partes, que es testigo de todas las encarnaciones y no logra salvar a la belleza de su destrucción. Mishima envió a su editor la última de las novelas la mañana misma en que salió para su cita con Mashita y su destino.

Cuatro años antes había encontrado entre sus papeles una carta. En ella juraba morir por su país y por el mismo ser divino que le había regalado un reloj de plata en su graduación. Esa carta representaba la vergüenza más grande de su vida. Era la nota de despedida que escribían los Kamikaze antes de su vuelo de inmolación. Mishima había sido reclutado para morir, pero mintió en la revisación médica, exagerando los síntomas de una enfermedad que lo aquejaba desde hacía unos meses para aparecer como tísico. Fue el acto insincero por excelencia, todo para salvar su vida. En la última de las novelas de la tetralogía, la tragedia no es la muerte joven, como en las otras, sino la degradación de la belleza. La muerte de Mishima tenía que ser la de un cuerpo bello, no había podido morir en 1945 como Kimitake Hiraoka, el joven feo y enclenque, ahora lo haría como el coloso Yukio Mishima, transformado por las horas de gimnasia y levantamiento de pesas.

Después de sus últimas palabras, Mishima le da su espada a su segundo, Masakatsu Morita. Se arrodilla frente al General, que ya no está amordazado, y se desabrocha la chaqueta. No lleva camisa debajo. Expone su tremenda musculatura. Se desabrocha el pantalón y toma la espada corta (Wakizashi) que acompaña a la Katana en la cintura de los samuráis. Envuelve una parte de la hoja con un paño de seda. Con la mano izquierda se masajea el abdomen. El general grita pidiendo que no haga semejante locura. Morita levanta la Katana. Mishima hunde la hoja y hace un corte horizontal por debajo del ombligo. La tensión y el dolor abdominal hacen que se incline hacia delante. Es la señal para Morita, que tarda demasiado. Él no es un experto kaishakunin (así se llama el que asiste en el seppuku) y da el golpe demasiado tarde. La espada golpea contra el suelo y no puede hacer todo el recorrido. El cuello del escritor está herido espantosamente, pero no ha sido seccionado del todo. Morita mira horrorizado a sus compañeros, que le gritan: “¡otra vez!” Lo hace, pero vuelve a fallar, una vez, y otra vez. Furu Koga, el tercero en importancia, experto espadachín, le quita la espada de las manos y termina la tarea. Poco después, hace lo mismo con Morita que también se abre el vientre. Al anochecer, los tres sobrevivientes salen del edificio llevando al General y se entregan a la policía. Uno de ellos entrega la espada con la sangre del escritor y de Morita.

La madre de Mishima, al ver el altar funerario con la foto del escritor dijo algo que sólo aquella que lo conocía como Kimitake Hiraoka podía decir: “No deberían haber puesto flores de luto, fue el día más feliz en la vida de mi hijo.”

Referencias bibliográficas

VALLEJO-NÁGERA, J.A. (1978) Mishima o el placer de morir. Barcelona, Planeta S.A, 1987.

MUTEL, J. (1972) Historia del Japón, 1, el fin del Shogunato y el Japón Meiji (1852-1912). Barcelona, Sergio Tapia, 1972.

KAIBARA, Y. (2000), Historia del Japón. México D.F., Fondo de cultura económica, 2000.

MISHIMA, Y.:

*Confesiones de una máscara (1949). Madrid, Espasa Calpe, S.A., 2002.

*El rumor del oleaje (1954). Madrid, Alianza editorial S.A,. 2009.

*El marino que perdió la gracia del mar (1963). Madrid, Alianza editorial S.A., 2006.

*Sed de Amor. Barcelona, Caralt S.A., 2002.

*El pabellón de oro (1963). Barcelona, Seix Barral S.A., 2002.

*Nieve de primavera (1967). Barcelona, Caralt S.A., 2000.

*Caballos desbocados (1968). Barcelona, Caralt S.A., 2002.

*El Templo del alba (1969). Barcelona, Caralt S.A., 1999.

*La corrupción de un ángel (1970). Barcelona, Caralt S.A., 2000.

Referencias audiovisuales

Mishima (1985), Dir: Paul Schrader, EEUU, American Zoetrope/Lucasfims Ltd./Warner Brothers.

Tenchu! Hitokiri (1969), Dir: Hideo Gosha, Japón, Daiei international films.

(Tomado de Intersecciones)

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