León Trotsky: «Los soviets y la Asamblea Constituyente»

Esperamos que no sea necesario plantear aquí el problema general de la democracia formal, es decir, de la democracia burguesa. Nuestra actitud con respecto a ella no tiene nada en común con la negación estéril del anarquismo. La consigna y las normas de la democracia se presentan bajo formas diversas para los diferentes países, según la etapa en que se encuentre la evolución de la sociedad burguesa. Las consignas democráticas contienen durante cierto tiempo ilusiones y engaños, pero encierran en su seno una fuerza política animadora: “Mientras la lucha de la clase obrera por todo el poder entero no esté a la orden del día, tenemos el deber de utilizar todas las formas de la democracia burguesa.” (Lenin, Obras, Vol. XX, 2a parte, pág. 297)

Desde el punto de vista político, la cuestión de la democracia formal recubre el problema de nuestra actitud no solamente frente a las masas pequeño-burguesas, sino también frente a las masas obreras, en la medida en que estas últimas no hayan adquirido todavía una conciencia revolucionaria de clase. En condiciones en que progresaba la revolución, en el momento de la ofensiva del proletariado, la irrupción en la vida política de las capas de base de la pequeña burguesía se manifestó en China por medio de revueltas campesinas, conflictos con las tropas gubernamentales, huelgas de todo tipo, la masacre de los pequeños administradores. En la actualidad, todos los movimientos de este tipo disminuyen claramente. La soldadesca triunfante del Kuomintang domina la sociedad. Cada día de estabilización producirá choques cada vez más numerosos entre este militarismo y esta burocracia, por una parte, y por la otra no solamente los obreros avanzados, sino también la masa pequeño burguesa predominante en las ciudades y en el campo e incluso, dentro de determinados límites, la gran burguesía. Antes de que el desarrollo de estas colisiones las transforme en una lucha revolucionaria clara, pasarán, según todos los datos, por un estadio “constitucional”. Los conflictos entre la burguesía y sus propias camarillas militares se extenderán inevitablemente, por medio de un “tercer partido” o por otras vías, a las capas superiores de las masas pequeño-burguesas. En el plano económico y cultural, estas masas son extraordinariamente débiles. Su fuerza política potencial se reduce a su número. Las consignas de la democracia formal conquistan o son capaces de conquistar no solamente a las masas pequeño burguesas sino, también, a las grandes masas obreras, precisamente porque les ofrecen la posibilidad (al menos aparente) de oponer su voluntad a la de los generales, los terratenientes y los capitalistas. La vanguardia proletaria educa a las masas sirviéndose de esta experiencia y las lleva hacia adelante.

El ejemplo de Rusia muestra que, cuando progresa la revolución, el proletariado organizado en soviets puede, por medio de una política correcta dirigida hacia la conquista del poder, arrastrar al campesinado, hacerle chocar frontalmente con la democracia formal personificada por la Asamblea Constituyente y empujarle por el camino de la democracia soviética. En cualquier caso, no se llega a estos resultados oponiendo simplemente los soviets a la Asamblea Constituyente, sino arrastrando a las masas hacia los soviets, conservando siempre las consignas de la democracia formal hasta el momento de la conquista del poder e incluso después.

“Es un hecho histórico plenamente establecido y absolutamente indiscutible que en septiembre, octubre y noviembre de 1917, en virtud de una serie de condiciones particulares, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos de Rusia estaban preparados de un modo excepcional para aceptar el régimen soviético y disolver el Parlamento burgués más democrático. Y pese a ello, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones, tanto antes como después de la conquista del poder político por el proletariado….
…incluso unas semanas antes de la victoria de la República Soviética, e incluso después de esta victoria, la participación en un Parlamento democrático burgués, lejos de perjudicar al proletariado revolucionario, le permite demostrar con mayor facilidad a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita “la caducidad política” del parlamentarismo burgués.” (V. I. Lenin, La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Obras escogidas en doce tomos, Progreso, 1977, Moscú, tomo XI, páginas 40 y 41)

Cuando adoptamos las medidas prácticas directas para dispersar la Asamblea Constituyente recuerdo cómo Lenin insistió especialmente en que se hiciera venir a Petrogrado uno o dos regimientos de cazadores letones, compuestos sobre todo de obreros agrícolas. “La guarnición de Petrogrado es casi enteramente campesina; puede vacilar ante la Constituyente.” Así expresaba Lenin sus preocupaciones. En este asunto no se trataba en absoluto de “tradiciones” políticas, porque el campesinado ruso no podía tener tradiciones serias de democracia parlamentaria. El fondo del problema es que la masa campesina, una vez que se ha despertado a la vida histórica, no se siente inclinada en absoluto a confiar de repente en una dirección proveniente de las ciudades, incluso si es proletaria, sobre todo en un período no revolucionario; esta masa busca una fórmula política simple que exprese directamente su propia fuerza política, es decir, el predominio del número. La expresión política de la dominación de la mayoría es la democracia formal.

No hay que decir que sería una pedantería digna de Stalin afirmar que las masas populares no pueden y no deben jamás, bajo ninguna circunstancia, “saltar” por encima del escalón “constitucional”. En algunos países, la época del parlamentarismo dura largas decenas de años, incluso siglos. En Rusia, este período no se prolongó más que durante los pocos años del régimen seudoconstitucional y el único día de existencia de la Constituyente. Históricamente, se puede concebir perfectamente situaciones en las que no existan siquiera estos pocos años y este único día. Si la política revolucionaria hubiera sido correcta, si el Partido Comunista hubiera sido completamente independiente del Kuomintang, si se hubieran formado soviets en 1925-1927, el desarrollo revolucionario habría podido conducir a la China de hoy a la dictadura del proletariado, sin pasar por la fase democrática. Pero incluso en ese caso la fórmula de la Asamblea Constituyente que el campesinado no ha ensayado en el momento más crítico, que no ha experimentado y que, por tanto, le ilusiona todavía, habría podido, tras la primera diferencia seria entre el campesinado y el proletariado, al día siguiente mismo de la victoria, convertirse en la consigna de los campesinos y de los pequeño burgueses de las ciudades contra los proletarios. A pesar de todo, los conflictos importantes entre el proletariado y el campesinado, incluso en unas condiciones favorables a su alianza, son absolutamente inevitables, como lo demuestra la Revolución de Octubre. Nuestra mayor ventaja residía en este hecho: la mayoría de la Asamblea Constituyente se había formado durante la lucha de los partidos dominantes por la continuación de la guerra y contra la confiscación de la tierra por los campesinos; por consiguiente, estaba seriamente comprometida a los ojos del campesinado en el momento en que fue convocada la Asamblea.

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¿Cómo caracteriza la resolución del Congreso, adoptada tras la lectura del informe de Bujarin, el período actual del desarrollo de China y las tareas que se desprenden? El párrafo 54 de esta resolución dice:
“En la actualidad, la tarea principal del partido (durante el período comprendido entre dos oleadas de ascenso revolucionario) es luchar por conquistar a las masas, es decir, que debe realizar un trabajo de masas entre los obreros y los campesinos, restablecer sus organizaciones, utilizar todo descontento contra los propietarios terratenientes, los burgueses, los generales, los imperialistas extranjeros.”
Aquí hay realmente un ejemplo clásico de doble sentido, del tipo de los más célebres oráculos de la antigüedad. El período actual es caracterizado como estando “comprendido entre dos oleadas de ascenso revolucionario”. Esta fórmula nos resulta conocida. El V Congreso la había aplicado a Alemania. Toda situación revolucionaria no se desarrolla uniformemente, sino que conoce flujos y reflujos. Esta fórmula ha sido elegida con premeditación, para que no se pueda pensar al interpretarla que confiesa la existencia de una situación revolucionaria, en la cual se produce simplemente un pequeño momento de “calma” antes de la tempestad. Por si acaso, se podría creer también que admite que se agotará todo un período entre dos revoluciones. Tanto en un caso como en otro, será posible comenzar una futura resolución con las palabras “como habíamos previsto” o “como habíamos predicho”.

En todo pronóstico histórico hay, inevitablemente, un elemento condicional. Cuanto más breve es el período considerado, más importante es este elemento. En general, es imposible establecer un pronóstico que dispense a los dirigentes del proletariado de tener que analizar más tarde la situación. Un pronóstico no fija una necesidad invariable; es su orientación lo que tiene importancia. Se puede y se debe ver hasta qué punto todo pronóstico es condicional. Se puede incluso, en determinadas situaciones, presentar varias variantes para el porvenir, delimitándolas de forma reflexiva. En fin, en el caso de una situación problemática, se puede renunciar totalmente, a título provisional, a establecer un pronóstico y aconsejar simplemente esperar y observar. Pero todo eso debe ser hecho clara, abierta y honestamente. A lo largo de los cinco últimos años, los pronósticos de la Internacional Comunista no han sido directrices, sino trampas para la direcciones de los partidos de los diversos países. El objetivo principal de estos pronósticos es inspirar la veneración por la sabiduría de la dirección y, en caso de derrota, salvar el “prestigio”, ese supremo fetiche de los débiles. Es un método que permite obtener revelaciones de los oráculos, y no proceder a análisis marxistas. Presupone, en la práctica, la existencia de “chivos expiatorios”. Es un sistema desmoralizador. Los errores ultraizquierdistas de la dirección alemana en 1924- 1925 eran, justamente, el resultado de la misma manera pérfida de formular con doble sentido una opinión sobre las “dos oleadas del ascenso revolucionario”. La resolución del VI Congreso puede producir otras tantas desgracias.

Hemos conocido la ola revolucionaria de antes de Shangai, y después la de U-Tchang. Ha habido muchas otras, más limitadas y más localizadas. Todas se basaban en el ascenso revolucionario general de 1925-1927. Pero este ascenso histórico ha terminado. Hay que comprenderlo y decirlo con claridad. De ello se desprenden consecuencias estratégicas importantes.

La resolución hace referencia a la necesidad de “utilizar” todo descontento contra los propietarios terratenientes, los burgueses, los generales y los imperialistas extranjeros. Esto es indiscutible, pero es demasiado vago. ¿Cómo “utilizarlo”? Si estamos entre dos oleadas de ascenso revolucionario, entonces toda manifestación un poco importante de descontento puede ser considerada como el famoso “comienzo de la segunda oleada” (según Zinoviev y Bujarin). Entonces la consigna propagandística de la insurrección armada deberá convertirse rápidamente en una consigna de acción. De ahí puede nacer un “segundo ataque” de putschismo. El partido utilizará de una forma totalmente distinta el descontento de las masas si lo considera situado en una perspectiva histórica correcta. Pero el VI Congreso no dispone de esta “bagatela” (una perspectiva histórica correcta) en ninguna cuestión. Esta laguna hizo del V Congreso un fracaso. Por ello puede desmembrarse enteramente la Internacional Comunista.

Después de haber condenado de nuevo las tendencias putschistas a las que ella misma prepara el terreno, la resolución del Congreso continúa:
“Por otra parte, ciertos camaradas han caído en un error oportunista: avanzan la consigna de la Asamblea Nacional.”

En qué consiste el oportunismo de esta consigna es algo que no explica la resolución. Solamente el delegado chino Strajov, en su discurso de clausura sobre las lecciones de la revolución china, intenta dar una explicación. He aquí lo que dice:

“Por la experiencia de la revolución china vemos que cuando la revolución en las colonias [¿?] se aproxima al momento decisivo, la cuestión se plantea netamente: o bien la dictadura de los propietarios terratenientes y de la burguesía, o bien la del proletariado y el campesinado.”

Naturalmente, cuando la revolución (y no solamente en las colonias) “se aproxima al momento decisivo”, entonces toda forma de actuar como se ha hecho con el Kuomintang, es decir, todo colaboracionismo, es un crimen de consecuencias fatales: no se puede concebir entonces más que una dictadura de los poseedores o una dictadura de los trabajadores. Pero, como ya hemos visto, incluso en momentos semejantes, para triunfar de forma revolucionaria sobre el parlamentarismo, no se le debe negar estérilmente. No obstante, Strajov va todavía más lejos:

“Allí [en las colonias] la democracia no puede existir: sólo es posible la dictadura burguesa abierta. No puede haber ninguna vía constitucional.”
Esto es extender de forma doblemente inexacta una idea correcta. Si en los “momentos decisivos” de la revolución, la democracia burguesa se ve inevitablemente torpedeada (y no solamente en las colonias), esto no significa en absoluto que sea imposible en los períodos interrevolucionarios. Pero precisamente Strajov y todo el congreso no quieren reconocer que el “momento decisivo”, durante el cual los comunistas se complacían en las peores ficciones democráticas en el seno del Kuomintang, ha pasado ya. Antes de un nuevo “momento decisivo” hay que atravesar un largo período, durante el cual se deberá abordar de una forma nueva los problemas viejos. Afirmar que no puede haber en las colonias períodos constitucionales o parlamentarios es renunciar a utilizar unos medios absolutamente esenciales, y es, sobre todo, hacer difícil para uno mismo una orientación política correcta, es empujar al partido a un callejón sin salida.

Decir que para China, como, por otra parte, para todos los demás estados del mundo, no existe salida hacia el desarrollo libre, dicho de otra forma socialista, por la vía parlamentaria, es algo correcto. Pero decir que en el desarrollo de China o de las colonias no puede haber ningún período o etapa constitucional, es algo distinto e incorrecto. En Egipto había un parlamento, ahora disuelto. Es posible que renazca. A pesar del estatuto colonial de este país, hay un parlamento en Irlanda. Lo mismo ocurre en todos los Estados de América del Sur, por no hablar de los dominions de Gran Bretaña. Existen “sucedáneos” de parlamentos en la India. Todavía pueden desarrollarse más: en este punto, la burguesía británica es muy hábil. ¿Cómo se puede afirmar que, después del aplastamiento de su revolución, China no atravesará una fase parlamentaria o seudoparlamentaria, o que no será el escenario de una lucha política seria por alcanzar este estadio? Una afirmación semejante no tiene ninguna base.

El mismo Strajov dice que, precisamente, los oportunistas chinos aspiran a sustituir la consigna de los soviets por la de la Asamblea Nacional. Es posible, probable, incluso inevitable. Toda la experiencia del movimiento obrero mundial, del movimiento ruso en particular, prueba que los oportunistas son siempre los primeros en agarrarse a los métodos parlamentarios y, en general, a todo aquello que, de cerca o de lejos, se parezca al parlamentarismo. Los mencheviques se agarraban a la actividad en la Duma, oponiéndola a la acción revolucionaria. La utilización de los métodos parlamentarios hace surgir inevitablemente todos los peligros ligados al parlamentarismo: ilusiones constitucionales, legalismo, tendencia a los compromisos, etc. No se pueden combatir estos peligros, estas enfermedades más que por medio de una orientación revolucionaria de toda la política. Pero el hecho de que los oportunistas prediquen la lucha por la Asamblea Nacional no es en absoluto un argumento que justifique por parte nuestra una actitud negativa hacia el parlamentarismo. Después del golpe de estado del 3 de junio de 1907 en Rusia, la mayoría de los elementos dirigentes del Partido Bolchevique eran favorables al boicot de una Duma mutilada y trucada. En cambio, los mencheviques estaban completamente de acuerdo en participar en la Duma. Esto no impidió a Lenin intervenir vigorosamente para que fuese utilizado incluso el “parlamentarismo” del 3 de junio, en la conferencia del partido que unía todavía en aquella época a las dos fracciones. Lenin fue el único bolchevique que votó con los mencheviques a favor de la participación en las elecciones. Evidentemente, la “participación” de Lenin no tenía nada que ver con la de los mencheviques, como lo demostró toda la marcha posterior de los acontecimientos; no se oponía a las tareas revolucionarias, sino que contribuía a ellas durante la época comprendida entre dos revoluciones. Aun utilizando el seudoparlamento contrarrevolucionario del 3 de junio, nuestro partido, a pesar de su gran experiencia de los soviets de 1905, continuaba llevando la lucha por la Asamblea Constituyente, es decir, por la forma más democrática de la representación parlamentaria. Hay que conquistar el derecho de renunciar al parlamentarismo uniendo a las masas alrededor del partido y llevándolas a luchar abiertamente por la conquista del poder. Es ingenuo creer que se puede sustituir este trabajo por la simple renuncia a la utilización revolucionaria de los métodos y las formas contradictorias y opresivas del parlamentarismo. Es en esto en lo que consiste el error más burdo de la resolución del Congreso, que hace aquí una vulgar cabriola ultraizquierdista.

Veamos, en efecto, cómo todo ha sido puesto del revés. Siguiendo la lógica de la dirección actual y de acuerdo con las resoluciones del VI Congreso de la Internacional Comunista, China se acerca no a su año 1917, sino a su 1905. Por esta razón, concluyen mentalmente los dirigentes, ¡abajo la consigna de la democracia formal! No queda, realmente, una sola articulación que los epígonos no se hayan tomado el cuidado de luxar. ¿Cómo se puede rechazar la consigna de la democracia y sobre todo la más radical: la representación democrática del pueblo, bajo las condiciones de un período no revolucionario, cuando la revolución no ha cumplido sus tareas más inmediatas: la unidad de China y su depuración de todas las antiguallas feudales, militares y burocráticas?

El Partido Comunista chino, que yo sepa, no ha tenido un programa propio. El Partido Bolchevique llegó a la Revolución de Octubre y la realizó armado con su viejo programa, en el que las consignas de la democracia ocupaban un lugar importante. Bujarin intentó suprimir este programa mínimo, igual que intervino más tarde contra las reivindicaciones transitorias del programa de la Internacional Comunista. Pero esta actitud de Bujarin no ha quedado en la historia del partido más que como una anécdota. Como es sabido, es la dictadura del proletariado quien ha llevado a cabo la revolución democrática en Rusia. Eso tampoco quiere comprenderlo en absoluto la dirección actual de la Internacional Comunista. Pero nuestro partido sólo ha llevado al proletariado a la dictadura porque defendía con energía, perseverancia y abnegación todas las consignas, todas las reivindicaciones de la democracia, incluidas la representación popular basada en el sufragio universal, la responsabilidad del Gobierno ante los representantes del pueblo, etc. Sólo una agitación así permitió al partido proteger al proletariado de la influencia de la democracia pequeño-burguesa, eliminar la influencia de ésta sobre el campesinado, preparar la alianza de los obreros y los campesinos e incorporar a sus filas a los elementos revolucionarios más resueltos. ¿Es que esto no era más que oportunismo?

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Strajov dice que nuestra consigna es la de los soviets y que sólo un oportunista puede sustituirla por la de la Asamblea Nacional. Este argumento revela de la manera más ejemplar el carácter erróneo de la resolución del congreso. En la discusión nadie contradijo a Strajov; al contrario, su posición fue aprobada y ratificada por la resolución principal sobre la táctica. Sólo ahora podemos ver con claridad cuán numerosos son, en la dirección actual, los que han hecho la experiencia de una, dos e incluso tres revoluciones dejándose llevar por la marcha de las cosas y la dirección de Lenin, pero sin meditar sobre el sentido de los acontecimientos y sin asimilar las más grandes lecciones de la Historia. Estamos en gran

medida obligados a repetir todavía ciertas verdades elementales. En mi crítica del programa de la Internacional Comunista he mostrado cómo los epígonos han desfigurado y mutilado monstruosamente el pensamiento de Lenin, que afirmaba que los soviets son órganos de la insurrección y órganos de poder. Se ha sacado la conclusión de que no se pueden crear soviets más que en la “víspera” de la insurrección. Esta idea grotesca ha encontrado su expresión más acabada, como siempre, en la misma resolución del pleno de noviembre último del Comité Central chino, que hemos descubierto recientemente. Dice:
“Se puede y se deben crear los soviets como órganos del poder revolucionario solamente en el caso en el que nos encontremos en presencia de un progreso importante, indiscutible, del movimiento revolucionario de las masas, y cuando tenga asegurado un éxito sólido dicho movimiento.”
La primera condición, “el progreso importante”, es indiscutible. La segunda condición, “la garantía del éxito”, y además de un éxito “sólido”, es simplemente una tontería digna de un pedante. En la continuación del texto de esta resolución, no obstante, esta estupidez es ampliamente desarrollada:

“Evidentemente, no se puede abordar la creación de los soviets cuando la victoria no está totalmente garantizada, porque podría suceder que toda la atención se concentrase únicamente sobre las elecciones a los soviets y no sobre la lucha militar, a partir de lo cual podría instalarse el democratismo pequeño burgués, lo que debilitaría la dictadura revolucionaria y crearía un peligro para la dirección del partido.”

El espíritu de Stalin, reflejándose a través del prisma del niño prodigio Lominadzé, planea sobre estas líneas inmortales. Sin embargo, todo esto es simplemente absurdo. Durante la huelga de Hong-Kong y de Shangai, durante todo el violento progreso posterior del movimiento de los obreros y los campesinos, se podía y se debían crear los soviets como órganos de la lucha revolucionaria abierta de las masas, que tarde o temprano, y en absoluto inmediatamente, llevaría a la insurrección y a la conquista del poder. Si la lucha, en la fase considerada, no se eleva hasta la insurrección, evidentemente los soviets mismos también se reducen a nada. No pueden convertirse en instituciones “normales” del estado burgués. Pero en ese caso, es decir, si los soviets son destruidos antes de la insurrección, las masas trabajadoras hacen de todos modos una adquisición enorme con el conocimiento práctico que extraen de los soviets y la familiaridad que adquieren con su mecanismo. En la etapa siguiente de la revolución, su edificación está así garantizada de una forma más fructífera y a una escala más vasta: sin embargo, incluso en la fase siguiente, puede ocurrir que no lleven directamente ni a la victoria ni a la insurrección siquiera. Acordémonos firmemente de esto: la consigna de los soviets puede y debe ser avanzada desde las primeras etapas del progreso revolucionario de las masas. Pero debe ser un progreso real. Las masas obreras deben afluir hacia la revolución, colocarse bajo su bandera. Los soviets dan una expresión organizativa a la fuerza centrípeta del desarrollo revolucionario. Estas consideraciones implican que durante el período del reflujo revolucionario, en que se manifiestan tendencias centrífugas dentro de las masas, la consigna de los soviets se convierte en doctrinaria, en inerte o, lo que no es mejor, en una consigna de aventureros. No es posible mostrarlo más clara ni más trágicamente de como lo ha hecho la experiencia de Cantón.
Ahora la consigna de los soviets no tiene otro valor en China que el de abrir una perspectiva, y en ese sentido tiene un papel propagandístico. Sería absurdo oponer los soviets, la consigna de la tercera revolución china, a la Asamblea Nacional, es decir, a la consigna que es resultado del desastre de la segunda revolución china. El abstencionismo, en un período interrevolucionario, sobre todo después de una cruel derrota, sería una política suicida.

Se podría decir (hay muchos sofistas en el mundo) que la resolución del VI Congreso no significa el abstencionismo: no hay ninguna Asamblea Nacional, nadie la convoca todavía ni promete convocarla, y, como consecuencia, no hay nada que boicotear. Semejante razonamiento sería, sin embargo, demasiado lastimoso, formal, infantil, bujarinista. Si el Kuomintang se viese forzado a convocar la Asamblea Nacional, ¿es que la boicotearíamos en esta situación? No. Desenmascararíamos sin piedad la falsedad y la mentira del parlamentarismo del Kuomintang, las ilusiones constitucionales de la pequeña burguesía; exigiríamos la extensión integral de los derechos electorales; al mismo tiempo, nos lanzaríamos a la arena política para oponer en el curso de la lucha por el Parlamento, en el curso de las elecciones, y dentro del mismo parlamento, los obreros y los campesinos pobres a las clases poseedoras y sus partidos. Nadie se empeñará en predecir cuáles serían para el partido, actualmente reducido a una existencia clandestina, los resultados obtenidos así. Si la política fuese correcta, las ventajas podrían ser muy importantes. Pero en este caso, ¿no está claro que el partido puede y debe no solamente participar en las elecciones si las decide el Kuomintang, sino también exigir que traigan consigo una movilización de masas alrededor de esa consigna? Políticamente, el problema está ya planteado; cada día que pase lo confirmará. En nuestra crítica del programa hemos hecho referencia a la probabilidad de una cierta estabilización económica en China. Posteriormente, los periódicos han aportado decenas de testimonios sobre el comienzo de una recuperación económica (véase el Boletín de la Universidad china). Ahora, ya no es una suposición, sino un hecho, aunque la recuperación no esté todavía más que en su primera fase. Pero es precisamente al principio cuando hay que percibir el sentido de la tendencia; si no, no se hace política revolucionaria, sino seguidismo. Lo mismo ocurre con la lucha política en torno a los problemas de la constitución. Ahora no es ya una previsión teórica, una simple posibilidad, sino algo más concreto. No es gratuito que el delegado chino haya vuelto varias veces sobre el tema de la Asamblea Nacional; no es por azar que el congreso ha creído necesario adoptar una resolución especial (y particularmente falsa) a este respecto. No es la Oposición la que ha planteado este problema, sino precisamente el desarrollo de la vida política en China. Aquí también hay que saber percibir la tendencia desde su inicio. Cuanto más intervenga el Partido Comunista, con audacia y resolución, sobre la consigna de la Asamblea Constituyente democrática, menos espacio dejará a los diferentes partidos intermediarios, y más sólido será su propio éxito.

Si el proletariado chino debe vivir todavía varios años (incluso aunque sólo sea un año) bajo el régimen del Kuomintang, ¿va a poder renunciar el Partido Comunista a la lucha por la extensión de las posibilidades legales de todo tipo: libertad de prensa, de reunión, de asociación, derecho de huelga, etc.? Si renunciase a esta lucha se transformaría en una secta inerte. Pero esa es una lucha por las libertades democráticas. El poder de los soviets significa el monopolio de la prensa, de las reuniones, etc., en las manos del proletariado. ¿Es posible que el Partido Comunista saque ahora esta consigna? En la situación que estamos considerando sería una mezcla de infantilismo y de locura. El Partido Comunista está luchando, en la actualidad, no por conquistar el poder, sino por mantener y consolidar su ligazón con las masas en nombre de la lucha por el poder en el porvenir. La lucha por la conquista de las masas está inevitablemente ligada a la lucha desarrollada contra las violencias de la burocracia del Kuomintang frente a las organizaciones de masas, frente a sus reuniones, frente a su prensa, etc. En el curso del período próximo, ¿va el Partido Comunista a combatir por la libertad de prensa, o dejará esta tarea a un “tercer partido”? ¿Se limitará el Partido Comunista a la presentación de reivindicaciones democráticas aisladas (libertad de prensa, de reunión, etcétera), lo que equivaldría a un reformismo liberal, o planteará las consignas democráticas más consecuentes? En el plano político, eso significa la representación popular basada en el sufragio universal.

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Puede uno preguntarse si la Asamblea Constituyente democrática es “realizable” después de la derrota de la revolución en una China semicolonial rodeada por los imperialistas. Sólo es posible responder a esta pregunta por medio de conjeturas. Pero cuando se trata de una reivindicación, cualquiera que sea, formulada en las condiciones generales de la sociedad burguesa o en cierto estado de esta sociedad, el simple criterio de la posibilidad de su realización no es decisivo para nosotros. Es muy probable, por ejemplo, que el poder de la monarquía y la Cámara de los Lores no sean eliminados en Inglaterra antes de la instauración de la dictadura revolucionaria del proletariado. A pesar de ello, el Partido Comunista inglés debe hacer figurar su abolición entre sus reivindicaciones parciales. No son las conjeturas empíricas sobre la posibilidad o imposibilidad de realizar cualquier reivindicación transitoria las que pueden resolver el problema. Es su carácter social e histórico el que decide: ¿es progresiva para el desarrollo ulterior de la sociedad? ¿Corresponde a los intereses históricos del proletariado? ¿Consolida su conciencia revolucionaria? En este sentido, reclamar la prohibición de los trusts es pequeño burgués y reaccionario; además, como lo ha demostrado la historia de Norte América, esta reivindicación es completamente utópica. En cambio, bajo determinadas condiciones, es totalmente progresivo y correcto exigir el control obrero sobre los trusts, aunque sea dudoso que se pueda lograr en el marco del estado burgués. El hecho de que esta reivindicación no sea satisfecha mientras domine la burguesía, debe empujar a los obreros al derrocamiento revolucionario de la burguesía. De esta forma, la imposibilidad política de realizar una consigna puede no ser menos fructífera que la posibilidad relativa de realizarla.
¿Llegará China, durante un cierto período, al parlamentarismo democrático? ¿En qué grado, con qué fuerza y duración? A este respecto, sólo podemos entregarnos a las conjeturas. Pero sería fundamentalmente erróneo suponer que el parlamentarismo sea irrealizable en China y suponer que no debemos llevar a las camarillas del Kuomintang ante el tribunal del pueblo chino. La idea de la representación del pueblo entero, como lo ha mostrado la experiencia de todas las revoluciones burguesas, y en particular las que liberaron a las nacionalidades, es la más elemental, la más simple y la más apta para despertar el interés de amplias capas populares. Cuanto más se resista la burguesía que domina a esta reivindicación “del pueblo entero”, más se concentrará la vanguardia proletaria alrededor de nuestra bandera, más madurarán las condiciones políticas para la verdadera victoria sobre el estado burgués, sea el Gobierno militar del Kuomintang o un Gobierno parlamentario.

Se puede replicar: pero sólo se podrá convocar una verdadera Asamblea Constituyente a través de los soviets, es decir, a través de la insurrección. ¿No sería más sencillo comenzar por los soviets y limitarse a ellos? No, no sería más sencillo. Sería justamente poner el carro delante de los bueyes. Es muy probable que sólo sea posible convocar la Asamblea Constituyente por medio de los soviets, y que así esta Asamblea se convierta en superflua antes de haber visto la luz del día. Esto puede suceder, de la misma forma que puede no suceder. Si los soviets, por medio de los cuales podrá reunirse una “verdadera” Asamblea Constituyente, están ya allí, veremos si es todavía necesario proceder a esta convocatoria. Pero en la actualidad no existen soviets. No se podrá comenzar a establecerlos hasta que empiece un nuevo ascenso de las masas, que puede producirse dentro de dos o tres años, dentro de cinco años o de más. No existe tradición soviética en China. La Internacional Comunista ha desarrollado en este país una agitación contra los soviets, y no a favor de ellos. No obstante, mientras tanto, las cuestiones constitucionales se dedican a salir por todas las grietas.

A lo largo de su nueva etapa, ¿puede saltar la revolución china por encima de la etapa de la democracia formal? De lo que se ha dicho más arriba resulta que, desde un punto de vista histórico, no está excluida tal posibilidad. Pero es absolutamente inadmisible que se aborde el problema limitándose a esta eventualidad, que es la menos probable y la más lejana. Es dar prueba de ligereza de espíritu en el terreno político. El Congreso adopta sus decisiones para más de un mes, e incluso, como ya sabemos, para más de un año ¿Cómo se puede dejar a los comunistas chinos atados de pies y manos, tachando de oportunismo la forma de lucha política que, en la próxima etapa, puede adquirir la mayor importancia?

Sin duda alguna, al entrar en la vía de la lucha por la Asamblea Constituyente, se puede reanimar y reforzar a las tendencias mencheviques dentro del Partido Comunista Chino. No es menos importante combatir al oportunismo cuando la vida política se orienta hacia el parlamentarismo o hacia la lucha por su instauración que cuando se está en presencia de una lucha revolucionaria directa. Pero como ya se ha dicho, de ello deriva la necesidad de no tachar de oportunismo las consignas democráticas, sino de prever garantías y elaborar métodos de lucha bolcheviques a los que sirvan estas consignas. En grandes líneas, estos métodos y estas garantías son los siguientes:

1o El partido debe recordar que, con relación a su objetivo principal, la conquista del poder con las armas en la mano, las consignas democráticas no tienen más que un carácter secundario, provisional, pasajero, episódico. Debe explicarlo así. Su importancia fundamental reside en que permiten desembocar en la vía revolucionaria.

2o El partido debe, en la lucha por las consignas de la democracia, arrancar las ilusiones constitucionales y democráticas de la pequeña burguesía y de los reformistas que expresan sus opiniones, explicando que el poder dentro del estado no se obtiene por medio de las formas democráticas del voto, sino por medio de la propiedad y el monopolio de la enseñanza y el armamento.

3o Explotando a fondo las divergencias de puntos de vista que existan en el seno de la burguesía (pequeña y grande) con respecto a las cuestiones constitucionales, franqueando las diversas vías posibles hacia un campo de actividad abierta; combatiendo por la existencia legal de los sindicatos, de los clubes obreros, de la prensa obrera; creando donde y cuando sea posible organizaciones políticas legales del proletariado colocadas bajo la influencia directa del partido; tendiendo nada más sea posible a legalizar más o menos los diversos dominios de la actividad del partido (éste deberá, ante todo, asegurar la existencia de su aparato ilegal, centralizado, que dirigirá todas las ramas de la actividad del partido, legal e ilegal). 4° El partido debe desarrollar un trabajo revolucionario sistemático entre las tropas de la burguesía.
5° La dirección del partido debe desenmascarar implacablemente todas las vacilaciones oportunistas que tiendan a una solución reformista de los problemas planteados al proletariado de China, debe separarse de todos los elementos que conscientemente se esfuercen en subordinar el partido al legalismo burgués.
Sólo teniendo en cuenta estas condiciones asignará el partido a las distintas ramas de su actividad su justa proporción, no dejará pasar un nuevo cambio de la situación en el sentido de un nuevo reavivamiento revolucionario, entrará desde el comienzo en la vía de la creación de los soviets, movilizando a las masas alrededor de éstos, y los opondrá desde su creación al estado burgués, con todos sus camuflajes parlamentarios y democráticos.


Otra vez más sobre la consigna de la “dictadura democrática”


La consigna de la Asamblea Constituyente se opone tan poco a la fórmula de la dictadura democrática como a la de la dictadura del proletariado. El análisis teórico y la historia de nuestras tres revoluciones lo testifican.
La fórmula de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado fue en Rusia la expresión algebraica, o, dicho de otra forma, la expresión más general, la más amplia, de la colaboración del proletariado y las capas inferiores del campesinado en la revolución democrática. La lógica de esta fórmula provenía del hecho de que sus grandes componentes no habían sido juzgados en la acción. En particular, no había sido posible predecir de forma totalmente categórica si, en las condiciones de la nueva época, el campesinado sería capaz de convertirse en una nueva fuerza más o menos independiente, en qué medida lo sería, y qué relaciones políticas recíprocas entre los aliados resultarían de ello dentro de la dictadura. El año 1905 no había llevado la cuestión hasta el punto de una verificación decisiva; 1917 demostró que cuando el campesinado lleva sobre sus espaldas a un partido (los socialistas revolucionarios) independiente de la vanguardia del proletariado, este partido se encuentra colocado bajo la total dependencia de la burguesía imperialista. A lo largo del período 1905-1917, la transformación imperialista, que trajo consigo el desarrollo de la democracia pequeño-burguesa así como el de la socialdemocracia internacional, se aceleró. Por eso, en 1917, la consigna de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado se realizó verdaderamente por medio de la dictadura del proletariado, arrastrando consigo a las masas campesinas. Por ello mismo, el “transcrecimiento” de la revolución, pasando de la fase democrática al estadio socialista, se efectuó ya bajo la dictadura del proletariado. En China, la consigna de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado habría podido tener una cierta lógica política, mucho más limitada y episódica que en Rusia, si hubiera sido formulada en el momento adecuado, en 1925-1926, para probar a las fuerzas vivificadoras de la revolución; hubiera sido sustituida, igualmente en el momento oportuno, por la de la dictadura del proletariado arrastrando a los campesinos pobres. Todo lo necesario al respecto ha sido dicho en la Crítica del proyecto de programa. Queda todavía por preguntarse: ¿no puede el período interrevolucionario actual, ligado a un nuevo reagrupamiento de las fuerzas de clase, favorecer el renacimiento de la consigna de la dictadura democrática? Más arriba hemos respondido: no, la hace desaparecer definitivamente. El período de la estabilización interrevolucionaria se corresponde con el crecimiento de las fuerzas productivas, con el desarrollo de la burguesía nacional, con el aumento numérico del proletariado y el desarrollo de su cohesión, con la acentuación de las diferencias en el campo y la acentuación de la degeneración capitalista en la democracia al estilo Wan Tin-Wei o cualquier otro demócrata pequeño-burgués con un “tercer partido”, etc. En otras palabras, China pasará por procesos análogos en sus grandes líneas a los que atravesó Rusia bajo el régimen del 3 de junio. Estábamos seguros, en aquel tiempo, de que dicho régimen no sería eterno, ni siquiera de larga duración, y de que desembocaría en una revolución (con la ayuda relativa de la guerra). Pero la Rusia que salió del régimen de Stolypin no era la misma que cuando empezó. Los cambios sociales que el régimen interrevolucionario introducirá en China dependen en particular de la duración de ese régimen. La tendencia general de esas modificaciones no es menos indiscutible desde ahora: acentuación de las contradicciones de clase y eliminación completa de la democracia pequeño burguesa en tanto que fuerza política independiente. Pero esto significa justamente que, en la tercera revolución china, una coalición “democrática” de los partidos políticos tomaría un sentido más reaccionario y más antiproletario todavía de lo que lo fue el del Kuomintang en 1925-1927. No queda, pues, otra cosa que realizar que una coalición de las clases bajo la vanguardia proletaria. Es precisamente la vía de Octubre. Presenta muchas dificultades, pero no existe otra.

(Fragmento del capítulo VI del Libro: “Stalin, el gran organizador de derrotas”, 1929. Tomado de El Socialista Centroamericano)

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