Hayek y la Constitución del 80. La construcción del mito

por Valentina Verbal

Según autores de derecha e izquierda chilenos, las ideas del pensador “neoliberal” Friedrich Hayek fueron claves para conciliar conservadurismo y autoritarismo con liberalismo económico, y plasmarlo en la Constitución del 80. Aún cuando visitó nuestro país en dos oportunidades y llegó a ser Presidente Honorario del Centro de Estudios Públicos (CEP), “desde mi punto de vista esa influencia no deja de ser un mito”, plantea la autora. En esta columna busca demostrar por qué.

El presente artículo se inserta en una línea de investigación independiente, y en permanente desarrollo, sobre las ideas políticas de la derecha chilena, que hasta ahora se ha expresado en el libro La derecha perdida (Santiago: Ediciones LyD, 2017), en el artículo “Mario Góngora como pensador político. Un debate inconcluso”, Revista de Historia y Geografía, n.° 42 (2020): 45-68, y en el capítulo “El hundimiento. La derecha chilena frente a la crisis de octubre”, en Benjamín Ugalde, Felipe Schwember y Valentina Verbal (editores), El octubre chileno. Reflexiones sobre democracia y libertad (Santiago: Ediciones Democracia y Libertad, 2020), 45-74

Recientemente, el profesor Daniel Chernilo publicó en este mismo medio un artículo sobre la presencia transversal de Carl Schmitt en Chile[1]. Basándose en Renato Cristi (2011), refiere la eventual influencia del jurista alemán en la Constitución de 1980 a través de Jaime Guzmán. Sin embargo, en esa misma obra, Cristi estudia otra fuente intelectual para el mismo documento: la de Friedrich Hayek. Según Cristi, Hayek le habría dado a Guzmán la solución para conciliar conservadurismo autoritario con liberalismo económico (2011: 27).

Hayek fue uno de los más importantes economistas y filósofos liberales del siglo XX. Luego de haber sido un economista más bien académico, su figura saltó a la fama con la publicación de Camino de servidumbre en 1944, obra en la denunció los sistemas de planificación central y los totalitarismos de ese entonces. En 1960, publicó otra obra célebre: Los fundamentos de la libertad, en la que sistematizó su filosofía política, jurídica y económica. En los años 70, hizo lo propio en tres tomos con Derecho, Legislación y Libertad. Y en 1974 obtuvo el Premio Nobel de Economía.

Hayek suele ser considerado una de las grandes cabezas del pensamiento neoliberal, aunque él nunca aceptó esa etiqueta. Justamente en este contexto, algunos autores lo consideran como una fuente intelectual de la Constitución de 1980. No obstante que visitó Chile dos veces y llegó a ser Presidente Honorario del Centro de Estudios Públicos (CEP), desde mi punto de vista esa influencia no deja de ser un mito; al menos en el sentido en que el historiador Mathew Restall le otorga a esa palabra, es decir, como “algo ficticio que suele aceptarse como cierto, ya sea parcial o totalmente” (2004: 21).

No deja de ser interesante que el primer autor que vio en Hayek una influencia fundamental en la Constitución de 1980 (y en el modelo económico contenido en ella) fue Mario Góngora, quien no era precisamente de izquierda. En su célebre Ensayo histórico, señala Góngora que, pese a propiciar un liberalismo evolutivo, a través de la dictadura militar el pensamiento del austriaco se habría instaurado de manera constructivista, como una “revolución desde arriba” (Góngora, 1981: 136).

En la línea de Cristi, y tomando la posta de Góngora, Daniel Mansuy ha denunciado algunas supuestas tensiones o puntos ciegos de Hayek. Su tesis central es que, no obstante subrayar el valor de la libertad individual, Hayek incurriría en la paradoja de, por un lado, dejar a las personas en una situación de dependencia respecto de la historia y de, por otra, aspirar a la construcción de una utopía, a la manera del socialismo (Mansuy, 2018).

Considerando que hoy estamos insertos en un proceso constituyente, orientado a reemplazar la Constitución del 80, resulta interesante revisar el modo en que se ha construido el referido mito; lo haré, precisamente, a partir de Góngora (1981), Cristi (2011) y Mansuy (2018). Dedico una sección a Mansuy por tres razones: a) es el autor que más recientemente ha tratado la figura de Hayek; b) lo ha hecho en el contexto de la crisis de legitimidad del modelo económico llamado “neoliberal”; y c) sobre su crítica a Hayek no se ha escrito nada, al menos que yo sepa.

GÓNGORA Y CRISTI: DE LA PRIMERA CRÍTICA AL NEOLIBERALISMO A LA CUESTIÓN DE LA SÍNTESIS GUZMANIANA

Mario Góngora no fue sólo un prominente historiador (obtuvo el Premio Nacional de Historia en 1976), sino también un pensador político (Verbal, 2020). Aunque durante toda su vida, y en paralelo a su fructífera carrera como historiador, expresó opiniones políticas, no fue sino con la publicación de su Ensayo histórico en 1981 que su figura se consolidó en la segunda de esas dimensiones.

En esa obra, Góngora sostiene que el neoliberalismo impulsado por el régimen militar habría implicado el abandono de la misión del Estado de crear la nación. Para él, la economía de libre mercado conduciría a que la sociedad pierda un horizonte común de sentido, que sí habría estado presente, en cambio, en el golpe militar de 1973. Dice Góngora: “Los ideales tradicionalistas y nacionalistas de la primera hora de la Declaración de Principios de 1974, han quedado relegados al olvido ante el materialismo económico ambiente” (Góngora 1981, 136).

En otro lugar, argumenta que la cultura hispanoamericana es incompatible con la mentalidad empresarial que el capitalismo requiere, y que sí estaría presente en las sociedades anglosajonas: “No se trata solamente de crear un grupo que persiga el lucro a través de la empresa”, sino que además, añade, es necesario formarse “una convicción de la legitimidad de su existencia” y “una creencia en la eticidad y valor de ese género de vida” (Góngora 1987, 177). De este modo, el neoliberalismo introducido por la dictadura militar atentaría contra la identidad colectiva que históricamente habría propiciado el Estado.

Según Góngora, Hayek habría sido uno de los grandes inspiradores —junto con Milton Friedman— de los Chicago Boys. Pero a diferencia del economista estadounidense, que habría influido sobre la política económica, Hayek habría aportado la caja de herramientas para la construcción de una utopía: la utopía capitalista o de la sociedad comercial. Dice Góngora: “¿Es compatible el liberalismo como idea con la planificación de un sistema liberal en un país en el cual esa idea no está incorporada en la tradición? Friedrich von Hayek, al responder a una pregunta sobre su afinidad con el pensador liberal Karl Popper, dice terminantemente que no” (Góngora 1981, 137). Sin embargo, sostiene Góngora, en Hayek se encierra la paradoja de que no obstante oponerse al constructivismo estatal, el neoliberalismo que propiciaría se habría impuesto en Chile como una “revolución desde arriba”, contrariando la tradición cultural de Chile, de raíz hispánica (Góngora 1981, 136).

¿Cómo entonces armonizar los principios de autoridad y libertad? De acuerdo a Renato Cristi, es Jaime Guzmán el encargado de hacer posible lo que Góngora consideraba incompatible: “El desafío central que enfrenta [el] pensamiento político [de Guzmán] es la intención de acomodar la democracia dentro de ese complejo conservador liberal. La solución la encuentra Guzmán en Hayek, quien, fundado inmediatamente en Schumpeter, elabora un concepto instrumental de la democracia” (2011: 27).

Sin embargo, este planteamiento de Cristi resulta problemático por varias razones. En primer lugar, porque como el propio Cristi reconoce, ya en los años 60 el líder gremialista había dejado de ser corporativista, en el sentido de antiliberal en lo económico. Sostiene que, pese a que Guzmán se definía como crítico del liberalismo, sí adhería al capitalismo y a la propiedad privada. Dice Cristi: “Aunque el principio de subsidiariedad le permite a Guzmán adoptar una vía intermedia entre liberalismo económico y socialismo, ello no significa que el capitalismo quede excluido como opción” (2011: 38).

En segundo término, no existe ningún documento que acredite que Guzmán leyó a Hayek, al menos antes de 1980. En este sentido, el trabajo de Bruce Caldwell y Leonidas Montes (2015) sobre las visitas de Hayek a Chile descarta que Guzmán haya tenido acceso a la obra del pensador austríaco. En esencia, estos autores demuestran que en los años 70, Hayek era prácticamente desconocido en Chile, situación que se revertiría en 1981, cuando es nombrado Presidente Honorario del CEP. Además, según ellos, “diversos testimonios dificultan su influencia [en Guzmán]”. Estos autores añaden que las influencias del líder gremialista irían más en la línea del tomismo, del gremialismo y probablemente de la figura de Carl Schmitt (2015: 106-107).

En tercer lugar, cuando Guzmán tuvo la oportunidad de reunirse con Hayek, en 1981, las diferencias entre ambos saltan a la vista. Cuando en la revista Realidad[2], creada por el propio Guzmán, se le pregunta a Hayek[3] si el Estado debería redistribuir la riqueza, éste último responde que no. Sin embargo, y frente a una contrapregunta asociada a los más necesitados, Hayek insiste en su negativa, ya que la pobreza “no se soluciona con la redistribución”, sino más bien con la desigualdad de ingresos que permite una mayor producción. Luego, frente a la cuestión de la desnutrición, Hayek parece simpatizar con el control de natalidad (Realidad, 1981: 28-29).

DANIEL MANSUY Y LAS SUPUESTAS TENSIONES DEL LIBERALISMO HAYEKIANO

En una línea muy similar a la de Cristi, pero desde la interpretación histórica de Góngora, Mansuy emprende la tarea de diseccionar el pensamiento de Hayek. Dice Mansuy en su libro Nos fuimos quedando en silencio: “En el fondo, y por paradójico que parezca, los militares terminan apelando a la idea de revolución, y por eso a nadie debiera sorprender la afirmación de Mario Góngora según la cual el régimen emprendió —como Frei y Allende— una planificación global” (Mansuy 2016, 29).

Quizás, por lo mismo, Mansuy apunte a destacar eventuales tensiones o puntos ciegos de Hayek, que al mismo tiempo darían cuenta de las paradojas del liberalismo. En esencia, mientras Hayek propone como gran principio político la libertad individual, su propuesta filosófica anularía el protagonismo de los individuos y caería en lo mismo que critica: en la planificación de una utopía constructivista. Sin embargo, intentaré aquí mostrar que la aproximación de Mansuy a Hayek es descaminada por la sencilla razón de que no refleja realmente su pensamiento filosófico. Veamos esta aproximación en torno a dos conceptos claves: orden espontáneo y utopía.

  • Orden espontáneo

Hayek distingue dos grandes tipos de órdenes jurídicos, que denomina alternativamente de varias maneras: órdenes espontáneos y planificados, cósmos y táxis, leyes y mandatos. Mientras los primeros (órdenes espontáneos, leyes o cósmos) son abstractos o generales, en el sentido de no establecer fines colectivos o unitarios, que apunten a limitar el despliegue de los fines individuales, los segundos (órdenes planificados, mandatos o táxis) hacen justamente lo contrario.

Por otra parte, Hayek sostiene que “el orden que se forma por evolución, al que nos hemos referido como a un orden que se autogenera o es endógeno, puede describirse mejor como orden espontáneo” (Hayek, 2006: 60). En otras palabras, los órdenes espontáneos no surgen de la voluntad o planificación de una única mente humana, o de una sola generación de individuos; proceden de un proceso evolutivo de selección de normas que, incluso después de varios siglos, pueden codificarse, como así de hecho ocurrió con el derecho romano bajo el emperador Justiniano (527-565).

Sin embargo, Mansuy se permite señalar que la existencia de una evolución o selección de normas necesariamente resultaría contradictoria con la relevancia que el pensador austríaco le otorga a la libertad individual: “Así pues, afirmar que la sociedad es el producto de un orden espontáneo no diseñado por nadie implica asumir que es la historia la encargada a resolver los problemas que la mente humana no puede solucionar. Esto deja al hombre en un innegable estado de dependencia respecto de la historia, que es mucho más poderosa que él” (Mansuy, 2018: 30-31).

Esta crítica carece de significado. Si fuera correcta, se podría aplicar a cualquier aprendizaje conseguido a través de la experiencia. En ese sentido, todo aprendizaje a través de un mecanismo de ensayo y error nos pondría en un “innegable estado de dependencia respecto de la historia”, que sería mucho más poderosa que nosotros. Pero ¿cuál sería exactamente aquí la crítica y qué significaría? Descartada la idea de que la historia tenga por fin (o se enderece a) la disipación de nuestra ignorancia —idea que Hayek no profesa— la crítica es trivial o vacía.

  • Utopía

Mansuy cree poner en problemas la consistencia del pensamiento del austríaco: “En un artículo publicado en 1949 Friedrich Hayek llama la atención sobre la necesidad de elaborar una auténtica ‘utopía liberal’, que constituya una verdadera alternativa al socialismo”. Y luego agrega: “Por lo mismo, el llamado al utopismo resulta paradójico; en principio no hay nada más alejado de la espontaneidad que la utopía” (Mansuy, 2018: 13).

El ensayo al que se refiere Mansuy es “Los intelectuales y el socialismo”. Aquí Hayek señala: “Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una defensa de las cosas tal y como son ni una especie de socialismo diluido, sino un radicalismo verdaderamente liberal”, pero que no sea tan práctico como para sólo limitarse a lo “políticamente posible” (Hayek, 2012: 274-275).

Pero Mansuy, siguiendo a Góngora, no sólo hace ver la supuesta contradicción entre los conceptos de utopía y de espontaneidad, sino también entre los de utopía y liberalismo: “Con todo, el concepto de utopía liberal contiene más de una tensión interna. Por ejemplo, cabe preguntarse si acaso el deseo de elaborar una utopía como alternativa al socialismo no deja a Hayek en un extraño estado de dependencia respecto de la doctrina que pretende rebatir, al mimetizarse con ella” (Mansuy, 2018: 15).

Así es como, sólo a partir de una frase aislada de Hayek expresada como ideal político, Mansuy cree descubrir algunas tensiones en el pensamiento del autor austriaco. Pero cabe, al menos, hacerse dos preguntas: a) ¿por qué la expresión de un desiderátum podría entenderse como la elaboración efectiva de un pensamiento utópico?; y b) ¿por qué el concepto de utopía debería necesariamente ser asociado a los de planificación, constructivismo o socialismo?

Esas preguntas son relevantes puesto que Mansuy asocia erróneamente —y de manera mecánica— el concepto de utopía en un sentido blando (imagen ideal de sociedad) con el concepto de utopía en un sentido duro (por ejemplo, socialismo real). Claramente, lo segundo no se le puede —al menos seriamente— atribuir a Hayek. Por lo demás, del hecho de que manifieste la necesidad o el deseo de una utopía liberal no se sigue que él mismo se haya embarcado en la creación de una utopía, o que haya interpretado su propia obra como una utopía liberal.

CONCLUSIÓN

¿Influyó realmente Hayek en la Constitución del 80 y, por lo tanto, en el modelo económico creado por la dictadura de Pinochet? Mi respuesta es negativa. No pudo hacerlo puesto que, tal como lo demuestran Caldwell y Montes, las ideas de Hayek eran desconocidas en Chile durante los años 70. Distinto es el hecho de que la Carta de 1980 haya recibido influencias liberales en el plano económico, pero desde principios generales que no cabe únicamente atribuirle a Hayek.

Por último, no deja de ser interesante que en la construcción del mito sobre la influencia de Hayek en la Constitución del 80 no han participado sólo intelectuales vinculados a la izquierda, como el propio Cristi, sino también de derecha, como Góngora y Mansuy.

(Tomado de CIPER)

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