por Alejandro Valenzuela Torres
El derrotismo que campea en franjas amplias de la izquierda chilena —aquella que apoya a Jeannette Jara como supuesta “barrera” frente al ascenso de Kast, y aquella que llama a votar nulo sin más horizonte que una “pureza” política autocomplaciente— revela una forma de ideología de la derrota. Ambas posturas, aunque aparentemente opuestas, coinciden en un mismo marco liberal: aceptar que la historia se juega, fundamentalmente, en el terreno electoral y que el sujeto popular está condenado a ser espectador o rehén, no fuerza revolucionaria. En eso reside su bancarrota.
El problema de fondo no es táctico, sino estratégico. Estas posiciones —tanto la del “mal menor” como la del “voto protesta”— se inscriben en el mismo horizonte derrotado: una izquierda que ha renunciado a la independencia política del proletariado, que no educa para la lucha, sino para la resignación cívica, para la administración de la miseria dentro del Estado burgués. En este contexto debemos señalar con claridad que una dirección revolucionaria no se improvisa, sino que se forja en la lucha teórica y práctica contra todas las formas de adaptación al régimen burgués, incluso las que se visten de antifascismo liberal.
La comparación impúdica que algunos sectores hacen entre la actual coyuntura chilena y la ofensiva de Kornílov en 1917 no solo es históricamente insostenible: es políticamente deshonesta. En julio-agosto de 1917, la amenaza del general Kornílov fue respondida por los bolcheviques con una política de frente único con el Gobierno Provisional para movilizar a las masas, desarmar a los golpistas y armar a los soviets. Pero como aclara Trotsky:
“Los bolcheviques no sólo no apoyaron políticamente a Kerenski, sino que prepararon activamente su derrocamiento, incluso cuando repelían la amenaza golpista. Su política consistió en desenmascarar a la burguesía, no en confiar en el ‘mal menor’”.
A diferencia de la Jara actual, que integra sin vergüenza a los cuadros de la vieja Concertación y claudica frente al empresariado, el Gobierno Provisional de Kerenski era considerado por los bolcheviques un obstáculo a destruir, no una “opción progresista”.
Los antifascistas «de cartón» no han inventado la rueda a la hora de practicar la colaboración de clases. En efecto, es particularmente útil la caracterización que Trotsky hizo de la política derrotista de la socialdemocracia alemana y del estalinismo posterior en La Tercera Internacional después de Lenin, cuando describe cómo el centrismo degenerado convirtió toda posibilidad de acción independiente de las masas en una farsa electoral, delegando en el aparato del Estado burgués la resolución de los conflictos históricos:
“Las direcciones oficiales transformaron la lucha contra el fascismo en una cadena de maniobras parlamentarias y acuerdos por arriba. […] Pero la lucha contra el fascismo no puede triunfar sin la movilización independiente de la clase obrera, sin romper con los instrumentos del orden burgués”.
La ideología de la derrota se expresa en la reducción de la lucha antifascista a una opción entre Jara y Kast. En ambos casos se nos dice: “No se puede hacer más que esto”. El “esto” es resignarse, esperar, entregar la fuerza del movimiento a operadores reciclados del régimen, y desmovilizar en nombre de una “unidad” que sirve solo para contener a las masas.
Pero más peligroso aún es el contenido reaccionario de esta resignación. El centro del problema no es el fascismo como fenómeno político, sino la desmoralización, desorganización y atomización del proletariado que permite su ascenso. En otras palabras, el fascismo no se combate votando a sus adversarios liberales, sino enfrentándolo con una clase obrera movilizada, armada política e ideológicamente. Como advirtió Trotsky en La revolución traicionada,:
“El ascenso del fascismo es el precio que se paga por la impotencia del reformismo y el oportunismo. […] Allí donde la clase obrera es incapaz de construir su propia alternativa, la pequeña burguesía cae inevitablemente bajo la bandera del fascismo”.
El antifascismo liberal —como el de los sectores que apoyan a Jara y los que reducen todo el problema a «enfrentar a la derecha»— es una trampa. Pretende defender la democracia burguesa frente al fascismo, cuando en realidad la democracia burguesa fue la incubadora del crecimiento electoral de la extrema derecha. No se trata de elegir entre dos formas del régimen del capital, sino de construir una dirección revolucionaria que agrupe a los explotados en un proyecto independiente. Lo que está en juego no es una elección presidencial, sino la posibilidad de recuperar la iniciativa por una estrategia revolucionaria de clase.
No se puede luchar contra la derecha sin romper con los dispositivos que la fortalecen desde el “progresismo”, porque el combate se plantea frontalmente contra el conjunto del régimen burgués. No se puede frenar a Kast con una candidatura que repite la trayectoria de Boric: desmovilización, cooptación y entrega del programa popular. Tampoco se puede enfrentar al fascismo votando nulo sembrando la idea de que esto podrá resolverse en la arena electoral. La única vía revolucionaria exige rechazar tanto el “mal menor” como el sectarismo testimonial. Requiere levantar una política de independencia de clase, organización desde abajo y rearticulación del movimiento obrero y popular.
Por eso, cuando se nos dice que “como en 1917, hay que cerrar filas para detener al fascismo”, cabe responder con los propios hechos de 1917: los bolcheviques no cerraron filas con Kerenski, sino con las masas, armándolas contra todos los bloques burgueses. No hay antifascismo posible sin una crítica implacable a la política que nos condujo a este punto.
La ideología de la derrota es cómoda porque no exige nada más que esperar. Pero la política de la clase trabajadora no es una ética de la espera: es una guía para la acción. Y hoy, esa acción exige romper con el chantaje del régimen, denunciar el colaboracionismo del reformismo, y comenzar a construir, sin falsas ilusiones, una herramienta revolucionaria para los explotados. Eso, y no otra cosa, es la lección viva de Octubre.
Pero esta ruptura no puede formularse como una mera reivindicación abstracta del socialismo o del “gobierno de los trabajadores”. Un programa revolucionario no se sustenta en principios generales, sino en el balance histórico de la experiencia concreta de la lucha de clases. En el caso chileno, ese balance atraviesa tres momentos clave:
- La “vía pacífica al socialismo” de la Unidad Popular, que significó la subordinación de la lucha de clases al calendario electoral e institucional burgués. Su trágico desenlace no fue el resultado del exceso revolucionario, como afirman los liberales, sino de la impotencia programática de una izquierda que rechazó organizar la autodefensa obrera y campesina y dejó intactas las estructuras del aparato estatal burgués, incluido el Ejército. El precio de esa ilusión reformista fue la sangre.
- El antifascismo liberal durante la dictadura, que convirtió la lucha popular en una estrategia de presión moral sobre los militares y no en una preparación insurreccional de las masas para la toma del poder. Así, el movimiento fue conducido hacia los “Acuerdos Nacionales” y la transición pactada, donde los actores revolucionarios fueron neutralizados o cooptados, y donde el Partido Comunista —que había tomado por momentos un giro combativo— volvió a la legalidad a costa de su programa.
- La política del “mal menor” y la adaptación al régimen concertacionista, que ha sido la expresión más degradada de esta secuencia. Se trata de una forma consolidada de cretinismo parlamentario, que ha absorbido incluso a sectores que en otros tiempos se pretendían revolucionarios. Hoy, el chantaje del fascismo sirve no para movilizar a la clase obrera, sino para disciplinarla electoralmente, detrás de proyectos sin ruptura ni contenido socialista real.
La izquierda que aspire a reorganizar a los explotados no puede permanecer en la ambigüedad. Tiene que poner fin a todo eclecticismo ideológico con las formas del democratismo burgués. Esto significa, también, rechazar el pacifismo abstracto como estrategia. La lucha por el poder de los trabajadores es incompatible con la sacralización de la legalidad capitalista. La lucha de clases es violenta por naturaleza, no por elección. La revolución no puede limitarse a tomar el aparato estatal existente, sino que debe destruirlo y reemplazarlo por una forma nueva de poder de clase
La nueva dirección que debe surgir no puede ser otra cosa que la cristalización de esta comprensión. Su programa debe partir de tres ejes estratégicos inseparables: 1.- Ruptura total con la institucionalidad burguesa, incluyendo el aparato estatal, los partidos que lo administran y las formas de mediación que cooptan a los movimientos sociales. No hay camino al poder popular dentro del régimen político heredado de la dictadura y perfeccionado por la Concertación; 2.- Expropiación de la gran propiedad bajo control obrero y popular, es decir, la destrucción del poder económico del capital en sus formas concretas: los grupos económicos, el capital financiero, las mineras, el agronegocio, las AFP, el gran comercio, las forestales. No hay socialismo sin planificación, y no hay planificación sin poder obrero; 3.- Ruptura con el imperialismo, es decir, con el sometimiento estructural de Chile al capital extranjero a través de tratados, inversiones y deuda. Toda política revolucionaria debe partir de la perspectiva de unidad latinoamericana de los trabajadores, contra los gobiernos subordinados a Washington.
Estas no son fórmulas, son tareas. Y su concreción depende de la edificación de una organización revolucionaria, no de la espontaneidad ni del “voto crítico”. El antifascismo liberal, el pacifismo reformista, el democratismo sin contenido clasista son todos rostros de una misma renuncia, aquella que se expresa como abandono de la lucha por la revolución como ruptura con el orden existente. Esta es la tarea de una nueva dirección obrera. No se trata de “salvar a la democracia”, sino de conquistar el poder. Y eso sólo puede lograrse con una estrategia insurreccional, organizada desde abajo, en la lucha y para la lucha.
No es suficiente declarar “socialismo o barbarie”. Es preciso construir una dirección que haga realidad lo primero, porque la barbarie ya la tenemos encima.
