Los narcocorridos y nuestra salud mental

por Ibán de Rementería

La pataleta política e intelectual debido a la presentación del cantante mexicano Peso Pluma, cultor de los narcocorridos para el cierre del Festival de la Canción de Viña del Mar, es una muestra más del bajo desarrollo político y cultural que estamos padeciendo. Con cultural no me refiero aquí solamente a artes y ciencias, sino al conjunto de valores que nos rigen, que por cierto las incluye. Este cantante se ha convertido en el mayor divulgador de ese género musical con 5, 5 millones de audiciones mensuales y siendo, así, el quinto cantante popular más escuchado y visto en el mundo. 

Políticos, comunicadores sociales e intelectuales han puesto el grito en el cielo por esa presentación en un evento musical que es una promoción de Chile en el mundo. A esa presentación en tan magno evento se le considera cuando menos una “transaca” con el narcotráfico y su imposición social, así como un atentado contra la salud mental y moral de los jóvenes.

Las oposiciones a la solicitud de prohibir esa presentación se han basado en el respeto irrestricto al principio de la libertad de expresión, pero no hay ningún análisis por su significado cultural y sanitario en el campo de la salud mental.

Que nuestra clase política y sus comunicadores monten un circo ante los narcocorridos, vaya y pase, sabemos que son así, pero que nuestros intelectuales, de izquierda, comiencen a desvariar, es altamente peligroso. El caso más destacado es el de Alberto Mayol. Este es un sociólogo, académico y comunicador social conocido y prestigiado que desde la perspectiva de la izquierda se ha caracterizado por su autonomía de pensamiento; en 2017 fue precandidato presidencial de la izquierda por el Frente Amplio, perdiendo ante la periodista Beatriz Sánchez, quien logró el 68% de las preferencias; ella en las presidenciales logró casi igualar la votación de la ex Concertación, que ambas coaliciones perdieron ante Sebastián Piñera.  

Mayol en su rechazo a la presentación de Peso Pluma hace la siguiente comparación: “Imagine usted, le pido por favor, cómo sería un Festival de Viña que vulnere el pacto social mínimo”. “Imagine, por ejemplo, que al Festival de Viña se ha invitado a un artista que es famoso por reivindicar la pedofilia. Imagine usted (esto es una hipótesis absurda) que a este artista se le ha invitado por iniciativa propia del festival. Que se sabe (porque está en sus letras) el carácter propedofilia de sus canciones”. “Pues resulta que el 1 de marzo de 2024, día de cierre del Festival Internacional de Viña del Mar, ocurrirá algo estrictamente equivalente. Sí, un hecho equivalente a tener un cantante que promueve la pedofilia”. “Se subirá al escenario (y todos debemos fingir que estamos ante un artista) un promotor de la cultura narco” (Radio Bio-Bio, lunes 8 enero de 2024 | 10:13 hrs.). 

Esa comparación de Mayol es ignorante y deshonesta. Lo mínimo es constatar que la pedofilia se califica mundialmente como un crimen grave porque atenta contra los derechos de los niños, independientemente del consentimiento o no por las víctimas menores de edad, por lo mismo es universalmente castigado por el derecho penal; en cambio, el consumo de drogas controladas, como el de tabaco, alcohol y psicofármacos, es de decisión exclusiva del usuario, según diversas normas de acceso a esas sustancias, no penalizada en gran parte de los países del mundo, entre otros en Chile (que permite el cultivo personal de marihuana, pero castiga su combustión, es decir, el fumarla, lo que puede ser penalizado hasta por tres años de privación de libertad, pero ese es un chiste parlamentario de nuestros políticos que no es de tratar aquí, pero véase el artículo 4 de la Ley 20.000 sobre drogas, modificada por la Ley 21.575). Otra cosa es la provisión de drogas controladas: producción, distribución y comercialización de ellas, la cual debe ser penalizada de acuerdo a las convenciones de drogas de las Naciones Unidas, suscritas por casi todos los países del mundo.

La provisión ilícita de drogas es la actividad económica y criminal que realiza el narcotráfico, la cual responde a una demanda universal que la población hace por esas sustancias psicoactivas. Veamos la situación nacional que generaliza la demanda y el consumo de drogas, todos están de acuerdo en que se trata de un asunto de salud mental, incluso los prohibicionistas más acérrimos. En Chile la situación de salud mental, en rasgos generales, es más o menos la siguiente: el 57% de la población reconoce que padece de estrés permanente, posiblemente –en mi opinión– porque el 70% de los hogares debe el 70% de sus ingresos, asimismo, la primera causa de licencias médicas es la salud mental, el 30% en el sector privado y el 50% en el sector público, principalmente por trastornos de ánimo, como ansiedad, depresión y angustia, pero solo menos de un 3% del gasto de salud se hace en salud mental. 

Seguramente por lo anterior y para autogestionar sus trastornos del ánimo, el 11,4% hace uso actual, en el año, de marihuana, un 0,3% de pasta base de cocaína y un 0,5% de clorhidrato de cocaína, un 2% usa tranquilizantes sin receta médica, esta es la demanda ilícita que satisface el narcotráfico; se estima que un 12% hace uso de tranquilizantes con receta médica, el 58,5% ha usado alcohol en el último año y el 32,5% ha fumado tabaco (SENDA, 2020). Es de advertir que nadie ha fallecido por fumar marihuana, ni aquí ni en ninguna parte, ni ahora ni antes, mientras que al año mueren en el país unas 16 mil personas por fumar tabaco, unos tres millones en el mundo; la información sobre las víctimas del alcohol es imprecisa y sobre base o clorhidrato de cocaína no se reportan. 

Pero, la aplicación de la Ley de Drogas es la primera causa de detenciones en el país y sus imputados y condenados constituyen el 22% de la población carcelaria, la segunda luego del robo. El no tener presentes estos datos generales sobre salud mental y consumo de sustancias psicoactivas es una grave ignorancia en el discurso de Mayol sobre el tema del consumo y la demanda de drogas, el narcotráfico y la narcocultura que han generado. 

La comparación de Mayol es deshonesta porque existe una experiencia mundial creciente de diversas modalidades de acceso controlado a las drogas, en la mayor parte de los Estados europeos, en 27 Estados de los 50 que conforman la Unión Americana, en la mayor parte de los Estados de América Latina y en Canadá, lo mismo en Oceanía. Solo la mayoría de los países asiáticos y africanos, donde predomina el autoritarismo característico de los países con capitalismo de Estado, como la República Popular China, o regidos por estrictas normas musulmanas, taoístas o budistas, se aplican graves sanciones por el tráfico y consumo de drogas, incluida la pena de muerte. 

Por otra parte, visto el tema de la narcocultura desde la perspectiva de los consumos, que se supone es nuestra mayor preocupación  sanitaria y política, sabemos que el 70,2% de aquellos que usaron marihuana abandonó su consumo; el 88,5% de los usuarios de pasta base de cocaína procedió de igual manera; lo mismo el 92,4% de quienes consumieron clorhidrato de cocaína; que ha abandonado el consumo de tranquilizantes, con o sin receta médica, el 62,3%; asimismo, solo el 26,7% de los usuarios de alcohol lo ha abandonado; y el 46,6% de los fumadores de tabaco. Pues bien, las drogas controladas no parecen ser muy adictivas, comparadas con el alcohol. 

Otro aspecto relevante del perfil de consumo de sustancias psicoactivas en el país es el consumo problemático o de riesgo por ellas, así tenemos que podemos suponer –según los estándares europeos– que el 78,8% de los consumidores de marihuana no ha hecho consumo problemático, tampoco el 88,3% de quienes usaron PBC o clorhidrato de cocaína, asimismo 97,5% de quienes usaron tranquilizantes, mientras que el 89.1% de quienes bebieron alcohol lo hizo sin problemas. En cambio, solo el 22,2% de los fumadores de tabaco no tiene dependencia de esa sustancia. Entonces, ¿por qué los políticos, mediante la institucionalidad estatal responsable del asunto drogas, no les ha preguntado a los exusuarios para qué y cómo han abandonado el consumo de esas sustancias? Asimismo, tampoco se les ha preguntado a los usuarios actuales de drogas, que no tienen consumos de riesgo o conflictivos para qué y, sobre todo, cómo lo hacen para consumir y no tener problema, tanto más cuanto que son la gran mayoría de los usuarios. 

Finalmente, debido a que los intelectuales y expertos no se han preguntado por qué no existen las necesarias indagaciones antes mencionadas, cuyos resultados mucho ayudarían a un mejor manejo político y sanitario del control de drogas, que ponga fin a la guerra de las drogas que ha matado muchas veces más personas que las drogas mismas, en México durante los dos pasados gobiernos más de cien mil personas fueron asesinadas, víctimas de la guerra en contra del narcotráfico. Una buena pregunta para Mayol.

La construcción de la narcocultura, que no debe confundirse con la gestión de riesgos y reducción de daños para el uso de drogas, así como por la cultura que las acompaña, se ha instalado como una cultura específica que expresa y revindica a los agentes que asumen los riesgos de proveer esas sustancias prohibidas, pero que son de alta necesidad para una población marcada por el agobio debido a las deudas, el desempleo o mal empleo, la carencia de vivienda y servicios urbanos, la denegación de la salud y las pensiones, etc., todo lo cual generaliza el estrés, la ansiedad, la depresión y la angustia entre ella; en general, ante todo eso, está la oferta de drogas, esa es la razón del éxito y la demanda por sus expresiones culturales, como lo es el cantante Peso Pluma. 

Aquí la gravedad cultural es que importantes sectores de la población, sobre todo entre las y los jóvenes, se identifican con la narcocultura, de la misma manera que las y los jóvenes de los años sesenta –“mayo del 68”–, sus abuelos y abuelas, se identificaban con el rock and roll, el amor libre y, claro, con el consumo de marihuana, inspirado en el movimiento hippie, de profunda inspiración pacifista en la época de “la destrucción mutua asegurada” por medio del “holocausto nuclear”. Es claro que Mayol no vivió ni se ha informado del significado y sentido que aquello ha tenido para la cultura actual.

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