La poesía detenida y radiante de Patricio Lara

por Juan García Brun

Conocí a Patricio Lara el incombustible año 1984. En Valdivia llovía entonces con ferocidad y el fuego comenzaba a templarnos. Él vivía en una cabaña cerca de lo que en aquél entonces era el IPV, unas cabañas mediterráneas, parecidas a las construcciones utilizadas para hacer pruebas nucleares en el desierto. Sólo que éstas parecían estar bajo un roble inmenso, gigante, a metros de las profundas aguas del canal Haverbeck y, debo insistir, bajo una lluvia que devoraba todo. No deja de ser paradójico, en este contexto, que él estudiara Turismo.

En ese entonces yo era un secundario que buscaba un lugar en la trinchera antidictatorial. En tal tarea me tocó acompañar a Patricio a peñas, recitales y alguna protesta. El ambiente lo dominaba la Iglesia Católica y el Partido Comunista, en realidad algunos curas obreros y las JJCC. Sólo por esa razón yo creí que Patricio era del PC, porque aunque solíamos hablar de literatura y juntos trabajamos en algunos proyectos que a estas alturas me cuesta recordar (Ainilebu, La Tinaja, Pata de Gallo), mi capacidad política no me permitía hacer mayores distinciones.

Por estas razones, reseñar «Poemas detenidos» de Patricio Lara, Antología Inconclusa (1974-2018), Ediciones Pueblo Oculto, inevitablemente es hablar de un hermano mayor. Por lo mismo de forma invariable, al referirme a la obra lo haré también al autor, cuestión que —dicho sea de paso— no constituye un problema mayor, máxime que la ordenación de los textos antologados nos proponen un viaje al pasado. Un pasado que se desdobla, en un primer poema Tanto va al cántaro al agua que se llueve el corazón, que revienta de puro miedo en 2018 y que en 1974 —detengámonos en la fecha— canta como un consuelo, como se rubrica el poema 1974.

En la poesía de Lara está Dios, la Iglesia, el Rey y la Patria. Estos mismos comparecen intemporales fuera de toda época sitiando la vida del autor, quien padece un amor igualmente intemporal. No encontramos en esta poesía ningún rastro de las corrientes, ni de las vanguardias ni de los panfletos del realismo de los 80 en que nace. No hay transgresión ni amenazas, aunque se hable de fusilamientos y tanquetas, esta poesía rebosa de pulcritud y precisión. Porque ni las tortugas, ni los fusiles, ni los íconos demarcatorios del espacio y el tiempo de su autor son los protagonistas. Hasta el tono amoroso con que se hilvana esta obra nos remite al espíritu victoriano de la sobriedad chilena.

Quizá por eso Patricio Lara habla desde Curepto, desde la cuenca del Mataquito, como alguna vez le escuché decir. Porque su poesía radiante, es agridulce como las ciruelas del campo y necesitamos llevarla con nosotros por ser prioritaria. El gesto poético de Lara, es un gesto juvenil que no se agota, que observa y que por sobre cualquier consideración se arriesga, porque sabemos perfectamente de qué habla cuando señala a su obra como detenida.

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