La IV Internacional y la esperanza revolucionaria. Análisis, estrategias y proyectos

por Ludivine Bantigny y Fanny Ganot

Inmediatamente después de 1968, hay una gran convicción en las corrientes comunistas revolucionarias de que la revolución es inminente o en todo caso surgirá a medio plazo, en cinco o diez años en Europa.“La historia nos muerde la nuca”, resume Daniel Bensaïd. Por tanto, hay que prepararse y pensar las bases de nuevo; de nuevo, porque no se trata de trasplantar las referencias y experiencias de una historia y de una tradición, de una cultura política en suma. Ésta evoluciona y cambia con el tiempo, sobre todo porque, en estas corrientes, el análisis preciso de la situación suele ser una prioridad: se privilegia la atención materialista a las condiciones de posibilidad para la acción.

Pero a lo largo de los años 1970 esta esperanza se reduce y fragiliza. Sin embargo, se sigue considerando que el período es de gran intensidad histórica y las propuestas teóricas, en su renovación, están a su altura. Las experiencias chilena y portuguesa, la caída de la dictadura en Grecia, los avatares de la Unión de la Izquierda, no son un simple contexto en el que se situaría este compromiso teórico: constituyen sus soportes. Porque el desarrollo de este pensamiento no tiene nada de abstracto, se alimenta de la propia situación y parte sin cesar de la misma para medirse y corregirse según sus efectos.

“Entre” las izquierdas revolucionarias, la IV Internacional se distingue por una cierta apertura política, reacia al sectarismo, y se caracteriza como una de las “corrientes cálidas” del marxismo, empleando la fórmula de Ernst Bloch, que otorgan un lugar esencial a la subjetividad, a la capacidad de actuar de los protagonistas, en definitiva a un marxismo humanista[1]. “Contra Althusser” y las tendencias inspiradas en él, esta corriente trotskista defiende el voluntarismo contra el objetivismo y la iniciativa revolucionaria contra la mecánica de las estructuras.

Se sitúa en especial en una historia transnacional de los proyectos políticos que es precisamente internacionalista y se pretende revolucionaria, sin fronteras. Se dota así de instancias, guías, soportes, tradiciones, que permiten la circulación. Para mostrarlo, este texto se apoya en fuentes hasta ahora poco o nada exploradas: los archivos de la IV Internacional, con decenas de cajas que siguen durmiendo, casi sin tocar, en los sótanos de la BDIC[2]. Informes de reuniones internas, preparaciones e intervenciones de congresos y conferencias internacionales, folletos, prensa y octavillas son otros tantos documentos adecuados para comprender esta esperanza revolucionaria, con sus avatares y sus oscilaciones.

Conviene por tanto ocuparse de una cultura política, marxista heterodoxa, siguiendo el ritmo ternario que confiere a su práctica: examen de la situación social, económica y política; estrategia a poner en marcha; programa y proyecto para una sociedad alternativa al capitalismo y a la economía de mercado; todas estas experiencias militantes, dotadas de prácticas cotidianas, circulando de un país a otro y abriendo la vía a una utopía concreta, a entender en el sentido estricto de la palabra -un otro lugar, pero realizable, abriendo el campo de los posibles.

I- Del análisis de la situación social, económica y política a la elaboración estratégica

El estado del capitalismo y sus contradicciones

En esta coyuntura y partiendo de ella, la IV Internacional propone una reflexión renovada sobre las estructuras del capitalismo. Desde 1969, se llega a la conclusión de una exacerbación de la concurrencia interimperialista, con el comienzo de una compresión de la tasa de beneficio[3]. El capitalismo tiene que “remodelar de arriba abajo su aparato productivo”, abandonando a sectores enteros que considera incorregibles. El diagnóstico se hace también pronóstico: anuncia caravanas de privatizaciones en los campos considerados rentables[4].

En una conferencia internacional celebrada en junio de 1974, uno de los principales dirigentes de la IV Internacional, Ernest Mandel, se refiere a la recesión económica que afecta a la mayor parte de los países capitalistas, con sonoras quiebras, no ya sólo de pequeñas empresas aisladas, sino de grupos importantes. En Gran Bretaña en particular, algunos de los mayores bancos privados se encuentran al borde de la quiebra. El paro estructural se impone como resultado de la automatización y del impresionante crecimiento de la productividad. En 1973, la productividad habría aumentado cerca del 15% en un año en el conjunto de Europa, una “cifra apenas creíble”. Ahora bien, “si cada obrero hace un 14% más de tarea por hora y la producción sólo aumenta entre el 5% y el 7%”, el paro no puede dejar de imponerse[5].

Esta reestructuración a escala mundial supone para las clases dominantes una integración más forzada de los sindicatos y por tanto una acentuada “colaboración de clases”. Ya que uno de los recursos tradicionales en períodos de dificultades económicas es utilizar a las organizaciones obreras -o al menos a sus direcciones- como un freno para las potenciales luchas sociales. El argumento que emplean es que hay que ser prudentes, que hay que prestar atención a no alterar todavía más un clima económico degradado. Este discurso es defendido por la izquierda en Inglaterra, en la República Federal de Alemania y en los países escandinavos; es también al que tienen derecho las trabajadoras y trabajadores portugueses, apenas concluida la “revolución de los claveles”. Es de alguna manera la respuesta que el Estado quiere aportar a la crisis abierta por 1968 y después por la recesión económica: reconquistar la paz social.

Análisis del reformismo

La IV Internacional analiza así la “integración orgánica” en el Estado por parte las organizaciones del movimiento obrero, característica del Welfare State. Para Jean-Marie Vincent, por ejemplo, la inserción de militantes sindicalistas en la “trama institucional de la sociedad burguesa” por medio del arbitraje de los conflictos laborales tiene que ver con una “política contractual de regulación del coste de la mano de obra” de gran habilidad estratégica, puesto que pone al “movimiento obrero a remolque del capitalismo que pretende combatir, creyendo transformarlo”[6].

La crítica va acompañada del análisis del reformismo y de su evolución en este estadio del capitalismo. Los partidos comunistas europeos, cuyas transformaciones son objeto de atentos análisis, son caracterizados como “neo-reformistas”, habiendo abandonado el proyecto revolucionario en favor de una vía parlamentaria que remite el calendario del socialismo a un horizonte cada vez más lejano. Se le da una explicación internacionalista: el reformismo aparece como una opción elegida para preservar mejor los intereses de la URSS: “porque había que impedir a cualquier precio una revolución que comprometería el equilibrio mundial de fuerzas y la suerte de la burocracia soviética, era necesario inventar una teoría de las vías pacíficas al socialismo”[7]. Pero al  imaginar reformas internas en el Estado, los dirigentes de los PC acaban sembrando ilusiones.

Se suele emplear una imagen: frente al capitalismo, es como si el reformismo se encontrase ante un tigre muy feroz, pero se contentase con preguntarse por “el instrumento a emplear para limarle los dientes y las garras sin que se dé cuenta”. Ahora bien, “habría que temer que, antes de ser desarmado, el tigre se haya comido a los reformistas y con ellos al movimiento obrero”[8]. Por ello, se le da la vuelta al estigma de la utopía: aunque se suele reprochar a los revolucionarios ser irrealistas y lunáticos, sería más adecuado aplicarlo a los reformistas. En efecto, éstos siguen proponiendo soluciones keynesianas en un período caracterizado por la intensificación de la liberación de los intercambios a nivel mundial y por un descenso de la rentabilidad del capital. El relanzamiento keynesiano sólo podría reforzar la crisis.

Estos análisis internacionales del período se apoyan en ejemplos locales puestos en común por medio del Secretariado Unificado de la IV Internacional: circulan así experiencias prácticas.

II- Circulación de experiencias prácticas. Modalidades, impregnaciones, reivindicaciones

Diferentes soportes de circulación

En los años 1970, las experiencias de militantes de la IV Internacional circulan de diversas maneras con soportes variados. Por ejemplo, periódicos como La Internacional son redactados en español para la emigración española en Francia. El último número, datado en diciembre-enero, probablemente de 1975-1976, explica haber dado cuenta de “los acontecimientos más importantes que están en el origen de la agonía del franquismo y el surgimiento impetuoso del movimiento de masas a partir de las movilizaciones de 1970 contra el proceso de Burgos a Izko y sus camaradas de ETA: las grandes huelgas generales (Ferrol, Vigo, Besós, Pamplona…), la lucha contra la circular Marcellin-Fontanet, la colaboración de los gobiernos francés y español, la contrarrevolución chilena, la revolución vietnamita, etc. (…) La Internacional, a pesar de sus irregularidades, sus límites y sus deficiencias, ha aspirado a ser el portavoz de los marxistas revolucionarios en el seno de la emigración española en Francia”. El cierre de La Internacional se adapta a las “nuevas exigencias de la situación política”. En efecto, anteriormente se difundían dos periódicos en paralelo para los emigrantes españoles: Combate, el periódico de LCR-ETA VI y La Internacional, un suplemento de Rouge. Sin embargo, el editorial del último número de La Internacional destaca que “a medida que toma importancia la evolución de la situación política en España, mantener dos órganos paralelos (Combate y La Internacional) informando de esta situación política, resulta cada vez más superfluo. Por ello decidimos sustituirlos por una edición exterior de Combate, suplemento emigración”[9].

Para elaborar la campaña sobre el aborto y la contracepción, la IV Internacional elaboró fichas sobre las cuestiones en juego por países: “las informaciones que siguen han sido reunidas con ocasión de varias reuniones internacionales y sobre la base de la prensa de las secciones de la IV Internacional. Se refieren a los siguientes países: Alemania, Australia, Bélgica, Canadá-Quebec, Dinamarca, España, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Isla Mauricio, Italia, Luxemburgo, Mexico, Nueva Zelanda, Suiza. Están fechadas (finales de setiembre de 1978) y son por tanto susceptibles de modificaciones dada la situación cambiante en una serie de países. Podrán ser completadas porteriormente y deberían servir de base para uno de los capítulos del folleto que la LCR deberá sacar en el marco de esta campaña”[10].

En fin, además de numerosos artículos en la prensa nacional -como Rouge-, se elaboran folletos por parte de las secciones para informar de lo que se hace en otros lugares y las lecciones que se pueden extraer. Es el caso, por ejemplo, de un folleto titulado Portugal, la alternativa, en cuya introducción se anuncia: “Los artículos de los camaradas Hansen y Foley plantean la situación en Portugal como emplazada ante la alternativa: dictadura militar o democracia burguesa. El artículo de los camaradas Mandel, Frank y Maitan, exponiendo la posición de la dirección de la Cuarta Internacional, presenta el desarrollo de la situación en Portugal bajo la alternativa: por o contra la revolución socialista. El Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional ha considerado necesario reunir los artículos en cuestión para dar a conocer públicamente esta controversia ya que los problemas que se debaten no sólo interesan a la marcha de la revolución en Portugal, sino también al desarrollo de la lucha de clases en Europa occidental, y más en particular ahora en Portugal, en España, en Italia y en Francia”[11]. En efecto, no sólo se publican aquí textos de la IV Internacional: las orientaciones estratégicas del Secretariado Unificado se sitúan en debates que comprenden a otras organizaciones que se reclaman de otras tradiciones de extrema izquierda, en este caso la corriente del SWP.

Aunque las discusiones transitan por diversas publicaciones, las orientaciones estratégicas de la IV se discuten también con ocasión de numerosos encuentros.

Encuentros: el ejemplo de las conferencias obreras

A la vista de esta redistribución de cartas, ¿cuál es el nivel de la lucha de clases según la organización que, como marxista, se reclama de ella y la apoya? En este terreno, los años 1970 suponen también un giro: a causa de la “crisis creciente de las relaciones laborales y de las relaciones sociales en general”, “la clase obrera en su gran mayoría ya no cree, como lo hacía en los años cincuenta y sesenta, que el capitalismo sea portador de un progreso continuo, y en particular de un crecimiento que elimina poco a poco la pobreza”[12]. Esto no significa que ya no luche. Entre el comienzo y el fin de la década, se contabilizan unos 4 millones de “jornadas individuales de trabajo perdidas por hacer huelga” en Francia. Esta cifra es considerada bastante importante en relación a los años 1950, aunque modesta respecto a los años 1960, e incluso particularmente débil comparada con la situación italiana en el mismo período: durante el “mayo rampante” italiano, sólo entre 1971 y 1975, se cuentan 17 millones de jornadas de huelga. El grado de lucha sigue apareciendo intenso; pero está debilitado por el desarrollo de contratos de duración limitada y el trabajo a tiempo parcial de las mujeres. Una vez más, la constatación va acompañada de una previsión: el crecimiento del trabajo precario disminuye el grado de combatividad[13].

Con ocasión de encuentros en conferencias obreras, por ejemplo, militantes de la IV Internacional discuten sobre las huelgas obreras en Europa. La discusión se suele lanzar con un informe introductorio. En un informe sobre “las tareas de los revolucionarios en Europa”, el “camarada Udry” aborda en 1974 la implantacion reciente de militantes revolucionarios en diferentes sectores y a escala europea, precisando que son “capaces de impulsar directamente iniciativas de un nivel excepcionalmente elevado (…) La maduración de dicho fenómeno, a través de decenas de luchas, puede llevar en algunos años a una situación radicalmente diferente de la vivida en Mayo 68, a una explosión social de envergadura”[14]. Eso significa que “debemos comprender que mañana, muy en concreto, podremos lanzar iniciativas a escala internacional, es cierto que restringidas, pero con una extraordinaria ejemplaridad”[15]. Tomando el ejemplo, entre otros, del mercado común, el informe precisa que la internacionalización del capital hace tanto más necesaria la internacionalización de las luchas, es decir el hecho de pensar su estrategia no sólo a una escala nacional: “Esto pone a la orden del día desde hace varios años negociaciones internacionales de contratos colectivos, huelgas europeas, actos de solidaridad a escala europea”.´

El informe se refiere a continuación a ejemplos concretos de luchas que han estado caracterizadas por una solidaridad internacional (Kodak Vincennes; trabajadores alemanes de la filial de Kodak) y se interesa por la manera como podría desarrollarse la solidaridad en empresas como Caterpillar[16], Seat-Fiat o Rhöne Progil, que tienen fábricas en diferentes países europeos donde militantes revolucionarios podrían actuar de manera concertada. El informe acaba como sigue: “esto requiere una concepción clara de oposición a toda idea federalista de la IV Internacional. Esto requiere una centralización política que haga posible la comprensión tanto de las particularidades como de los aspectos generales. Esta es también la condición sine qua non para dar un contenido concreto a uno de nuestros logros esenciales a escala europea, la consigna de los Estados Unidos Socialistas de Europa, que se prepara desde ahora en las luchas, luchas que a su vez indican la actualidad objetiva inmediata”. En otras palabras, es importante que la IV Internacional funcione como una organización centralizada para conseguir poner en marcha una orientación.

Reivindicaciones y programa de transición

Apoyándose en estos informes, la organización se da una doble tarea, a la vez teórica y práctica. La primera se refiere a la formulación de las consignas que invitarían a salir de la impotencia sociopolítica. La idea es partir de las reivindicaciones que emanan de las luchas para orientarse hacia el cuestionamiento del poder patronal. Entre estas consignas figuran la apertura de los libros de cuentas de las empresas, la escala móvil de salarios, el derecho de veto sobre los ritmos de trabajo, los empleos y los despidos, por un “control obrero”, expresión de un poder embrionario frontalmente opuesto a la lógica de la dominación capitalista. Estas perspectivas pretenden formular, lo más cercano de la situación cotidiana de los asalariados, la contestación del poder ejercido por la patronal: “Porque el capitalismo se caracteriza por el hecho de que el Capital, los capitalistas, mandan sobre los hombres y las máquinas. Contestar este derecho de mando; oponerle un poder de otra naturaleza, es comenzar en los hechos la lucha por el derrocamiento del régimen capitalista”[17].

La situación puede evidentemente diferir según los lugares y países. En el Estado español en transición hacia la salida del franquismo, los militantes insisten en la necesaria defensa de las reivindicaciones democráticas y de consignas ligadas a la cuestión de las nacionalidades. Esto aparece como una “precondición” para que la organización gane la confianza de la población[18].

El segundo eje reside en un método práctico de intervención en las luchas: se trata de promover todas las experiencias de “democracia directa” o “democracia obrera”, por medio de asambleas generales, comités de huelga elegidos, comités de acción, para relativizar la centralidad del poder y abrir la vía a otras formas de vida democrática[19].

Familiarizarse en ejercer responsabilidades, acostumbrarse a decidir por sí mismos: el método de la “democracia obrera” que propone la cultura comunista revolucionaria hace resurgir “la vieja cuestión siempre actualizada… ¿cómo una clase explotada y dominada puede plantear su candidatura al poder?”[20]. Esta corriente política analiza la Revolución francesa como una revolución esencialmente burguesa, en la cual la toma del poder político fue la coronación de una posición ya dominante en el plano social y económico. Por el contrario, el proletariado sigue estando dominado y privado de cualquier parcela de poder; debe habituarse a apoderarse de él, bajo una forma democrática opuesta a la delegación parlamentaria, pensada como la relegación a una pasividad resignada.

Pero no se trata de plantear esta cuestión del poder, del control de los trabajadores y de la reapropación, a escala sólo de la empresa, sino también desde el ángulo de la ecología, de la relación con el consumo y desde otros muchos ámbitos: control de la población sobre el entorno y el urbanismo, autorreducciones en los supermercados, “mercados rojos”, “guarderías salvajes”, embargos de viviendas, rechazo colectivo a alquileres demasiado altos, acciones directas en los transportes en conjunción con trabajadores del sector y usuarios. Hay que “animar las luchas urbanas y todas las luchas contra el modo de vida capitalista”, pero también “hacer penetrar la dinámica del movimiento de liberación de las mujeres en el movimiento obrero”[21].

Este enfoque, al que  Trotsky llamó “transitorio”, intenta encontrar una articulación entre las reivindicaciones inmediatas y la toma del poder, por medio de la decisión colectiva y la incorporación de “hábitos desmitificadores”: la política no se sitúa necesariamente en el gobierno o en el parlamento. Dicho método está pensado como un largo trabajo preparatorio para la revolución; rompe con la pasividad y el abandono de las decisiones en manos de los “especialistas” y de los “competentes”. En esta acepción, la revolución supone un ciclo de lucha y de concienciación, muy alejada de la “revolución-relámpago”, que Henri Weber calificó en una época como “fábula”[22]. Al contrario que la “Gran Noche con sus mayúsculas, el acontecimiento revolucionario no es ni denegado ni renegado; pero presupone, antes de su advenimiento, una habituación a la radicalización progresiva de las luchas, integrando una práctica democrática revivificada.

A lo largo de la década, la IV Internacional mantiene la autoorganización como brújula política y estratégica. Se confronta con la autogestión, palabra clave donde las haya durante esos años. LIP es una referencia pero, como lo dijo el propio Charles Piaget, se trata más bien de autodefensa. La “insolencia obrera”[23] de LIP es un punto de apoyo para una “educación de la vanguardia obrera sobre la cuestión del poder”[24]. Ernest Mandel insiste en la “capacidad de cristalización” que lleva consigo la idea de autogestión. Tras las críticas del término en torno a 1968, en delante se trata de asumir plenamente esta idea. Pero no a cualquier precio o condición. La organización rechaza los proyectos de autogestión parcelada, de origen proudhoniano o anarco-sindicalista, que aparecen como “simulacros de autogestión”: en efecto, crean ilusiones si se mantienen limitadas a algunas empresas y favorecen en realidad una cierta auto-explotación; enmascaran también, como en el caso de Yugoslavia, una cierta centralización política en favor de un partido, en este caso la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, donde el monopolio del poder queda en manos de la burocracia. La autogestión debe definirse por tanto como un ejercicio de poder por los trabajadores y trabajadoras a todos los niveles de la vida social, contra cualquier forma de socialismo burocrático[25].

Sin embargo asume la centralización económica. Nada que ver con un gusto por la rentabilidad económica; Mandel recuerda que, al contrario que Lenin, la IV Internacional no está seducida por el taylorismo, que sirve sobre todo al capitalismo como tecnología eficaz para valorizar al máximo el capital. Hay que poder contar con otros desarrollos tecnológicos, como lo hacen los ingenieros en medio de los procesos revolucionarios, por ejemplo los químicos de Cuba, que desarrollan la sucroquímica a partir de los residuos del azúcar, en sustitución de la petroquímica.Hay que esperar que un día haya tecnologías que permitan unidades de producción relativamente reducidas. Pero en el estado actual no es el caso. La tecnología legada en herencia por el capitalismo es muy centralizada: por ejemplo, centrales eléctricas en las que trabajan doscientas o trescientas obreras y obreros pueden proporcionar corriente a un millón de personas; en la industria del papel, una sola máquina fabrica la cantidad suficiente para el consumo de varios millones. “En dicho contexto, es totalmente utópico querer parcelar la decisión económica al nivel de lo que puede resolverse en la empresa”. La opción no es, por tanto, entre “centralización burocrática” y “autogestión descentralizada”: la IV Internacional se muestra partidaria de una autogestión democráticamente centralizada o de una autogestión planificada: no por el ideal de la centralización, sino porque se trataría de una necesidad objetiva que corresponde a la realidad de la vida económica. “Si la centralización no se hace de manera consciente, planificada, deliberada, se hará de manera espontánea, anárquica, sobre las espaldas de los trabajadores y los productores”[26].

La organización pone también de relieve el derecho de vigilancia y de control de las organizaciones obreras en la enseñanza y en los cuarteles, la sindicalización de los soldados para que exijan sus derechos de trabajadores bajo uniforme, el levantamiento de las cláusulas de secreto profesional o del deber de reserva que obligan al personal del Estado. En todo caso, “no se trata de investir al Estado, sino de actuar sobre sus contradicciones para destrozarle los engranajes”[27]. Así en Portugal, en el seno del Movimiento de las Fuerzas Armadas, la línea política apoyada por el Secretariado Unificado de la IV Internacional es una profundización de las fracturas en el ejército, sobre todo por medio de la constitución de comités de soldados, relacionándolos con los sindicatos obreros[28].

Esta concepción del trabajo en el seno mismo del Estado, y contra el mismo, es en parte fruto de una oposición a otras estrategias: la llamada estrategia “italiana”, cada vez más volcada hacia la integración en el Estado por medio de un combate llevado en su interior o  la defendida por Nicos Poulantzas, para quien la revolución deja de ser “un enfrentamiento armado con el Estado”[29]. La crítica que se les dirige desde la IV Internacional es distanciarse demasiado poco respecto a la “democracia representativa”. A la larga, el lugar de los consejos amenaza con quedar subordinado a la forma parlamentaria. La trampa sería caer en un reformismo clásico, abandonando a la larga toda perspectiva revolucionaria.

Este temor no es abstracto, ni está desconectado de la situación histórica. Se apoya en ejemplos recientes y candentes. En Chile, los comités de abastecimiento fueron pronto liquidados en nombre de la democracia parlamentaria, así como los núcleos revolucionarios en el ejército o los consejos de trabajadores. En Portugal, la soberanía de la Constituyente primó sobre las comisiones obreras. Ahora bien, la democracia directa no es “una forma democrática entre otras”: es una “forma superior”. Daniel Bensaïd insiste en ello: “como lúcidamente percibió Gramsci desde la experiencia de Ordino Nuovo, a través de los comités, consejos o soviets, el trabajador supera la fractura entre el hombre y el ciudadano, el desdoblamiento entre el hombre privado y el hombre público, la herida entre lo económico y lo político”[30].

A la noción de “largo proceso” defendida por Poulantzas, se responde recordando que, en efecto, el desgarro del consenso social y del orden establecido será el resultado de una acumulación de experiencias y que se tratará desde luego de un proceso. Sin embargo, no se debe difuminar la idea de ruptura, que continúa encarnándose en la hipótesis estratégica de la huelga general insurreccional y autoorganizada: es “una plomada (para) una práctica revolucionaria cotidiana dirigida hacia un objetivo final, en lugar de fluctuar al hilo de las improvisaciones”[31].

III- Prácticas militantes

El militantismo cotidiano

En Francia, muy poco después de 1968, circulan críticas sobre cierto “juvenilismo” que caracterizaría a la Juventud Comunista Revolucionaria. En este sentido se pueden distinguir dos fases de autocrítica. La primera comienza hacia 1970. Sus rasgos dominantes consisten en el rechazo del “triunfalismo”: la revolución no se espera para mañana, hay que instalarse por tanto en una nueva temporalidad, el largo plazo, que supone una solidificación de la organización. Se condenan los rasgos “22 marzistas”[32] de la organización, heredados del Movimiento del 22 de Marzo, como por ejemplo el hecho de militar delante de las fábricas sin tener militantes en ellas, ir de una empresa a otra, de una lucha a otra, sin darse tiempo para instalarse en ellas e implantarse.

“El entusiasmo, la juventud, el sentimiento de estar en el camino correcto, el brío y la astucia ya no bastan para seguir progresando”; en adelante hay que prepararse para un “enfrentamiento prolongado con el Estado burgués todavía poderoso y en un cuerpo a cuerpo también prolongado con las burocracias obreras igualmente fuertes”[33]. Esta reformulación táctica supone construir pacientemente el partido, consolidarlo, incluso confiriéndolo una parte de clandestinidad con el fin de prepararse para un probable combate violento.

El segundo giro data del 21 de junio de 1973, día de la manifestación organizada contra un mítin de la organización de extrema derecha Orden Nuevo: los enfrentamientos con la policía llevan a la prohibición de la Ligue Communiste[34]. Esta autocrítica post-junio 1973 implica el rechazo del período “guevarista” de la organización[35]. A partir de entonces hay que hacer un trabajo de “topo” -este animal se convierte entonces en la verdadera mascota de la Ligue, utilizada en sus periódicos y no sin humor, apoyándose en la exclamación de Marx en El 18 Brumario de Luis-Napoleón Bonaparte: “¡excava bien, viejo topo!”, tomado a su vez de Shakespeare. Porque hay que tomarse tiempo para excavar y no obstinarse en ese “leninismo apresurado”, como decía Régis Debray a cuenta del guevarismo. Se puede ver aquí, también, una crítica implícita de la famosa fórmula, forjada por Daniel Bensaïd y ya citada: “la historia nos muerde la nuca”. En adelante hay que instaurar una “larga guerra de posiciones”. Como destaca Jean-Paul Salles, “se diseña una orientación que privilegia un trabajo obrero más clásico”[36]. Después de años de activismo desaforado, hay que “volver a aprender los ritmos de recomposición del movimiento obrero…, “la obstinación en la preparación de la revolución”[37]. Todo esto no deja de producir desasosiego desde el punto de vista de los afectos militantes

Los afectos militantes

Los tiempos inmediatamente después de 1968 aparecen como una época militante feliz. “La revolución llama a la puerta”[38]. El cambio de la sociedad y el derrocamiento del capitalismo se refieren a un futuro inmediato. El contexto nacional e internacional apuntala esta convicción: las descolonizaciones, los movimientos antiimperialistas un poco por todo el mundo, en particular en Cuba y en Vietnam, la huelga de mayo y junio entendida como un “ensayo general”, parecen confirmarlo. Más que una esperanza, es una seguridad. Los militantes viven este momento en la radical certidumbre de que mañana será diferente. Esto impregna toda su existencia en el momento presente: su trayectoria personal, sus estudios, sus orientaciones profesionales revisten menos importancia como tales y están seguros de que su futuro tendrá lugar en una sociedad desembarazada de la opresión y de la explotación. Esto explica mejor esta sociabilidad en que están imbricadas las esferas de la vida: el compromiso, aunque intenso, aparece socialmente como “poco costoso”[39]. La frontera no se sitúa tanto entre el “nosotros” y el “yo”, como entre “nosotros” y “ellos”. Ellos: la clase dominante, la burguesía capitalista, los patronos, los gobernantes.

La reflexión sobre el tema del “yo” y de las emociones nace de un cambio de período, de forma progresiva, sin sobresaltos, pero que se instala por etapas y se dota de una interrogación que se va volviendo punzante. Una primera fase se impone a comienzos de los años 1970: surgen interrogantes sobre el “optimismo revolucionario” o incluso el “triunfalismo” que siguen prevaleciendo. Textos internos conceden que “el enfrentamiento con la burguesía” será “prolongado”; su desenlace se remite ya a un futuro indeterminado, y esta incertidumbre nueva tiene consecuencias en las actitudes individuales[40]. Por ejemplo, en una  “célula” que reúne a trabajadores de la SNCF y de la empresa Dassault en la región parisina, varios militantes critican a uno de sus camaradas cuyo optimismo parece exagerado; fustigan la “expresión de [su] estado de beatitud general…, su “inclinación eufórica” negando las dificultades de implantación, para concluir con dureza: “Ten cuidado de que algún día, a base de  avanzar en el sentido de la historia con una sonrisa engreída en los labios, no te vayas a tragar una avispa”[41]. En esta ironía sarcástica está en juego la propia postura, incluso la estatura física: en la crítica se enlazan los afectos (el exceso de confianza, que se lee en el rostro, y la reprobación que suscita) y la caracterización política, aunque en última instancia prima desde luego la política en estos sentimientos y resentimientos. La divergencia tiene que ver con la apreciación de la situación, pero suscita innegables emociones.

El verdadero gozne cronológico se sitùa sin embargo más tarde, hacia 1975-1976. Estos mediados años 1970 se ven vapuleados por la restricción de los posibles, la disolución del horizonte o lo que más tarde Krystof Pomian denominará “la crisis del futuro”[42]. La observación vale aún más para estas organizaciones: los militantes se convierten en revolucionarios sin revolución. Una oleada de textos, de uso interno o público, da cuenta de los afectos generados por dicha situación, vivida siempre con intensidad y en ocasiones de manera dramática. Algunos citan el “reclutamiento de un cierto tipo de militantes llegados a la organización creyendo en la revolución para mañana y en consecuencia funcionando con entusiasmo…, poco preparados para una larga guerra de posiciones”[43]. Desde entonces se desarrolla la cuestión de la “inquietud militante”, una expresión utilizada por Daniel Bensaïd para concluir su libro aparecido en 1976, La Revolución y el poder. Púdicamente, y por tanto con brevedad, menciona los suicidios en la extrema izquierda, esa desesperanza que oprime a algunas y algunos y, por primera vez, los “desgarros íntimos del militante”. En contraste con el estilo por lo general seguro e incluso perentorio de la producción teórica, este último capítulo aborda “la vida cotidiana del militante”, hecha más de “inquietudes” que de “verdades incontestables”. La duda se introduce en el meollo, en adelante. La ”capa del modo de vida flota, demasiado amplia, sobre el robusto esqueleto de la teoría”, puesta así al desnudo ante esta fragilidad. En este texto autorreflexivo se incorpora también el miedo a las tendencias autoritarias, como si el espectro del totalitarismo “soviético” viniera a rondar las conciencias militantes y a engendrar un terror a caer en una nueva opresión, que esta vez sería obra misma de la revolución. “El militante teme descubrir el rostro de este poder que se estremece por la consecuencia de sus actos. Lleva consigo sugulag interior, que no deja de interpelarlo”. Pero estas cuestiones siguen estando todavía poco abordadas, porque el “super-yo pesa como una bóveda”: el ideal revolucionario, la revuelta contra el orden existente, dejan poco sitio a los cuestionamientos sobre el compromiso y a los estados de ánimo militantes[44].

Pero estos estados de ánimo tendrán en adelante derecho de ciudadanía. Mientras Daniel Bensaïd asume que hay que abordar este cuestionamiento, su libro provoca una reacción más bien negativa en el seno de la organización, sobre todo en varios artículos aparecidos en la revista Critique Communiste. Sus autores le reprochan no haber ido lo bastante lejos en la interrogación, o no haberla politizado suficientemente. Hay por supuesto una “crisis del militantismo”, pero es un “hecho político”[45]. “Lo personal es político”, según la formulación lanzada por el Women’s Lib y retomada en Francia sobre todo por el Movimiento de Liberación de las mujeres; conviene por tanto politizar estas cuestiones y no personalizarlas; precisamente el no haber considerado estas interrogaciones como políticas, el haber confinado “lo político” en un perímetro demasiado estrecho, al final apretado, lleva estos desánimos a la incandescencia o a la desesperación.

La “angustia militante” es el fruto de una historia, la historia de la noche del estalinismo, el tiempo en que era “medianoche en el siglo”, como escribía Victor Serge. “El estalinismo ha matado definitivamente al militante inocente’». Se ha instalado la “era de la duda”. Pero hay lugar también a superar la tentación de la desolación, por medio de la duda activa y política: “militar hoy es militar en la duda y la crítica permanentes. Lo cual es saludable”. La conciencia de los “desgarramientos” que fisuran la experiencia de los militantes revolucionarios es también un llamamiento determinado a la interrogación franca y abierta sobre la afectividad[46].

Se asumen nuevas líneas de falla. Entre ellas: la fractura entre público y privado. Denise Avenas y Alain Brossat no temen referirse a la “imposibilidad de superar la grieta” entre la existencia privada y el compromiso[47]. Frédérique Vinteuil habla por su parte de “la llamada vida privada”, “esta vida privada que la tradición del movimiento obrero sólo contempla en tanto que limita, que amenaza a la vida pública”[48]. El distanciamiento muestra la dificultad de abordar el tema, los tabús que hay que superar para poder confrontarlo. Lo nuevo está en esa interrogación insistente, en evidente relación con las evoluciones sociales globales, la “revolución” del feminismo y de las sexualidades en particular, pero también con la influencia del psicoanálisis, entonces en el apogeo de su ascendente político. Una vez más, lo que importa en las filas de la organización es la politización de la cuestión. Está bien asumida en cuanto al cuerpo que ocupa además un lugar por completo. Cierto número de artículos tratan de las contradicciones íntimas que acosan a los militantes revolucionarios, contestatarios de la sociedad en la que sin embargo deben vivir. Y estas tensiones son fuente de desgarro, por la “contradicción entre la conciencia y la existencia” que hacen “la vida revolucionaria profundamente insegura”[49]. La fractura de los afectos proviene de que los militantes desean ser la “negatividad de la burguesía”, pero “pertenecen a esta sociedad como la antítesis a la tesis”, actuando como “el producto y el veneno”[50].

De la intervención feminista al lugar de las mujeres en la organización

Cualquiera que sea finalmente la respuesta aportada a estos debates, a las y los militantes les preocupa, la señal de otro ¿Qué hacer? en período de reflujo y de relativo desconcierto. Ya no desprecian su importancia y su toma de conciencia. En el curso de los años 1970, en relación evidente con los movimientos feministas, esta corriente política dedica una verdadera reflexión al lugar de las mujeres en la sociedad en general y en las organizaciones revolucionarias en particular. Más allá, las mujeres juegan un papel importante en la elaboración teórica y práctica sobre del individuo en el partido y el lugar de las emociones. Se podría verlo como la confirmación del enfoque diferencialista, según el cual las mujeres se preocupan en esencia por los otros, a causa de su educación y por tanto de una construcción psicosocial. Pero el papel que juegan en la dinámica impulsada en estas discusiones tiene que ver también con la conciencia de lo que les impone la organización. Las mujeres representan el 29% de los miembros de la LCR, en diciembre de 1974, pero sólo son el 16% en las instancias de dirección[51]. Aunque la Ligue sea la más comprometida de las organizaciones trotskistas en el movimiento feminista, algunas militantes hablan de que sigue reinando la “falocracia”, aunque haya “desaparecido en sus formas más groseras”. Señalan con el dedo los códigos implícitos del servicio de orden, se burlan de los andares de “cow boy” y los contorneos de “mecánicos”, critican duramente algunas posturas físicas adoptadas por los militantes en las reuniones como una reafirmación insistente de su virilidad: acentuaciones polémicas, gestos decididos, tono y voz determinados para imponerse.[52] Dichas actitudes comprometen al militante en su propia persona; se refieren a su psicología, escalonada con el criterio de supuestas normas colectivas, interiorizadas e incluso, en sentido estricto, incorporadas. La novedad está en el hecho de que en adelante hay que considerarlas, cuando no perseguirlas. El trabajo de desvelamiento que realizan las mujeres principalmente -aunque algunos hombres también participan- se revela esencial porque desnaturaliza y repolitiza las manifestaciones del “yo” y sus incidencias para la organización.

Algunas también llaman la atención sobre las consecuencias de la existencia frecuente de parejas militantes en el partido. La endogamia de hecho afecta a más del 60% de los miembros: este fenómeno “parece derivar del modo de vida militante” e incluso reforzarlo, evitando las fuentes de conflicto o de tensión identitaria[53]. La exigencia y la intransigencia de este compromiso, que se desborda en la esfera de la intimidad, estarían en el origen de este entrelazamiento reforzado entre vida privada y vida militante. La organización es un lugar de encuentro; no sólo une por vínculos políticos, sino también afectivos; a la vista de esta inversión, la endogamia permite evitar -aunque de forma relativa- querellas sobre la distribución y la atribución del tiempo cotidiano. Sin embargo, es fuente de otros conflictos, como ponen en evidencia algunos militantes: plantean sobre todo el problema de las parejas que se reúnen en una misma célula, con esta ventaja evidente de un tiempo militante vivido juntos y este inconveniente, menos visible y más insidioso, de una dominación masculina reproducida: vacilación de las mujeres a la hora de tomar la palabra, relativa sumisión a las propuestas e ideas de su compañero, falta de iniciativa en la elaboración…[54]

Una vez más se expresan varias posiciones sobre el tema. Nadie pone en cuestión la existencia de “grupos de mujeres” o de “grupos de conciencia” cuyo trabajo está “centrado en la vida cotidiana” -estas reuniones no mixtas se inspiran en las práctica del movimiento feminista. Sin embargo, algunos recusan la “teorización del papel de las mujeres en la organización” y se alzan contra la idea de que “ a causa de algunos problemas que afectan a la palabra, a las relaciones de fuerza, a la violencia, [tendrían como] misión cambiar las relaciones de fuerzas en la organización”. En su opinión equivaldría a confinar a la mujer en un “papel reaccionario”: el de pacificadora[55]. Otra vez más, la argumentación procede de una politización. En este caso, se trata de oponerse al diferencialismo esencializado -aún cuando en esa época está todavía poco teorizado[56].

Conclusión

Hemos intentado recoger en pocas palabras las orientaciones estratégicas esenciales defendidas por la IV Internacional en una década caracterizada por movilizaciones de masas que actualizaban la esperanza revolucionaria en cierto número de países de Europa, y sus efectos en las prácticas militantes cuando se desarrollan también los movimientos feministas de la llamada “segunda ola” en numerosos países. Hemos citado también algunos de los canales por los que circulan no sólo elementos de valoración de la situación sino también debates estratégicos. Hay que subrayar también que, en medio de estos debates, se engrana un cierto humor e incluso una forma de auto-ironía, tal vez para conjurar la dificultad de seguir siendo una pequeña minoría. Un dibujo aparecido en febrero de 1981 en Barricades, el periódico de las Juventudes Comunistas Revolucionarias, muestra a Trotsky solo en medio de ningún lugar, en plena mar, en una balsa: moralidad política, hay que saber remar a contra corriente. Esta malicia característica ayuda sin duda a “mantenerse”, desde un punto de vista individual y militante.

Ludivine Bantigny y Fanny Gallot son historiadoras

https://www.europe-solidaire.org/spip.php?article66319#nh53

Pulicado originalmente en https://journals.openedition.org/histoirepolitique/584

[1]Cf. Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte/ Zones, 2010, p. 315.

[2]La Biblioteca de documentación internacional contemporánea en Nanterre.

[3]Cf. Ligue communiste, Boletín rojo de discusión. “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, BDIC Q pieza 8316.

[4]Pierre Julien, “1978: un tournant?”, Critique communiste, n° 26, febrero 1979, p. 13

[5]Informe de Ernest Mandel, “La crise de l’Europe capitaliste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge [Topo rojo], 1-3 junio 1974, archivos BDIC no clasificados.

[6]Jean-Marie Vincent, “Les voies du réformisme”, Critique communiste, n° 32, junio 1980, p. 122-128.

[7]Ligue communiste, Boletín de discusión, “Le contrôle ouvrier”, noviembre 1969, p. 13, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC), Q pieza 8316

[8]Idem

[9]BDIC, La internacional, n°16, Diciembre-Enero

[10]BDIC, Travail femmes, Avortement-contraception

[11]Cahiers Rouge n°4, Portugal l’aternative, Le taupe rouge

[12]Jean-Marie Vincent, “Sur le programme commun”, Critique communiste, n° 15, abril 1977, p. 10

[13]Pierre Julien, “1978: un tournant?”, art. citado

[14]BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974

[15]BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974

[16]“Caterpillar es un trusta escala mundial que posee una fuerza extraordinaria. Sabéis que producen máquinas de obra: tractores con cadenas, niveladores, de carga, etc. Es capaz de soportar a la vez, si las huelgas son desordenadas, huelgas en Bélgica, en Francia, en Grenoble, huelgas en Glasgow. Pero en Caterpillar tenemos camaradas. Tenemos camaradas de Caterpillar en Grenoble aquí presentes, tenemos contactos e intervenimos en Caterpillar en Bélgica y un trabajo idéntico podría desarrollarse en Glasgow. En Grenoble, hay 2 fábricas : Caterpillar-Grenoble, Caterpillar-Eschirolles. En Grenoble y en Eschirolles, hay fabricado, soldadura, montaje. Son las únicas empresas que producen en Europa tractores con cadenas. En cambio, en Bélgica, en Gosle, se producen los motores. En Japon y en Glasgow en Escocia, se producen los amortiguadores que son esenciales para estos instrumentos de carga. Podéis verla división de la producción en tres tipos de empresa, y, evidentemente las posibilidades de solidaridad que implica. Voy a dar un ejemplo concreto: en mayo-junioi de 1973, se desarrolló una lucha en Grenoble, una lucha que arrancó bien, que parecía tener la unanimidad de los trabajadores, pero que se fue degradando lentamente en la medida en que la burocracia rechazó la ocupación de la empresa. La reivindicación de 200 francos para todos estaba en el centro de la lucha, y esto, evidentemente, era generalizable a escala de todo el trust. Esta reivindicación podría ser asumida tanto en Escocia como en Goslee en Bélgica… ”, BDIC, Conferencia obrera del Frente Comunista Revolucionario (FCR) y de los grupos Taupe Rouge, 1,2,3 junio 1974.

[17]“Pour le contrôle ouvrier”, Rouge, n° 10, 22 enero 1969

[18]XI Congreso mundial de la IV Internacional, 1979, Minutas y enmiendas, archivos BDIC no clasificados

[19]Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste, n° 26, enero 1979, p. 72

[20] Daniel Bensaïd, art. Citado, p. 62

[21]René Yvetot, “Sur quelques problèmes du contrôle ouvrier”, Critique communiste, n° 17-18, setiembre 1977

[22]Henri Weber, “Transition au socialisme  sur quelques points de clivage dans le débat en cours”, Critique communiste, n° 8, setiembre 1976, p. 10-11

[23] Jean-Marie Vincent, “La politique n’est plus ce qu’elle était”, Critique communiste, n° 23, mayo 1978

[24]Denis Berger, “1936-1976. La révolution est-elle possible en France?”, Critique communiste, n° 14, febrero 1977, p. 106

[25]Ernest Mandel, “L’autogestion socialiste”, Conferencia obrera del Frente comunista revolucionario y de los grupos Taupe rouge, 1-3 junio 1974, archivos BDIC no clasificados

[26] idem

[27] ídem

[28]Bensaïd Daniel, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, Critique communiste n° 18/19, octubre-noviembre 1977, p. 165

[29]Poulantzas Nicos, Weber Henri, “L’État et la transition au socialisme”, entrevista citada, p. 19

[30]Daniel Bensaïd, “Grève générale, front unique, dualité de pouvoir”, Critique communiste n° 26, enero 1979, p. 55 sg

[31]Daniel Bensaïd, “Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme”, art. citado, p. 194

[32]Idem

[33]Boletín interno texto de los burós de célula SNCF y Dassault, 1970 (¿otoño?), BDIC F delta 427

[34]“Varios centenares de militantes encasquetados, armados con mangos de picos y cocktails Molotov se enfrentan con la policía que intenta interponerse. Varios policías resultan heridos” (Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 89)

[35]Hablando de la JCR justo antes de 1968, Jean-Paul Salles analiza que “en muchos aspectos aparece más guevarista que trotskysta” (Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire, op. cit., p. 49). Señala también que “habrá que esperar al XI congreso mundial de la Cuarta Internacional, en 1979, para que la mayoría internacional, a la que pertenece la Ligue, haga un giro autocrítico sobre la línea guerillerista que prevaleció en América Latina durante toda la década” (p. 71)

[36]Jean-Paul Salles, La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 143

[37]Puech, “Crise du mode de vie. Problèmes du militantisme” [otoño 1976], FP 4117

[38]Testimonio de Claire recogido y citado por Joshua (Florence), De la LCR au NPA (1966-2009). Sociologie politique des métamorphoses de l’engagement anticapitaliste, tesis de ciencias políticas bajo la dirección de Nonna Mayer, IEP de París, 2011, p. 115

[39]Rizet (Stéphanie), La Distinction militante, op. cit., p. 134

[40]Boletín interno, texto de los burós de las células SNCF y Dassault, 1970, Bibliothèque de Documentation internationale contemporaine (BDIC) F delta 427

[41]Buró de célula SNCF y Dassault, “Adresse à Buzard en guise d’ultime réponse sur la réorganisation”, s. d. [¿finales de 1970?], BDIC F delta 427

[42]Krzyztof Pomian, “La crise de l’avenir”, Le Débat, n°7, 1980/7, p. 5-17

[43]Tendance B, “Construire le parti révolutionnaire : où en sommes-nous huit ans après 68”, s. d. [1976], BDIC FP 4117

[44]Daniel Bensaïd , La Révolution et le pouvoir, Paris, Stock, 1976, p. 415-428

[45]Denise Avenas, Alain Brossat, “Notre génération”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 21-26

[46]Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 63-71

[47]Avenas (Denise), Brossat (Alain), “Notre génération”, art. cit., p. 46-48

[48]Vinteuil (Frédérique), “Militer sans mythologie”, art. cit., p. 66

[49]Leans (Hector), “Mode d’existence et fragilité de la conscience communiste”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 72 et 80-82

[50]Lequenne (Michel), “ Vie militante et vie quotidienne ”, Critique communiste, n° 11-12, diciembre 1976-enero 1977, p. 56-57

[51]Salles (Jean-Paul), La Ligue communiste révolutionnaire (1968-1981), op. cit., p. 197

[52]Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3”, documento citado

[53]Stéphanie Rizet, La Distinction militante, op. cit., p. 352

[54]Maud, Prisca, Hoffmann, Madras, “Vie quotidienne et action communiste. Texte de travail de la T3 ”, documento citado

[55]Tendencia A, “Crise de l’organisation et crise du parti révolutionnaire”, setiembre 1976, BDIC FP 4117

[56]Cf. Kate Millett, Sexual Politics, Garden City, Doubleday, 1970 ; trad. fr. La Politique du mâle, Paris, Stock, 1971

(Tomado de Viento Sur)

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